Posteado por: M | 1 marzo 2013

Los Castro nombran un “sucesor”

 

Las noticias de La Habana suelen recibir una atención desmesurada por la sencilla razón de que las agencias escrutan con interés e intriga el menor atisbo de cambio en una dictadura que supera todas las marcas de longevidad: instaurada en 1959, pervive inalterable en sus cimientos, manifestaciones y violencia represiva. Los hermanos Castro han tenido ahora la ocurrencia de nombrar un sedicente sucesor, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, que el 24 de febrero fue ritualmente elegido por la Asamblea Nacional como vicepresidente primero del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros, cargos que la sitúan como teórico número dos del régimen, detrás del presidente Raúl Castro, pero con Fidel, de 86 años, como consejero jefe y cancerbero en la ciudadela de la revolución con atmósfera de hospital o centro geriátrico. 

El nombramiento de Díaz-Canel, un ingeniero de 52 años, nacido bajo el régimen castrista, coincidió con el anuncio de que Raúl Castro, que sucedió a su hermano Fidel en 2006, se jubilará en 2018, cuando cumpla 86 años, prueba inequívoca de que la gerontocracia comunista es tan lenta de reflejos como confiada en mantener su férula sobre los cubanos sin importarle el paso inexorable del tiempo y el futuro de un país que sigue sumido en una delirante dictadura de las necesidades, al que se administran los cambios cosméticos en dosis homeopáticas. Porque la estructura del régimen permanece anquilosada.

Los medios oficiales de Cuba comunicaron el lunes 25 de febrero que Fidel Castro y el comité central del Partido Comunista habían respaldado durante una reunión el día antes las decisiones de Raúl sobre los cambios en los organismos dirigentes del Estado. Es decir, que el comandante en jefe, aunque retirado, y el cónclave comunista que le obedece mantienen intacto su poder y propalan su hegemonía para que nadie se llame a engaño, o tome el rábano por las hojas, o acabe por creerse algunas de las medias verdades que difunden los portavoces oficiales para distraer al personal con rumores y conjeturas sobre el alcance de las tan cacareadas pero superficiales reformas.

En la misma sesión seudo parlamentaria, Raúl Castro, de 81 años, fue reelegido presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros, cargos equivalentes a los de jefe de Estado y jefe del gobierno, y anunció que se retirará en 2018 para cumplir con la norma por él impulsada que establece un límite de dos mandatos quinquenales en la magistratura suprema. Aunque Fidel enfermó y fue intervenido quirúrgicamente en 2006, Raúl no le sucedió en sus cargos oficiales hasta 2008, ahora hace exactamente cinco años.

Díaz-Canel, nacido en 1960 en la provincia de Santa Clara, en la que pasó por todas las etapas requeridas para el ascenso en la nomenklatura comunista, en una carrera impecable de funcionario de la revolución; miembro del comité central del PC desde 1991 y del politburó desde 2003, sustituye como vicepresidente a José Ramón Machado Ventura, de 82 años, compañero de los Castro en la guerrilla de Sierra Maestra que les condujo al poder tras derrocar al dictador Fulgencio Batista en enero de 1959.

En todo caso, el cambio generacional, de producirse, no se consumará hasta 2018, y lo que se vislumbra en estos momentos es una transición más por motivos biológicos que por voluntad política de los hermanos Castro y el núcleo duro del PC, proclives desde hace muchos años a mantener vivo y a cualquier precio el fatalismo del régimen: después de nosotros, el castrismo sin Castro, o el naufragio. Por eso la designación de Díaz-Canel hay que enjuiciarla con toda clase de precauciones habida cuenta la extensa cadena de sucesores que jamás tuvieron tiempo para consolidar su poder vicario, del comandante Camilo Cienfuegos, cuya muerte sigue siendo un enigma, y el Che Guevara, enviado a Bolivia, hasta los jóvenes que proliferaron tras la desintegración traumática de la URSS.

Las purgas del régimen

Las purgas dentro de la dirección comunista, como es notorio, jalonan la historia aparentemente sin sobresaltos del régimen. La más sangrienta fue la del general Arnaldo Ochoa Sánchez, jefe del cuerpo expedicionario cubano en Angola, “héroe de la República de Cuba” y amigo de Raúl Castro, que fue pasado por las armas junto con el coronel Antonio de la Guardia y otros dos oficiales del ejército en la madrugada del 13 de julio de 1989, acusados de narcotráfico en un inicuo juicio sumarísimo retransmitido por televisión.

La versión oficial prevaleció por poco tiempo. El general Patricio de la Guardia, condenado en la misma causa, explicó tres años después, en una carta desde la cárcel, que el gobierno cubano auspiciaba el tráfico de drogas desde Colombia, y de marfil y diamantes desde Angola, para hacerse con dólares, en pleno desbarajuste económico a causa del fin de las subvenciones soviéticas. Según el general De La Guardia y otras fuentes concordantes, Fidel Castro sacrificó cínicamente a sus agentes cuando se enteró de que Washington conocía la actividad de un departamento del ministerio del Interior que se dedicaba al narcotráfico.

Otras informaciones inverificables por el momento, como las que aporta el escritor Norberto Fuentes, sugieren que el general Ochoa simpatizaba con el reformismo de la perestroika impulsada por Mijail Gorbachov en la URSS, de manera que su fusilamiento fue una venganza política para abortar cualquier veleidad golpista entre los militares. Algo similar a lo que pensó Deng Xiaoping, el gran timonel. En todo caso, el fusilamiento de Ochoa se produjo tres meses después de la visita del último líder soviético a La Habana y al mes siguiente de que el ejército de China reprimiera con inusitada dureza la revuelta democrática que tuvo por escenario la plaza de Tiananmen en Beijing, el 4 de junio de 1989.

