Posteado por: M | 22 abril 2013

El terrorismo de Boston, el estupor de Obama

Liberados del miedo y la zozobra, los vecinos de Boston y sus suburbios cantaron literalmente victoria, en medio de un renovado clamor patriótico, tras la muerte de uno y la captura de otro de los dos presuntos autores del atentado que ensangrentó la meta del maratón, el 15 de abril, causando la muerte de tres personas e hiriendo a 175. Dos potentes explosiones transformaron el centro de una ciudad tranquila y universitaria en lo más parecido a una zona de guerra. Tras el alivio y la satisfacción, los norteamericanos, estimulados por unos medios de comunicación especialmente ágiles y exigentes, formulan innumerables preguntas sobre la peripecia criminal de los dos terroristas de origen checheno, sus probables vínculos con el islamismo más violento y su vida aparentemente normal en una sociedad multiétnica, democrática, tecnificada y tolerante.

En la noche del 19 abril, miles de bostonianos se echaron a las calles, tras cuatro días de pesadilla e intensa caza del hombre, con profusión y flamear de banderas, tremoladas orgullosamente, y estallaron en gritos de júbilo inmediatamente después de que el portavoz de la policía pronunciara el ritual ”We got him” (“Lo tenemos”) para comunicar la captura del segundo terrorista. Pero son muchos los norteamericanos, empezando por Obama, que están instalados en el estupor y la interrogación. Al presidente se le vio turbado y como si no quisiera dar crédito a lo ocurrido. No se sabe si los coautores del atentado son traidores aislados, violentos solitarios, o si forman parte de los más osados dentro de una quinta columna creciente.

¿Por qué los hermanos chechenos de Boston, que parecían gente pacífica e integrada, uno de ellos estudiante nada mediocre, se convirtieron súbitamente en asesinos? El afamado columnista Thomas Friedman, tras formular una pregunta similar, expresa un deseo ardiente pero tan piadoso como inquietante: “Cuando muchas sociedades se están desgarrado en todo el mundo, especialmente en el Oriente Próximo, resulta vital que EE UU sobreviva y florezca como un faro de pluralismo.” ¿Sólo EE UU? ¿Qué hacemos, entonces, en Europa, donde la población musulmana es muy superior y está agrupada en suburbios al margen de la ley o donde solo se respeta la coránica? ¿Qué respuesta dar a la islamización sobrevenida e imparable, en Europa, África y el Próximo Oriente, tras la tan cacareada como efímera primavera árabe?

Al dirigirse a la nación tras el desenlace provisional, sin poder ocultar el desasosiego que le producen estos episodios de terrorismo presuntamente islamista, Obama no ofreció explicaciones suficientes sobre los fallos de la seguridad –uno de los dos sospechosos había llegado a ser interrogado por la policía y se conocía el fervor islamista de ambos—y se limitó a expresar su extrañeza por la presencia del islam radical en territorio estadounidense: “¿Por qué estos jóvenes que crecieron y estudiaron aquí, formando parte de nuestras comunidades y nuestro país, recurrieron a semejante violencia?” La causa es la yihad, y los muchachos de las bombas son yihadistas, señor presidente, le replican los críticos.

Pero no cabe descartar que los terroristas de Boston tuvieran otros motivos más difusos, que no sean unos guerreros o esbirros de la yihad, sino simplemente unos emigrados, unos nacionalistas chechenos frustrados y traumatizados, como tantos otros, por el sueño roto de una nación situada bajo la férula rusa y la fatalidad estratégica. Después de todo, el terrorismo en suelo norteamericano siempre fue el último recurso de algunos emigrados fanáticos y desesperados. En cualquier caso, Obama y muchos estadounidenses seguirán preguntándose por qué los asesinos de las mochilas eligieron Boston para su fechoría o qué reprochaban al país que les acogió con generosidad.

Los hermanos que presuntamente colocaron las dos mochilas con las bombas de fabricación casera, Dzhokhar Tsarnaev, de 19 años, el capturado y hospitalizado, y Tamerlan Tsarnaev, de 26, muerto por disparos de la policía, llegaron a EE UU procedentes de Chechenia y los territorios vecinos, una región rusa en permanente convulsión desde que la URSS se desintegró en diciembre de 1991. Dos guerras abiertas, crueles y prolongadas, innumerables actos de terror, devastación inaudita y una represión implacable resumen las secuelas de la indómita pretensión islamista de organizar un emirato regido por la ley coránica (sharia) en las repúblicas autónomas bajo soberanía rusa que se escalonan en el norte del Cáucaso, entre Europa y Asia.

