Posteado por: M | 27 mayo 2013

Palestinos e israelíes resucitan la idea de un Estado único

 

Tras la decepción causada por el viaje de Barack Obama a Israel y Palestina, en el pasado marzo, el vicepresidente norteamericano, John Kerry, recibió el encargo de resucitar las enterradas negociaciones de paz entre israelíes y palestinos. Incapaz de aportar ninguna idea nueva sobre la solución de los dos Estados –oficialmente defendida por EE UU y la Unión Europea–, Kerry aprovechó una reunión del Foro Económico Mundial, en la orilla jordana del mar Muerto, para anunciar un plan de inversiones privadas en Cisjordania con el que remediar el paro galopante entre los palestinos y promover que ambas partes retornen a la mesa de la negociación. Una maniobra más de la diplomacia norteamericana, paralizada por su inquebrantable alianza con Israel y su notoria incapacidad para influir sobre los líderes judíos. 

El dinero de un inconcreto plan de inversiones no puede levantar como por ensalmo los graves y endémicos obstáculos que se interponen entre las dos comunidades que se disputan una patria en el exiguo territorio de la Palestina del mandato británico. Los líderes palestinos e israelíes, que por los acuerdos de Oslo (1993) se comprometieron con el arbitraje de los dos Estados, están ahora separados por un muro físico como el de Berlín, un abismo psicológico y una desconfianza invencible, de manera que el señuelo de las inversiones no podrá modificar el statu quo aparentemente beneficioso para el expansionismo israelí, petrificado desde los meses finales del último mandato de Bill Clinton (2000).

Antes de que Kerry esgrimiera la zanahoria de las inversiones, el grupo de empresarios israelíes y palestinos que está detrás de la iniciativa, autodenominado Breaking the Impassse (Para superar el punto muerto), hizo un apremiante llamamiento en favor de la negociación, alegando que “la actual statu quo es insostenible y peligroso”. Pero Munib R. Masri, un multimillonario palestino, puso acíbar en la euforia al señalar sin ambages que la solución de los dos Estados debe concretarse según las fronteras de 1967 –la denominada línea verde— y con Jerusalén como capital compartida, unas premisas que el primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, viene rechazando desde hace diez años mientras prosigue con la política de los hechos consumados, la extensión de las colonias en Cisjordania y en la parte oriental o árabe de la capital.

La otra cabeza visible del grupo que patrocinaría las inversiones, el israelí Yossi Vardi, el magnate del boyante sector tecnológico, señaló que ha vivido 70 años “a la sombra de este conflicto”, y advirtió: “El mayor riesgo es que comenzamos a tratarlo como si fuera una enfermedad crónica, empezamos a perder la esperanza de que pueda resolverse, aunque todo el mundo concuerda en que debería resolverse.”Ajustadas palabras que hemos oído en otras ocasiones más o menos solemnes, pero que nunca sirvieron para mover unos corazones endurecidos por la sangre derramada, las promesas incumplidas y los proyectos de conciliación muy pronto frustrados.

El desánimo y el escepticismo crecen y están más que justificados cuando han transcurrido 46 años desde la guerra de los Seis Días (junio de 1967) y 20 años desde la firma en Washington, el 13 de septiembre de 1993, de los acuerdos de Oslo por el primer ministro israelí, Isaac Rabin, asesinado por un fanático judío en 1995, y por Yaser Arafat, muerto en París (2004) en circunstancias que empiezan a no estar claras, galardonados ambos con el premio Nobel de la Paz en 1994. Casi más de medio siglo de planes de paz y violencia permanente, de ofuscación, de emociones ilusas y desencanto; de unas negociaciones enquistadas en los problemas esenciales.

Presente en la reunión de Kerry con el grupo inversor, el presidente de la Autoridad Palestina (AP), Mahmud Abás, advirtió de que “los jóvenes palestinos han empezado a perder su confianza en la solución de los dos Estados”. Ante las palabras conciliadoras del presidente del Estado de Israel, Shimon Peres, el jefe de los negociadores palestinos, Saeb Erekat replicó: “El único que tiene que convencerse sobre la necesidad y la urgencia de la solución de los dos Estados es el primer ministro israelí, por lo que apremio al señor Peres a que ejerza toda su influencia sobre él para lograrlo.” No debe olvidarse que la presidencia israelí es un cargo meramente ceremonial en un sistema rígidamente parlamentario y multipartidista.

