Posteado por: M | 18 marzo 2013

La nueva dirección de China augura más reformas y recuerda su poderío

 

China completó ritualmente el cambio en su dirección colectiva el 17 de marzo, en la clausura de la reunión anual de la Asamblea Nacional Popular, tras elegir al presidente de la República, Xi Jinping, y al jefe del gobierno, Li Keqiang. Todo estaba previsto desde que se inició la transferencia del poder, el 14 de noviembre de 2012, cuando Xi fue aclamado como secretario general del partido comunista (PCCh) y jefe de su comisión militar central por el 18 congreso. Cambios en el partido, cambios generacionales, pero ninguna sorpresa. Desde la cúspide del poder, la pirámide comunista formada por 80 millones de afiliados, apenas medio centenar de personas toman las decisiones y dominan el abigarrado panorama. 

Los mismos líderes que fueron cooptados en noviembre al frente del partido, asumen ahora la dirección de los órganos del Estado, en una ceremonia muy meticulosa, previsible en sus mínimos detalles, en los uniformes y hasta en la duración de los aplausos de los 3.000 delegados que componen el más numeroso parlamento del mundo, reunidos en el Palacio del Pueblo de Beijing. Tanto el presidente-secretario general como el primer ministro pertenecen el comité permanente del politburó del PCCh, el máximo órgano del poder, que dicta las principales orientaciones políticas, económicas y estratégicas.

Xi Jinping y Li Keqiang fueron aclamados para un mandato de cinco años, pero permanecerán un decenio en sus cargos, salvo un accidente en el recorrido. Ambos pertenecen a la llamada quinta generación de dirigentes comunistas, tras las de Mao Zedong, Deng Xiaoping, Jiang Zemin y Hu Jintao. Desde que se iniciaron por Deng (1978) las reformas del rígido y ruinoso sistema de planificación centralizada, la dirección del PCCh está comprometida en la ímproba tarea de doblar la producción cada diez años, un objetivo cada día más difícil sin terminar con la primacía del capitalismo de Estado que consume tantas energías, perturba la asignación de recursos y engrasa la corrupción.

Al mismo tiempo, se reunió la Conferencia Política y Consultiva de la Asamblea, que representa a numerosos grupos sociales, cumpliendo su función de adorno y pesebre de un poder omnímodo y orgulloso que se exhibe con pompa y circunstancia al frente de la segunda economía del mundo. Una demostración de fuerza y unidad inquebrantable para afrontar los grandes desafíos que se avecinan, empezando por el de la economía cuyo crecimiento se redujo en 2012 al 7,8 % después de los diez ejercicios gloriosos marcados por una tasa anual superior al 10 % del producto interior bruto (PIB). Un verdadero milagro bajo la dirección del presidente ahora jubilado, pero no eliminado del escenario político, Hu Jintao, que permaneció un decenio como timonel.

El ambiente en Beijing, como reflejaron los medios oficiales, está muy lejos de la celebración o la complacencia por la historia de éxito que constituye el ascenso del país al segundo puesto en la clasificación mundial del poderío económico. Los gigantescos problemas del futuro no permiten bajar la guardia ni dedicarse a cantar las glorias del pasado. “El cambio de dirección no es un motivo de júbilo, sino un momento propicio para la introspección y la ansiedad”, según vaticina el corresponsal de la BBC en la capital china, Damian Grammaticas.

La curiosidad de los corresponsales occidentales en Beijing se centró en adivinar quién fue el sumo disidente, el diputado que emitió el único voto en contra del presidente Xi Jinping, él solo frente a los 2.952 que votaron a favor. También se produjeron tres abstenciones. Si hemos de creer en los cálculos del director del Economic Observer, un periódico de Beijing, citado por la revista Time, el presidente obtuvo una muy confortable victoria con el 99,86 % de los votos, por encima incluso del sirio Bachard Asad en 2007 (97,62 %), pero ligeramente por debajo del norcoreano Kim Jong-il en 2009 (99,98 %). En cualquier caso, un verdadero récord.

