Posteado por: M | 25 enero 2013

Cameron dispara contra Bruselas y se juega su futuro

 

La muy esperada huida hacia delante del primer ministro británico, David Cameron, anunciando la celebración de un referéndum sobre la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea (UE), no causó una gran emoción en los ambientes comunitarios de Bruselas, bastante acostumbrados al tira y afloja de los británicos desde su ingreso en la entonces Comunidad Europea, el 1 de enero de 1973. El primer ministro conservador, en su discurso del 23 de enero, fue más lejos que su correligionaria Margaret Thatcher, la gran virtuosa del regateo, pero condicionó su posición en el referéndum al resultado de la negociación de un nuevo marco legal sobre las relaciones entre el Reino Unido y los otros Estados miembros. 

“Ha llegado el momento de que los británicos hablen –señaló Cameron en su discurso, en la sede londinenses de la agencia Bloomberg–. Ha llegado el momento de zanjar la cuestión europea en la política británica.” Loable propósito el de que los ciudadanos decidan de una vez por todas si desean alejarse de Europa o compartir el destino del continente. Una responsabilidad histórica, desde luego, que el primer ministro no desea asumir en solitario. Prestemos atención a sus palabras: “No soy un aislacionista, y ni siquiera deseo un mejor acuerdo sólo para Gran Bretaña –aseguró–. Pretendo un mejor acuerdo para toda Europa.”

La verdad, empero, es que ese momento crucial no ha llegado aún, sino que habrá que esperar a que se celebren las elecciones generales de 2015 y a que Cameron vuelva a formar gobierno, lo que inevitablemente sitúa el desafío en un horizonte de incertidumbre. Las negociaciones sólo arrancarán si el Partido Conservador vence en las elecciones previstas para 2015 con mayoría suficiente, aunque aquéllas podrían adelantarse si se rompe la coalición en el poder. Tampoco se sabe si líder tory logrará un nuevo tratado “a la carta”, como dicen en Bruselas, para pedir el sí en el referéndum, o si, por el contrario, llegará a la consulta con las manos vacías y no tendrás más remedio que asumir el desafío de orientar la campaña para soltar amarras con el continente o perecer políticamente en el empeño. La llegada al precipicio europeo no es para mañana.

En cualquier caso, la negociación, según Cameron, deberá “centrarse en el mercado único”, el máximo logro hasta ahora, y en la eventual recuperación o repatriación de competencias que en estos momentos están en manos de Bruselas. El mensaje y el propósito están clarores: me quedo con el euromercado, recupero la mayor soberanía posible y me ahorro el coste del Superestado comunitario, mantengo las ventajas y aligero la carga. Cameron no quiere dar un portazo, sino engordar el presupuesto.

Parece inconcebible, sin embargo, que el Reino Unido renuncie a todas las ventajas políticas, diplomáticas y comerciales de tener voz y voto en esa Unión Europa tan duramente criticada, y con razón, pero indispensable, por ejemplo, para tratar con Estados Unidos y China en la edad de la globalización, o para no alejarse de sus aliados tradicionales: los Países Bajos y Escandinavia. En ese sentido, y según el historiador británico Timothy Garton Ash, convencido eurófilo, “el discurso podría haber sido mucho peor”. Ningún país de los que acompañaron a Gran Bretaña en la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA), en los años 60, pone ahora en entredicho su pertenencia a la UE.

El referéndum, no antes de 2017

El calendario y sus incertidumbres matizan las palabras de Cameron: “Si el Partido Conservador es reelegido al frente del gobierno, introduciremos de inmediato la legislación necesaria y la aprobaremos antes de fin de año [2015]. Y completaremos esas negociaciones y convocaremos un referéndum en la primera mitad de la próxima legislatura”, que debería extenderse de 2015 a 2020. Si todo marcha según lo previsto, el referéndum se celebrará con toda probabilidad en 2017. Largo me lo fiáis. El camino está erizado de obstáculos, porque también pudiera ocurrir que los tories obtuvieran una mayoría simple y necesitaran para gobernar, como ocurre en estos momentos, el apoyo del Partido Liberal Demócrata, más bien eurófilo, librecambista y, desde luego, poco inclinado a romper los lazos con la UE. El viceprimer ministro liberal-demócrata, Nick Clegg, censura sin ambages la obsesión de Cameron por el referéndum.

