Posteado por: M | 26 febrero 2013

Embrollo o alianza de los contrarios en Italia

Los resultados de las elecciones generales colocan a Italia en el mar de la incertidumbre, agitan los mercados y causan una grave inquietud en Europa, así en Bruselas como en las principales cancillerías. Nadie había previsto la infamante derrota de Mario Monti, el tecnócrata que fue impuesto a los italianos, hace 15 meses, por sus acreedores, en una maniobra poco democrática, pero se confirmaron los peores augurios con la extraña resurrección de Silvio Berlusconi y el éxito incontestable del cómico populista Beppe Grillo. La victoria precaria y pírrica del centro-izquierda homologado, dirigido por Pier Luigi Bersani, que fue un funcionario comunista transmutado en socialdemócrata, no puede paliar el claro mensaje contra la austeridad, contra el sistema e incluso contra Europa. 

bersani

Pier Luigi Bersani

No podemos olvidar, sin embargo, que Italia es la tercera economía de la eurozona y uno de los pilares de la construcción europea; que la suerte del euro se dirime también en la bolsa de Milán y los palacios de Roma, en uno de los cuales, el Capitolio, se firmó en 1957 el tratado que puso la primera piedra de la Unión Europea. “¿Quién puede salvar a Italia?”, inquiría The Economist hace 15 días. Y Ahora, tras unos resultados electorales decepcionantes, cabe preguntar a los europeos: ¿Acaso Eurolandia podría sobrevivir a la caída de Italia en el abismo?

La coalición de centro-izquierda (ex comunistas, ecologistas y algunos centristas), que se presentaba con el bonito nombre de Italia Bien Común, venció por la mínima en la Cámara de los Diputados: 29,55 %, menos de un tercio de los votos que le permite alcanzar, sin embargo, una clara mayoría de 340 escaños gracias a la prima que un sistema electoral extravagante otorga al vencedor (55 % de los escaños). La alianza de Berlusconi, El Pueblo de la Libertad, situada en el centro-derecha, quedó en segundo lugar, con el 29, 18 % (124 escaños), y el Movimiento 5 Estrellas, de Beppe Grillo, alcanzó el 25, 54 % (108 escaños). La Elección Cívica, o Con Monti por Italia, no pasó del 10,56 % de los sufragios (45 diputados).

El infierno de la confusión y la ingobernabilidad, sin embargo, reside en el Senado (315 senadores), donde no existe en principio ninguna mayoría suficiente y donde la coalición de Berlusconi llega en primer lugar por el número de escaños (116), aunque no de votos. El centro-izquierda queda relegado a la segunda posición (113 senadores), seguido por el populista Beppe Grillo con 54. El desastre de la coalición centrista de Monti (18 senadores) hace inviable e inservible su eventual apoyo a Bersani. Como el jefe del gobierno necesita obtener la investidura en ambas cámaras, el posible bloqueo de Bersani en el Senado sembraría los vientos de la tempestad y agitaría el fantasma de una repetición de las elecciones.

Ninguna encuesta había previsto semejante terremoto en una cámara de 630 escaños dividida ahora entre tres coaliciones y un apéndice centrista y tecnocrático, la voz de Bruselas, prácticamente inaudible en medio de la algarabía. La supuesta solución tecnocrática, que algunos periódicos suponen que fue inspirada por la cancillera Merkel, ha desembocado en un aparente y amenazante callejón sin salida. Paul Krugman, el economista norteamericano que actúa como vocero de la socialdemocracia contra la austeridad, exageró y se regodeó en el New York Time, tras conocerse los resultados: “En efecto, Monti fue el procónsul instalado por Alemania para imponer la austeridad fiscal a una economía desfalleciente.” ¿Acaso Obama nada tuvo que ver con la operación para descabalgar a Il Cavaliere?

