Posteado por: M | 14 mayo 2013

La batalla de la austeridad en Europa

La Unión Europea (UE) y en especial la eurozona se debaten, una vez más, entre la crisis económico-financiera, la inoperancia política, la irritación popular y la confusión de los pronósticos sobre su futuro, que no pueden ser más dispares, mientras se recrudecen la propaganda en contra de la austeridad y la disputa enconada sobre las reformas y su problemática alternativa. Las vanas esperanzas se centran en la conducta de la cancillera alemana, Angela Merkel, a la que otros dirigentes demandan con insistencia pero indirectamente que sitúe de nuevo al continente en la senda del crecimiento mediante las demoras en los ajustes y los estímulos pertinentes, aunque sin menoscabar sus expectativas de ser reelegida por los votantes en el próximo septiembre. Hasta entonces, me temo que sobrará tiempo para la reflexión y la continuidad del marasmo.

La Europa comunitaria está más dividida que nunca, la locomotora franco-alemana se ha quedado sin combustible y se lanzan al ágora algunos proyectos tan descabellados y anacrónicos como el del “Imperio latino” (Francia, España e Italia, quizá Portugal y Grecia) contra la hiperpotencia alemana, según la idea antigua de convergencia cultural propugnada por Alexandre Kojève nada menos que en 1945, a la atención del general De Gaulle. La sugerencia intelectual ha sido recuperada muy recientemente por el filósofo italiano Giorgio Agamben y alentada, sin duda, por el trabajoso parto en Roma del gobierno de gran coalición de Enrico Letta, ese demócrata cristiano y socialdemócrata, las dos cosas al mismo tiempo, extraña y forzosamente aliado con el decrépito magnate televisivo Silvio Berlusconi.

Los pronósticos resultan sombríos. Uno de los más influyentes comentaristas norteamericanos, Fareed Zakaria, acaba de escribir en la revista Time que “el declive económico de Europa será el asunto más importante y discutido de la próxima década”. En un reciente debate internacional, celebrado en Canadá, sobre la pregunta “¿Ha fracasado el experimento europeo?”, la respuesta del mediático historiador británico-norteamericano Niall Ferguson fue demoledora: “El proyecto europeo es un fracaso total.” Un fiasco económico, pero también un experimento político fallido y una alternativa estratégica inviable. Recuerda el polémico historiador que la integración europea y la paz en el continente no hubieran sido viables sin la protección de la OTAN.

El único consuelo para los europeos es que la requisitoria de Ferguson se anuncia global y alcanza a todo el Occidente, como puede comprobarse en su último libro editado en español, La gran degeneración. Cómo decaen las instituciones y mueren las economías (Editorial Debate, 2013), en el que reseña los síntomas de esa decadencia: un crecimiento raquítico, una deuda asfixiante, unos mercados distorsionados, una población envejecida y unas conductas antisociales. Las instituciones que garantizaron el éxito y la hegemonía de Occidente desde el siglo XVI se encuentran, según Ferguson, en un declive irremediable, en contraste, por ejemplo, con los avances de China, India y otros países del hasta ahora Tercer Mundo.

No todos los vaticinios son tan desastrosos. Mark Leonard y Hans Kundnani, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, en un estudio conjunto, llegan a la conclusión de que, pese a las apariencias de una Europa en crisis irremediable, “las cosas son mucho mejor de lo que parecen”. Recomiendan, por tanto, a los llamados declinólogos, que se atengan a los datos y no los distorsionen. La Unión Europea sigue teniendo la mayor economía del mundo, dispone del segundo presupuesto de defensa, detrás del de EE UU, y mantiene a 66.000 soldados desplegados por todo el mundo en misiones de paz. El producto interior bruto (PIB) de la UE cuadruplica el de China. Sin ninguna duda, Europa es uno de los pilares del sistema global, pero ambos analistas reconocen que la desunión se acelera y que “el peligro de una desintegración es real”.

El informe de primavera de la Comisión Europea (CE), publicado el 8 de mayo, añade argumentos para el desánimo en la medida en que empeora el escenario de crecimiento económico, ya que éste apenas si superará el 0,2 % en lo que queda de 2013. También lo rebaja para 2014, desde el 1,4 % al 1,2 %. El deterioro de las expectativas afecta incluso a la primera potencia de la UE y la cuarta mundial, Alemania, cuyo crecimiento se situará en el 1,8 % en 2014, dos décimas menos que el previsto en febrero de este año. La tasa de desempleo se mantendrá por encima del 12 % de media, aunque con enormes divergencias entre países: el 26 % de España y Grecia y el 4,7 % de Austria.

