Posteado por: M | 1 mayo 2013

Gran coalición en Italia

Dos meses después de las elecciones generales del 24 y el 25 de febrero, la clase política italiana, apremiada por la crisis económica, puso fin a la incertidumbre, los conciliábulos y las negociaciones discretas o secretas, como en los muy viejos tiempos, para alumbrar un nuevo gobierno dirigido por Enrico Letta, un joven (46 años) y más bien anodino parlamentario que comenzó en la Democracia Cristiana (DC), pero que últimamente estuvo encuadrado en el Partido Democrático (PD), una coalición que acoge tanto a los comunistas convertidos a la socialdemocracia como a los democristianos que en su día fueron favorables al compromiso histórico y que ahora no han tenido reparos en situarse en la gran coalición mediante un acuerdo con Silvio Berlusconi.

La política italiana es un arcano y una caja de sorpresas con resultados cínicos e incongruentes, el primero de ellos la reelección forzada de Giorgio Napolitano, un ex comunista, anciano de 87 años, como presidente de la República, al que los dos grandes partidos rogaron que se sucediera a sí mismo en el cargo, a pesar de que en numerosas ocasiones había descartado un segundo mandato. El jefe del Estado puso como condición, a manera de ultimátum, que Berlusconi (Pueblo de la Libertad, PdL) y Pier Luigi Bersani (PD) llegaran a un acuerdo de mínimos para sacar adelante la gran coalición, con los amigos de Mario Monti (centristas de Elección Cívica) como acompañamiento de continuidad.

El nuevo gobierno fue anunciado el 27 de abril y obtuvo con facilidad la confianza en ambas cámaras del parlamento. La gran coalición es un remedo de la que en varias ocasiones funcionó con éxito en Alemania, pero que en Italia tiene todas las notas de una reedición del célebre adagio de un personaje del Gatopardo: que todo cambie para que todo siga igual.

Aunque el presidente Napolitano insistió en que no fue necesaria “ninguna fórmula especial” para la formación del nuevo gobierno, del que dijo que “nace de un marco institucional y siguiendo las prácticas de la democracia parlamentaria”, lo cierto es que todo el mundo se pregunta, dentro y fuera de Italia, por las transacciones y las promesas que se esconden entre bambalinas. Las sospechas son legítimas porque las dos fuerzas políticas integradas en la gran coalición se presentaron como incompatibles ante los electores y llevan más de 20 años empecinadas en una interminable guerrilla dentro y fuera del Parlamento.

Durante el penoso tránsito de la crisis, Bersani, veterano funcionario comunista que lleva más de 30 años en la política, cometió varios errores de principiante. El primero fue el de rechazar de manera terminante una coalición con Berlusconi, para posteriormente ponerse de acuerdo con éste para proponer a otro demócrata cristiano, Franco Marini, como presidente de la República. Más de 100 parlamentarios del PD rechazaron la iniciativa de su jefe, que volvió a ser desautorizado cuando recurrió a Romano Prodi como candidato de repuesto para la jefatura del Estado. Luego del doble y deprimente espectáculo, Bersani y Berlusconi acudieron al palacio del Quirinal para suplicar a Napolitano que aceptara la reelección.

Ante esta situación tragicómica, el vencedor de las elecciones y secretario general del PD, Bersani, tuvo que tirar la toalla para permitir que el segundo hombre del partido, Enrico Letta, superara el estropicio. Así nació la coalición con Berlusconi, el personaje que dominó la política durante los últimos 20 años, el polémico magnate de la televisión, supuestamente arrastrado hacia el ostracismo por los escándalos privados en noviembre de 2011, pero que ahora protagoniza una extraña resurrección y coloca a su mano derecha, Angelino Alfano, otro político procedente de la Democracia Cristiana, como vicepresidente del gobierno y ministro del Interior, no se sabe muy bien si para apoyar o vigilar a Letta. La europeísta Emma Bonino asume la cartera de Asuntos Exteriores. Todas las encuestas aseguran que, en caso de elecciones anticipadas, el vencedor sería el partido de Berlusconi.

El líder del Movimiento 5 Estrellas, el cómico Beppe Grillo, hizo un doble vaticinio: el nuevo gobierno será breve y “digno del mejor bunga bunga”, en alusión a las fiestas galantes que mantenía el procaz Berlusconi en su palacio de Cerdeña o su residencia milanesa. Pero lo cierto es que Grillo, abogado del cambio, aunque no se sabe hacia donde, ha perdido algunas plumas por su actitud durante las negociaciones y por haber facilitado el retorno de Il Cavaliere al rechazar la mano tendida por Bersani. La sustitución de la democracia parlamentaria por un sistema en que los ciudadanos se pronuncien en continuos referendos por internet, desiderátum de los insumisos, no es para mañana. En último extremo, el futuro del Movimiento 5 Estrellas dependerá en gran medida de lo que ocurra con el gobierno de Letta.

La cartera de Economía recayó en un tecnócrata políticamente neutral, Fabricio Saccomani, vicegobernador del Banco de Italia, que tendrá a su cargo el ejercicio de funambulismo o la pesadilla que quita el sueño a todos los dirigentes de la Europa meridional: hacer compatible el estímulo para al crecimiento y la creación de empleo con el cumplimiento de las promesas para sanear las cuentas públicas y reducir una deuda que supera con creces el 100 % del producto interior bruto (PIB). En su primer discurso ante la Cámara de Diputados, Letta señaló que sin medidas para estimular al crecimiento “Italia estará perdida”. Pero en sus primeras visitas a Berlín y París, el líder italiano reiteró que Italia cumplirá con sus compromisos presupuestarios con la Comisión Europea y, sobre todo, con Alemania.

La duración del gobierno de Letta no está asegurada ni siquiera por la precaria situación económica en que está sumido el país. Los cinco años que dura una legislatura en Italia son demasiados para un gobierno de coalición inédita. Está compuesto por dos fuerzas políticas antagónicas que otorgan un considerable grado de incertidumbre a las razonables reformas propuestas por el jefe del gobierno, tanto del sistema político como de la economía y la fiscalidad. Dado el predominio de los católicos entre los ministros, algunos comentaristas italianos pronostican una restauración del mejor espíritu de la democracia cristiana, pero esa visión un poco angelical chirría por la presencia de Berlusconi, aunque sea en la sombra.

Por supuesto, Italia está cansada de experimentos políticos, de corrupción y crisis, pero el éxito de la nueva fórmula pende un hilo que se tensa con las viejas rivalidades y el horizonte penal que aguarda a Il Cavaliere resucitado. La ingobernabilidad es un problema crónico que ya fue una de las características fundamentales del sistema político que finiquitó en 1993 tras la epopeya de los jueces y fiscales de Mani Pulite, muy influidos por el Partido Comunista (PCI), que dieron el traste con el régimen de los sobornos (Tangentopolis).

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