Ni siquiera el referéndum está asegurado. Lo que está en juego, sin duda, junto al destino del Reino Unido, es el futuro político de Cameron, al que no acabamos de ver levantando un muro anacrónico superpuesto al canal de la Mancha. En estos instantes, el Partido Laborista, que en principio defiende el statu quo con Bruselas, está muy por delante de los conservadores en los sondeos sobre intención de voto, pero tampoco se halla a cubierto de las maniobras de su sector más antieuropeo, aunque éste invoque razones distintas que las de los conservadores.

Dentro del Partido Conservador, a su vez, persisten las fuertes discrepancias entre los vociferantes antieuropeos, que claman a diario contra el monstruo supranacional y burocrático de Bruselas, y los euroescépticos templados, que apuestan por las reformas. El sector europeísta, aunque minoritario, recuerda, sin remordimiento, la ardua negociación para el ingreso que llevó a cabo en 1970-1972 el entonces primer ministro conservador, Edward Heath, acompañado en el empeño por el buen hacer del presidente francés, Georges Pompidou, y la complacencia del canciller alemán, Willy Brandt, que lograron  fraguar en muy poco tiempo, y por primera vez en Europa, los compromisos de un fructífero, aunque efímero, liderazgo trilateral.

Recuerdo la larga espera que tuvimos que soportar centenares de periodistas, en la madrugada del 20 de octubre de 1972, en París, para asistir a la conferencia de prensa que clausuró la primera cumbre de la llamada Europa de los Nueve, con Pompidou, Brandt y Heath visiblemente fatigados pero satisfechos por el empujó propinado al ideal de una Europa “cada día más unida”. Fue una noche memorable, en la que los nueve jefes de Estado y de gobierno aceptaron el resultado de la negociación con Londres y anunciaron para 1980 el nacimiento de una “Unión Europea”. El gran Le Monde de entonces (poco que ver con el de ahora) celebró el acontecimiento enterrando “los diez años de guerra fría franco-británica”. Fue el preludio del ingreso efectivo de Gran Bretaña en la Comunidad.

El auge del Partido de la Independencia (UKIP), populista y nacionalista, que promueve abiertamente la salida de la UE, con 12 escaños en el Parlamento Europeo, es la sombra que planea sobre el discurso de Cameron y el calendario de su estrategia. Su actual líder, Nigel Farage, se apresuró a solicitar la inmediata celebración del referéndum. Si aumentara su porcentaje de votos en las elecciones de 2015, en lógico perjuicio de los tories, el triunfo laborista sería inevitable. Según las últimas encuestas, el UKIP recogería entre el 8% y el 14 % de los sufragios, pero un cronista del Daily Telegraph, Benedict Brogan, asegura que el discurso de Cameron mejora las perspectivas electorales de los conservadores porque “el UKIP, que era una amenaza, queda marginado”.

Los laboristas se mantienen a la expectativa, con el viento a favor de las encuestas, quizá porque el peso de los antieuropeos es considerable o porque recuerdan que un gobierno dirigido por Harold Wilson, tras las elecciones de 1974, renegoció las condiciones de la adhesión a la Comunidad, una decisión ratificada abrumadoramente por un referéndum poco acorde con las tradiciones británicas, pero finalmente celebrado en junio de 1975. El 67 % de los británicos se inclinó por el sí, con una participación del 65 %. “Britain says yes” fue el titular más repetido por la prensa, aunque los periodistas y la élite política siguieron y siguen pensando en  términos bilaterales: “Britain and Europe”, nunca “Britain and the rest of Europe”.

El único camino, según Blair 

El ex primer ministro laborista Tony Blair volvió a la palestra hace ahora dos meses para argumentar que los pro europeos deberían defender con ahínco el proyecto europeísta para contrarrestar el clamor de los euroescépticos. “Hace 66 años, cuando comenzó el proyecto, el objetivo último era la paz –recordó–, pero hoy es el poder.” A su juicio, Europa es el único camino en el que debe adentrarse Gran Bretaña para eludir la irrelevancia en los asuntos mundiales. Y un comentarista de la agencia británica Reuters, Mark Leonard, se hizo eco de las palabras de Blair y atacó sin piedad el discurso de Cameron, “un peligroso error de cálculo que subestima cuánto ha cambiado el mundo y cuánto Gran Bretaña necesita de Europa para mantener su influencia en los asuntos globales”.

