Posteado por: M | 27 marzo 2013

La pequeña tragedia de Chipre sacude la eurozona

La crisis de Chipre, tan caóticamente gestionada por el Eurogrupo (los ministros de Economía de los países de la eurozona), pone de manifiesto un cúmulo de despropósitos y ahonda la brecha existente entre los países del norte de Europa, el llamado grupo de los virtuosos, de boyante o cómoda situación financiera, y los del sur o cuenca mediterránea, viciosos recalcitrantes del crédito, también denominados pigs (acrónimo que significa cerdos en inglés): Portugal, Italia, Grecia y España, con el estrambote de Irlanda, cuyas cuentas no están claras, su deuda crece incontenible, sus déficits se han convertido en un obstáculo estructural y sus bancos sufrieron multimillonarios y polémicos saneamientos o rescates con cargo al contribuyente actual o futuro para evitar la quiebra. Eurolandia está de nuevo en crisis debido no tanto a Chipre como a las divergencias entre sus 17 miembros.

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Estamos ante un nuevo episodio de la crisis de la deuda soberana. Luego de los de Grecia, Irlanda y Portugal, junto con el de la banca española, el rescate de Chipre, el último en sacudir los cimientos de la eurozona, aunque escaso por su cuantía (10.000 millones de euros en su versión del 25 de marzo), refleja la miopía, la discriminación y la incompetencia de las instituciones comunitarias desde en que 2004 decidieron precipitadamente una ampliación hacia el este que desafiaba el sentido común, ahondaba las discrepancias económicas del conjunto y multiplicaba las tensiones políticas. Sólo por la ilusoria pretensión de llegar cuanto antes a las puertas de Moscú. Una alocada fuga hacia adelante que debilitó gravemente la cohesión interna del grupo y comprometió su futuro, como ahora se confirma.

El Eurogrupo tiene una gran parte de culpa en el desastre acumulado. La crisis de Chipre comenzó a gestarse en octubre de 2011, cuando los líderes de la Unión Europea (UE) y del Fondo Monetario Internacional (FMI), en el curso de las negociaciones para el rescate de Grecia, acordaron una quita del 50 % en los bonos soberanos. Esta medida resultó ruinosa para los bancos chipriotas, todos ellos tenedores de importantes cantidades de bonos del Estado heleno, unos 2.300 millones de euros en el caso del Laiki Bank. Nadie en Bruselas, que se sepa, previó o avisó entonces de los efectos perversos de la quita para los bancos de Chipre.

Desde la caída del muro de Berlín (1989) y la desintegración de la URSS, la República de Chipre, último reducto del comunismo helénico, se fue transformando paulatinamente en un offshore center, refugio de capitales de dudosa procedencia, un paraíso fiscal con unos impuestos ridículamente bajos y un sistema bancario pantagruélico, cuyo tamaño excede cinco o seis veces el total de su economía. Como Luxemburgo, Mónaco o Gibraltar. Pero nadie parecía dispuesto a defender la soberanía de Chipre ante la ocupación de un tercio de su territorio por el ejército otomano, el enemigo secular de los griegos, desde julio de 1974.

Chipre formó parte del abultado paquete de 10 Estados que ingresaron en la UE el 1 de mayo de 2004: Estonia, Letonia, Lituania, Eslovaquia, Eslovenia, Hungría, Polonia, República Checa y Malta. Fue una decisión político-estratégica, que no podía demorarse sin faltar a las promesas y quebrantar las esperanzas de los liberados del yugo soviético, con el objetivo plausible de evitar el caos poscomunista y la extensión de las guerras que destruyeron la federación yugoslava; pero se tomó en el peor momento, bajo la amenaza de recesión y sin ponderar sus consecuencias económico-financieras. La adhesión de Bulgaria y Rumanía se demoró dos años, un plazo a todas luces insuficiente para atajar sus problemas.

