Posteado por: M | 25 mayo 2013

Obama pretende acabar con la guerra permanente

Pese a que el terrorismo de inspiración islamista adquiere nuevos y confusos perfiles, como sugieren los recientes atentados de Boston y Londres, Barack Obama pronunció el 23 de mayo un importante discurso en el que hizo un apremiante y vigoroso llamamiento para cerrar el violento y sombrío capítulo de la historia de EE UU que comenzó con la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, y prosiguió con las guerras de Afganistán e Iraq. El combate contra el terror proseguirá, como no puede ser de otra manera; pero el presidente promete, una vez más, reflexionar sobre los objetivos, modificar los métodos y corregir los excesos. Porque EE UU no puede estar “en pie de guerra de manera permanente”.

En su discurso en la National Defense University, en Washington, el comandante en jefe recuperó los acentos pacifistas y académicos de sus días más brillantes, antes de estrellarse contra la dura realidad, y reiteró su propósito de terminar con “la guerra global contra el terrorismo”, es decir, la guerra declarada por Bush en 2001, el fantasma que le persigue desde que llegó a la Casa Blanca y le mortifica en sus contradicciones. La lección universitaria fue un balsámico ejercicio de retórica para reivindicar una estrategia revisada y, al mismo tiempo, hacer contrición por sus más desagradables y notorias consecuencias: “Seguiremos trabajando con ahínco –aseguró Obama– para establecer el apropiado equilibrio entre nuestras necesidades de seguridad y la preservación de las libertades que nos hacen ser lo que somos.”

En verdad, la guerra global contra el terrorismo ha sido sustituida por “la guerra de los drones”, los aviones no tripulados y con misiles, guiados desde unas bases secretas, con informaciones de la CIA, que causan estragos entre los presuntos terroristas, sus cómplices y sus acompañantes. Una guerra secreta, sin parte de bajas, preventiva, fulgurante, que muchos juristas reputan ilegal, por cuanto desborda todos los límites del derecho de gentes; un cambio radical propiciado por la tecnología militar, que se inició tímidamente con Bush y conoció con Obama una expansión incontrolada, más allá de los teatros de guerra reconocidos (Afganistán e Iraq), con operaciones en Pakistán, Yemen y Somalia, principalmente.

Obama defendió la utilización  de los drones para matar a presuntos terroristas mediante operaciones cuidadosamente estudiadas y en lugares donde otros medios militares son inviables –las zonas tribales de Pakistán, por ejemplo— o con los que se correría el riesgo cierto de causar más víctimas civiles. Pero sin la cooperación del Partido Republicano, cada vez más reticente ante las iniciativas presidenciales, Obama no podrá cumplir sus objetivos. La nota negativa la dio inmediatamente el senador Lindsey Graham, republicano de Carolina del Sur: “El discurso del presidente será considerado por los terroristas como una victoria.”

La utilización de los drones tiene una cobertura legal norteamericana: la ley del Congreso que autorizó al presidente Bush el uso de la fuerza militar en la guerra global contra el terrorismo, aprobada casi unánimemente tres días después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Obama pretende ahora el más difícil todavía, casi cuadrar el círculo, es decir, que el Congreso modifique las bases legales de la actuación del Ejecutivo, aunque sin restringir su margen de discrecionalidad y maniobra; que revoque la autorización de 2001, pero que el gobierno pueda seguir actuando con idéntica eficacia. Invita a los congresistas a cambiar lo accesorio manteniendo lo esencial, y sigue negándose a publicar los memorandos legales que justifican las operaciones de los drones, incluso cuando los supuestos terroristas son ciudadanos estadounidenses.

“Debe continuar nuestro sistemático esfuerzo para desmantelar las organizaciones terroristas –declaró el presidente–, pero esta guerra, como todas las guerras, debe terminar. Ésa es la enseñanza de la historia. Y es lo que demanda nuestra democracia.” Las guerras terminan siempre con un vencedor, con la rendición de uno de los contendientes, pero no con una declaración voluntariosa y hasta presuntuosa sobre la conveniencia de la paz. ¿Acaso puede Obama acabar con la “forever war”?, la guerra por siempre, según la expresión utilizada por Harold Koh, que fue asesor del departamento de Estado. Lo más probables es que no se pueda terminar con la guerra mediante una nueva retórica o una operación cosmética que oculte simplemente los términos empleados por Bush.