En su discurso, Cameron no fue muy explícito sobre los términos de la eventual negociación con Bruselas, pero dejó bien sentado que hará campaña a favor de permanecer en la UE si tiene éxito en impulsar unas reformas que considera no sólo valiosas para Gran Bretaña, sino para toda Europa. “No quiero sólo un mejor trato para Gran Bretaña, sino que deseo también un mejor trato para Europa”, remachó el primer ministro. Sus razones en conjunto no son desdeñables y algunas se me antojan que no deberían echarse en saco roto, sino servir de palanca o acicate para impedir la marcha de la UE hacia el abismo burocrático y corregir el déficit democrático con el que tanto se especula infructuosamente.

Muchos líderes europeos harían bien en escuchar las razones de Cameron para sacar a Europa del atolladero en que se encuentra. Apenas 24 horas después de su discurso, en el cónclave de Davos, el primer ministro recalcó ante los grandes gurús económicos que el referéndum “no supone que demos la espalda a Europa, sino que deseamos sentar las bases para una Europa más flexible y más competitiva”. Más negocio y menos burocracia. En su opinión, el corazón de la empresa europea no debe ser otro que el mercado único, en el que la competitividad y la flexibilidad son las claves para afrontar los desafíos de la globalización. “La Unión Europea –dijo— tiene que actuar con la velocidad y la flexibilidad de una red de Estados, no con la pesada rigidez de un bloque.”

Cameron piensa que podrá persuadir a gran parte de los países, sobre todo, a sus aliados tradicionales —los escandinavos, Holanda, Portugal, República Checa y algún otro de la Europa oriental– para modificar los tratados existentes, introduciendo un énfasis especial en los aspectos económico-comerciales, el mercado de los 500 millones de consumidores, y mitigando las intromisiones políticas, a fin de convencer a los británicos de los beneficios del sistema de gananciales en un matrimonio de conveniencia que ha durado 40 años, luego de superar bastantes incomprensiones, escaramuzas y hasta batallas subterráneas.

En estos momentos, Gran Bretaña es un contribuyente neto a las arcas de la UE y la opinión pública poco reflexiva, aguijoneada por la prensa popular y sensacionalista, cree a pie juntillas que el coste de la pertenencia a la UE excede de los beneficios. La política agrícola común, concebida para subsidiar a los agricultores franceses y alemanas, levanta ampollas en Londres, mientras que la de pesquerías obliga a los británicos a compartir sus caladeros. La contrapartida es que la mitad de todas las exportaciones británicas se dirigen hacia los países de la eurozona, que son sus principales clientes junto con EE UU: Alemania, Holanda, Francia e Irlanda.

“Una nueva preocupación para Europa”, advierte The Wall Street Journal, el diario norteamericana que representa al mundo financiero globalizado. Un nuevo problema que consumirá tiempo y energías mientras la crisis aprieta. Y también algunos sectores empresariales y mediáticos británicos están preocupados por la pirueta del primer ministro y sus efectos. Un bloguero del Daily Telegraph, Dan Hodges, formula el peor pronóstico y argumenta que, al plantear el desafío del referéndum, Cameron “anunció su dimisión como primer ministro, que será efectiva en mayo de 2017”.

Son muchos los que piensan, desde luego, que la UE debería ganar en competitividad y flexibilidad, o que haría bien en sacudirse el yugo de una burocracia hipertrofiada, ávida de competencias, que manifiesta una propensión ridícula para vulnerar el principio de la subsidiaridad mediante reglamentos redundantes y puntillosos o para suplantar a los Estados en algunos asuntos harto discutibles, como la justicia, los servicios financieros, las fronteras, la legislación sobre el desempleo, la limpieza de las playas o la pesca, sobre los que no existe un nítido consenso entre los socios. También en otros campos que los británicos juzgan abusivos y contraproducentes, como señaló Cameron: “En nombre de la protección social, la UE promovió innecesarias medidas que imponen barreras a los negocios y los gobiernos, y pueden destruir empleos.” “The shopping list” (la lista de la compra) con que ironiza la prensa londinense, sin osar cuantificarla.

En principio, el portavoz de la Comisión Europea se mostró conciliador recordando que “es del mayor interés de la Unión Europea y del Reino Unido” que el gobierno británico se sitúe “en el centro del proyecto europeo”, aunque reconoció que “corresponde al gobierno y al pueblo británicos decidir cuál debe ser la mejor forma de hacerlo”. Las reacciones fueron muy adversas entre los más ardientes federalistas, hasta el punto de que el presidente del Partido Liberal Europeo, el belga Guy Verhofstadt, acusó a Cameron de “chantajear” a sus socios con un discurso “lleno de incoherencias y con mucha ignorancia sobre cómo funciona la UE”. Ahora comienzan los conciliábulos y las especulaciones.

