Posteado por: M | 2 abril 2013

El arcaico belicismo de Corea del Norte

Ante el torrente de insultos y amenazas proferidos por los dirigentes de Corea del Norte, reproducidos con aires belicosos por la televisión oficial, incluyendo la simulación de un  bombardeo contra la Casa Blanca, Estados Unidos oscila entre la incredulidad y el asombro, pero escruta cuidadosamente las probables motivaciones del líder supremo de la dictadura más hermética y paranoica del mundo, el joven Kim Jong-un (29 años), que sucedió a su padre Kim Jong-il hace 15 meses en el trono de la dinastía comunista creada por su abuelo, “el amado y reverenciado líder” Kim Il-sung, tras la Segunda Guerra Mundial. Las expectativas de una evolución aperturista del régimen, propiciada por un joven heredero educado en Suiza, están ensombrecidas por unas tensiones muy agudas, aunque no sin precedentes.

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Los signos de la tensión se multiplican en todas las direcciones y los tambores de la guerra resonaron con fuerza. Mientras el norcoreano Kim aseguraba que la península vuelve al “estado de guerra” y reactivaba el reactor de Yongbyon, la presidenta de Corea del Sur, Park Geun-hye, elegida en diciembre último, ordenó a sus generales que estuvieran preparados para una contundente e inmediata respuesta para las provocaciones. EE UU, tras haber desplegado aviones de caza furtivos, el martes (2 de abril) situó un destructor capaz de interceptar misiles, el USS Fitzgerald, cerca de las costas norcoreanas.

Detrás de la retórica belicista y los desfiles agresivos, que denotan el delirio a que llega el culto de la personalidad en el reducto estalinista, se perfila el problema nuclear, las tres explosiones de otras tantas bombas nucleares realizadas hasta ahora y la voluntad manifiesta de fabricar unos misiles de largo alcance dotados con cabezas atómicas y  capaces de alcanzar objetivos de Corea del Sur y Japón, los aliados de EE UU en la región, así como las bases norteamericanas en el Pacífico. Ni siquiera China, único vínculo de Corea del Norte con el mundo, parece tener todos los datos de tan misterioso programa.

La lucha por el poder en Pyongyang

El problema, por lo tanto, es doble: calibrar los progresos realizados en el programa nuclear, cálculos que siempre son aproximativos, y conocer la temperatura interna del régimen, es decir, la situación real de Kim Jong-un dentro de la muy secreta y militarizada camarilla gobernante dentro del Partido del Trabajo (comunista). Después de las duras sanciones de la ONU y de las reticencias de China, la hipótesis más repetida en Washington, pero no necesariamente la más plausible, es que el debate nuclear está instalado en el corazón del régimen de Pyongyang; que el joven dictador necesita consolidar su poder y que, por lo tanto, el estruendo ambiental y la exhibición de fuerza se destinan para el consumo interno. “Sin el apoyo de los militares –recuerda un analista norteamericano que vive en Seúl, citado por la CNN— [Kim Jong-un] no duraría mucho.”

¿Se trata de una baladronada, una provocación del joven líder, debida a su inexperiencia o inseguridad, o de una encarnizada lucha por el poder, incluso alentada desde el exterior, es decir, por China, como las que se produjeron en otros regímenes comunistas en el momento de una sucesión problemática? Los antecedentes no faltan: La URSS después de Stalin (1953), hasta el triunfo de Nikita Jruschov, o la China tras la desaparición de Mao Zedong (1976), hasta la toma del poder por Deng Xiaoping, y de nuevo la URSS tras las muertes de Leonid Brezhnev y Yuri Andropov (1985) que desbrozaron el camino para Mijail Gorbachov y su perestroika.

La pugna interna, de existir, sólo puede cristalizar en torno a un motivo muy poderoso: el destino nuclear del país, que consume cuantiosas sumas de un presupuesto militar que se sitúa de espaldas a los objetivos más humanos e imperiosos de un país que padece hambrunas crónicas, frustrado endémicamente en sus necesidades primarias, sometido al racionamiento; una población burdamente militarizada y fanatizada pero que muy probablemente recibiría con alborozo algo más de mantequilla y menos cañones y propaganda, es decir, el abandono o la preterición de la frenética carrera armamentista y la onerosa aventura nuclear. Por el momento, el desarrollo y la prosperidad no forman parte de las preocupaciones de los dirigentes norcoreanos.

Algunas noticias indican que algo se mueve en Pyongyang. El 1 de abril, la agencia de noticias norcoreana anunció que Pak Pong-ju, un economista tecnócrata, había sido designado primer ministro, encargado de la economía, después de su promoción como miembro de pleno derecho del politburó del Partido del Trabajo (comunista), el máximo organismo de decisión. Los dos principales generales, el ministro de Defensa y el jefe del estado mayor de las Fuerzas armadas, también fueron promocionados, pero sólo como miembros suplentes del politburó.

