Posteado por: M | 29 abril 2013

Las armas químicas y el poder islamista planean sobre Siria

La guerra sin cuartel que libran en Siria las dos principales ramas del islam, suní y chií, está adquiriendo una ferocidad tal que empieza a cobrar verosimilitud la hipótesis pavorosa de que el presidente Bachar Asad y su núcleo duro cívico-militar, actuando a la desesperada, se arriesguen a utilizar el arsenal de armas químicas contra sus encarnizados enemigos. También se teme, por causa de los altibajos de la lucha a vida o muerte en las ciudades, así como por la multiplicación de los frentes, que esas armas de destrucción masiva o parte de ellas caigan en manos de algún sector de las fuerzas rebeldes de los varios que escapan del control de la oposición moderada y reconocida por las potencias occidentales (Coalición Nacional Siria).

Washington, Londres y París han declarado públicamente sus sospechas sobre el empleo probable de esas armas químicas (gas sarin, según informes sin verificar) por la dictadura atrincherada en Damasco, aunque las informaciones se mezclan con la propaganda y no permiten llegar a conclusiones ciertas sobre un asunto tan espinoso. Al mismo tiempo, crece el temor en Occidente de que el islamismo más radical, representado por Al Qaeda y sus secuaces, de inspiración suní, aproveche el vacío y la dispersión del poder para instalar una teocracia terrorista sobre las ruinas del régimen laico de Asad y el partido Baas (Renacimiento en árabe).

La cuestión candente del poder de los islamistas entre la oposición armada que combate al régimen de Asad llega con cuentagotas a la prensa. En Alepo, la ciudad más poblada de Siria, según leo en la crónica de un corresponsal del New York Times, del 27 de abril, “los rebeldes alineados con Al Qaeda controlan la central eléctrica, gestionan las panaderías y presiden un tribunal que aplica la ley coránica; se han apoderado de los pozos de petróleo, vigilan el trabajo de los empleados y se aprovechan del crudo que producen”. El corresponsal añade que en todos los enclaves controlados por los rebeldes impera el poder de los barbudos que imponen la sharia y esconden a las mujeres.

No cabía esperar otra cosa de una revuelta que desde el primer momento está siendo alimentada por el dinero prácticamente ilimitado de Arabia Saudí, el régimen suní más retrógrado, integrista y militarizado del universo árabe-islámico, antagonista de la teocracia chií de Irán. Pese a su conservadurismo pétreo y su violación sistemática de los derechos humanos, especialmente los de las mujeres, el régimen monárquico de Riad es cortejado vergonzosamente por las potencias occidentales, incluso por los gobiernos que se proclaman progresistas, que sólo tienen ojos para contemplar sus inmensos campos de petróleo.

Desde que comenzó la guerra, el 15 de marzo de 2011, y después de unos 70.000 muertos, según las estadísticas del horror, la cuestión del enorme arsenal químico viene causando una profunda inquietud en Washington, hasta el punto de que Barack Obama declaró, el 20 de agosto de 2012, que “el menor movimiento o empleo de armas químicas entrañaría enormes consecuencias y constituiría una línea roja” cuyo traspaso forzaría un viraje de la política norteamericana de no intervención directa en el conflicto. La amenaza se dirigió no sólo contra el dictador sirio, “sino igualmente contra otros actores sobre el terreno”. La declaración de la Casa Blanca se produjo después de que el Wall Street Journal, citando fuentes del espionaje estadounidense, informara del probable traslado de armas químicas dentro de Siria.

Londres y París, además de reconocer plenamente a la oposición armada de la Coalición Nacional Siria, presuntamente moderada, como representante legítimo del pueblo sirio, siguieron por la senda trazada por Obama, como no podía ser de otra manera, teniendo en cuenta que cualquier intervención aérea o marítima de la OTAN desde Turquía, Jordania o el Mediterráneo tendría que contar lógicamente con la participación al menos logística de los norteamericanos, como ya ocurrió en Libia cuando Gadafi trató de marchar hacia Bengasi.

Luego de que el primer ministro británico, David Cameron, se alineara con Obama, el presidente francés, François Hollande, señaló el 27 de agosto de 2012 que el uso de armas químicas por el régimen sirio sería “una causa legítima de intervención directa” de la comunidad internacional. Las tres potencias occidentales anunciaron igualmente que se habían puesto de acuerdo sobre las modalidades de una eventual operación para “asegurar” el control de las armas de destrucción masiva en el caso de que éstas cayeran en manos de los grupos islamistas más radicales.

La posición de Israel

Como es habitual, por sorpresa, la acción militar corrió a cargo de Israel, que procedió, en una operación secreta, a bombardear a finales de enero de este año una rampa de lanzamiento de misiles suelo-aire y un complejo militar adyacente cerca de Damasco que supuestamente almacenaba productos químicos. Nada se ha filtrado sobre los detalles y el resultado de la operación, pero sabido es que los israelíes vigilan muy estrechamente el mantenimiento de su superioridad estratégica y no están limitados por las cavilaciones de las potencias occidentales.

