Posteado por: M | 8 marzo 2013

La muerte de Chávez, el fracaso de su régimen

La muerte del presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, que estuvo 14 años en el poder, permite abordar un balance provisional sobre la aventura de la llamada revolución bolivariana, última y radical manifestación del populismo en América Latina, degradación de la democracia que deviene un verdadero azote político. La desaparición del caudillo plantea, al mismo tiempo, múltiples interrogantes sobre el futuro de un país tan rico en petróleo como curtido en desgracias, profundamente dividido, de violencia inaudita, polarizado entre chavistas y antichavistas. El óbito de Chávez, a los 58 años de edad, tras casi dos años de combate contra el cáncer, fue anunciado por el heredero y vicepresidente Nicolás Maduro el 5 de marzo en medio de rumores incontrolables sobre el fatal desenlace.

Con Chávez abandona la escena definitivamente no sólo el jefe del Estado venezolano, sino también un líder hemisférico, el creador y financiero de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América (Alba), el pretencioso eje antiimperialista que sólo incluye a Bolivia, Ecuador y Nicaragua, países ostentosamente subvencionados con los petrobolívares. El excéntrico revolucionario de Caracas, émulo jactancioso de Simón Bolívar, el Libertador, se propuso reducir o contrarrestar la influencia de EE UU en el hemisferio y extender su influencia a otros continentes, en la búsqueda utópica de un nuevo orden levantado sobre los escombros de algunos Estados fallidos, de revoluciones estancadas o anacrónicas, desde Cuba y Corea del Norte, reliquias del estalinismo, al Iraq de Sadam Husein, el Irán de Ahmadineyad o la Siria de Bachar al Asad.

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Demasiada ambición para el gárrulo comandante de paracaidistas, de cabeza roja y corazón generoso, con las hechuras y la pasión de un predicador laico, crecido con el maná del petróleo, viajero infatigable hasta que fue derribado por el cáncer. “Le gustaba abrazar a los autócratas y dictadores del mundo –escribió The Economist en su obituario—. Forjó una alianza con Irán, que le ofreció una opaca cooperación técnica y compró armas a Putin por valor de 15.000 millones de dólares.”

¿Alguien podrá recoger la antorcha caída? El vicepresidente y ministro de Exteriores, Nicolás Maduro, heredero designado por el mismo Chávez, carece de carisma, de autonomía y es un simple imitador que grita “Yo soy Chávez” ante sus apesadumbrados seguidores, pero que asume la interinidad vulnerando claramente la Constitución. Una licencia más del chavismo que deja bien claro cuál es su concepción abusiva de la democracia. En efecto, la Constitución prevé que, en caso de vacante en la jefatura del Estado, asume sus funciones el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, un militar chavista. En este asunto más que protocolario, todo parece indicar que la influencia de Cuba fue decisiva para la declaración de heredero y la entronización de Maduro. En todo caso, las elecciones presidenciales deberán convocarse en los 30 días siguientes al fallecimiento.

¿Hasta dónde llega la larga mano de los Castro en la situación de vacío político que vive Venezuela? Ésa es una de las grandes incógnitas de la situación. Chávez no se cansó de repetir que Fidel Castro era su padre espiritual, su mentor, su mejor consejero, y que Cuba era el modelo del socialismo bolivariano. Por eso trató de que los galenos de La Habana le curaran el cáncer en el circuito cerrado y secreto de los dirigentes del régimen. Por eso miles de médicos, enfermeros, maestros y espías cubanos pululan por Caracas, adscritos a misiones con las que Cuba paga parte de los suministros de petróleo barato (40 dólares el barril) que mueven su renqueante economía. Si Maduro es el hombre de los cubanos, ¿quién influye en Cabello y otros militares con poder de persuasión?