El ingreso de Chipre se consumó sin que la UE reparara en la incongruencia de admitir como Estado miembro a una isla dividida y ocupada en su parte septentrional por el ejército turco desde julio de 1974, tras el fracaso de un golpe de Estado para lograr la anhelada unión con Grecia (Enosis en griego). La perfidia colonial británica, especializada en fracturar territorios para seguir reinando (mantiene dos bases en la isla), y la agresividad de Turquía, el miembro más oriental de la OTAN, aliado privilegiado de EE UU, sellaron la desgracia y la división de la isla por una frontera de alambradas. Todavía esperan los greco-chipriotas que la UE exija a Turquía la retirada de sus tropas de Chipre –único país parcialmente ocupado por un ejército extranjero– como condición inexcusable para proseguir la negociación con Bruselas.

Uno de los motivos principales para la adhesión de Chipre a la UE está igualmente relacionado con el vecino y ocupante turco. Bruselas tenía gran interés en firmar un tratado de unión aduanera con Turquía, país de 80 millones de habitantes y en plena ebullición desarrollista, buen cliente de varios países europeos –Alemania en primer lugar–, pero se temía que Grecia opusiera el veto. Ante esa tesitura, la adhesión chipriota fue la moneda de cambio para que Atenas aceptara el acuerdo arancelario con Ankara. Como si no hubiera ningún obstáculo insalvable para la habilidad de los burócratas de Bruselas o la influencia decisiva de las grandes potencias.

Los comunistas y los intereses del Kremlin

Aún resulta más incomprensible la decisión de admitir a Chipre en la eurozona, junto con Malta, a partir del 1 de enero de 2008, cuando ya era evidente que la isla funcionaba como una plataforma financiera de los intereses rusos más sospechosos de fuga y blanqueo de capitales, un paraíso fiscal (sólo el 10 % de impuesto de sociedades) bajo el paraguas del Eurogrupo, más o menos como Luxemburgo, aunque con peor reputación. ¿Cómo es posible que Bruselas ignorara lo que estaba ocurriendo en la isla? Según todos los cálculos, los depósitos de ciudadanos o empresas rusos se elevan a más de 20.000 millones de euros. Rusia, además, concedió al gobierno chipriota, en 2011, un crédito de 2.500 millones de euros cuyo vencimiento está previsto para 2016, pero que deberá ser renegociado a la luz de las nuevas circunstancias.

La historia reciente de la isla está llena de paradojas. Mientras era gobernada por el partido comunista (Partido Reformador de los Trabajadores o AKEL), durante los últimos cinco años, devino la plaza fuerte de un capitalismo desenfrenado y financiero, donde era más fácil abrir un banco, o una empresa ficticia, que una tienda. Una increíble potencia en el Mediterráneo oriental, de alto valor geoestratégico para el Kremlin, con menos de un millón de habitantes, pero con un sector bancario hipertrofiado, cuyos depósitos (más de 70.000 millones de euros) y sus activos financieros (150.000 millones) eran muy superiores al montante de su producto interior bruto (PIB), unos 17.000 millones de euros. Cuando la crisis arreció, los gobernantes comunistas aplicaron sin rechistar el catecismo alemán –menor gasto social, equilibrio presupuestario, despidos en la función pública–, lo que agravó la recesión y aceleró los desequilibrios.

Durante el último quinquenio, Chipre fue uno de los mayores inversores extranjeros en Rusia, debido principalmente a que el dinero de los oligarcas rusos, de origen azaroso, regresaba debidamente blanqueado a su país de origen. Informaciones de imposible confirmación, pero verosímiles, aseguran que las armas rusas con destino al régimen de Bachar Asad en Siria transitaban por la conocida como isla de Afrodita. Y mientras tanto, en Bruselas, la Comisión Ejecutiva, los comisarios y los diputados seguían diseñando el mejor de los mundos posibles, empecinados en calibrar las minucias de los reglamentos, mas sumidos en una inoperancia obviamente irresponsable, aparentemente ajenos a lo que ocurría delante de sus narices.

