Posteado por: M | 24 marzo 2013

Obama, el mediador entre Turquía e Israel

Incapaz de aportar ninguna novedad o esperanza sobre el endémico conflicto entre israelíes y palestinos, Barack Obama trató de mitigar la inquietud con la consecución in extremis, como mediador cualificado, de un acuerdo entre Israel y Turquía para superar su envenenada disputa y restablecer las relaciones diplomáticas entre ambos países, los dos principales aliados de EE UU en el Próximo Oriente, que estaban rotas desde 2011 por causa del sangriento asalto israelí contra una flotilla pacifista que llevaba ayuda humanitaria a la franja de Gaza, en mayo de 2010. El primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, presentó excusas por lo ocurrido a su colega turco, Recep Tayyip Erdogan, y prometió indemnizar a las familias de las víctimas, en una conversación telefónica desde el aeropuerto de Tel Aviv, el 22 de marzo.

Obama-Netanyahu-Erdogan

El acuerdo se estaba gestionando desde hace meses, pero su concreción fue precipitada y escenificada en el mismo aeropuerto Ben Gurion, en Tel Aviv, cuando Obama se disponía para salir hacia Jordania. Según relatan los periodistas norteamericanos que figuraban en el séquito presidencial, Netanyahu telefoneó a Erdogan, en presencia de Obama, y pidió perdón por los errores cometidos en el asalto del buque turco Mavi Marmara (Mármara Azul) y la muerte de nueve activistas que iban a bordo por disparos de las fuerzas especiales israelíes. El primer ministro turco, según parece, exigió hablar con Obama antes de aceptar las excusas de su homólogo israelí. Una estudiada dramatización del evento, probablemente con destino al consumo interno de los tres países implicados.

Los portavoces del departamento de Estado dejaron bien sentado que Hillary Clinton ya se había empeñado con ahínco pero sin éxito en reparar la enorme brecha entre los dos aliados de Washington, pero que el primer ministro israelí, quizá debido a las elecciones generales que se celebraron en el mes de enero último, se había negado reiteradamente a pedir perdón, condición que Erdogan reputaba inexcusable. El acuerdo se concretó este mes en el curso de una visita del nuevo secretario de Estado, John Kerry, a Ankara. La razón por la que se destapó el acuerdo en el aeropuerto de Tel Aviv tiene mucho que ver con las expectativas frustradas del primer viaje del presidente Obama a Israel y el desafío nuclear de Irán.

Ésta es la primera vez que un gobierno israelí presenta excusas por el comportamiento de sus fuerzas armadas (Tsahal) o sus servicios secretos (Mosad y Shin Bet), lo que se explica por el alto valor geoestratégico de las relaciones con Turquía, el país más poblado, el miembro más oriental de la Alianza Atlántica, que durante muchos años fue el único aliado de Israel en la región, exactamente hasta que los islamistas del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), dirigidos por Erdogan, se adueñaron del poder en 2002-2003 e impusieron un viraje de 180 grados en la política exterior, tradicionalmente amistosa con EE UU, a través de la OTAN, y poco favorable a las causas árabes.

Sobre la diplomacia projudía de Ankara pesaron siempre los prejuicios étnicos y el hecho de que los países árabes independientes se establecieron precisamente sobre las cenizas del Imperio otomano a partir de 1918. El general Mustafá Kemal, Ataturk, fundador del Estado turco moderno, republicano y laico, siempre creyó compatible la fe islámica con la occidentalización acelerada del país, que consideraba la única vía posible para el desarrollo. Aunque alejado del poder durante el último decenio, el kemalismo sigue manteniendo su influencia en los cuarteles, la judicatura y la prensa. Turquía fue el primer Estado de abrumadora mayoría musulmana que estableció relaciones diplomáticas con Israel, el 28 de marzo de 1949, menos de un año después de la proclamación del Estado hebreo. Ambos países estuvieron vinculados por el Peripheral Pact, un alianza secreta y claramente antiárabe firmada en 1950, puesta en entredicho tras la llegada de Erdogan al poder.

No parece probable, sin embargo, que las aguas vuelvan a ese cauce tradicional, es decir, a la alianza militar de Turquía con Israel, las maniobras conjuntas, la venta de armas y el intercambio de información sensible. Los intereses comunes y la amistad recíproca con Washington quizá no sean suficientes para contrarrestar los fuertes sentimientos antisionistas que anidan entre los islamistas turcos, hasta el punto de que Erdogan llegó a denigrar el sionismo como “un crimen contra la humanidad”, declaración injuriosa por la que no ha pedido perdón ni se espera que lo haga, e interpeló de mala manera al presidente de Israel, Simón Peres, en la conferencia de Davos, en enero de 2011.