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La propagación fallida del chavismo

Sus seguidores aseguran que, en la tradición de los caudillos, Chávez murió con las botas puestas, pero los venezolanos de la oposición lamentan el secretismo que acompañó a la enfermedad, la algarabía del sepelio, y propalan que su país cada vez se parece más a una caricatura de Cuba, aunque con petróleo. Los hermanos Castro ya no están por exportar la revolución, ni por el envío de un nuevo Che a abrir otros frentes (nuevos Vietnam, se decía en los años 60 del pasado siglo), sino que luchan por la supervivencia y ahora tendrán que enfrentarse a la ardua tarea de preservar la subvención petrolera que les llega de Venezuela: unos 100.000 barriles diarios de petróleo que suponen dos tercios del consumo de la isla. Una ayuda superior a la que prestó la Unión Soviética hasta 1990 (5.000 millones de dólares anuales) para mantener un satélite comunista a 100 kilómetros de Miami.

El nicaragüense Daniel Ortega, envejecido y enfermo comandante sandinista, acusado de corrupción y abusos sexuales, viene recibiendo de su protector venezolano, desde 2006, unos 500 millones de dólares para desarrollar algunos programas sociales y para levantar una autocracia que cada día se asemeja más a la del odiado Anastasio Somoza. ¡Una desgracia de país! Aunque están más lejos, Nicolás Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia también son beneficiarios del “oro venezolano” y mantienen encendida la llama antiimperialista y las expropiaciones como arma suprema del populismo. ¿Qué será de las fuerzas supuestamente progresistas en el espacio vacío creado por la desaparición de Chávez?

En verdad, al leer la prensa española, se tiene la impresión de que Chávez y el populismo tienen más partidarios en la lejana España que en la misma América Latina. Como el chavismo es impensable en Europa, parece como si algunos partidos y comentaristas, aquejados de hemiplejia moral, quisieran recomendarlo con fervor en nuestros hermanos latinoamericanos. La crisis económica y la fuerte inmigración alimentan los más diversos y extravagantes populismos en Europa, como se acaba de ver en Italia. Pero son pocos los suramericanos que miran hacia Caracas, que ya no es faro o avanzadilla de progreso, sino de conflicto, corrupción y penuria.

El consenso político de la izquierda del progreso en América Latina se establece en torno a la democracia y el mercado, la sociedad abierta y competitiva, sin maniqueísmos o resentimiento, como confirman los ejemplos de Brasil, Colombia, Uruguay y Perú. La llamada tercera vía latinoamericana, una especie de socialdemocracia adaptada a las circunstancias del continente. Basta con leer la muy matizada nota necrológica publicada por el ex presidente Lula da Silva en el New York Times, en la que reconoce “sus discrepancias con la ideología [de Chávez] y con un estilo político que sus críticos consideran autocrático”.

“La intención de Venezuela de convertirse en el nuevo faro de la izquierda no se cumplió”, sentenció el profesor Leonardo Valente, de la Universidad Federal de Río de Janeiro, citado por el New York Times. La declaración de Alejandro Toledo, ex presidente de Perú, parecía más bien una diatriba: “Lo verdaderamente importante es que México no siguió su camino [el de Chávez], que Chile no siguió su ejemplo, que Colombia no siguió su ejemplo, que Brasil tampoco lo siguió, y estoy hablando de grandes países que lograron un fuerte y sostenido crecimiento económico.” El discurso y la práctica de la izquierda van por otros derroteros

“Confiscación de la palabra pública”

La presidencia de Chávez resultó muy penosa para los medios de comunicación venezolanos, condenados al silencio o sometidos a un inicuo chantaje por los esbirros del poder. La libertad estuvo gravemente coartada durante todo el chavinato. En un informe publicado en 2012,  la organización internacional Reporteros sin Fronteras criticó con dureza “la confiscación de la palabra pública, la perturbación voluntaria de la programación audiovisual”, así como “la forma de censura” representada por la imposición de los discursos del presidente en todas las cadenas, en cualquier momento y sin límite de duración.

La cadena Globovisión, la única que osa criticar al régimen, fue reiteradamente multada por haber “suscitado la angustia en el seno de la población”, pretexto inequívocamente populista, y la cadena privada más antigua del país, la RCTV, fue clausurada manu militari. La asonada militar no sólo es cosa de los cuarteles. La prestigiosa organización norteamericana Human Rights Watch (HRW), defensora de los derechos humanos a nivel mundial, escribió: “Bajo el régimen de Chávez, el gobierno extendió de manera espectacular sus medios de control de las informaciones difundidas por los medios audiovisuales y la prensa escrita del país.” Le Monde resumió: “Hugo Chávez a mis les media au pas.” (“Hugo Chávez metió en cintura a los medios”) y utilizó su poder para silenciar cualquier voz opositora.