Posteriormente, el gobierno de Benyamin Netanyahu dio a entender que consideraría un casus belli la transferencia de esas armas a grupos a los que acusa de practicar el terrorismo como Hizbolá en el Líbano o Hamás en Gaza, los antagonistas más vociferantes del Estado hebreo. El régimen de Asad, por su parte, hace tiempo que concibió el almacenamiento secreto de armas químicas como una de sus prioridades para compensar la desventaja territorial y aérea que tiene frente a Israel desde la guerra de octubre de 1973.

Los responsables israelíes vienen ofreciendo declaraciones contradictorias y pruebas indirectas sobre la cuestión de las armas no convencionales en poder del régimen sirio, pero un ministro del gobierno de Netanyahu dejó bien sentado el 28 de abril, ante un auditorio norteamericano, que Israel no estaba presionando para que EE UU actuara militarmente. El interés de Jerusalén se centra en impedir que Irán siga adelante con sus planes para dotarse del arma nuclear. “Es el problema número uno de nuestra generación”, señaló Yuval Steinitz, ministro de Asuntos Estratégicos, quien comparó el desafío de Teherán con el ascenso del régimen nazi en Alemania a partir de 1933.

No está claro, desde luego, qué ventaja podría obtener Israel con una intervención militar contra el régimen de Asad, habida cuenta el riesgo de que puedan hacerse con el poder en Damasco los grupos radicales islamistas. Durante los últimos 40 años, la calma prevaleció en la frontera sirio-israelí de los altos del Golán, ocupados por las tropas hebreas desde la guerra de 1967. Como acaba de subrayar Ehud Olmert, que fue primer ministro israelí, la situación estratégica de Israel es la mejor en muchos años, ya que todos sus vecinos atraviesan por graves dificultades internas y ninguno plantea una amenaza estratégica.

La ONU, como siempre, llega tarde y mal al problema. Presionado por las potencias occidentales, el secretario general, Ban Ki-moon, decidió el 21 de marzo la apertura de una investigación sobre las armas químicas, pero la comisión constituida al efecto por expertos de varios países (escandinavos, asiáticos y latinoamericanos) sigue esperando en Chipre la autorización de Damasco para desplegarse en el país y verificar todas las alegaciones. El régimen de Siria no firmó la convención internacional de 1993, patrocinada por la ONU, sobre ese tipo de armas no convencionales, pero Rusia, uno de sus pocos amigos, le ha recordado discretamente que debe respetar el protocolo de Ginebra de 1925 que prohíbe su empleo.

Tras la Primera Guerra Mundial (1914-1918), en la que se produjeron algunos episodios de utilización de gas venenoso y paralizante en el frente occidental, las grandes potencias se pusieron de acuerdo para prohibir las armas biológicas o químicas. El protocolo ginebrino de 1925 fue ratificado y codificado por dos convenciones internacionales: la de 1972 sobre armas biológicas y la de 1993 sobre armas químicas. En vez de prohibir la guerra, un compromiso que se reputa utópico, los gobiernos pretenden evitar su secuela más siniestra; no se cambia la ley internacional, pero sí algunas de sus normas.

Con muy escasas excepciones –Sadam Husein gaseó a los kurdos en Halabja en 1988–, la prohibición y el tabú de las armas químicas y biológicas se han mantenido contra viento y marea. Existe un consenso internacional bastante sólido, semejante al del equilibro del terror nuclear que presidió la guerra fría (la destrucción mutua asegurada), para evitar que la humanidad caiga en la barbarie, en el abismo más oscuro y terrible. Por eso el presidente Obama advierte sobre “la línea roja” que no debe traspasarse y el Kremlin recuerda al presidente Asad la plena vigencia de la convención de 1925. Unas advertencias que no sirven para detener la guerra, pero hasta ahora evitaron la repetición de una horrible matanza como la de Halabja.

Obama nunca desveló como reaccionaría si Asad traspasa la línea roja de las armas químicas. Está en juego no sólo su credibilidad, sino también su poder e influencia para abordar los endiablados desafíos de Irán y Corea del Norte. No obstante, las razones para eludir la intervención militar son muy poderosas, cuando la opinión norteamericana se resiente aún de las guerras decepcionantes de Iraq y Afganistán. Pero la confianza en la diplomacia está bajo mínimos después de dos años de negociaciones infructuosas y retraimiento militar.

El creciente poder dentro de Siria y particularmente en Alepo del Frente al Nusra, una organización de obediencia suní, tributaria de Al Qaeda y declarada terrorista por EE UU, contribuye a aumentar las vacilaciones de la Casa Blanca. Otro grupo destacado de la oposición armada, Ahrar al-Sham, comparte también la ideología extremista islámica, persigue a los cristianos y recurre a los atentados suicidas. El fantasma de un Estado islámico en Damasco, como el Afganistán de los talibanes, que inmediatamente actuaría para promover el califato y la guerra santa, empieza a pesar como una losa sobre los asesores de Obama y conduce a la parálisis estratégica.

 

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