En materia de consolidación fiscal, los compromisos quedaron de nuevo incumplidos y la Comisión Europea insiste en que las reformas deberán centrarse en la reducción de gastos, abandonando la fácil tentación de subir los impuestos. La pretensión de lograr un déficit presupuestario por debajo del 3 %, como prevé el tratado de la unión monetaria, volverá a retrasarse no sólo para los países oficialmente rescatados (Grecia, Portugal e Irlanda), sino también para España y Francia, previsiblemente hasta 2016. Italia tiene la mayor deuda porcentual de los países no rescatados, del 127 % del PIB, y la de España supera el 90 %. El gobierno francés siente vértigo ante las reformas y el gobierno español se muestra muy reacio a acometer la de las administraciones y el sector público, cuyos dispendios incontrolados resultan tan impopulares como insostenibles.

Malos vientos entre París y Berlín

El debate en la eurozona está falseado tanto por los prejuicios ideológicos como por los supuestos intereses nacionales de los países más vulnerables y más recalcitrantes. Los socialdemócratas desfasados, como el español Pérez Rubalcaba, tras una relectura anacrónica de Keynes, insisten en culpar a la cancillera alemana de haber impuesto un ritmo excesivamente rápido en la reducción del déficit. Más allá de las apariencias, Mariano Rajoy y el italiano Enrico Letta no están muy lejos de compartir esa demagógica doctrina de cargar sobre Berlín gran parte de la responsabilidad por los reiterados incumplimientos de los compromisos más solemnes y hurtar al escrutinio público las verdaderas razones del fracaso nacional.

El Partido Socialista (PS) de Francia, al que pertenece el presidente, François Hollande, fue más lejos de lo que cabía esperar al filtrar al diario afín, Le Monde, un documento fuertemente ideológico, con crudo y casi insultante lenguaje, en el que se acusaba a cancillera germana de estar movida por “una intransigencia egoísta”. Al mismo tiempo, el portavoz socialista en la Asamblea Nacional, Claude Bartolone, hizo un llamamiento para “una confrontación” con Berlín en el asunto de la austeridad. Hollande y su gobierno trataron de quitar hierro a los excesos dialécticos del partido, pero están emparedados entre sus promesas electorales y los imperativos económicos que obligan a mantener con respiración asistida la estrecha cooperación con Alemania.

No es la primera vez ni será la última en que un presidente francés cambia de orientación y de política en su primer mandato. El presidente Mitterrand llegó al poder en 1981 con la espada flamígera de la devaluación y las nacionalizaciones del programa común con los comunistas, pero sólo tardó dos años en caerse del caballo tras quedar prisionero de los acreedores internacionales, víctima de los mercados. La osadía de Hollande fue mucho menos ambiciosa, pero su flagelo fiscal contra las empresas más importantes y las grandes fortunas tuvo un impacto menor del esperado y ha sido desactivado por unos planes aún inconcretos para reformar o recortar las dimensiones del bienestar y reducir los gastos del mastodóntico Estado francés. La controversia se traslada al interior de la izquierda y su proverbial aversión a las reformas.

Nada tiene que ganar Hollande con permitir que su partido persista en la abierta guerrilla contra Merkel. Una división de la eurozona en estos momentos cruciales, entre el norte y el sur, tendría resultados desastrosos para tirios y troyanos y colocaría a Francia en  la ingrata posición subalterna de aparecer en cabeza del pelotón de los países torpes o manirrotos que necesitan orden y concierto, disciplina fiscal y reformas inaplazables para preservar las genuinas conquistas sociales, no los supuestos derechos de adorno recientemente otorgados sin base económico-financiera. Pero no es seguro, como sugiere el semanario británico The Economist, que Francia y Alemania “estén condenadas a trabajar al unísono”.

Vista desde Berlín, cuyos dirigentes tienen que velar, como no puede ser de otra manera, por el buen uso del dinero de sus contribuyentes y electores, la ofensiva contra la austeridad es un pretexto insolente, una excusa para no llevar a cabo las reformas inaplazables, las que sin duda aliviarían los males estructurales de la economía de los países deudores y pródigos, cuadrarían los presupuestos y mejorarían la competitividad. El ministro alemán de Economía, Wolfgang Schäuble, lo expresó con claridad meridiana: “La prórroga para cumplir con el déficit debe unirse a un compromiso claro con las reformas.” Y Bruselas acaba de opinar que la subida de impuestos es el peor camino posible para eludir las reformas.

