Posteado por: M | 15 febrero 2013

La bomba de Corea del Norte estropea el discurso de Obama

El discurso de Barack Obama sobre el estado de la Unión, ante una sesión conjunta de ambas cámaras del Congreso, el 12 de febrero, estuvo dedicado primordialmente a los problemas internos que agobian al norteamericano medio, desde la endeudada y deficitaria economía al control de las armas de fuego, pasando por la sanidad y la regularización de millones de inmigrantes clandestinos; pero la tercera bomba nuclear que hizo estallar subterráneamente Corea del Norte, unas horas antes, no sólo provocó el consabido seísmo, sino que estropeó la fiesta presidencial y encendió todas las alarmas de la política exterior. Quedó en entredicho el repliegue estratégico y doctrinal que preconiza el presidente, el “no más guerras” impreciso y populista. 

La cuenca del Pacífico, según el guión geopolítico de Obama, está más que nunca en el centro de las inquietudes de Washington. Junto al poder creciente de China, segunda economía mundial, completan el escenario los aliados tradicionales de EE UU, el Japón mortificado por la recesión y una Corea del Sur orgullosa de su prosperidad, todos inquietos por lo que pueda ocurrir en la frontera intercoreana del paralelo 38, la más militarizada del mundo y último teatro de operaciones en el que confluyen  la guerra caliente de 1950-1953 y la inacabable guerra fría posterior, enconada ahora por la provocación nuclear de Corea del Norte.

No sabemos, sin embargo, si los coreanos programaron el estallido del ingenio nuclear para que precediera y coincidiera con el muy anunciado discurso de Obama ante el Congreso, teóricamente para exponer las líneas maestras de su programa para los cuatro años de su segundo y último mandato.

Por la línea de armisticio del paralelo 38 patrullan los últimos soldados norteamericanos de la guerra fría. Tokio y Seúl, que se encuentran dentro del radio de acción de los misiles norcoreanos, presionarán a Washington para que se comprometa en la desnuclearización de Corea del Norte, aunque nadie se atreve a decir cómo aquélla podría lograrse. Con su voluntad centrada en el repliegue, el margen de maniobra de Obama es muy estrecho, hasta el punto de que algunos estrategas de la Casa Blanca apuntan en otras dos direcciones: la disuasión y la no proliferación, costosas pero factibles. Porque una operación militar contra Corea del Norte, para destruir o dañar sus instalaciones nucleares, está completamente descartada.

El problema de la proliferación es quizá el más urgente. Se sabe, por ejemplo, que Pyongyang vendió uranio no enriquecido a Pakistán, otro poder nuclear, y éste, a su vez, lo revendió a la Libia de Gadafi. El reactor nuclear en Siria que fue destruido por un bombardeo de Israel en 2007 procedía de Corea del Norte. Para un régimen que somete a sus ciudadanos a innumerables privaciones, a periódicas hambrunas, a una persistente dictadura sobre las necesidades más perentorias, puede ser muy fuerte la tentación de vender misiles balísticos a grupos terroristas o que luchan por el poder en Estados fallidos, como Somalia o Malí.

Después de sus tres ensayos nucleares –los dos anteriores en 2006 y 2009— y del lanzamiento de un satélite y de un misil balístico a principios de diciembre del año pasado, el enigmático, dinástico y casi inescrutable régimen de Corea del Norte, dirigido ahora por un joven de 29 años, Kim Jong-un, se perfila como una potencia que dispone de una completa panoplia nuclear (ojivas y misiles) y que, por lo tanto, puede amenazar a los aliados de EE UU e incluso el territorio norteamericano de la costa del Pacífico. Al propalar el éxito de la prueba, en el este del país y a menos de 100 kilómetros de la frontera china, Pyongyang prosiguió con su arrogancia al anunciar que se trata de “una primera etapa” y que replicaría con acciones “más fuertes” si la ONU  le impone nuevas sanciones.

Para justificar el ensayo nuclear, la agencia norcoreana de noticias señaló que tenía por objetivo “proteger la seguridad nacional y la soberanía” del país “de la continua hostilidad norteamericana”. Y añadió: “Estados Unidos y sus partidarios cometen un triste error si piensan que Corea del Norte respetará las resoluciones totalmente descabelladas en su contra”. Las bombas parecen vinculadas a la supervivencia de un régimen tan despótico que permite chantajear no sólo a EE UU, sino igualmente a China.

El artefacto que estalló el 12 de febrero fue “miniaturizado y ligero con gran fuerza explosiva”, según la agencia; pero nada desveló sobre el material empleado para la detonación. No se sabe si los norcoreanos están en condiciones de ensayar con el uranio enriquecido, lo que significaría que han franqueado un nuevo peldaño en la escalada nuclear. Las bombas de 2006 y 2009 fueron de uranio, pero los científicos que trabajan para Pyongyang disponen de una planta de enriquecimiento de uranio que en noviembre de 2010 enseñaron a un grupo de expertos estadounidenses.

La inoperancia de la ONU

La inoperancia de la ONU es tan proverbial como desalentadora. Las resoluciones 1718 y 1874 del Consejo de Seguridad, aprobadas con motivo de las pruebas nucleares de 2006 y 2009, prohibieron a Corea del Norte el desarrollo de una tecnología nuclear y balística, pero yacen desde entonces en el cementerio de las interdicciones inútiles. La única novedad en esta ocasión es que Beijing había exigido a Pyongyang que se abstuviera de llevar a cabo una tercera detonación anunciada, pero la firme advertencia del vecino y único aliado en la región no sirvió para nada. El mismo día de la prueba, las autoridades chinas convocaron al embajador norcoreano, aunque nada trascendió sobre lo tratado.