El primer ministro, Li Keqiang, de 57 años, que deberá orientar y supervisar la enorme maquinaria burocrática, encorsetado entre la corrupción y la parálisis, logró el voto favorable de 2.940 delegados (99,69 %), por debajo del porcentaje alcanzado por el jefe del Estado, como mandan los cánones. Sucede a Wen Jiabao, que se jubila después de haber sido acusado de tolerar la corrupción familiar, una vez cumplidos los 10 años que limitan la duración del poder, según la regla no escrita pero impuesta por el PCCh en todos los escalones de la jerarquía tras la prolongada primacía de Deng Xiaoping. El presidente que precedió a Hu Jintao, Jiang Zemin, todavía ejerce una considerable influencia en los órganos dirigentes del PCCh.

Hacia una economía de consumo interno

Con reputación de tecnócrata, doctor en economía, con perfecto dominio del inglés, Li Keqiang deberá conducir el viraje hacia el consumo interno, la reducción de las disparidades entre el campo y las ciudades, y el fomento de las grandes infraestructuras, para sustituir las frenéticas exportaciones y mantener un sólido crecimiento, principal antídoto de la agitación y la protesta, en medio de un vasto y complejo proceso de industrialización y masivos traslados de poblaciones. Li declaró ante los periodistas: “La urbanización es un proyecto grande y complejo que acarrea profundos cambios sociales y económicos, y que necesita ser apoyada por reformas integradas en varias áreas.”

El tono del discurso del primer ministro fue decididamente reformista, “porque no existe otra alternativa”, aunque puso énfasis en las dificultades que encontrará en su camino. Li añadió: “La reforma concierne al destino de nuestro país y el futuro de nuestra nación”. Un reformismo que fue bien acogido en los ambientes de negocios e inversión de Hong Kong, según las informaciones del South China Morning Post. La impresión dominante es que los que se oponen a las reformas actúan en nombre de los intereses creados y al margen de cualquier escrúpulo ideológico. La lucha contra la contaminación y el acceso de la población a la sanidad figuran entre los objetivos aireados por el primer ministro.

La dirección colectiva sugiere la puesta en marcha de un nuevo modelo económico cuyo funcionamiento planteará graves desajustes y que deberá corregir sin tardanza la brutal contaminación que suscita una fuerte alarma social desde que se dio pábulo a las noticias sobre la existencia de “aldeas del cáncer”, los arrabales con atmósfera y acuíferos altamente envenenados. La llamada “fábrica global”, capaz de inundar todos los países con productos baratos, aspira a convertirse en el mayor mercado del mundo para satisfacer la demanda de los 500 millones de consumidores que forman la clase media emergente. Sólo un aumento sustancial del consumo interno podría compensar el bajón de las exportaciones. La próxima consigna del gobierno será algo así como “menos ahorro y más consumo”.

Li Keqiang hereda, como es normal en los últimos años, el dilema entre las reformas y el estancamiento; porque la economía obtuvo grandes éxitos en lo que va de siglo, pero es bastante vulnerable en la medida en que aún depende de las exportaciones en franco retroceso debido en parte a la crisis padecida por EE UU y Europa, los principales clientes, y con el fantasma de la inflación (3, 2 % en febrero último) merodeando por encima de las cabezas de la burguesía roja enriquecida durante los últimos 30 años. La renovación del mandato del gobernador del Banco Central, Zhou Xiaochuan, pese a que fue eliminado del comité central del PCCh en el congreso de noviembre, constituye una decisión especialmente destinada a tranquilizar a las autoridades monetarias internacionales.