En su manía nominalista para renegar de Bush, aunque practique su misma estrategia, Obama demanda ahora al Congreso que revise en sentido restrictivo la ley de 2001 (Authorization for the Use of Military Force), que con ambigüedad premeditada autorizó al presidente a “prevenir cualquier acto futuro de terrorismo internacional contra Estados Unidos por naciones, organizaciones o personas”. No obstante, el presidente se empeña en preservar las prerrogativas exorbitantes de que actualmente disfruta para seguir adelante con su guerra de los drones y la liquidación de los terroristas sin límite temporal o de fronteras, cuando en realidad le bastaría con la autoridad que emana de la Constitución para usar la fuerza en la protección de EE UU, la defensa de su territorio y de la seguridad nacional.

Nuevo código de actuación para los drones

A tal efecto, el presidente acaba de firmar una nueva directiva u orden presidencial que permanece secreta en lo esencial, pero de la que se conocen algunos detalles por las filtraciones bien calculadas a la prensa. Las operaciones de los drones  fuera de Afganistán (territorio oficialmente bélico) quedarán sometidas a criterios más estrictos: una amenaza continua e inminente para Estados Unidos y la casi certeza (near certainty) de que no se producirán víctimas civiles. Las misiones de castigo y represalia serán dirigidas por los militares, desde el Pentágono, de manera que la CIA sólo estará dedicada a facilitar la información. Este cambio operativo generará una mayor transparencia, un mejor conocimiento de cómo y contra quien actúan los drones.

Insiste Obama en que las ejecuciones preventivas que se llevan a cabo con los drones son “legales”, pero admite que su moralidad es más que dudosa y que chocan abiertamente con el derecho internacional, en la medida en que violan la soberanía de otros países con los que EE UU no está en guerra. Los nuevos criterios pretenden reducir, sobre todo, los daños colaterales, las víctimas civiles, las protestas de los gobiernos burlados y las oleadas de antiamericanismo que levantan en el mundo árabe y, sobre todo, en Pakistán, el aliado tradicional cada día más reluctante. Como advirtió Donald Rumsfeld, que fue secretario de Defensa con Bush, EE UU crea muchos más enemigos de los que mata, y con mayor rapidez.

El presidente considera que los drones son un arma indispensable pero asegura que está dispuesto a aceptar algún control judicial independiente cuya implantación dependerá, en último extremo, de la revisión del marco legal por el Congreso. Obama desearía que la acción contraterrorista se ejerciera a través de los servicios de inteligencia y las leyes ordinarias, como exigen el sistema democrático y el imperio de la ley, pero sus escrúpulos democráticos y morales siempre fueron marginados por los imperativos de la guerra secreta que culminó con la eliminación de Osama Bin Laden en una ciudad pakistaní el 1 de mayo de 2011.

El presidente y sus asesores creen que Al Qaeda, el enemigo público numero uno, se encuentra diezmada, lo mismo que sus grupos asociados, y que por tanto, puede declarar el principio del fin de la guerra. Los medios afines al Partido Demócrata suponen que los riesgos de un ataque terrorista han disminuido considerablemente en Pakistán y Afganistán y que el terrorismo organizado se ha convertido en un mero extremismo, obra de “lobos solitarios”, como los de Boston o Londres, “con los que no se puede acabar sólo con la fuerza militar”. Hay que limitar, por tanto, la utilización de los drones. “El mejor modo de combatir el extremismo –añadió Obama– es el de trabajar junto a las comunidades musulmanas que rechazan el terrorismo,”

Esta lucha del presidente entre su responsabilidad como comandante en jefe y su conciencia como profesor de leyes, entre su pasado pacifista y su presente bélico, suscita una enconada controversia en los ambientes político y académico. Los republicanos se irritan con la permanente denigración de Bush, mientras se mantiene en la práctica e incluso se recrudece la misma estrategia, pero siguen pensando que Obama es ideológicamente débil en su combate contra el terrorismo islámico, como se demostró cuando el terrorista acusado del atentado de Boston, Dzhokhar Tsarnaev, fue sometido al procedimiento común y advertido de sus derechos legales, cuando lo que procedía, según los conservadores, era encerrarlo en la prisión de Guantánamo, considerarlo “un enemigo combatiente” y someterlo a duros interrogatorios sin reconocerle el derecho de permanecer callado.