Mientras el sector privado sufría las iras de un líder populista y arbitrario, las cadenas de televisión gubernamentales pasaron de 1 a 6, todas convertidas en cajas de resonancia del discurso atrabiliario, cansino, proclive al insulto y el disparate. Proseguía el informe de HRW: “Las sanciones y la censura impuestas a los medios privados bajo el régimen de Chávez tuvieron un fuerte impacto sobre los organismos de radio o televisión y los periodistas (…) El temor de represalias gubernamentales hizo de la autocensura un grave problema.” Nadie pensaría en esta situación calamitosa al leer algunos artículos encomiásticos o comprensivos en la prensa española o escuchar a algunos tertulianos. “El opio de los intelectuales” a que se refería mi admirado Raymond Aron sigue funcionando con enorme retraso.

La violencia constituye un azote en Venezuela, el país iberoamericano más violento, sólo igualado por Honduras, que el año pasado registró un total de 16.000 homicidios, casi un 12% más que el anterior, según cifras divulgadas por el ministro de Interior, Néstor Reverol, a pesar de que el mismo Chávez puso en marcha la gran misión denominada “A toda vida Venezuela”, otra delirante iniciativa desconectada de la realidad. El Observatorio Venezolano de la Violencia elevó la cifra de muertes violentas hasta 19.336 en 2012. La criminalidad aumentó en su magnitud, sus modalidades y su extensión territorial hasta alcanzar una tasa de 73 muertos por cada 100.000 habitantes.

En contraste con lo ocurrido en otros países, donde la instalación de una dictadura suele disminuir la tasa de criminalidad, ésta ha aumentado de manera exponencial durante el chavinato, desde los 4.500 asesinatos de 1998 hasta los casi 20.000 de 2012. La inseguridad se palpa en las calles de Caracas y otras urbes, las cárceles están abarrotadas y sufren continuos motines, se extiende el clima de impunidad y la corrupción se instala en las comisarías y los cuarteles.

El socialismo bolivariano frente a la democracia

La herencia se presenta muy problemática, pero lo más inquietante del populismo, en su reciente versión de democracia falsificada y pisoteada, es su capacidad de resistencia, de adaptación a las circunstancias cambiantes, de retorno y de resurrección, con frecuencia utilizando la frustración de las masas con otros rituales políticos y exacerbando sus dos ingredientes esenciales: la estrategia del balcón, la demagogia descarnada, y el enemigo exterior al que se culpa de todos los males antiguos o sobrevenidos. Fidel Castro lleva más de medio siglo como dueño y señor omnipotente de Cuba. Los esposos Kirchner, Néstor y Cristina, prestaron nueva cara y nueva vida al peronismo corrompido hasta los tuétanos. En 2007, Venezuela compró bonos argentinos y contribuyó con 800.000 dólares a la campaña electoral de la candidata peronista. Chávez pretendió hacer milagros desde la pantalla de televisión o el balcón del palacio de Miraflores y convirtió las elecciones en un mero ritual. Toda esa obra apresurada e incoherente está en entredicho.

Después del hundimiento del comunismo y la desintegración de la URSS, el comandante Chávez logró predicar y extender por América Latina la averiada mercancía ideológica del “socialismo bolivariano”, o “socialismo del siglo XXI”, un nebulosa teórica que no se sabe muy bien en qué consiste, pero que evoca inevitablemente la idea de un socialismo con los colores difusos del sueño unitario de Simón Bolívar, el combate desigual contra el imperialismo y la fuerza motriz del petróleo. Una mezcla chirriante y vulgar de socialismo y nacionalismo que ya caracterizó la verborrea del fascismo italiano, o del primer peronismo, o del general peruano Velasco Alvarado, o del panameño Omar Torrijos, con resultados desastrosos. En Venezuela, el nacionalismo-socialismo marcha escoltado por la picota incansable de la reforma constitucional que crea las bases legales para mantener un simulacro de democracia. El caudillo mantuvo hasta su muerte una idea instrumental de la democracia. El escritor mexicano Carlos Fuentes, pese a sus credenciales izquierdistas, escribió que Chávez era “un Mussolini tropical”.