Un dilema estratégico 

Al decidirse por el referéndum, tras más de dos años en el poder, Cameron trató de resolver un dilema estratégico sobre el sentido último del proyecto europeo y el papel que debe desempeñar Gran Bretaña en el mundo, cuando la relación especial con EE UU parece haber sido enterrada por la indiferencia de Obama y la emergencia de nuevos poderes mundiales. Pero el primer ministro aplazó el desenlace al menos durante cinco años, una demora a todas luces excesiva. Con una apuesta tan alta, el primer ministro no sólo arriesga su futuro político, sino que compromete la posición de su país en la escena internacional, y resulta lógico que tome toda clase de precauciones, aunque se expone lógicamente a crear una atmósfera sofocante y perder los pocos amigos que le quedan en Europa.

El mundo empresarial y de los negocios británico está muy dividido, rechaza con energía el consenso socialdemócrata que prevalece en Bruselas ante los embates de la crisis, pero considera que la batalla por la reforma del modelo debería darse desde dentro de las estructuras comunitarias. Las élites intelectuales, académicas y periodísticas también desean seguir amarradas al continente, pedro su influencia está en declive. Después de todo, Cameron sostiene, al igual que la cancillera Angela Merkel, que el rigor presupuestario, la austeridad y la competitividad deben ser los pilares desde los que reconstruir el modelo, impulsar las reformas y superar la crisis.

Los socialdemócratas que suben los impuestos porque no se atreven a reformar están en franca minoría y en retroceso, y sólo tienen peso entre los consejeros del presidente Hollande. En vez a aprovechar esta más que probable sintonía germano-británica, para acabar con la parálisis del modelo, Cameron se empeña en entonar la anacrónica salmodia de la soberanía nacional en retroceso y la crítica mordaz contra las eurocracia. Lleva razón en sus críticas contra Bruselas, pero se queda sin  aliados para corregirlas. Está prácticamente sólo en su visión calcada de la Thatcher sobre el camino que conduce de la servidumbre a la prosperidad.

Ocurre, sin embargo, que los estrategas de Berlín discrepan de los de París en cuanto a las medidas para salir de la recesión, pero también de los de Londres en lo que concierne a los cimientos del orden político-económico que debe mantenerse en Europa. Los conservadores alemanes no comparten el neoliberalismo de los británicos, al que atribuyen gran parte de culpa por la actual crisis, y siempre han propugnado, desde que gobernaba el dúo Adenauer-Erhard, una economía social de mercado que implica fuertes controles estatales (ordoliberalism), así como un patriotismo constitucional para olvidar los horrores del pasado y la correspondiente transferencia de soberanía a las instituciones europeas.

Esa falta de sintonía entre los tres Estado más poderosos de Europa ensombrece el panorama y demora la recuperación. Crisis de principios y casi de identidad, de debilidad estratégica e ideológica, sobre la que recaen las dudas y las exigencias del primer ministro británico. Europa ante una crisis global, título del libro de ensayos coordinado por el sociólogo Víctor Pérez Díaz. Cameron va más lejos que ninguno de sus predecesores. No es una novedad, pero sí un engorro diplomático y un obstáculo formidable en el estrecho sendero de la recuperación económica y la clarividencia política, cuando sobre la UE vuelven a revolotear, desorientados, los fantasmas de la geometría variable y las discrepancias en el ritmo de la salida del túnel.

Desde su nacimiento el 1 de enero de 1958, la gran empresa europea tuvo que luchar contra las incomprensiones y hasta las zancadillas de Londres, que llegaron a  concretarse en la organización, bajo la batuta británica, de la Zona Europea de Libre Cambio (EFTA) en 1960, una alternativa estrictamente comercial al proyecto político que latía en el tratado de Roma que creó la Comunidad Económicas Europea (CEE). Ahora la única alternativa es la dispersión.

La gran cuestión que estuvo presente en todo el proceso de construcción europea consiste en saber si la empresa puede librarse de las reticencias permanentes de Londres, ahora que la tutela de EE UU parece que se aproxima a su ocaso ¿Puede ser la UE el embrión de un Estado federal, como desea parte de la izquierda, o deberá limitarse a administrar la cooperación interestatal, como pretenden Cameron y sus aliados? En cualquier caso, la baladronada del primer ministro británico nos recuerda que las incertidumbres y los peligros de regresión son más acusados que en otros momentos menos conflictivos.

 

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