Posteado por: M | 9 abril 2013

La Dama de Hierro, el ardor del liberalismo

La muerte de Margaret Thatcher, que fue primera ministra del Reino Unido de 1979 a 1990, me trae a la memoria un tumulto de acontecimientos que cambiaron el mundo de manera inesperada e irreversible y que yo viví con intensidad como periodista dedicado a las cuestiones internacionales. La resurrección del liberalismo económico, arrinconado desde hacía mucho tiempo por la planificación y el Estado del bienestar; el ocaso del comunismo, el fin de la guerra fría y la desintegración tanto de la Unión Soviética como de su bloque de aliados; la guerra de las Malvinas y la contradictoria batalla por Europa, en fin, son los hitos mundiales en los que se despliega la enérgica personalidad de la que fue llamada Iron Lady, la Dama de Hierro.

Mi epítome de la trayectoria política de Thatcher, que falleció el 8 de abril a los 87 años, se apoya en tres pilares: la fidelidad en los principios, el amor por la libertad y la voluntad transformadora, desde los que abordó tanto la batalla interior británica, con algunos momentos especialmente épicos o conflictivos, cuanto la estrategia exterior, en una renovada alianza con el presidente de EE UU., Ronald Reagan, y la colaboración decidida de un Papa llegado del frío, el polaco Wojtyla, Juan Pablo II. “Un trío que cambió el mundo”, según reza el subtítulo que John O´Sullivan puso a su libro, El presidente, el Papa y la primera ministra (edición española de 2007).

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Con Ronald Reagan en 1990

“La dama que cambió el mundo”, sentenció el semanario The Economist en su obituario, al frente de un apresurado resumen apologético. Pero un periódico que la combatió en vida, el izquierdista The Guardian, también londinense, no tuvo más remedio que reconocer: “Cambió la manera en que los británicos ven la política y la economía.” En resumen, fue una actriz principal del cambio, el rostro más visible de la llamada “revolución conservadora”, en Gran Bretaña y en el mundo. Hasta el actual líder laborista, Ed Miliband, con el debido fair play, declaró que fue “una figura única, que reformó la política de toda una generación”.

Mi primer recuerdo personal se remonta a las elecciones generales británicas de junio de 1970, cuando Thatcher se presentó en una de esas conferencias de prensa mañaneras que los partidos políticos británicos solían ofrecer a la prensa durante la campaña electoral, y que servían para foguear a los políticos recién llegados y ambiciosos. Tras el inesperado triunfo de los conservadores, Edward Heath formó un gobierno en el que la joven diputada se estrenó como ministra de Educación. Cuatro años más tarde, y luego de que Heath perdiera las elecciones de 1974, Thatcher se postuló como líder del Partido Conservador y ganó la partida, convirtiéndose en la primera mujer al frente de los tories. Un rápido, impecable y exitoso recorrido.

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M. Thatcher en 1989

La renovación que impuso en el partido culminó con su victoria en las elecciones generales de mayo de 1979 y su nombramiento como primera ministra, la primera y hasta ahora única mujer que obtuvo ese cargo en Gran Bretaña. Fue reelegida triunfalmente con acordes militares en 1983, tras la victoria del cuerpo expedicionario en la guerra de las Malvinas (1982), y de nuevo y por última vez en 1987. Una revuelta dentro del partido, dirigida por la élite y los más jóvenes, con el pretexto de la introducción de un impuesto local, el polémico poll tax, la forzaron a dimitir en noviembre de 1990, tras unos disturbios que irrumpieron en Trafalgar Square y alarmaron a muchos diputados conservadores.

Tras instalarse en el 10 de Downing Street, la joven becaria de la universidad de Oxford defendió con ahínco su principal lema electoral: que el Estado-providencia instaurado por los laboristas después de la guerra estaba en bancarrota, sostenido por el Fondo Monetario Internacional (FMI), y que el socialismo real era un arcaísmo. Gran Bretaña era a la sazón el enfermo de Europa. El inminente apocalipsis lo había vaticinado un personaje de una novela de John Le Carré: “Gran Bretaña se hundirá el jueves próximo, y nadie se dará cuenta.”