Según insinuó el mismo Chávez, tras su fallido golpe militar de 1992, fue Fidel Castro el que le persuadió de que las elecciones, pese a sus inconvenientes, eran un camino mejor que el de la fuerza para conquistar el poder y no abandonarlo. Su primer triunfo se produjo en diciembre de 1998, cuando obtuvo el 56 % de los votos en las elecciones presidenciales. Tras su espectacular victoria electoral en 2006, en la cumbre de su poder, puso en marcha la máquina de nacionalizar importantes sectores de la economía (electricidad, comunicaciones, cemento) al grito de guerra de “exprópiese”. Y perfiló los instrumentos de la dictadura enmascarada, bajo la influencia de sus asesores cubanos: una milicia de 125.000 hombres, desgajada del mando militar, y una red de consejos comunales para implantar “la democracia directa”.

El telepredicador de Caracas extendió su poder por otros países del hemisferio –Bolivia, Ecuador, Nicaragua— mas no construyó una verdadera alternativa, ni comprometió en verdad el poder de EE UU. Intento acabar con la pobreza, pero no es menos cierto que extendió la corrupción y el despotismo. Durante varios años mantuvo una clandestina alianza con la guerrilla colombiana de las FARC, pero después de 2006 fue desbordado por el proceso de paz. Acogió y prestó refugio a los terroristas de ETA, facilitando sus contactos con las FARC, pese a las protestas de los gobiernos españoles, lo que explica que Arnaldo Otegi, desde la prisión, se apresurara a lamentar su muerte e hiciera su apología.

A pesar de sus esfuerzos y sus dispendios, Chávez no consiguió ampliar el frente antiimperialista, es decir, antinorteamericano. Cosechó sonados fracasos en Perú, México, Colombia, Uruguay y los países del istmo mesoamericano. La historia enseña que tampoco el castrismo, en sus años expansivos, logró consolidarse como un modelo a escala continental, puesto que Cuba fue expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA) y a la postre se convirtió en un protectorado soviético tras la crisis de los misiles en 1962. No hubo “otra Cuba” en el hemisferio. Ernesto Guevara, poco sensible al statu quo dictado desde Moscú y empeñado en exportar la revolución, murió trágicamente en Bolivia en 1967, cuando la guerra de Vietnam causaba estragos en la juventud norteamericana.

La reducción de la pobreza y la destrucción de la clase media

 Chávez contribuyó a reducir la pobreza extrema, y ése es su mayor timbre de gloria, convertido en una especie de Robin Hood, un mestizo que alardeaba de haber sido enviado por Dios para combatir a la oligarquía (los ricos), liberar a los pobres y plantar cara al imperio (EE UU), según el relato consagrado por las emisiones dominicales de “Aló, presidente”, el reality show convertido en formidable instrumento de propaganda. Chávez hacía gala ante las cámaras de una oratoria vulgar, pero tremendamente eficaz; parodiaba e insultaba a sus adversarios y hacía grandes anuncios políticos en sus monólogos interminables, remedando el estilo de Castro. Histriónico, desorganizado e imprevisible. Los gastos y mejoras en educación y sanidad, siguiendo la estela de Cuba, fueron la gran baza social del chavinato, con una inversión de unos 400.000 millones de dólares.

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Según los datos de la Comisión Económica de Naciones para América Latina (CEPAL), el porcentaje de población en los niveles de pobreza se redujo del 48 % al 25 % en el período 2002-2011. Desgraciadamente, millones de venezolanos no salieron de la pobreza por el camino de encontrar un trabajo digno, una formación adecuada, sino por el de los subsidios del Estado asistencial alimentado por el petróleo. Y el éxito fue acompañado, como era inevitable, por la hipertrofia del sector público, la penuria, el mercado clandestino y el contrabando de divisas. El régimen acabó por destruir a la clase media, sostén de la democracia, al liquidar la capacidad productiva del país, ahora más dependiente que nunca de su renta petrolera y más vulnerable, por ende, a las fluctuaciones del precio de los hidrocarburos.