Indiferencia de la opinión israelí

Los israelíes, sin embargo, viven una situación próspera y tranquila, aparentemente alejada de las turbulencias de otras épocas, de la desesperación brutal de las intifadas, y nada parece indicar que estén dispuestos a hacer las concesiones imprescindibles para encontrar la paz con el vecino. Declina desde hace años la amenaza del terrorismo y muy pocos judíos prestan atención a las consecuencias de los asentamientos, término políticamente correcto para referirse a las colonias en Cisjordania o los bloques de viviendas en el Jerusalén oriental. Despreciando oficialmente la condena internacional por la expansión en los territorios ocupados, los representantes de los colonos están más fuertes que nunca dentro del gobierno hebreo.

En medio de la indiferencia de la gran mayoría de la población judía, que considera irrelevante el proceso de paz estancado, algunas voces de alarma empiezan a resonar en un ambiente notoriamente conformista, aunque no pueden silenciar a los anexionistas, como Yair Lapid, ministro de Finanzas, los cuales sostienen que un Estado palestino sería “un suicidio nacional para Israel”. El partido de Lapid, que obtuvo 19 escaños en las elecciones de enero último, se ha convertido en defensor de los colonos.

Otro partido derechista dirigido por el magnate californiano Naftali Bennet logró 12 escaños con su apasionada reivindicación de las colonias y su propuesta para la anexión del 60 % del territorio palestino, incluido el fértil valle del Jordán, y la expulsión de los palestinos. Ni siquiera les frena en sus fantasías las analogías infamantes con África del Sur, la política de apartheid y los bantustanes (territorios autónomos no contiguos para asegurar la mano de obra barata) vigilados y precarios.

Los partidos favorables a la solución de los dos Estados están en franca minoría en la Kneset: el grupo de Tzipi Livni (6 escaños), el izquierdista Meretz (6 escaños) y los restos del partido Kadima creado por Ariel Sharon (2 escaños). El Partido Laborista (15 escaños), que en otras épocas llegó a ser el más votado, está en crisis, refugiado en la ambigüedad y se concentró en los asuntos internos en la última campaña electoral. Algunos diputados laboristas reniegan abiertamente de la solución de los dos Estados y abogan igualmente por la anexión de la parte más rica y estratégica de Cisjordania. En estos momentos, el centro-izquierda solo aporta confusión a un panorama dominado por la derecha sionista y anexionista.

Inquietud por la bomba demográfica

Aunque prevalece entre los israelíes y su gobierno el discurso de la intransigencia y la alternativa militarista, de vez en cuando reaparecen en los periódicos de Jerusalén y Tel-Aviv, inquietantes, los pronósticos sobre la llamada “bomba demográfica”, reflejo de la única ventaja utópica de que gozan los palestinos: el vientre fértil de sus mujeres que, según los islamistas más radicales, acabará por darles la victoria en un futuro imprevisible, pero que suponen radiante. Algunos aristócratas del sionismo expanden la voz de alarma y tratan de agitar las conciencias, pero el éxito no les acompaña por el momento. No obstante, los demógrafos calculan que la población árabe será mayoritaria en el territorio de la Palestina histórica (Israel, Gaza y Cisjordania). Los sionistas tradicionales siguen pensando que los dos Estados separados y bien delimitados, con fronteras sin discusión, son imprescindibles para preservar el carácter genuinamente judío del Estado de Israel.

Tanto Ehud Olmert, ex primer ministro del Likud (derecha sionista), como Tzipi Livni, ministra de Justicia en el gobierno de Netanyahu, han exhortado en los últimos meses a la opinión pública para que aborde seriamente el problema de la convivencia con los palestinos. Ambos dirigentes están muy inquietos por los factores demográficos del conflicto y la alegre confianza de la mayoría de la población israelí. Dan Meridor, que fue ministro del Likud, expresa ese temor de manera descarnada: “Es una espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas y seguimos viviendo de ilusiones.” No se sabe cuándo esa reflexión más o menos angustiosa podrá ejercer influencia electoral y presentarse en la Kneset (parlamento).