La situación en Chipre era doblemente favorable para los plutócratas rusos, que utilizaban los negocios en la isla como parte de sus mecanismos internacionales de optimización fiscal. A través de las sociedades chipriotas, que sólo pagaban el 5 % de impuesto sobre los dividendos, los emigrantes fiscales y sus cómplices aligeraban su carga impositiva en Rusia. Si hemos de creer al periódico moscovita RBC Daily, el despacho de Nikos Anastasiadis, actual presidente chipriota, elegido el 24 de febrero en segunda vuelta, jurista de reconocido prestigio, está especializado en gestionar los intereses del mundo ruso de los negocios. Anastasiadis, de centro-derecha, sustituyó en el cargo a Dimitri Christophias, secretario general de los comunistas.

Debido a la fuerte influencia comunista y el fácil dinero ruso, Chipre era un quebradero de cabeza estratégico para la UE. Como un enclave codiciado de una nueva guerra fría, con Nicosia, la capital, desfigurada por la horrenda cicatriz del muro de separación, como estuvo Berlín. Cuando ejerció la presidencia rotatoria de la UE, los eurócratas sospechaban abiertamente que los informes de la negociación de Bruselas con Moscú y otros asuntos secretos eran regularmente filtrados a los despachos del Kremlin. La elección de Anastasiadis trajo la esperanza de modificar esas relaciones, pero los funcionarios chipriotas siguieron insistiendo en que “Bruselas está muy lejos y Rusia es un buen amigo”. Una situación intolerable para Alemania y muy especialmente para todos los miembros de la UE que antes estuvieron bajo el yugo soviético.

El Eurogrupo castiga a los depositantes

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Ante un panorama tan complejo y con el país al borde de la bancarrota, el Eurogrupo aprobó en la madrugada del 17 de marzo (sábado), sin ninguna consulta con Moscú,  un primer plan de rescate que previó un préstamo del Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), por valor de 10.000 millones de euros y un impuesto sin precedentes para todos los depósitos en los bancos chipriotas, dividido en dos tramos (6,75 % y 9,9 %, según que el valor fuera inferior o superior a los 100.000 euros). Los pormenores del rescate sembraron la confusión, agitaron los mercados y suscitaron protestas generalizadas en Nicosia, Moscú y diversas capitales europeas con riesgo de contagio.

Por primera vez en los varios planes de rescate aprobados por el Eurogrupo se introducía el castigo de los depositantes, se violentaba la seguridad jurídica y se recrudecía la fuerte inestabilidad en la eurozona. Los depósitos dejaban de ser sagrados y el pánico bancario sería inevitable. Las condiciones del rescate eran una advertencia para los países del sur y un claro diktat de Alemania y sus aliados del norte (Holanda, Finlandia, Austria) que pretendían la mayor contribución posible de los chipriotas, una reprimenda y un empobrecimiento inmediato por haber vivido muy por encima de sus posibilidades o haberse dedicado a trabajar para los rusos. Mientras los ministros del Eurogrupo discutían en Bruselas, un informe confidencial del espionaje alemán (BND) recorrió los terminales mediáticas y desató el estupor al pintar a Chipre como “una lavandería” de dinero negro procedente de toda clase de negocios delictivos. ¿Era eso lo que pensaba el gobierno de Berlín?

La Comisión Europea que preside José Manuel Barroso quedó completamente desbordada, y de nada sirvió su aviso de que la imposición de fuertes pérdidas a los titulares de los depósitos podría provocar la irritación y luego la estampida de los depositantes no sólo en Chipre, sino también en varios países de la eurozona. Bajo la dirección del presidente del Eurogrupo, ministro de Economía de los Países Bajos, el socialdemócrata Jeroen Dijsselbloem, en todo momento azuzado por su homólogo alemán, el todopoderoso Wolfgang Schäuble, el plan inédito de imponer una quita a los depositantes chipriotas o extranjeros siguió adelante, pese al riesgo obvio de reactivar la desconfianza hacia la moneda única. El impuesto sobre los depósitos fue definido eufemísticamente como “tasa de solidaridad”.