Venezuela dispone de las primeras reservas mundiales declaradas de petróleo y es el cuarto suministrador de EE UU, pero gasta desordenadamente e importa casi el 80 % de lo que consume. El precio del petróleo aumentó sin parar desde los 9,30 dólares el barril en 1998 hasta los más de 120 dólares en 2012. La compra de armas y de votos, mediante programa de difícil control, desencadenaron una corrupción galopante que inundó los cuarteles y llegó hasta las altas esferas gubernamentales.

La preponderancia del sector petrolero, que representa el 90 % de las exportaciones, hipoteca a largo plazo el desarrollo. Muchos economistas creen que el modelo superintervencionista implantado por el caudillo compromete la prosperidad futura. Para financiar sus costosos programas sociales, Chávez utilizó las reservas de la empresa pública Petróleos de Venezuela (PDVSA), que por ese motivo no pudo realizar las inversiones necesarias para el mantenimiento y mejora de las explotaciones, de manera que la extracción sigue estancada. La deuda de la petrolera estatal se disparó hasta los 8.000 millones de dólares.

La tasa de inflación se aproxima actualmente al 30 %, muy por encima de la media latinoamericana (6 %), y la última devaluación del bolívar fue del 30 %, decretada por Maduro el mes pasado. Cuando Chávez inició su primer mandato, en enero de 1999, la renta por cabeza era de 1.809 bolívares, y en diciembre de 2012 alcanzaba los 2.024 bolívares (descontando el efecto de la inflación), es decir, un crecimiento del 0,8 % anual. Otros países del hemisferio alejados de la revolución bolivariana, como Chile, Colombia, Uruguay y Perú crecieron tres o cuatro veces más en el mismo período.

Una de las peores herencias del chavismo es que la sedicente revolución bolivariana no logró reducir el peso del maná petrolífero en la precaria contabilidad nacional, ni forjó un modelo de desarrollo sostenido, ni supo llevar a la práctica la tan cacareada reforma agraria, ni siquiera resolvió los problemas elementales de la intendencia. Uno de los países del mundo potencialmente más ricos sigue paralizado por la pobreza, una de las tasas de inflación más altas del mundo, devaluaciones repetitivas de la divisa, racionamiento eléctrico y penuria habitacional.

Los problemas de aprovisionamiento, las baldas vacías de los supermercados en el peor estilo soviético, son un símbolo de la ineficacia, el aumento del gasto consuntivo y la corrupción de un Estado fallido a pesar del nacionalismo delirante de su caudillo. Los grandes propietarios agrícolas huyeron del país, pero el gobierno no pudo resolver el acuciante problema de la dependencia alimentaria. Los ataques constantes contra el sector privado de la economía, al que se acusó de provocar la miseria, dispararon la huida de capitales y acabaron por destruir el sistema productivo.

Aunque los mandatos de Chávez, en el poder desde 1999, coincidieron con el mayor auge de los precios del petróleo en la historia del país, los problemas estructurales, empezando por la dependencia petrolera, “son exactamente los mismos, pero agravados”, según declaró a la prensa José Vicente Carrasqueño, profesor de ciencia política en la Universidad Central de Venezuela, en Caracas. El índice de precios del consumo aumentó el 2.000 % en el último decenio y el bolívar perdió más del 75 % de su valor con respecto al dólar. Las exequias del caudillo se celebran bajo el signo de la precariedad económica y la incertidumbre política, la escalada de los precios y la escasez crónica de algunos productos básicos.

Resulta curioso que los panegiristas de Chávez, que no faltan en la prensa española, traten de culpar de la penosa situación de Venezuela al sistema de partidos turnantes –el socialdemócrata Acción Democrática y el demócrata-cristiano COPEI– que dominaron la vida política desde la caída de otra dictadura en 1958. La herencia recibida después de 14 años de chavinato. Por eso no son capaces de explicar por qué los siguientes años de dictadura populista, además de cercenar las libertades públicas, produjeron una cosecha tan raquítica de prosperidad, agravaron los desequilibrios, a pesar del aumento considerable de los ingresos petroleros, y ahuyentaron a los inversores luego de que en 2007 se iniciara la azarosa carrera de las nacionalizaciones.