En su primera conferencia de prensa –con preguntas pactadas con antelación–, el jefe del gobierno apareció flanqueado por cuatro viceprimeros ministros, el primero de los cuales es Zhang Gaoli, uno de los siete miembros del politburó. Los otros son Liu Yandong, ex consejero de Estado; Wang Yang, que fue el jefe del partido en la región meridional de Guangdong, punta de lanza del desarrollo, calificado de reformador; y Ma Kai, hasta ahora secretario del gobierno. Los nombramientos de todos ellos, propuestos por el partido, fueron aprobados con mayorías aplastantes por la Asamblea Nacional.

Li subrayó en su conferencia de prensa –siempre en mandarín, pese a su dominio del inglés– que “aún hay espacio para la mejora de la economía socialista”, pero también pasó revista a los problemas más acuciantes, entre ellos, la mejora de los derechos sociales y la reducción de las desigualdades económicas entre las poblaciones urbana y rural, entre el desarrollismo trepidante de la fachada marítima del Pacífico y el atraso o la pobreza de las regiones del interior. También anunció “vigorosos esfuerzos para combatir la polución”. Reconoció que todo el mundo está muy preocupado, y añadió: “No debemos perseguir el crecimiento económico a expensas del medio ambiente.” También reiteró su compromiso en la lucha contra la corrupción, verdadero cáncer del aparato del partido, y anunció la creación  de un mecanismo para prevenirla y combatirla en todos los niveles. “La corrupción y la reputación de nuestro gobierno son incompatibles, como el fuego y el agua”, resumió Li con una metáfora que es un aviso para el ingente aparato burocrático.

Como es habitual entre los dirigentes chinos desde hace más de 30 años, el primer ministro alternó las promesas reformistas con las invocaciones socialistas, en este caso destinadas a transformar la vida en las zonas rurales, mejorar la situación de  los emigrantes que acuden a las grandes urbes y tranquilizar a los jubilados que se inquietan por el continuo aumento de los precios o los servicios médicos inaccesibles. Pero reconoció que su gobierno deberá luchar contra los obstáculos que sin duda levantarán los bien instalados, las élites enriquecidas que muestran escaso interés por compartir los frutos del éxito económico.

“Renacimiento de la nación china”

La nota nacionalista quedó reservada al presidente Xi Jinping, que en su discurso de clausura ante el Asamblea Nacional hizo un llamamiento en favor de “un gran renacimiento de la nación china” a través de la práctica del “socialismo con los colores de China”, es decir, un capitalismo de Estado cuyos principales conglomerados industriales y comerciales ofrecen pingües beneficios a la élite del poder y no están muy interesados en reducir su tamaño para fomentar el sector privado. “Para realizar el sueño chino –prosiguió el presidente—es necesario promover el espíritu chino, es decir, el espíritu nacional centrado en torno del patriotismo, la reforma y la innovación.”

Además de designar un nuevo equipo diplomático, a cuyo frente estará el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Li, que fue embajador en Japón de 2004 a 2007, tanto el presidente Xi como el primer ministro Li reafirmaron el poderío y los intereses de China mientras denuncian la constante intromisión de EE UU en los asuntos asiáticos. El presidente se dirigió directamente a los militares para proclamar que “los soldados y oficiales del Ejército Popular y de la policía militar, guiados por el partido, deben ser capaces de ganar batallas y fijarse como objetivo unas fuerzas armadas fuertes y disciplinadas”. Un lenguaje de guerra fría en la cuenca del Pacífico a la que el presidente Barack Obama dedica sus mayores desvelos.

El nacionalismo y las ambiciones estratégicas son inseparables de la guerrilla dialéctica con EE UU. El primer ministro reprochó a Washington las “acusaciones infundadas” sobre la supuesta intromisión china en los ataques cibernéticos contra objetivos estadounidenses. La semana pasada, el presidente Obama lanzó una severa advertencia sobre el fenómeno creciente de los ataques informáticos, pero Beijing siempre rechazó con vehemencia esas acusaciones. La amenaza nuclear de Corea del Norte y las disputas territoriales en el mar de China con Japón y otros países ribereños siguen perturbando las relaciones entre los dos colosos de la economía mundial.

 

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