Ante la sombría perspectiva de un país paralizado por las huelgas, la inflación del 20 % y la crisis económica, el primer éxito de Thatcher se produjo en el frente interior, cuando supo granjearse el apoyo de la opinión pública para aplicar su programa liberal sin vacilaciones e impulsar una revolución conservadora que sería conocida como thatcherismo: más mercado y menos Estado; una reducción radical del presupuesto y una rebaja significativa de los impuestos que estaban sofocando la actividad económica; privatización de las empresas públicas (transportes, acerías, minas), flexibilización de las relaciones laborales; la reducción de las ventajas burocráticas de los sindicatos para despojarlos de su poder excesivo y paralizante; y la masiva venta a los inquilinos de las viviendas de los municipios. Las nuevas políticas monetarias liberales, para impulsar la oferta en vez de la demanda, hicieron de la City de Londres la primera plaza financiera del continente, y así sigue.

“Coraje y determinación en política”, como declaró el ex primer ministro John Major, su sucesor al frente del partido. “Fue una genuina líder –remachó el laborista Tony Blair–, una sobresaliente figura política. Pocos líderes consiguen cambiar no sólo el paisaje político de su país, sino también del mundo. Margaret fue de esos líderes.” Ese cambió confirmó la derrota teórica y práctica del Estado asistencial cuando éste estaba moribundo. Su combate ideológico lo resumió en una de esos comentarios acerbos que traducen su populismo innato: “Curar la enfermedad británica con el socialismo era como tratar de curar la leucemia con sanguijuelas.”

Blair, para resucitar el laborismo, tuvo que aceptar los principales logros del thatcherismo, tanto la flexibilidad laboral como el rigor presupuestario, y logró un triunfo arrollador en las elecciones de 1997. Repudiando el dogma de la propiedad privada de los medios de producción, que figuraba en los estatutos del partido, y en general los principios del socialismo, Blair declaró: “Nuestra premisa debe ser que la actividad económica está mejor en manos del sector privado.” Así se produjo el declive definitivo de la perniciosa economía administrada en el Reino Unido.

Las radicales medidas de Thatcher, en una sociedad y una clase política acostumbradas al intervencionismo introducido por los laboristas en 1945, provocaron innumerables protestas, así como disturbios en algunas ciudades, de manera que la inquietud llegó a instalarse en los escaños conservadores en la Cámara de los Comunes. En la conferencia del Partido Conservador de 1980, ante los rumores sobre una revuelta interna, Thatcher pronunció una de las frases en las que se cimentaría su reputación de política de convicciones, poco amiga de sacrificar los principios en aras del consenso: “You turn if you want to (…), the Lady´s not for turning.” (“Ustedes pueden retroceder si lo desean (…) la jefa no retrocederá”). La primera ministra ganó el pulso y siguió pensando que “el consenso es la política del débil”.

Del IRA a los mineros, una exhibición de firmeza

La misma firmeza exhibió ante los terroristas del IRA, hasta unos límites discutibles y turbadores por su crueldad y sus trágicos resultados, vistos desde la posición de un ciudadano corriente. La Dama de Hierro tenía muy claro que no se debe ni se puede negociar con los terroristas –“los que atacan a la democracia con el terrorismo”, declaró– y llevó esa convicción hasta sus últimas consecuencias. Los presos del IRA entablaron una huelga de hambre en 1981, en la prisión de Maze (Belfast), con el objetivo de obtener el estatuto de prisionero político. Sin duda cometieron un trágico error de cálculo al creer que la primera ministra, agobiada por la grave crisis desatada a causa de sus reformas, acabaría cediendo.