Con los hermanos Tsarnaev, el más joven de ellos nacionalizado estadounidense, rebrotan en EE UU la funesta realidad de la violencia indiscriminada, una visible paranoia y el pánico por los actos de terror de inspiración islamista, perpetrados en esta ocasión por militantes de base (grassroots militants) que no se sabe, en el momento de redactar estas líneas, si actuaron de manera autónoma, como lobos solitarios, aunque al servicio de una causa general, o si además están vinculados a una organización de las muchas que se integran en la nebulosa de Al Qaeda en todos los continentes. Las raíces chechenas explicarían su adhesión al islam más violento, pero no cabe ninguna duda de que habían sabido adaptarse a las costumbres norteamericanas. Numerosos testigos sugieren que el hermano mayor llevó la iniciativa en su reclutamiento por las milicias del terror.

Según los periódicos norteamericanos, ambos hermanos no ocultaban su devoción por el islam, aunque no se habían manifestado lógicamente como adeptos de la guerra santa. La supuesta candidez de un  cronista del New York Times, que coloca a los sospechosos con cada pie en un mundo distinto –a caballo entre dos mundos–, resulta sorprendente. ¿Acaso alguien puede ir pregonando su adhesión a la yihad entre sus convecinos sin exponerse a la inmediata vigilancia o la intervención de la policía. Y si las bombas de Boston fueron construidas siguiendo las instrucciones de la web Inspire, perteneciente a la franquicia de Al Qaeda en Yemen, como apuntan medios policiales, ¿por qué la policía no se muestra más diligente con esos nuevos medios de información y entretenimiento que expanden el odio e incitan a la violencia?

Los detalles sobre los fallos de vigilancia empiezan a aflorar en las columnas de los periódicos. Se sabe que el fallecido Tamerlan Tsarnaev, el mayor de los coautores del atentado, fue interrogado por el FBI en 2011 a petición de un gobierno extranjero (el de Rusia, según Los Angeles Times) para averiguar si tenía vínculos extremistas. El FBI no encontró ningún motivo para incriminar al interrogado ni para seguirle la pista. También se conoce que realizó un viaje a Rusia, sin objetivo claro; que abandonó la universidad, estaba en paro y se enfrentó a una denuncia por violencia doméstica en 2009. Una vocación de camorrista que degenera en rencor contra los infieles. ¿Por qué el FBI, que se mete en todo, no prestó más atención a las advertencias de Moscú?

Los enemigos están en casa

Existen pruebas inequívocas de que los musulmanes se integran mucho mejor en la sociedad abierta y multiétnica de EE UU que en la europea, pero no es menos cierto que el efecto del potente crisol norteamericanos conoce numerosos fiascos desde que el extremismo islámico tomó carta de naturaleza. Jalid Shaij Mohamed, que planeó los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas, pasó cuatro años estudiando en Carolina del Norte, donde obtuvo el título de ingeniero, sin que nadie sospechara de sus intenciones suicidas.

Según el representante Peter King, republicano por Nueva York, se han detectado en aquella ciudad al menos 16 conspiraciones terroristas de inspiración islámica desde el 11-S. Este legislador, que no es precisamente un reaccionario, ha llegado a la conclusión de que ya es hora de abandonar “la corrección política” y reconocer abiertamente que la amenaza real contra EE UU procede del terrorismo islámico y que, por tanto, la policía debería enfocar sus investigaciones sobre las comunidades musulmanas, de la misma manera que los crímenes de la mafia obligaron a extremar la vigilancia en los barrios poblados por italianos en el siglo pasado.

No es ninguna novedad, ni será la última vez en que podamos temer y asegurar que los enemigos están en casa, en los entresijos comunitarios y a veces incrustados en los pilares de la sociedad que pretenden destruir o debilitar, como termitas aletargadas. Los atentados en cadena de Londres en 2005 fueron perpetrados por jóvenes británicos de origen extranjero, no necesariamente desarraigados o marginados, educados en los suburbios londinenses y cautivados por la prédica de la guerra santa (yihad) islámica contra el Occidente impío y depredador. De los atentados de Madrid un año antes, poco sabemos de los presuntos autores que murieron en Leganés.