En sus primeras declaraciones tras el abrazo telefónico con su homólogo israelí, al hablar con los periodistas en el tren de alta velocidad que unirá Estambul con Ankara, Erdogan hizo hincapié en la indemnización de los familiares de las víctimas del Mavi Marmara e instó a Israel a levantar el controvertido bloqueo de la franja de Gaza, gobernada por los islamistas palestinos de Hamás. Una demanda poco realista si se piensa que Israel, como ya sentenció una investigación de la ONU, tiene pleno derecho para combatir “una resistencia violenta y organizada” e impedir la llegada de misiles y otras armas con que las milicias hostigan esporádicamente el territorio israelí.

El deshielo turco-israelí responde a intereses muy concretos, económicos y geopolíticos, cuya consolidación contribuiría decisivamente a la estabilidad de la región. Ambos países, que disponen de los ejércitos más poderosos, están interesados en que la probable caída del régimen de Asad en Siria no provoque un caos peor y más peligrosos que el de Iraq, aún no superado por completo, y en impedir que el régimen de los ayatolás de Irán complete su empresa nuclear con la consecución de la bomba. Turquía vive un acelerado proceso de desarrollo económico y podría ser el mejor y más natural cliente del gas que los israelíes empiezan a explotar cerca de su fachada marítima. La pretensión de Ankara de ingresar en la Unión Europea también podría verse favorecida por la revisión diplomática en curso.

La reconciliación no podrá completarse, sin embargo, mientras el conflicto palestino siga enquistado, un asunto que Obama ni siquiera se atrevió a tratar en profundidad con sus anfitriones israelíes, a los que cortejó en todo momento con su retórica sobre la seguridad y las garantías tradicionales de la defensa de Israel como si fuera un estado más de Estados Unidos, su avanzadilla invulnerable en el Mediterráneo oriental. Nada hizo por reanudar las estériles negaciones entre Netanyahu y la Autoridad Palestina, ni se atrevió a solicitar el fin de la colonización israelí de Cisjordania, ni mucho menos a proponer un acuerdo que no precise de un nuevo, prolongado y decepcionante “proceso de paz”.

Obama y el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, se enzarzaron en un genuino diálogo de sordos durante la visita del primero a Ramala, donde no tuvo más remedio que oír la cólera de los manifestantes palestinos. El presidente norteamericano reiteró que aún cree en la solución de los dos Estados, pero se abstuvo de pedir a los israelíes que cesen la colonización en Cisjordania, el principal obstáculo. “Creo absolutamente que todavía es posible, pero creo que es muy difícil”, subrayó Obama. Y si el jefe de la potencia más poderosa cree que es muy difícil, por no decir imposible, ¿qué podemos decir los demás y qué pueden esperar los palestinos”.

Dos veces en menos de diez años

Por dos veces en menos de diez años, Turquía ha modificado aparatosamente su política exterior, aunque nunca dejó de ser un aliado de Estados Unidos y un miembro fidelísimo de la OTAN. Tras el violento incidente en torno al Mavi Marmara, en mayo de 2010, Turquía encabezó, junto con Irán, un frente islámico y antisionista cuyo objetivo era propagar el odio contra Israel y dirigir la propaganda que presenta a “la entidad sionista” muy adentrada en el camino de su perdición, abocada a su caída inexorable. Erdogan se alineó con el antisemitismo vesánico y volcánico del presidente iraní, Ahmed Ahmadineyad, con gran alarma de sus amigos norteamericanos, empeñados en presentar a aquél, pese a las aristas de su biografía, como un “islamista moderado”.

mavi_marmara

Obama parece haber logrado una nueva rectificación de Erdogan que sería inconcebible sin tener en cuenta la feroz competencia a que se libran las dos grandes ramas del islam, chiísmo y sunismo, a propósito de la salida de la guerra de Siria. Mientras el régimen de Asad parece contar con el apoyo de Iraq e Irán, donde mandan los chiíes, Turquía aparece alineada con Arabia Saudí, una poderosa coalición de los suníes bendecida por Washington. Israel queda relegado a un papel aparentemente secundario, un testigo comprometido que observa con creciente inquietud el panorama de desastre que se divisa desde su frontera con Siria en los altos del Golán o la degradación de la situación política en el polvorín del Líbano.

Lo que no sabemos, claro está, es cuánto podrá sobrevivir el más reciente viraje estratégico de Turquía, dedicado especialmente a la amistad con Obama, a la muy compleja situación sobre el terreno a una región de problemas endémicos, inestabilidad crónica y alianzas efímeras.

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