Ante la cólera de los chipriotas y las dudas del presidente Anastasiadis sobre lo que acababa de aprobar, el Parlamento de Nicosia rechazó por unanimidad el rescate acordado en Bruselas, pese a la amenaza formulada por el Banco Central Europeo de que dejaría de inyectar liquidez en los bancos chipriotas a partir del 21 de marzo (martes). La crisis retornó con más virulencia a Bruselas, donde los representantes del Eurogrupo, el BCE y el FMI  volvieron a reunirse con el presidente chipriota para elaborar y pactar un nuevo plan de rescate cuya principal variante fue eliminar el impuesto sobre los depósitos inferiores a 100.000 euros, cantidad a la que asciende la garantía establecida por la legislación de la eurozona.

Por el contrario, los titulares de depósitos superiores a los 100.000 euros, los accionistas y bonistas de los dos principales bancos del país (Bank of Cyprus y Popular Bank) sufrirán pérdidas importantes, hasta el 40 % de sus activos. “Los depósitos no asegurados –precisó el ministro alemán Schäuble—quedarán congelados y participarán en la necesaria recapitalización.” El impuesto y el llamado corralito –la restricción de las transacciones y disposición del dinero– quedaron instalados en la isla para mucho tiempo. Otro de los pilares de la unión monetaria, la libre circulación de capitales, quedó restringido. Los dos principales bancos chipriotas –Bank of Cyprus y Laiki Bank–, que se hallaban técnicamente en quiebra, serán fusionados y reestructurados.

El procedimiento será el siguiente. El Popular Bank (Laiki Bank) se declarará en quiebra y será liquidado ordenadamente mediante su división en un banco malo, que desaparecerá paulatinamente, y un banco bueno en el que quedarán reagrupados los depósitos asegurados, inferiores a 100.000 euros, que finalmente será absorbido por el Banco de Chipre (Bank of Cyprus), el superviviente de los dos grandes. Éste se hará cargo igualmente de la deuda del Laiki Bank con el Banco Central Europeo (BCE), cifrada en 9.000 millones de euros, y de esa forma, se reducirá drásticamente el sector bancario chipriota, de dimensión desmesurada en relación con la economía real.

El nuevo rescate, anunciado en la madrugada del 25 de marzo, tras otra maratón negociadora del Eurogrupo, prevé un préstamo de 10.000 millones de euros que será otorgado por el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEE) y el FMI con sendas contribuciones que no han sido fijadas, para “permitir que la deuda de Chipre siga siendo sostenible”. A este préstamo habrá que añadir la cantidad que el gobierno chipriota logre recaudar con la tasa impuesta a los accionistas, bonistas y depositarios con más de 100.000 euros de los dos bancos reestructurados, que por primera vez participarán directamente en el fondo del rescate, hasta los 17.000 millones de euros previstos. El país no podrá financiarse en los mercados hasta que pasen de uno a tres años, según las cábalas más optimistas de los eurócratas.

El ultimátum del Banco Central Europeo

Los problemas no terminan ni mucho menos con esta cirugía dolorosa y de urgencia. El presidente chipriota, que fue colocado en Bruselas entre la espada y la pared –algunos medios chipriotas emplean el término chantaje–, nada más regresar a la isla declaró que las condiciones del segundo rescate eran a todas luces “injustas y discriminatorias” porque rompen las reglas del juego y hacen pagar directamente a los particulares, lo que nunca había sucedido en los anteriores cuatro rescates: Grecia, Irlanda, Portugal y el de los bancos españoles. El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, impuso su ultimátum: o Chipre aceptaba las condiciones o sería el primer país de la eurozona en declarar la bancarrota. Anastasiadis no tuvo más remedio que capitular antes de regresar a Nicosia.

Los rusos, por su parte, rumian su irritación, persuadidos de que han sido víctimas de una injusticia y utilizados como chivos expiatorios en la crisis de la deuda soberana que aflige desde hace más de tres años a varios países de la UE. El presidente Putin no desea perder sus posiciones en Chipre, ese enclave ortodoxo con muchos comunistas en el Mediterráneo, y pone buena cara al tiempo tempestuoso, a la espera de renegociar el crédito con Nicosia y hacerse con el control al menos parcial de los yacimientos de gas en las aguas territoriales chipriotas. El Kremlin, gracias precisamente a los hidrocarburos, dispone del dinero que escasea en Europa.