Mientras los republicanos más militantes en el Capitolio censuran la presunta condescendencia de Obama, muchos intelectuales y los sectores izquierdistas del Partido Demócrata lamentan que su teórico jefe de filas haya perpetuado los poderes exorbitantes e incluso las extralimitaciones de que acusaron con vehemencia a su predecesor. La única novedad es que los ataques con los drones se han más que cuadriplicado desde que Obama llegó a la Casa Blanca en enero de 2009. Sólo en Pakistán, las víctimas letales de los drones superan las 3.500.

El debate jurídico y parlamentario amenaza con perturbar todo el segundo y último mandato de Obama, sobre todo, cuando los militares invisibles que manejan los drones ejecutan sin proceso judicial a un ciudadano estadounidense. La colisión resulta inevitable. Una heteróclita coalición de izquierdistas del Partido Demócrata, republicanos conservadores y líderes de países aliados, por razones contrapuestas y a veces oportunistas, ponen en la picota las acciones antiterroristas y secretas de la Casa Blanca.

Como anticipo de una mayor transparencia en la guerra secreta, la Administración de Obama reconoció por primera vez que cuatro norteamericanos fueron ejecutados en varias operaciones de los drones fuera de los campos de batalla de Afganistán e Iraq. En una misiva a los líderes del Congreso, divulgada por la prensa, el fiscal general (ministro de Justicia), Eric Holder, confirmó que la Administración ordenó deliberadamente, en septiembre de 2011, el asesinato de Anwar al-Awlaki, un clérigo islamista radical que predicaba la guerra santa desde Yemen, líder de Al Qaeda en la península Arábiga. Los otros tres norteamericanos muertos, uno de ellos hijo de al-Awlaki, “no eran objetivos específicos” de los ataques, sino víctimas colaterales, según la declaración oficial.

En su discurso en la Nacional Defense University, Obama repitió los argumentos legales del fiscal general sobre el asesinato de norteamericanos mediante una operación de los drones: que representen “una amenaza inminente de ataque violento” contra EE UU y que su captura sea inviable por otros medios. Estos requisitos se cumplieron en el caso de al-Awlaki, pero no aplacaron a los críticos dentro y fuera de EE UU. Zeke Johnson, de Amnistía Internacional, declaró: “La Administración de Obama sigue atribuyéndose la autoridad para matar virtualmente a cualquiera en cualquier lugar del mundo bajo la teoría legal del campo de batalla global y una revisión radical del concepto de inminencia.”

Más promesas sobre el cierre de Guantánamo

En cuanto a la prisión de Guantánamo, en Cuba, abandonada en un limbo jurídico, y que Obama prometió que clausurar tan pronto como tomara posesión, no sólo sigue abierta sino que contribuye muy gravemente al deterioro de la imagen de EE UU en el mundo. Los prisioneros están sometidos al régimen inhumano de prisión indefinida sin juicio. En su discurso del 23 de mayo, el presidente volvió a presentar planes para el cierre de la prisión, pero sin esperanzas de conseguirlo. Sigue viva en el Congreso la coalición de republicanos y demócratas que en 2009 aprobó la prohibición de que los detenidos puedan ser traslados a territorio norteamericano, ni siquiera para ser sometidos a la jurisdicción militar.

No obstante, los planes de Obama sobre Guantánamo prevén el fin de la moratoria para que algunos de los presos sean transferidos a Yemen, su país de origen, y otros a una prisión civil o militar de EE UU. Y apremió a los congresistas de ambos partidos: “No hay justificación, fuera de la política, para que el Congreso nos impida cerrar una instalación que nunca debió abrirse.” Una pretensión que el presidente sólo podrá lograr al precio de una dudosa y enconada batalla legal sin claro vencedor por el momento.

Quedan en Guantánamo 166 detenidos, de los que 86 se reputan “liberables” o podrían ser sometidos al sistema jurídico militar norteamericano. Pero hay otros 50 detenidos que estarían condenados sin juicio a una detención indefinida, incluso siguiendo las pautas diseñadas por la Administración demócrata, ya que no podrían ser presentados nunca ante un tribunal norteamericano por dos tipos de razones: porque las pruebas contra ellos fueron obtenidas por medio de la tortura –lo que invalidaría todo el proceso– o porque los servicios de seguridad sostienen que son terroristas fuertemente ideologizados y muy peligrosos pero que carecen de pruebas para acusarlos. Un compromiso se considera altamente improbable.