En las reuniones del comité central (1 de abril) y la Asamblea Suprema del pueblo o simulacro de parlamento (2 de abril), el énfasis se puso precisamente en los problemas económicos. El partido comunista anunció “una nueva línea estratégica” a fin de reconstruir la economía ante las sanciones internacionales, pero expandiendo al mismo tiempo su arsenal de armas nucleares. El reactor de 5 megavatios del complejo nuclear de Yongbyon, que se encontraba parado desde 2007, fue puesto de nuevo en marcha el 2 de abril. La planta había sido clausurada a cambio de energía y alimentos tras un acuerdo internacional firmado por EE UU, China, Rusia y las dos Coreas que fijó la hoja de ruta para el progresivo desmantelamiento de las instalaciones nucleares.

A pesar de una advertencia en contra de China, Corea del Norte procedió a su tercer ensayo nuclear el 12 de febrero de este año, “para proteger la seguridad nacional y la soberanía del país”, según la agencia oficial norcoreana. También realizó una exhibición de sus misiles de medio alcance. Las pruebas fueron duramente condenadas por el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, que las consideró “una violación flagrante y grave de las resoluciones del Consejo de Seguridad”. Tras una concertación entre bastidores de Washington, Moscú y Beijing, la ONU impuso nuevas sanciones al régimen de Pyongyang que agravan la penuria de la población pero no modifican un ápice la determinación de sus dirigentes. Las sanciones fueron respaldadas por China.

En todo caso, los objetivos y las motivaciones de Kim Jong-un son un arcano indescifrable, pero hay conjeturas menos optimistas. El paralelo 38 sigue siendo la frontera más militarizada del mundo, con los dos ejércitos coreanos en pie de guerra y unos 20.000 soldados norteamericanos. Resulta evidente que una ruptura del armisticio de 1953, que puso fin a la guerra iniciada en 1950, tendría consecuencias desastrosas para Corea del Norte, rápidamente arrasada por la potencia conjunta de EE UU y Corea del Sur; pero no es menos cierto que un bombardeo atómico norcoreano podría causar decenas de miles de víctimas surcoreanas antes de que las represalias estadounidenses surtieran el efecto de detener tan horrible matanza.

Kim Jong-un arengó a sus tropas diciéndoles que tenían que “romper las muñecas de sus locos enemigos” y amenazó con convertir a Seúl en “un mar de fuego”, invectivas enérgicas pero no sin precedentes. El pretexto para la escalada militar y verbal fueron las maniobras militares conjuntas de Corea del Sur y EE UU que comenzaron el 11 de marzo, cerca de la zona desmilitarizada que divide a las dos Coreas. No es la primera vez, desde luego, que Pyongyang profiere amenazas de guerra, pero en los círculos de Washington prevalece la suposición de que el régimen de la dinastía Kim y sus militares no son lo suficientemente suicidas como para desencadenar un conflicto de gran escala.

Existen algunos motivos para la esperanza. En medio de la aparatosa algarabía belicista, la zona industrial intercoreana de Kaesong, creada en 2004, situada a 10 kilómetros de la línea de armisticio, siguió funcionando con normalidad. A ese parque industrial acuden diariamente unos 50.000 norcoreanos que trabajan para más de cien empresas surcoreanas en la producción de toda clase de manufacturas a precios baratos. Por cuanto fue una creación de Kim Jong-il, el padre del actual líder, no parece que éste pueda poner en peligro la cooperación intercoreana y unos lazos comerciales que son altamente beneficiosos para un país sin otra salida al exterior. Vista desde Corea del Sur, la cooperación en Kaesong o en otros lugares se considera como el único camino factible para mitigar los ingentes gastos de una hipotética reunificación.

China no está interesada en una inmediata reunificación de Corea que implicaría lógicamente un desequilibrio de poder en el Pacífico a favor de EE UU, pero tampoco se siente feliz con la escalada retórica, la pobreza y el desafío nuclear de su protegido e incómodo vecino. Algunos periódicos chinos han ofrecido muestras fehacientes de la impaciencia de las autoridades de Beijing, describiendo un país esclerótico, como paralizado, en el que prolifera el mercado negro, y que haría muy bien en seguir la vía china hacia el crecimiento y la prosperidad. Los consejos, hasta ahora, cayeron en saco roto. ¿Acaso lo que ocurre secretamente en Pyongyang se debe a las presiones de los nuevos dirigentes chinos?

El nombramiento de un primer ministro dedicado especialmente a la economía sugiere que la lucha por el poder puede estar centrada en esa nueva línea estratégica cuya consecuencia inmediata será la dedicación de más recursos para aliviar las penalidades endémicas de la población. Pak Pong-ju ya fue primer ministro desde 2003 a 2007, para combatir la hambruna persistente, y propició un programa de autonomía de las granjas y las fábricas, así como el aumento significativo de las inversiones en la agricultura; pero fue destituido cuando las nuevas actividades comerciales amenazaron los intereses de la vieja guardia, según creen los analistas de Corea del Sur.

En cualquier caso, la reforma económica debería ser compatible con el gasto en la consolidación de la potencia nuclear, lo que se me antoja muy problemático. La compatibilidad de los cañones con la mantequilla exige un grado de eficiencia que no será posible alcanzar con una economía rígidamente administrada y un sistema político arcaico, despótico y corrupto. La tensión internacional y la atmósfera de guerra fría están aseguradas por algún tiempo.

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