La espada de Damocles no es otra que la perspectiva de que Israel, bajo la dinámica anexionista, se configure finalmente como un “Estado único del apartheid”, con más población árabe que judía, lo que erosionaría su legitimidad internacional e incluso podría degradar sus relaciones con EE UU hasta unos niveles desconocidos. La amenaza de la bomba demográfica ya fue esgrimida por Ariel Sharon para ordenar la retirada de Gaza en 2005, aunque no pudo prever que el pequeño y conflictivo territorio caería en manos de los fundamentalistas de Hamás, empecinados en la suicida utopía de no reconocer la realidad de Israel.

Ante el absoluto bloqueo de la situación, tanto en la izquierda israelí, dramáticamente minoritaria, como entre los palestinos más ilustrados e influyentes surgen otras voces que abogan por el abandono de la falsa solución de los dos Estados y preconizan la creación de un “Estado binacional y democrático” en la Tierra prometida de ambas comunidades, con iguales derechos para todos los ciudadanos, cuya propuesta más concreta puede seguirse en un libro publicado por Daniel Gavron, un escritor británico-israelí: The Other Side of Despair (Más allá de la desesperación), en el que bautiza como “Estado de Jerusalén” el invento osado de colocar a los dos pueblos bajo una única entidad política soberana, quizá juntos pero probablemente nunca revueltos.

La idea de un Estado único binacional empieza a cautivar a los decepcionados palestinos, como si se agarraran a un clavo ardiendo. Algunos de los más prominentes miembros de Al Fatah, el partido dominante en la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), principal apoyo del presidente Abás, firmaron el 15 de mayo (aniversario de la proclamación del Estado de Israel en 1948) un llamamiento para crear un “Movimiento Popular para un Estado Democrático en la Palestina Histórica”. En opinión de los signatarios del documento, que desafían de esa manera la estrategia oficial del partido, la solución de los dos Estados ya no es realista. Y paradójicamente responden a esa falta de realismo con más idealismo.

Tras señalar que las colonias en Cisjordania y los barrios nuevos en Jerusalén oriental han dinamitado la solución de los dos Estados, uno de los promotores del manifiesto, Radi Jarai, profesor de ciencia política en la universidad Al-Quds (Jerusalén en árabe), declaró a la revista Time: “Abú Mazen [seudónimo del presidente Abás] lleva negociando 20 años, pero cada día nos encontramos más lejos de un Estado propio. Muchos palestinos así lo creen, lo mismo que algunos de nuestros amigos en Israel. En este contexto, estamos dispuestos a convivir con los israelíes, con los judíos, sin ninguna clase de discriminación, a fin de crear un Estado democrático.”

La idea del Estado único binacional ni es nueva ni tiene muchos partidarios a ambos lados de la línea verde actualmente reforzada por un muro de hormigón armado. Fue defendida con mucho ahínco y escasa convicción por la izquierda marxista antes de esfumarse. También iría en contra de la voluntad divisoria sancionada por la ONU en 1947 y de una situación de hecho que los israelíes consideran bastante satisfactoria. “Israel ya es un Estado binacional”, como recientemente escribió Moshe Arens, ex primer ministro, en el diario Haaretz, refiriéndose al 20 % de árabes que componen la población israelí, con fuerte presencia en Galilea y Jerusalén oriental.

La respuesta de Arens y otros halcones hebreos, que son mayoría en las altas esferas, no puede ser otra que la de hacer un nuevo llamamiento a los judíos de la diáspora para que emigren a Israel. De obtener una respuesta favorable, la nueva inmigración colocaría otra vez a los palestinos entre la espada y la pared. Razón de más para que reflexionen sobre la supuesta ventaja de su demografía y los riesgos que entrañaría el definitivo naufragio de la esperanza puesta en los dos Estados. El dinero que se mueve tras la iniciativa de Kerry no puede resolver los problemas generados por casi un siglo de hostilidad y confrontación, pero sin duda ayudaría a revocar la desesperada idea de que “cuanto peor mejor”. Ambos pueblos saben por experiencia que las injusticias históricas siempre pueden repetirse y enconarse.

 

 

 

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