En un acto aparentemente solitario, un comandante psiquiatra del ejército norteamericano, Nidal Malik Hasan, de 39 años, de confesión musulmana, perfectamente integrado en la sociedad castrense, armado con un fusil, mató a 13 militares e hirió a otros 30 en la base de Fort Hood (Texas) en la que estaba destinado, la base militar estadounidense más poblada del mundo. El autor del múltiple asesinato, que nada tiene que ver con el desarraigo o la miseria, había nacido en Virginia, de padres inmigrantes palestinos en buena situación económica, y estudió medicina con normal aprovechamiento, para luego ingresar en el ejército. Un recorrido social en ascenso sin la menor dificultad.

Malik Hasan, luego de múltiples lecturas y participación en foros de internet, extremó sus creencias musulmanas. Confesó que estaba influido por las exigencias de la ley coránica, las soflamas del imán Anuar al-Aulaki, de origen norteamericano, y la aversión hacia las instituciones occidentales, luego de un proceso de conversión. Pese a la reluctancia del ejército a acusarlo de terrorismo, el Senado presentó un informe en el que describió la masacre de Fort Hook como “el peor ataque terrorista en suelo norteamericano desde el 11 de septiembre de 2001”. Está previsto que Malik Hasan comparezca a finales del mes de mayo ante un tribunal militar.

El día de Navidad del mismo año (2009), un musulmán nigeriano, Umar Abdul Mutallab Farouk al-Nigeri, conocido también como el Underwear bomber (el de la bomba en su ropa interior), trató de accionar los explosivos que llevaba ocultos debajo de su vestimenta cuando viajaban en un avión de la Northwest Airlines que cubría la ruta entre Ámsterdam y Detroit, con 289 personas a bordo. El detonante falló, pero el terrorista confesó los hechos ante el tribunal que lo juzgó y fue condenado a cadena perpetua. Al Qaeda en la Península Arábiga aseguró, aunque sin presentar pruebas, que había organizado el atentado.

También en 2009 se produjo un frustrado ataque terrorista contra el metro de Nueva York, y el 1 de mayo de 2010 falló el detonador de una potente bomba colocada por un pakistaní nacionalizado norteamericanos, Faisal Shahzad, en un automóvil en la muy concurrida Times Square de la ciudad de los rascacielos. La policía, alertada por un vendedor ambulante, utilizó un robot para desarmar el artefacto sin causar daños, pero sin evitar la alarma entre los vecinos y los transeúntes.

Los medios norteamericanos y europeos insisten en que Chechenia y las repúblicas vecinas forman un entorno proclive al activismo terrorista. Según el Financial Times, “existen estrechos lazos entre los grupos militantes con base en el norte del Cáucaso, los talibanes de Afganistán-Pakistán y Al Qaeda”, y el New York Times recuerda la advertencia lanzada por un líder checheno en 2007: “Nuestro enemigo no es sólo Rusia, sino todos los que llevan a cabo una guerra contra el islam.” El Washington Post informa de que “hay abundantes pruebas de que los hermanos Tsarnaev admiraban a los extremistas islámicos”.

Existe la certeza de que los terroristas islámicos y muchos que aspiran a serlo se mueven por Europa y EE UU con absoluta libertad, a la espera de una ocasión propicia para convertirse en héroes o inscribir sus nombres en el palmarés de los mártires innumerables. Otros deciden asumir un mayor riesgo y acuden a Siria y los países fronterizos, donde la concentración de yihadistas empieza a plantear urgentes inquietudes sobre las consecuencias de una caída abrupta del régimen de Bachar Asad. La instalación de un gobierno radical en Damasco, en connivencia con Al Qaeda y otros grupos afines, irradiaría terror e inestabilidad por todo el polvorín del Próximo Oriente.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, sin duda el hombre que dispone de mejor información sobre el terrorismo islámico-checheno, se puso inmediatamente en contacto con la Casa Blanca para propugnar una estrategia común y reforzar la seguridad ante los Juegos Olímpicos de invierno que se celebrarán en Sotchi en enero de 2014. Obama respondió con beneplácito al llamamiento de su homólogo ruso y la incitación del Kremlin “para continuar en el futuro nuestra cooperación en la lucha contra el terrorismo y las cuestiones de seguridad”.