El Consejo de Seguridad, reunido de urgencia, aprobó por unanimidad, incluyendo el voto de China, una nueva resolución condenatoria de “la grave amenaza”, pero dejó para más adelante el vidrioso asunto de “las medidas apropiadas”, es decir, las nuevas sanciones. El secretario general de la ONU, el surcoreano Ban Ki-moon, recordó que Corea del Norte es el único país que ha llevado a cano tres explosiones nucleares en el siglo XXI. China se unió a la condena, pero es poco probable que se decida a cortar el flujo de dinero, de energía y de respaldo político que mantiene con respiración asistida a la dictadura de Kim.

¿Qué puede hacer EE UU para contrarrestar el desafío nuclear de Pyongyang sin desatar, al mismo tiempo, la cólera de Beijing? Más de 15 años de negociaciones diplomáticas entre las seis potencias más directamente implicadas (las dos Coreas, EE. UU, Japón, China y Rusia) han demostrado que Washington carece de medios y probablemente de convicción para exigir a Beijing que imponga al menos una moratoria a su incómodo aliado. Obama denunció “un acto altamente provocativo” y Rusia exigió a Corea del Norte que abandone su programa nuclear y retorne a la mesa de negociaciones, pero la verdad es que ni Washington ni Moscú pueden ejercer la menor influencia sobre el hermético régimen, último vestigio del estalinismo militarizado.

El máximo dirigente chino, Xi Jinping, que el próximo mes alcanzará la presidencia de la República Popular, sabe muy bien que si no detiene los progresos nucleares de su vecino y aliado, más pronto que tarde tendrá que soportar una carrera armamentista de Japón y probablemente Corea del Sur para dotarse con un escudo antimisiles que requerirá la cooperación norteamericana. Por el contrario, si China presiona realmente, mediante la reducción de los suministros, podría provocar la desestabilización de la dictadura de Kim e incluso su colapso, de manera que la reunificación de la península coreana al estilo alemán, la absorción del norte por el sur, crearía una nueva realidad que los estrategas de Beijing consideran muy perjudicial para sus intereses. Los chinos prefieren un satélite a veces incómodo que una península reunificada instalada en la órbita de Washington.

Una pesada carga para Beijing 

El apoyar a Corea del Norte no es fácil ni gratuito, pero es una carga inevitable en el juego estratégico de China, según explicaba el periódico Huanqiu Shibao de Beijing al comentar la sucesión dinástica a la cabeza del régimen, y añadía: “Corea del Norte es un socio estratégico especial para China, pese a los problemas que le causa, especialmente debido a la cuestión nuclear. Las relaciones amistosas entre los dos gobiernos constituyen un factor de estabilidad en las fronteras, extremadamente importante para China, y contribuyen a acrecentar su capacidad de iniciativa estratégica en Asia del noreste y el conjunto del Asia oriental.”

En cualquier caso, el valor estratégico de Pyongyang está en discusión en las altas esferas Beijing, lo que explica que la diplomacia china apoye las resoluciones de la ONU pero sin atreverse a cortar el cordón umbilical que une a los dos países teóricamente comunistas. Conviene recordar, no obstante, que el caos que se pronosticaba y se temía tras la muerte de Kim Jong-il, ocurrida el 17 de diciembre de 2011, no se produjo gracias a la ayuda y los consejos de Beijing, sobre todo, entre la nomenklatura militar, para paliar la hambruna endémica y consolidar la sucesión  comunista en la persona de Kim Jong-un, el hijo predilecto pero inexperto del que fue amado líder, cuyo verdadero poder sigue siendo un enigma.

Tampoco Obama parece tener las cosas muy claras, ni sobre Corea del Norte ni mucho menos sobre Irán, los dos países empeñados en sendos programas nucleares que desafían abiertamente a la comunidad internacional. El discurso sobre el estado de la Unión sólo contuvo dos breves referencias sobre esos asuntos acuciantes. El presidente advirtió de que la prueba nuclear de Pyongyang sólo servirá “para aislar aún más” al régimen norcoreano, y en cuanto a Irán, se olvidó del llamamiento para unas negociaciones bilaterales, rechazadas de plano por el ayatolá Alí Jamenei, líder supremo de la República Islámica, y se limitó a señalar que “ha llegado la hora para una solución diplomática” que nadie sabe en qué puede consistir.

Al analizar el discurso sobre el estado de la Unión, no encuentran los comentaristas norteamericanos ningún esbozo de doctrina consistente en materia de política exterior, ni siquiera una estrategia rudimentaria para promover la paz entre israelíes y palestinos o hacer frente a los innumerables retos que plantea la agitación endémica en el mundo árabe, con Egipto a la cabeza del tumulto. “La doctrina de Obama es a work in progress” (una idea en elaboración), según la expresión de  Michael O´Hanlon, un experto de la Brookings Institution, un laboratorio de ideas (think tank) de carácter progresista.

Podemos vislumbrar, sin embargo, los dos pilares de esa nebulosa diplomático-estratégica de Obama: la economía y la retirada de las tropas de Afganistán o cualquier otro lugar, aunque no de Corea. Porque el futuro está en el Pacífico. No más soldados en territorios lejanos e inhóspitos, ni más expediciones en Estados fallidos. Hay que restablecer el poder del imperio desde dentro, desde la mejora económica y el fortalecimiento de la clase media, la superioridad tecnológica y cultural. Ya sabemos que la nueva American way of war, la manera americana de hacer la guerra, queda encomendada a la maravilla técnica y letal de los drones, que sólo necesitan bases discretas y operadores de pantallas de radar, en perfecta sintonía con un presidente tan progresista como pragmático, según sus innumerables corifeos.

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