Beppe Grillo

Beppe Grillo

“Se abre una situación delicadísima para Italia”, se limitó a declarar el teórico vencedor, Bersani, a través de las redes sociales, para evitar una comparecencia comprometida ante los periodistas. Grillo siguió fiel a sí mismo: “No pactaremos ni con Bersani ni con Berlusconi, porque son unos fracasados. Están acabados.” Los periódicos italianos manejaban el término ingobernabilidad y La Repubblica, favorable al centro izquierda, se hacía eco de los temores de Berlín ante el caos en Italia, una situación  a la griega. Pero Berlusconi, en sus primeras declaraciones en un canal de televisión, trató de insuflar un poco de calma en una situación de calamidad pública. “Non utile ritornare al voto”, exclamó. Su conclusión es muy simple: “Es tiempo de reflexionar, no de ir otra vez a las urnas.”

Una vocación transaccional

 Al celebrar su inesperado renacimiento, el magnate catódico y un poco decrépito se mostró conciliador, como si estuviera dispuesto, después de haberlo vilipendiado por comunista, a otorgar a Bersani el beneficio de la duda y aceptar su investidura como jefe del gobierno. La clase política italiana, aunque debilitada por la venalidad y el escepticismo, dio en el pasado pruebas suficientes de flexibilidad para resolver el damero maldito de la vida parlamentaria llevada a su exasperante opacidad. Con más frecuencia de la que hubiera sido deseable, el sistema echó mano del expediente de la combinazione para tapar sus vergüenzas. Una gran coalición, en el estilo alemán, devolvería Berlusconi parte de la credibilidad perdida y de la honorabilidad malgastada en fiestas escabrosas, bailes obscenos, retoques estéticos, fugas de la justicia y populismo barato.

La vocación transaccional de las fuerzas políticas italianas viene de muy lejos y fue consagrada por el conde Camillo Cavour en el parlamento del Piamonte, antes de la unificación, mediante la fórmula que recibió el nombre de connubio o matrimonio de conveniencia y que luego sería calificada de trasformismo, la alianza de los contrarios, pero también una tupida red de intrigas. El modelo alcanzó su culminación con el líder liberal Giovanni Giolitti, antes de la llegada del fascismo al poder, y reverdeció sus laureles con el compromesso stórico que encandiló y frustró tanto al asesinado democristiano Aldo Moro como al aristócrata comunista Enrico Berlinguer.

No obstante, un gobierno presidido por Bersani, con sólo un tercio de los votos en ambas cámaras, será inevitablemente débil y estará sometido a fuertes presiones internas y externas, de manera que carecerá de la autoridad necesaria para hacer las reformas, controlar la deuda estratosférica (2 billones de euros) y reducir el déficit hasta el 3 % del PIB, como reclaman Bruselas y los mercados. Tampoco podrá seguir con la austeridad a ultranza que han rechazado más del 50 % de los ciudadanos, cuando el país ha caído de nuevo en recesión. La última experiencia de ese tipo la ofreció el gobierno de Romano Prodi salido de las urnas en 2006, pero que sólo pudo durar dos años y medio. ¿Acaso la salvación aunque sea provisional apunta hacia una coalición de Bersani con Berlusconi, esa nueva y vacilante versión del connubio?

El voto de protesta generalizado, recogido por Grillo, cuyo nombre coincide con el del personaje que encarna la conciencia crítica en Las aventuras de Pinocho, atrajo a todos los sectores de la sociedad italiana y medró en todos los territorios, desde las ricas regiones del norte (Lombardía, Piamonte, Véneto) a las empobrecidas y subsidiadas del Mezzogiorno. Pese al apoyo y los elogios del Papa, Obama y los líderes europeos, Monti cayó víctima de la cólera de los que no le perdonan ni el látigo fiscal, ni la obsesión de la austeridad, ni la subida de la edad de jubilación y otras políticas restrictivas que ensombrecieron el paisaje social de la península.

La cultura política italiana fue puesta en la picota por unos resultados electorales desconcertantes que serían incomprensibles sin un sucinto recordatorio de la ley electoral y el modo de escrutinio. Más del 50 % de los italianos votaron por Berlusconi y Grillo, dos figuras poco atractivas en otros países europeos, aberrantes en muchos aspectos: un viejo relamido, rijoso y mal maquillado, y un humorista histriónico que tiene la petulancia de comparece en escena como guardián de las reservas morales de la patria. Ambos provocan la irrisión de los analistas, pero la verdad es que meten miedo porque erosionan el sistema y anuncian una radicalización peligrosa. Aunque hay que advertir que la inestabilidad opera en la política italiana como una segunda naturaleza.