El arma del populismo y sus límites

 Chávez, golpista frustrado en 1992, llegó al poder en 1999 con el programa de enterrar el sistema de los dos partidos democráticos que habían introducido el fango de la corrupción en los engranajes del Estado petrolero. Destruyó a los partidos, pero generó un nuevo tipo de corrupción tan autoritaria como generalizada. Prometió partir el espinazo de los partidos tradicionales, pero la alternativa que encarnó, y que un principio gozó de un amplio apoyo en todos los sectores, lega a los venezolanos un paisaje aún más devastado y la incertidumbre que acompaña siempre a la muerte de los dictadores.

Ante el silencio definitivo del caudillo con boina roja, ya no es posible sublimar la dictadura ni enmascarar los problemas sociales mediante la explotación maniquea del imperialismo yanqui y la caridad oficial. Todo el régimen descansaba sobre Chávez, su capacidad de seducción y sus baladronadas. Sólo quedan el nacionalismo y la miseria moral de esconder las vergüenzas, como se empeñó en reafirmar el heredero y vicepresidente, Nicolás Maduro, al atribuir al enemigo innominado el cáncer que mató a Chávez y ordenar la expulsión de dos diplomáticos norteamericanos.

El intelectual mexicano Enrique Krauze elaboró un decálogo del populismo concebido como “una simplificación y adulteración de la democracia”, que desborda los límites y las formas democráticas, y se concreta en un régimen que establece una relación peculiar entre el líder carismático y la voluntad popular. De los diez rasgos característicos del populismo, según Krauze, y aunque se refiere primordialmente a América Latina, casi todos ellos convienen perfectamente al régimen chavista: exaltación del líder providencial, fabricación de la verdad nacionalista (un falso o hiperbólico relato), monopolio y abuso de la palabra, utilización discrecional de los fondos públicos, movilización permanente de los grupos sociales, invención de un enemigo exterior al que atribuir los fracasos propios, desprecio del orden constitucional, domesticación o cancelación de las instituciones de la democracia liberal. Un legado realmente muy sombrío.

Ahora se abre un período de austeridad, reflexión y realismo, y si no salen las cuentas, lo más probable es que sobrevenga el caos o haya que recurrir a la represión para mantener la dictadura sobre las necesidades. Tras las nuevas elecciones presidenciales, cualquiera que sea el triunfador, el gobierno tendrá que adoptar medidas impopulares, subir los impuestos, implantar la austeridad y mantener a flote la industria petrolera. El bolívar acaba de ser devaluado, pero ya se sabe que no ha sido suficiente para detener la marcha hacia el abismo. Cuba es la primera interesada en que el petróleo venezolano le siga sacando las castañas del fuego.

No obstante, la situación de Venezuela no se explica sin el petróleo y los descamisados de boina roja y corazón agradecido, la marea roja que baja de los cerros de Caracas, de los barrios marginales de latas, para acompañar el féretro del hombre que los atrajo, los incorporó a la vida pública y los mantuvo ociosos, pero alimentados, dispuestos para la movilización permanente siguiendo las consignas anticipadas de “Aló, presidente”. No tienen un trabajo estable, pero sí subsidios, médicos cubanos e ilusiones. A veces, a pesar de la corrupción de los funcionarios, Chávez les ha dado la caña, a golpe de petrobolívares, pero no les ha enseñado a pescar, ni les ha dicho que enriquecerse es maravilloso, como aprendieron los chinos. Los chavistas que desfilan desconsolados son como los descamisados de Eva Duarte de Perón que por primera vez pudieron lavarse los pies en la fuente de la plaza de Mayo bonaerense.

Hasta la oposición está desconcertada, aparentemente sorprendida, a pesar de que la muerte de Chávez estaba más que anunciada desde hace varios meses. Aún no sabemos si Henrique Capriles Radonski, que fue derrotado por Chávez en octubre último, volverá a tremolar la bandera de una oposición unida en las elecciones presidenciales contra el oficialista Nicolás Maduro, en el primer acto de una transición tan inevitable como imprevisible.

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