Los dirigentes alemanes y sus aliados en este asunto consideraron, por el contrario, que el Estado chipriota, refugio para el dinero ilegal de los oligarcas rusos, debía ser sometido a una cura de caballo de adelgazamiento financiero. Como Francia está prácticamente ausente de la batalla, desde Berlín se difundió un mensaje más bien optimista: Europa está mucho más armonizada económicamente que hace tres años, las reformas y la austeridad han tenido éxito en los países rescatados o más endeudados. Klaus Regling, jefe del Mecanismo Europeo de Estabilidad, encargado de los rescates, admitió que la eurozona atraviesa por malos momentos, pero añadió: “Muchos datos relevantes muestran que la estrategia está dando resultados.” Se refería lógicamente a la estrategia de la cancillera Angela Merkel, que deberá comparecer ante los electores en septiembre próximo.

Quizá Alemania y sus socios del norte de Europa, embriagados con el triunfo obtenido en el seno del Eurogrupo, no han reparado en que las fuerzas antieuropeas y antigermanas, como se demostró en las elecciones italianas, ganan terreno en los países del sur a medida que crece el paro y se aprieta el cinturón de los recortes de los servicios sociales. En España, por ejemplo, Alfredo Pérez Rubalcaba, lanzado por el tobogán demagógico, en la senda de Berlusconi o Beppe Grillo, dirige constantemente sus dardos contra la cancillera alemana y su política de austeridad, a la que culpa de todos los males, pero lógicamente nadie se molesta en replicarle. Hasta su correligionario holandés que preside el Eurogrupo se ha contagiado del rigor que predican en Berlín.

Aunque las autoridades de Bruselas se empeñan en subrayar el carácter “único y excepcional” del rescate chipriota, las consecuencias de haber quebrado el contrato social según el cual los depósitos son sagrados en una economía globalizada no pueden calcularse ni preverse, pero no cabe duda de que las divergencias dentro de los 17 países del Eurogrupo han forzado la situación y han creado un nuevo riesgo de muy difícil control. Y como no fue posible otro consenso en Bruselas, los griegos, los rusos y otros inversores en la isla, incluidos los británicos, tendrán que asumir su parte de la carga, pero quedarán escaldados y a la espera del desquite.

Los motivos de Alemania y de Merkel

¿Por qué los alemanes decidieron crear ese riesgo a estas alturas del drama europeo de la deuda soberana? Ante todo, porque Alemania es el principal contribuyente en cualquier tipo de rescate, y en el caso de Chipre, sin que pueda esperar sustanciosas contrapartidas, y porque resulta impensable que el Parlamento alemán, como es preceptivo, apruebe una operación de la que pudieran beneficiarse los oligarcas rusos. Las cadenas de televisión tampoco tienen interés en captar los estúpidos carteles con el retrato de Merkel y la svástica. Y por último –quizá lo más importante—, si la proyectada unión bancaria va a ser una realidad, su credibilidad exigirá la desaparición en su seno de las “economías de casino” como la de Chipre. ¿Qué hacer entonces con las islas británicas del canal de la Mancha, Gibraltar, Mónaco, Liechtenstein, San Marino y hasta con Luxemburgo y Malta?

El minúsculo tamaño de la economía chipriota, sus escasas importaciones, junto con la irritación fácilmente apreciable de la opinión pública germana, cada día más crítica con los rescates, explican al menos parcialmente la dura posición adoptada por el gobierno de Berlín y sus aliados. Por eso la doctrina oficial de Bruselas insiste en que el quebradero de cabeza de Chipre es “único y excepcional”, pero anuncia al mismo tiempo, contradictoriamente, que está en trámite la legislación comunitaria para instaurar un nuevo modelo de rescate y recapitalización de los bancos que carga sobre los accionistas y los bonistas el saneamiento de los bancos, pero que no descarta recurrir a los depósitos superiores a 100.000 euros.