La gran batalla sigue planteada, pues, entre los países más ricos y virtuosos de la eurozona, encabezados por Alemania, a la que se unen Austria, Finlandia, Holanda, Malta y Luxemburgo, contribuyentes netos a los presupuestos y préstamos o rescates, y los abrumados por la deuda, así los tres rescatados (Irlanda, Portugal y Grecia), como los que están muy endeudados, con Francia, Italia y España a la cabeza. ¿Quiénes deben pagar la factura de la austeridad? El dilema es muy claro: o los prestamistas citados en primer lugar, los que prestan el dinero, incluso con el riesgo de no cobrar o sufrir una quita en sus créditos, o los prestatarios, los que reciben de fuera el dinero para mantenerse a flote.

Las consecuencias sociales y políticas de la crisis son terribles, como confirman los datos y desvelan todas las encuestas. El nacionalismo, el populismo y la demagogia crecen sin freno en la mayoría de los países. En Francia, Marine Le Pen sube en las encuestas hasta el nivel presidencial, mientras que un nuevo partido de derecha, Alternativa para Alemania, sueña con el abandono del euro y el restablecimiento del marco. El populismo, como se sabe, está bien instalado en Austria, Holanda, Bélgica y Dinamarca. El euroescepticismo arrecia en Gran Bretaña e hincha las velas del Partido para la Independencia (UKIP), nacionalista y antieuropeo, que acaba de obtener el 27,8 % de los votos en una elección parcial.

Las presiones inmediatas de las políticas internas de corto plazo –citas electorales y luchas intestinas en los partidos– están condicionando la actuación de los gobiernos tanto de los 17 países de la eurozona como de los 27 de la Unión Europea en su conjunto, relativizando todos los principios a golpe de encuestas, con grave quebranto de la responsabilidad. Los viejos factores ideológicos –las clases sociales, el poder sindical, la distribución de las rentas— han desaparecido del horizonte político. La histórica lucha de clases, motor de la historia según el viejo catecismo marxista, se ha convertido en una pugna nacionalista entre las Europas del norte y el sur sobre el reparto geográfico de las cargas.

El nuevo enfermo de Europa

A los factores del desequilibrio europeo se añaden otros transatlánticos y globales. Gran Bretaña y sus periódicos más populacheros no están solos en su labor de zapa contra el euro, sino muy acompañados por parte de la clase política norteamericana y el aparente desdén del presidente Obama. El informe anual del Pew Research Center, una organización no partidista con sede en Washington, cree haber descubierto “una profunda desilusión” en la mayoría de los países de la Unión Europea, y establece el siguiente diagnóstico: “El esfuerzo durante el último medio siglo por crear una Europea unida es ahora la víctima principal de la eurocrisis.”

Tras asegurar que Francia es el país cuya desilusión con el proyecto europeo crece más rápidamente, el informe norteamericano confirma la división antes expuesta entre el norte y el sur: “Los franceses se parecen poco a los alemanes, pero mucho a los españoles, italianos y griegos”, en cuanto a su visión de la integración europea. El título del informe del Pew Research Center no puede ser más contundente: “El nuevo hombre enfermo de Europa: la Unión Europea.”

Ante la gravedad del mal, el renacer de las tensiones nacionalistas y la hostilidad apenas encubierta de los anglosajones, la dimensión política de la crisis me parece mucho más importante que la económica. Las instituciones están atascadas y la clase política europea adolece de la enfermedad del corto plazo ante los pavorosos problemas del desempleo masivo, la espiral diabólica de la deuda, el desafío de las economías emergentes, el estancamiento y la desconfianza en los compromisos tradicionales. Ya sabemos, por ejemplo, que España, Grecia y Portugal tardarán como mínimo una generación (15 años) en superar el abismo del paro. Y los costes sociales están muy desigualmente repartidos.

“El peligro de la desintegración europea es real”, concluyen en su estudio los citados Mark Leonard y Hans Kundnani, convencidos europeístas. Habría que salvar el euro y las políticas comunes sin agrandar las divergencias en el seno de la Unión Europea, para pasar en una segunda fase a la reforma en profundidad de las instituciones, reduciendo el peso burocrático de Bruselas sin debilitar los pilares de la integración. Una tarea ímproba, desde luego, en estos momentos enmascarada o tergiversada por las urgencias económicas. Sería muy deseable un poco de claridad, una elemental cortesía de la democracia.

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