Pero Thatcher no cedió ni un milímetro, y los fanáticos terroristas irlandeses, por una oscura emoción suicida, prosiguieron con su huelga. Bobby Sands fue el primero en morir, el 5 de mayo de 1981, y le siguieron nueve de sus compañeros. La huelga inútil y devastadora duró 172 días. La primera ministra escribió en sus memorias: “Se podía admirar el coraje de Sands y de los huelguistas del hambre que murieron, pero no simpatizar con su causa asesina.” Para una dirigente que detestaba el apaciguamiento y la componenda, los terroristas no podían forzar en ningún caso la mano del Estado que ostenta el monopolio de la violencia legítima. Estaba persuadida de que las concesiones ante el chantaje conducen inexorablemente al deshonor y la capitulación.

El IRA trató de vengarse colocando una bomba en el hotel de Brighton en que se hospedaba con motivo de la conferencia anual del Partido Conservador, el 12 de octubre de 1984. La bomba estalló por la noche, cuando se suponía que los dirigentes tories estarían acostados, pero Thatcher resultó ilesa porque no se encontraba en su habitación sino trabajando en el momento en que se produjo la deflagración. El atentado causó cuatro muertos y graves daños materiales en el hotel.

Grand Hotel de Brighton después del atentado del IRA

Grand Hotel de Brighton después del atentado del IRA

No obstante, como el triunfo sobre los propios compatriotas siempre es problemático, la suerte política de Thatcher quedó consolidada cuando decidió combatir con la misma energía a la dictadura militar argentina cuando ésta tuvo la trágica ocurrencia de invadir las islas Malvinas (Falklands), en la creencia estúpida de que Gran Bretaña no sería capaz de montar una operación militar para recuperar el archipiélago a 10.000 kilómetros de distancia. La guerra terminó el 14 de junio con una victoria total de las tropas británicas y un balance terrible: 225 muertos británicos y 650 argentinos. La humillante derrota señaló el comienzo del fin de la dictadura militar. Londres no sólo contó con la ayuda logística de Reagan, sino también con la del gobierno de Pinochet.

Su más gloriosa victoria electoral, cuando los conservadores lograron su mejor resultado, se produjo en 1983. La Dama de Hierro, sin duda fortalecida políticamente, prosiguió con las privatizaciones, introdujo una reforma fiscal favorable para los acomodados, premisas de su “capitalismo popular”, y eliminó el llamado “close shop”, el monopolio de los sindicatos en la contratación. Los mineros, el último jirón rojo de las Trade Union, dirigidos por el comunista Arthur Scargil, plantearon el desafío al declarar una huelga indefinida en marzo de 1984, en protesta por el cierre de las explotaciones deficitarias. Entonces, Thatcher lanzó su célebre grito: “¿Quién gobierna en Gran Bretaña?” La pregunta conmocionó a la opinión pública, profundamente dividida. Al final, la primera ministra logró doblar la mano de los mineros, que tardaron un año en tirar la toalla.

El protagonismo de Thatcher en el fin de la guerra fría resulta menos evidente por cuanto Gran Bretaña era entonces, y lo sigue siendo, el mejor baluarte de la OTAN en Europa, ligada a EE UU por una “relación especial”, aunque ahora degradada por la frialdad de Obama. Ambos factores ganaron peso en la estrategia global por las coincidencias ideológicas y la simpatía personal entre Thatcher y el presidente Ronald Reagan, a los que pudo verse sellar su amistad sobre briosos corceles y conversaciones privadas en la Casa Blanca. Ambos compartían el convencimiento de que, tras los años de estancamiento de Leonid Brezhnev, el socialismo real estaba gravemente enfermo tanto en la URSS como en los países satélites.

Thatcher tuvo la perspicacia de confiar en Gorbachov, de creer que sus reformas iban en serio, y por eso lo invitó a Londres y lo elogió públicamente con unas famosas palabras: “El primer comunista con el que se puede llegar a acuerdos.” El reconocimiento de la voluntad reformista del líder soviético no fue óbice para que respaldara sin vacilar al “Dear Ronnie” (Reagan) en todas las iniciativas tendentes a contrarrestar el expansionismo del Kremlin, promover el desarme o abogar abiertamente por la caída del muro, lo que la convirtió en una heroína para los líderes de la oposición en la Europa del Este, de Lech Walesa a Vaclav Havel.