Alemania sigue en el centro del continente, de los problemas y de las soluciones y concede lógica prioridad a sus intereses y sus urgencias políticas. En las cruciales elecciones de septiembre próximo, Merkel deberá revalidar su exigua mayoría y para conseguirlo debe ahorrar disgustos a su electorado, el más reacio a las complacencias con los meridionales supuestamente perezosos o tramposos. Además, los ahorradores alemanes están muy preocupados, y con razón, por sus ahorros, como pondera un comentarista del centrista semanario Der Spiegel: “Porque los sucesivos rescates del euro los harán más pobres [a los alemanes] a largo plazo, debido a una mayor inflación y un retorno menor de sus planes de pensiones o seguros de vida.”

Lo que sí cabe reprochar a la cancillera es que no tenga en cuenta que la economía alemana es fuertemente dependiente de sus exportaciones al mercado único de la Unión Europea y que la depresión y restricciones de consumo que se observan en los países del sur pueden desencadenar un efecto bumerán de incalculables consecuencias. Quizá Berlín debería mostrarse más sensible a las crecientes demandas a favor de la unión bancaria prometida, pero aplazada con diversos pretextos, sin tener en cuenta que cuando la confianza y la solidaridad se esfuman, la unión monetaria y todos los proyectos europeos quedan a merced de los demagogos y agitadores.

En cualquier caso, la gestión de la crisis en el Eurogrupo fue lenta y caótica, como para desacreditar, desde luego, al flamante presidente, el ministro holandés de Economía, el socialdemócrata Jeroen Dijsselbloem, que ganó el cargo gracias al patrocinio de Alemania, pero que carece de la experiencia, la habilidad y la preparación de su predecesor, el luxemburgués Jean-Claude Juncker, gran conocedor de los entresijos de la eurocracia. En Berlín mantienen la receta: la ayuda económica sólo puede otorgarse a cambio de reformas.

El mismo día en que se conocieron las condiciones del nuevo rescate de Chipre, Dijsselbloem, en unas declaraciones a la agencia Reuters y el periódico Financial Times, extendió la alarma al señalar que “los depositantes no garantizados [los de más de 100.000 euros] podrían contribuir para recapitalizar el banco” en futuras reestructuraciones. Y añadió: “Si queremos tener un sector financiero sólido y sano, la única forma es decir: mirad, aquí es donde ustedes tienen que asumir los riesgos, deben gestionarlos, y si no pueden, entonces no deberían haberlos tomado. Las consecuencias podrían ser que sea el fin de la historia, y ésta es la forma en que yo creo que deberíamos aproximarnos al asunto una vez que estamos fuera de lo peor de la crisis.”

Esas palabras duras y un poco confusas, discordantes con la filosofía socialdemócrata que inspira al ministro holandés, que más parece un neoliberal, fueron interpretadas por los mercados muy negativamente, en el sentido de que el rescate de Chipre sentaba un precedente y podría servir de patrón o modelo para resolver los problemas bancarios de la eurozona. “Los bancos deben ser básicamente capaces de salvarse por sí mismos”, señaló el presidente del Eurogrupo.

Dijsselbloem, al abrir la puerta a realizar quitas en los depósitos no garantizados, cometió la imprudencia de poner en la picota el plan pergeñado hace nueve meses para que el fondo de rescate (700.000 millones de euros) pudiera recapitalizar directamente a la banca, rompiendo el círculo vicioso entre la deuda soberana y las debilidades del sector financiero. Así ocurrió con los bancos españoles, para los que se acordó un préstamo nada menos que de 100.000 millones. Por eso el presidente francés, François Hollande, y el jefe del gobierno español, Mariano Rajoy, reunidos en el Elíseo, se apresuraron a desautorizar al parlanchín jefe del Eurogrupo.

El colapso del euro que pronosticaban muchos gurús económicos hace tres años ha sido evitado, pero no cabe duda de que las medidas adoptadas, muchas de ellas polémicas e impopulares, han sometido a dura prueba de resistencia de los cimientos del edificio. La improvisación parece aliada con el desencanto. Ahora resulta que la reducida tragedia de Chipre, no por eso menos dolorosa para los chipriotas, destapó el confuso proceso de decisión del Eurogrupo y puso en tela de juicio la confianza que sostiene todo el edificio de la construcción europea. Una lección que no debiera caer en saco roto.

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