El rosario de purgas no se detuvo. Desde que Fidel Castro cayó enfermo en 2006, varios jóvenes aparatchiks del partido fueron presentidos como herederos de los Castro, pero ninguno de ellos pudo consolidar su poder, sistemáticamente acusados de corrupción o deslealtad, y eliminados sin contemplaciones. Una de las purgas más sonadas fue la de Roberto Robaina, ex ministro de Asuntos Exteriores de 1993 a 1999, que tres años después de su destitución, en agosto de 2002, fue acusado de deslealtad, de “hablar con el enemigo”, y se ordenó su expulsión del partido de manera deshonrosa.

Según la requisitoria de Raúl Castro, en un pleno del comité central comunista, difundida en un video, el ministro Robaina tuvo el atrevimiento de comentar con el ministro español de Asuntos Exteriores, a la sazón Abel Matutes, los problemas de la sucesión y de proponerse como candidato. Un Raúl Castro colérico le espetó a Robaina tras enterarse de su conversación con el ministro español: “¿De qué carajo de candidatura está hablando? ¿Qué carajo has estado hablando con ese hombre [Matutes]? No voy a permitir que gente como tú jodan esta revolución tres meses después de que desaparezcamos los más viejos.”

En la actualidad, Roberto Robaina se dedica al arte de la pintura, produce lienzos mediocres, predica su amor por el comunismo y regenta el Chaplin´s Café, en La Habana, uno de esos paladares o casas de comida privadas, lugares amables surgidos del empujón cuentapropista para deleite de los turistas con dólares, pero que siguen sometidos al control y las exacciones de la policía política.

La última y más sorprendente destitución afectó a Carlos Lage Dávila, un médico comunista, nacido en 1951, otra joven promesa, que fue secretario del Consejo de Ministros y vicepresidente del Consejo Estado desde 1986, responsable de las modestas reformas económica con las que el régimen trató de evitar la asfixia tras la enfermedad y renuncia de Fidel. También fue la cara amable y reformista del régimen en las Asambleas de la ONU y las Cumbres Iberoamericanas, pero fue destituido de manera fulminante y sin explicaciones el 3 de marzo de 2009.

La misma suerte corrió otro joven avezado y ambicioso, Felipe Pérez Roque, ex secretario de Fidel, que sustituyó a Robaina como ministro de Exteriores en 1999, pero fue destituido el mismo día que Carlos Lage, junto con otros diez dirigentes del partido, tras un nuevo delirio de conspiración en las altas esferas del régimen, reflejo de la paranoia que le aqueja desde su nacimiento. Ésta es la purga más importante y numerosa desde que Raúl Castro ostenta la jefatura del Estado.

Desde su atalaya del Granma, Fidel Castro acusó a Lage y Pérez Roque de alimentar “unas ambiciones que los condujeron a un papel indigno”; de tratar con el enemigo exterior y traicionar la revolución. Vituperio ritual y repetido hasta la náusea. Otras informaciones oficiosas relacionaron insidiosamente a Pérez Roque con un agente del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) español. Los dos supuestos heterodoxos firmaron sendas cartas bochornosas, publicadas en el Granma, en las que confesaban la deslealtad y aceptaban su responsabilidad política.

Con esos antecedentes, la promoción de Díaz-Canel debe interpretarse con la máxima cautela, como una demostración añadida de que los Castro no tienen más remedio que delegar la pesada carga del poder diario, pero sin perder su control, dominados por una obsesión parecida a la de Stalin, según la cual el partido se fortalece con la eliminación de cualquier sospechoso de crímenes inventados. El designado mantiene excelentes relaciones con los poderes fácticos y decisivos: el partido comunista y las fuerzas armadas, pero esas circunstancias también se daban en los que le precedieron antes de caer en desgracia.

Algo se mueve en Cuba, efectivamente, pero con una lentitud exasperante y con unos precedentes que cercenan cualquier expectativa de cambio sustancial. La única novedad es que Díaz-Canel ha sido proclamado “sucesor”, privilegio que no habían conseguido ninguno de sus desgraciados predecesores en la cucaña del poder. Ahora tiene ante sí la ímproba tarea de promover las reformas, por modestas que sean, para evitar el colapso económico del régimen; pero sin provocar alarma de los guardianes de la ortodoxia que escoltan a los hermanos Castro en su otoño irremediable.

Algunos representantes de la oposición tolerada del interior se mostraron absolutamente escépticos. Elizardo Sánchez Santa Cruz, conocido y valeroso defensor de los derechos humanos, declaró a los periodistas que la promoción de Díaz-Canel “es irrelevante porque no puede cambiar las reglas de juego”. Y añadió: “Cualquier cosa puede suceder en cinco años esto no es una democracia, sino un régimen totalitario.” Que conste una vez más.

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Responses

  1. Cuba está cambiando, no cabe duda. Quienes sí hemos estado allí lo hemos visto con nuestros propios ojos. Aún falta tiempo, es sabido que los cambios llegan sin prisa en medio de esa montaña burocrática que forma el sistema cubano.

    A pesar de todo me gustó el análisis. Como de costumbre en todo lo relativo a Cuba, echo de menos atisbar indicios del futuro que divisa la isla: se parecerá más a la colonia estadounidense de Puerto Rico o a la Venezuela de Chávez? Surgirá un ordenamiento nuevo y sin precedentes?

    Hago un paréntesis: dudo mucho que fuera cierto ese complot para traficar con droga colombiana y diamantes a través de Angola por parte del Ministerio de Interior. De ser cierto, Estados Unidos se habría encargado de propagar con ahínco la información.


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