En cualquier caso, Gorbachov no pudo resistir el empuje combinado del presidente, la primera ministra y el Papa. El líder soviético se encontró con una crisis estructural y casi terminal legada por el estalinismo y el estancamiento, y cometió el craso error de creer que la reforma era viable, que el socialismo podría sobrevivir una vez corregidas sus perversiones más notorias. Por eso hizo las declaraciones necesarias para que se derrumbara el muro de Berlín.

La inconclusa batalla de Europa

La política europea constituyó la batalla inconclusa de Thatcher. Nacionalista, euroescéptica, chocó dialécticamente con la burocracia de Bruselas y con algunos de sus interlocutores en los Consejo Europeos. En la primera cumbre, en noviembre de 1979 en Dublín, se presentó con una polémica tarjeta de visita: “I want my money back” (Quiero que me devuelvan mi dinero), es decir, parte de la contribución neta de Gran Bretaña a las arcas comunitarias. La crisis duró casi cinco años, cinco años de discusiones tormentosas. Mitterrand murmuró entre dientes, para el regocijo de la prensa francesa: “Tiene la boca de Marylin y la mirada de Calígula.”

En junio de 1984, en una nueva cumbre en Fontainebleau, la primera ministra consiguió una rebaja sustancial de la aportación británica al presupuesto comunitario. Fue una victoria pírrica, cuya contrapartida fue la permanencia dentro de la disciplina comunitaria, que aborrecía, y el principio de la revuelta en las filas del partido, desgarrado entre europeístas y euroescépticos, que forzaría su retirada. En sus memorias dejó bien claro su escaso aprecio por el francés Jacques Delors, presidente de la Comisión Ejecutiva, y lamentó haber firmado el Acta Única que desbrozó el camino para la unión económica y monetaria.

Además de nacionalista, liberal y euroescéptica, Thatcher fue una populista, una mujer de la pequeña burguesía comercial (hija de un tendero y concejal), educada en la universidad de Oxford, pero que nunca compartió los gustos, las excentricidades y el acento de una élite que se creía, o que se cree aún, con derecho a gobernar. Licenciada en ciencias químicas y en derecho, apasionada lectora, su éxito político no fue fruto de una improvisación, ni de un golpe de suerte, sino de la tenacidad, la virtud privada, el conocimiento y los principios. En su combate por el liberalismo y el individualismo, su libro de cabecera fue Camino de servidumbre (1944), de Friedrich von Hayek, premio Nobel de economía en 1974, el crítico más lúcido y temprano del Estado del bienestar como culminación del colectivismo.

Hayek tenía escasas esperanzas de que sus ideas pudieran llevarse a la práctica, a pesar de que Thatcher se declaró su discípula intelectual. Desde Friburgo, donde vivía entonces, el profesor Hayek declaró que el triunfo electoral de los tories en 1979 era “un fenómeno pasajero”. Erró en la predicción porque no podía imaginarse el ardor que la primera ministra pondría en el empeño de rectificar en profundidad las tendencias antiliberales que dominaban en la política europea. Thatcher siempre tuvo claro que el colectivismo, incluso en sus variantes menos radicales, “pone en manos de una minoría tiránica poderes que jamás hubiera soñado la Inquisición española”, como escribió George Orwell.

El legado de Thatcher atraviesa por muy serias dificultades. El liberalismo vuelve a estar en entredicho, como demuestra el hecho de que la participación del Estado en la economía se haya disparado en los años recientes. El sector privado está en franco retroceso, como advierte The Economist, mientras las manifestaciones y las encuestas contra el liberalismo proliferan en Europa y actúan en una dirección profundamente equivocada, contra la libertad, en pro de una intervención que los desahuciados creen que pudiera ser salvadora, pero que sin duda puede conducir a la servidumbre.

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