Las relaciones de la Casa Blanca con el Partido Republicano están muy degradas por los últimos escándalos del poder, desde el fiasco de Bengasi, que costó la vida a cuatro norteamericanos, entre ellos, el embajador en Libia, Greg Hicks, hasta el celo inquisitorial de los sabuesos de Hacienda para con los ingresos y las cuentas de algunas organizaciones críticas con el poder como el Tea Party. Sin olvidar el pinchazo de los teléfonos de los periodistas de la agencia Associated Press con el pretexto de descubrir a un topo que filtró a la prensa las operaciones del Pentágono en Yemen, un comportamiento que permite a los republicanos establecer comparaciones insidiosas con el escándalo del Watergate que determinó la infamante dimisión de Nixon el 9 de agosto de 1974, durante su segundo mandato.

Ahora se sabe con certeza que el departamento de Estado y la Casa Blanca enmascararon o rebajaron la gravedad del asalto del búnquer de la CIA en Bengasi, el 11 de septiembre de 2012, para no estropear la campaña electoral de Obama. Los hechos fueron presentados en los primeros momentos como el resultado de una manifestación espontánea provocada por un vídeo ofensivo para el islam, que degeneró en un tumulto incontrolable, cuando se trató en realidad de un ataque perfectamente planeado por los afines de Al Qaeda en Libia, conocedores de que atacaban el cuartel general de la agencia de espionaje.

La suposición de que Obama terminará con “la guerra perpetua” contra el terrorismo y de que las actuaciones de los militares y las fuerzas de orden público quedarán sometidas al control del Estado de derecho, como antes del cataclismo de 2001, vaticinan una situación idílica que de momento sólo es perceptible con escasa intensidad en el discurso presidencial y en los editoriales del New York Times, su máximo portavoz mediático en estas cuestiones tan vidriosas. El prurito de acabar con la guerra ya se manifestó en otro discurso, el de  inauguración de su segundo mandato, el 20 de enero: “Está terminando una década de guerra”, aseguró el presidente. Antes de que hablara el 23 de mayo, un portavoz del Pentágono le llevó la contraria y reconoció ante los periodistas que el actual conflicto durará por lo menos 10 o 20 años.

La guerra, sin embargo, prosigue entre bastidores y se dirige mediante el control remoto de los drones por militares o agentes de la CIA que matan a distancia, ejecutan las órdenes a través de una pantalla, como en los juegos electrónicos, un trabajo que podría der efectuado por robots sin autonomía, que ni piensan ni reflexionan. ¿Acaso los hombres que están sentados delante de las pantallas de los ordenadores pierden su responsabilidad, desbordados por el azar moral de las tecnologías militares? Los controladores a distancia de los drones pierden también el miedo de ser aniquilados por el enemigo, actúan con impunidad.

Pese al optimismo oficial, al comprensible deseo de Obama de acabar de una vez por todas con la guerra que le mantiene en el precipicio de la incoherencia moral, Al Qaeda sigue operando directamente o a través de sus franquicias, en Afganistán-Pakistán, la península Arábiga, en el Magreb, en Somalia (Al Shabab), en Libia, Níger o Malí. Los llamados “lobos solitarios”, en Boston o Londres, son los heraldos negros de las profundas contradicciones comunitarias o multiculturales que incendian o enlutan de vez en cuando las periferias de las grandes ciudades europeas, antes París, luego Londres y ahora Estocolmo. Y los gobiernos no tienen más remedio que actuar, presionados por una opinión pública justamente alarmada, como acabamos de ver en las calles de un barrio londinense.

Cabe pensar, en contra del optimismo de Obama, que la potencia hegemónica en el mundo está condenada, en razón de sus intereses globales, a una guerra permanente, probablemente de baja intensidad pero con frente innumerables, con la única condición perentoria de que el coste del destino manifiesto o imperial no desborde los medios disponibles o sea compartido equitativamente por los aliados.

El fin de la guerra que Obama preconiza encaja bien en el clima claramente aislacionista que se respira en EE UU, entre las clases medias alarmadas por el retroceso experimentado en su nivel de vida. Los graves problemas internos, económicos y financieros –la deuda multimillonaria, las infraestructuras obsoletas, la crisis educativa, el débil crecimiento económico—socavan los cimientos del poder de EE UU y amenazan al mundo con un repliegue poco meditado y azaroso. Y “un mundo sin América”, como acaba de escribir Richard Haass, sería mucho peor que aquel en que vivimos. El vacío sería cubierto en tropel por numerosos poderes regionales que desatarían unas tensiones incoercibles. Por eso creo que Obama debería otorgar la prioridad a los problemas internos, adecuando los medios a los fines, y no endilgarnos la monserga de acabar con una guerra que probablemente sea interminable.

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