La absurda ley electoral

La reforma electoral de 2005, impulsada por Berlusconi, se propuso impedir la fragmentación del paisaje político y, por ende, reducir la inestabilidad parlamentaria crónica, pero arroja unos resultados tan penosos como contradictorios, hasta el punto de estimular la dispersión del voto y forzar coaliciones o combinaciones alambicadas y de muy corto recorrido. En realidad, las fuerzas políticas están más dividas que nunca, aunque obligadas a coligarse para sobrevivir, y los escrutinios diferentes establecidos para la Cámara de los Diputados (630 escaños) y el Senado (315 senadores) contribuyen al embrollo general y prolongan las trattative para la formación de un gobierno que debe obtener la confianza de ambas cámaras.

La ley de 2005 cambió el sistema mayoritario por el proporcional, pero estableció una prima mayoritaria para el partido o coalición vencedora, de manera que, en vez de reducir el número de partidos, simplemente fomentó las coaliciones disparatadas. En la Cámara de los Diputados, elegida en 26 circunscripciones electorales (diferentes de las regiones o provincias), el partido o coalición que llega en cabeza obtiene automáticamente el 55 % de los escaños. Para entrar en la cámara, las coaliciones deben obtener, como mínimo, el 10 % de los sufragios. A los partidos que no forman coalición les basta con el 4 % de los votos para alcanzar representación.

En el Senado, en cuya elección, extrañamente, sólo votan los mayores de 25 años, la prima mayoritaria que se atribuye a la coalición triunfadora es también del 55 %, pero depende de los resultados en las 20 regiones administrativas del país, y los electos se consideran representantes regionales. Los mínimos para obtener representación son también distintos y se establecen a nivel regional: 20 % de los votos para las coaliciones y 8 % para los partidos. En tres regiones especiales (Valle de Aosta, Trentino-Alto Adige y Molise) rige aún el sistema mayoritario.

Al contrario que España, donde el Congreso de Diputados dispone de la última palabra frente al Senado, ambas cámaras del Parlamento italiano actúan en pie de igualdad y tienen las mismas prerrogativas, por lo que deben votar en términos idénticos los proyectos de ley para que éstos sean definitivamente aprobados. Ese sistema paritario goza de la aprobación de los ciudadanos, habida cuenta de que un proyecto de ley para suprimir la competencia legislativa general del Senado fue rechazado por referéndum en 2005. Lombardía y Sicilia, las dos regiones más pobladas, votan sistemáticamente a favor de la derecha. En caso de mayorías divergentes en la Cámara de los Diputados y el Senado, unas nuevas elecciones deben convocarse en el plazo de 60 días, según dispone el artículo 61 de la Constitución.

La complejidad de los dos modelos de escrutinio y los dos tipos de circunscripciones resulta ser el corolario de un intento de Berlusconi y sus amigos, aunque fallido, para perpetuarse en el poder, a costa de hacer más enrevesado y oneroso un sistema bicameral que está pidiendo a gritos tanto una simplificación como una reducción drástica de sus efectivos para que no salga malparada la voluntad popular hasta el punto de caricaturizarla, desviarla o falsearla. La oposición de centro-izquierda de la época, dirigida por Romano Prodi, calificó la ley electoral de “indigna”, pero, paradójicamente, no sirvió para impedir la derrota de Il Cavaliere en las elecciones generales pocos meses después (2006), si bien recuperó el poder en 2008 y lo mantuvo hasta que los escándalos y las presiones europeas forzaron su dimisión y la llegada de Mario Monti al palacio Chigi, en noviembre de 2011.