La incomodidad del presidente

El presidente norteamericano se ha separado de sus muchos admiradores progresistas europeos que, buscando las causas del fenómeno terrorista checheno, apuntan sibilinamente en sus disparos dialécticos contra el autoritarismo de Putin, con el pretexto de defender a los adversarios políticos de éste, pero olvidando con frecuencia que la reflexión sobre el fenómeno o la explicación de los hechos en ningún caso pueden servir de coartada para una perversión justificadora. Del asesinato múltiple y los actos de terror indiscriminado, en un teatro, el metro de Moscú o una escuela de Beslan, o en una avenida céntrica de Boston, sólo son responsables sus autores, cualquiera que sea la situación social o histórica en que se hallen, es decir, los guerreros de la yihad que no comparten ciertamente los escrúpulos morales de algunos comentaristas y políticos occidentales.

Obama se muestra muy incómodo ante el fenómeno terrorista, se niega sistemáticamente a utilizar la retórica de “la guerra contra el terrorismo”, quizá porque la proclamó George W. Bush, pero sigue prisionero de sus múltiples contradicciones, sin apoyo en el Congreso para protagonizar un viraje personal y radical en la estrategia de seguridad. Repudia el camino seguido por su predecesor, pero asume algunas de sus más penosas consecuencias: mantiene abierto el penal de Guantánamo, en Cuba, y no se atreve a derogar la Patriot Act, la ley promulgada inmediatamente después del 11-S y que restringe algunas libertades civiles.

En su primera aparición televisada, el mismo 15 de abril, Obama no utilizó la palabra terrorismo para referirse al atentado de Boston, pero rectificó a la mañana siguiente describiendo lo ocurrido como “un acto de terrorismo”. Algo parecido, aunque con significado menos claro, a su comportamiento televisado con motivo del brutal ataque incendiario contra el consulado de EE UU en Bengasi, en el que murieron cuatro norteamericanos, entre ellos, el embajador en Libia, el 11 de septiembre de 2012, undécimo aniversario del 11-S. La tardanza del presidente en llamar a las cosas por su nombre desencadenó una potente tormenta política.

En el pasado mes de marzo, en un discurso en Jerusalén, Obama volvió a mostrarse tan políticamente correcto como poco convincente. Los defraudados por su indecisión en temas fundamentales forman una legión. Cuando abordó el tema de la primavera árabe y del ascenso imparable de los islamistas en todos los países del mundo musulmán, el presidente norteamericano se refirió a los Hermanos Musulmanes y otros partidos afines como “los partidos no seculares”, un aparente eufemismo para no aludir por su nombre a los islamistas.”Lingüísticamente incómodo”, apostilló el columnista conservador Charles Krauthammer en The Washington Post.

En varias ocasiones anteriores, Obama y sus colaboradores cultivaron la ambigüedad. En el vocabulario de la Casa Blanca, la expresión “an isolated extremist” (un extremista solitario) siempre es preferible a la de “sicario de Al Qaeda” o cualquiera otra que establezca vínculos con una organización terrorista. No hay que dar la impresión de que los grupos islamistas están en guerra santa contra EE UU. La oposición republicana está empezando a movilizarse contra esas precauciones o restricciones semánticas de la Casa Blanca.

Un grupo de legisladores, entre los cuales se encuentran los senadores John McCain y Lindsey Graham, han solicitado al presidente que el presunto terrorista de Boston sea tratado como “un enemigo combatiente”, el término empleado por la Administración Bush para los sospechosos encarcelados en Guantánamo, que lógicamente les priva de la protección jurídica que el sistema norteamericano ofrece para cualquier delincuente, aunque sea el autor de un asesinato múltiple. Con toda seguridad, Obama no desea estar en guerra contra los terroristas islamistas, pero parece evidente que éstos tienen declarada la guerra santa contra la superpotencia a la que consideran culpable principal de los males que afligen al mundo musulmán.

La batalla política seguirá su curso, pero la capacidad de maniobra de la Casa Blanca se verá reducida por cualquier atentado que a partir de ahora se produzca en suelo norteamericano. ¿Cuál será la catarsis y qué camino se pronostica para el debate político? La autoridad de Obama se deteriora cada día que pasa sin encontrar solución para los problemas innumerables que le afligen, en un segundo y último mandato que suele deparar muchas frustraciones a los presidentes que no disponen de una mayoría clara en ambas cámaras del Congreso. Ésa es la posición poco envidiable del primer presidente negro de EE UU.

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