Posteado por: M | 14 marzo 2013

El Papa del Nuevo Mundo, la nueva evangelización

Tras el circo montado en torno al cónclave por los medios de comunicación, cegados por el espectáculo, pero incapaces de formular un pronóstico sobre las intenciones electoras del colegio cardenalicio, ahora rebrotan los rumores, las presunciones y las cábalas sobre el calvario que aguarda al nuevo papa Francisco I, el jesuita y cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, de 76 años, que desde el 13 de marzo empuña el timón de la barca de Pedro. La Iglesia católica, más universal que nunca, prosigue su camino sin reparar en el ruido mediático, en las consideraciones estrictamente mundanas o los cálculos políticos, empeñada en la nueva evangelización de un mundo desconcertado por el fracaso y los desastres de las ideologías presuntamente redentoras. 

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Ajeno a la Curia, donde se concentra el poder menos evangélico, el nuevo Papa parece, ante todo, un pastor de almas, un hombre humilde y austero, refractario al culto de la celebridad, amigo de los más necesitados, como sugiere la doble invocación del nombre elegido: los santos Francisco de Asís, que abandonó una vida de hombre rico para abrazar la pobreza en la senda señalada por Jesucristo, y Francisco Javier, compañero de Ignacio de Loyola y fundador de las misiones de los jesuitas en Asia.

El cardenal Bergoglio es un hombre de Dios, perfectamente idóneo para la recuperación de las almas descarriadas y la implantación de la nueva esperanza en el mundo, que es también la esperanza de siempre, y muy especialmente en una comunidad que supera los 1.300 millones de fieles más o menos practicantes, pero sensibles al anhelo de hacer crecer la semilla de sus mayores; de aunar la tradición con el progreso hacia nuevas metas espirituales. Un hombre del Nuevo Mundo, y en ese sentido, Pontífice por antonomasia, ingeniero de puentes; ortodoxo, firme en los principios, y audaz al mismo tiempo en la práctica. Pastor ante todo, menos teólogo y menos intelectual que Benedicto XVI, quizá tiene mayor facilidad para conectar con los fieles y transmitir el mensaje. Ya veremos.

El mundo no católico, que suele juzgar al Papado con unos criterios mundanos, de laicismo militante, a fin de encubrir, con frecuencia, su hostilidad, ha presentado al cardenal Bergoglio como un conservador en la doctrina, que es lo que cabe esperar siempre de un buen Papa, bien pertrechado, como ocurría con su inmediato predecesor, para combatir los principios y criterios que sostienen precisamente los tradicionales adversarios de la Iglesia. Esas tentaciones, generalmente presentadas bajo el manto engañoso y astuto del progresismo, figuran en las primeras páginas de algunos grandes periódicos que tienden a confundir el progreso con la permisividad moral, el aborto, el matrimonio homosexual o la ordenación de sacerdotisas. Y se olvidan de que el nuevo Papa es un campeón de la justicia social que denuncia “los efectos demoníacos del imperialismo del dinero”.

Por fortuna, el nuevo Papa nada tiene que ver con el sedicente progresismo de los Kirchner. Después de todo lo ocurrido en la Argentina en los últimos 60 años, ¿alguien puede creer que el peronismo en sus múltiples caras es una ideología de progreso? Más bien se trata de una neurosis conocida como populismo, que enmascara todos sus errores y horrores con un falso amor por el pueblo, y que ha dilapidado las enormes riquezas del país.

El cardenal Bergoglio fue elegido con más rapidez de la que habían previsto todos los augures, en la quinta votación, lo cual parece indicar que fue la primera opción de la mayoría de los cardenales electores. Durante las congregaciones generales que precedieron al cónclave, el jesuita argentino impresionó y convenció a sus compañeros de que tiene un plan para enmendar los renglones torcidos de la Iglesia. “Es un hombre que sabe cómo gobernar, lo hará con firmeza e incluso contra corriente”, señaló inmediatamente un conocido vaticanista del semanario italiano Espresso.

En la prensa internacional, el cónclave se presentó, de manera simplista, como una pugna entre los reformistas, capitaneados por el cardenal Scola, arzobispo de Milán, apoyado por los 11 cardenales norteamericanos, y los más conservadores y afectos a la Curia, a cuya cabeza se situaba al cardenal-arzobispo de Sâo Paulo (Brasil), Pedro Odilo Scherer, al que se suponía en buena relación con los curiales. La sorpresa quizá no está tanto en la elección del cardenal Bergoglio, que ya estuvo en las papeletas cuando fue elegido su predecesor en 2005, el cardenal Ratzinger, sino en el endémico error de los que pretenden analizar con parámetros estrictamente laicos los avatares de la Iglesia de Cristo.

Ya supuse que esas especulaciones periodísticas resumían una visión muy polarizada, fácil de vender, pero de escasa consistencia, no sólo teológica, sino también humana, habida cuenta la complejidad doctrinal, geopolítica y práctica del órgano elector de la Iglesia. Las cruciales relaciones del nuevo Papa con la Curia, esenciales para el gobierno de la maquinaria burocrática y diplomática de la Santa Sede, dependerán mucho del próximo secretario de Estado. La nueva evangelización iniciada por el inolvidable Juan Pablo II sigue siendo el objetivo más ambicioso y más difícil de este Papa llegado del Nuevo Mundo. Le acompañarán la fe y el fervor de millones de personas de todos los continentes.

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