Ese sistema electoral, inventado por Roberto Calderoni, ex ministro de la Liga Norte, fue descalificado por su mismo autor, que lo descalificó como si fuera una porcata (una cochinada). Sin parangón en Europa, cocinado en la sentina de los capataces de Berlusconi, ese modo de escrutinio dual exagera las peores tendencias políticas, coadyuva a las  hipérboles retóricas de los candidatos y contribuye de manera decisiva al bizantinismo tradicional del régimen de partidos, además de fomentar los pactos contra natura o, al menos, contra la voluntad de los electores. Las listas bloqueadas y el caciquismo son dos elementos más de la maldita partitocracia, de gran peso en la vida política.

De las Mani Pulite al espectáculo de la antipolítica

La emergencia y el éxito de un partido antisistema, el Movimiento 5 Estrellas, dirigido por el cómico de la legua Beppe Grillo, de 64 años, confirma la frustración y la cólera de muchos italianos ante los fracasos reiterados y los escándalos de corrupción que persiguen a los partidos más o menos homologados en Europa y que se integran en los dos grandes polos de centro-derecha y centro-izquierda, las dos coaliciones heterogéneas que se alternaron en el poder durante los 20 años trascurridos desde que la Primera República fue hundida por el terremoto judicial que desveló la podredumbre sistémica de la Tangentopolis (la ciudad de las comisiones), nombre que recibió la práctica del soborno de los partidos por las empresas a cambio de las concesiones administrativas, algo parecido a lo que ocurrió en Cataluña con la trama que tenía su epicentro en el Palau de la Música.

El magistrado Antonio de Pietro y los otras jueces y fiscales de la operación Mani Pulite (Manos limpias), iniciada en Milán y muy influida por el entonces Partido Comunista, airearon la corrupción generalizada en los municipios y atacaron de manera contundente tanto al Partido Socialista, dirigido por Bettino Craxi, ex jefe del gobierno, como a la Democracia Cristiana, a cuya cabeza figuraba Giulio Andreotti, hasta precipitar la implosión de los partidos y del sistema en 1994. Lo que no pudieron prever tan arriscados juristas es que la casta política se reencarnaría en dos figuras tan polémicas y demagógicas como Berlusconi y Grillo.

La formación del humorista Grillo se presenta como un antipartido que se opone a la política tal y como hasta ahora funcionó en Italia. En el sentido de que combate lo establecido, su mensaje parece subversivo y concita las diatribas de tirios y troyanos. Grillo ha sido descrito como un payaso, un showman, un extremista y populista, un nuevo caudillo de todos los descamisados, un reventador del sistema parlamentario, pero él no se arredró y supo manejar el látigo satírico contra sus adversarios: retrató al jefe del gobierno, Mario Monti, como “rigor Montis”, para arremeter contra los recortes sociales, el aumento de los impuestos y el rigor presupuestario decididos por su equipo tecnocrático y no elegido, aunque aparentemente impuesto desde Bruselas.

Los candidatos del Movimiento 5 Estrellas, que en el pasado mes de octubre se apuntaron algunos éxitos en las elecciones regionales, se acaban de estrenar a nivel nacional en las lides electorales y su comportamiento parlamentario es una completa incógnita. Probablemente trasladarán a las cámaras el espectáculo en estos tiempos de crispación y anemia moral e ideológica. La disciplina se reputa muy poco probable entre gentes apenas cohesionadas por su aversión a la austeridad y su denigración de la clase política. Su retórica y sus consignan proceden en parte del movimiento de los indignados, pero también de los partidos de derecha y xenófobos, populistas, que han proliferado en Europa en los últimos años, antieuropeos, críticos con la corrupción, la presión fiscal y el paro galopante.Los adversarios del Movimiento 5 Estrellas, tanto a derecha como izquierda, consideran que su proyecto es destructivo, pero no creativo. Grillo y los suyos, con un estilo exaltado e histriónico, espoleados por las lacras de la vieja política, claman contra el sistema y sus representantes, pero fueron incapaces de concretar sus objetivos para una regeneración general que lleva muchos años de retraso. “No están por el cambio, sino por la destrucción”, aseguran sus oponentes. Berlusconi insistió en que Grillo es “un comunista camuflado” y Bersani le llamó “fascista”, una manera poco convincente y muy habitual de trasformar las filiaciones o simpatías políticas en epítetos de oprobio.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: