Posteado por: M | 5 junio 2013

El dilema de Turquía entre islamismo y laicismo

El movimiento de protesta en Turquía contra un proyecto urbanístico en el centro de la ciudad y los brutales excesos de la policía contra los manifestantes degeneraron rápidamente en una revuelta política e identitaria contra el régimen islamista del primer ministro, Recep Tayyik Erdogan, que durante sus 11 años en el poder actuó con una arrogancia evidente mientras pisoteaba los principios de la democracia liberal –en especial el laicismo y la separación de poderes— sobre los que Mustafá Kemal erigió la República tras haber abolido el califato (1923). La agitación sacudió las principales ciudades del país –Estambul, Esmirna, Antalya y la capital Ankara—, pero las zonas rurales, piadosas y conservadoras, se mantuvieron fieles al poder, replicando la ecuación de las tres últimas elecciones. 

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Imagen procedente del blog Planeta Estambul

El gobierno del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), dirigido por Erdogan, conservador y muy religioso, al que los principales medios de comunicación europeos califican invariablemente de “islamista moderado”, sin tener en cuenta sus antecedentes integristas y su programa claramente reislamizador de una sociedad urbana harto heterogénea, lleva más de un decenio cumpliendo sin pausa con sus objetivos subrepticios de manera implacable, tras haber triunfado en las elecciones generales de 2002, 2007 y 2011.

El movimiento de protesta para salvar un espacio verde en Estambul, una ciudad agobiada por el cemento, la especulación urbanística y el desarrollismo, cristalizó todos los agravios acumulados en la sociedad y la clase política contra un poder ejercido de manera arrogante y caciquil. Fue también como el nacimiento de una nueva clase media con una sensibilidad ecológica desconocida y una indiscutible autonomía de los partidos políticos tradicionales. Como escribe el columnista Soner Cagaptay, afincado en EE UU, “Turquía se ha convertido en una sociedad de clase media, irónicamente gracias al éxito de la política económica de Erdogan”. Los dictados de la economía desarrollista suelen ser inesquivables.

La fidelidad a la OTAN y la petición de ingreso en la Unión Europea (UE) constituyen dos bazas importantes para ocultar o enmascarar los verdaderos designios del régimen o, al menos, los más evidentes. Asegurada la benevolencia exterior, la discreta apuesta islamista se recrudece sin tregua: arresto de  centenares de militares partidarios del Estado secular, juicios de dudosa imparcialidad, destitución de varios magistrados incómodos, restricciones para la venta y consumo de alcohol, promoción del velo integrista y de la vestimenta recatada entre las mujeres. Señales inequívocas del avance hacia una teocracia en cuestión de costumbres: el intelectual armenio Sevan Nisanyan acaba de ser condenado por “blasfemia” a 13 meses de prisión por haber criticado al profeta Mahoma, y la minoría de los alevis, una rama liberal del islam, no reconocida oficialmente, se queja de una discriminación permanente.

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La situación de los periódicos y las emisoras de televisión es cada día más precaria y el país tiene fama de haberse convertido en la mayor cárcel de periodistas del mundo, condenados por un poder puntilloso e inquisitorial. Una prueba contundente: mientras la policía reprimía con dureza a los manifestantes en la plaza Taksim, las cadenas de TV mostraban a Erdogan en una conferencia de prensa en el día de la lucha contra el tabaquismo, como si el país viviera en una calma envidiable. Los periódicos de papel se mostraron menos complacientes con el poder, como si trataran de recuperar la libertad perdida. En el ámbito exterior, las actuaciones del gobierno resultan inquietantes: una tregua con la guerrilla kurda, con vista al referéndum constitucional, y una beligerancia creciente en la guerra civil de la vecina Siria, que incluye el suministro de armas y la ayuda logística a varios grupos rebeldes, resultan incongruentes.

El corolario de ese programa es la ambición de hacer de Turquía una potencia regional bajo la bandera verde del islam, en competencia no declarada con la República Islámica de Irán, una pretensión que choca con el tradicional antagonismo entre turcos y árabes y que contradice el mandato kemalista de que la República turca no debería embarcarse en ninguna aventura exterior, ni entrometerse en el avispero árabe.  La reciente normalización de relaciones con Israel apaga un foco de tensión, mas acrecienta las tensiones dentro del orbe árabe-musulmán.

Hacia una República presidencialista

La última vuelta de tuerca del creciente poder islámico fue la reforma de la Constitución, a fin de terminar con el parlamentarismo e instaurar una república presidencialista, en el estilo de EE UU, con Erdogan como el candidato predestinado para alzarse con la presidencia en las primeras elecciones, previstas para 2014, y permanecer en el poder durante otra década. También se vería afectado el Tribunal Constitucional, reducto del laicismo, al que Erdogan no le perdona que anulara el decreto para permitir el uso del velo en las universidades. El ejército y la judicatura, últimos bastiones del poder secular, han sido purgados sin contemplaciones para colocarlos junto con la mezquita al servicio del poder de Erdogan y su partido. La nueva Constitución deberá ser sometida a un referéndum que podría volverse en contra del primer ministro.

La Unión Europa, desde luego, lamentó los excesos represivos de la policía, pero la gran mayoría de los países europeos evitaron llamar la atención de Erdogan sobre los límites de su poder. El presidente Obama, por su parte, no ha ocultado su interés en ver al régimen turco como un modelo para las nuevas realidades alumbradas por las revueltas árabes contra las dictaduras, en Túnez, Libia, Egipto y Yemen. Un modelo con notorios efectos autoritarios. Como concluye Steven Cook en la revista Foreign Policy, tras analizar la complejidad de la situación, el gobierno de Erdogan “no es tan democrático como Washington piensa que es”. La Casa Blanca se limitó a hacer un llamamiento a ambas partes para “calmar la situación”.

La agitación comenzó de manera pacífica el 28 de mayo por una sentada de los ecologistas para protestar por la desaparición del parque Gezi –una de las pocas zonas verdes de la parte europea de Estambul– y la remodelación de la emblemática plaza Taksim, de la que parte la principal arteria comercial y peatonal: la avenida de Istiqlal (independencia). Las algaradas fueron reprimidas por las fuerzas del orden con una violencia inusitada con cañones de agua, gases lacrimógenos y balas de goma. Más de 10.000 manifestantes se concentraron el 1 de junio por la tarde en plaza Taksim, momento en que los policías prendieron fuego a las tiendas de campaña instaladas por los manifestantes en el parque y más de mil personas fueron detenidas. Al final, dos muertos y centenares de heridos.

Erdogan llamó “marginales” y “saqueadores” a los manifestantes y reiteró que al proyecto urbanístico se llevará a cabo, contra viento y marea, lo que sólo sirvió para arrojar gasolina sobre el incendio. Como es habitual, el primer ministro adoptó un tono desafiante dirigido a sus adversarios kemalistas. “Si ellos logran reunir a miles de personas –advirtió–, yo reuniré a un millón.” Los manifestantes insistieron en denunciar que Erdogan y su partido se comportan de manera crecientemente autoritaria y tratan de imponer, aunque de forma taimada, los tradicionales y rígidos valores islámicos en usos y costumbres en un país oficialmente secular y socialmente complejo.

Las manifestaciones contra Erdogan y su gobierno confirman las contradicciones de una sociedad en plena ebullición económica, de agiotaje frenético y proyectos faraónicos (el tercer puente sobre el Bósforo), bajo el impulso de una nueva élite enriquecida, piadosa y muy conservadora, fuerte en el bazar y en las industrias con mucha mano de obra (textil), empeñada en contrarrestar o desterrar la europeización que había favorecido el kemalismo, al mismo tiempo que expande entre sus clientes la nostalgia del esplendor otomano, como si los constructores y especuladores, actuando como nuevos ricos, pretendieran reflejar la melancolía postimperial que impregna las novelas de Orhan Pamuk, el primer premio Nobel de la literatura turca.

El viejo orden secular está siendo reemplazado por una religiosidad omnipresente y con frecuencia agresiva. Los turcos asisten impotentes al deterioro de las iglesias bizantinas u ortodoxas, empezando por la joya de Santa Sofía, y el abandono de otros lugares arqueológicos de la historia preislámica del país. Los visitantes de Estambul hemos podido apreciar en pocos años no sólo el deterioro de los monumentos cristianos, sino igualmente el cambio experimentado en la vestimenta de las mujeres, la proliferación de los altavoces de los muecines que convocan a la oración y el rigor antialcohólico que impera incluso en los hoteles para turistas de la ciudad vieja. La llegada a la megalópolis de los campesinos iletrados de la meseta de Anatolia acrecienta de manera espectacular la masa de gentes piadosas que se agolpan en las mezquitas y alteran con sus votos los resultados electorales, siempre en favor del gobierno o el ayuntamiento islamistas. En Ankara, la capital, el alcalde se ha hecho famoso por apelar ritualmente a los ciudadanos a “adoptar un comportamiento respetuoso de los valores morales”, es decir, a vestirse según el islámico modo.

Una oposición muy heterogénea

La oposición que está detrás de las manifestaciones es muy heterogénea y, desde luego, minoritaria. El Partido Republicano del Pueblo (CHP), antiguo partido único creado por Mustafá Kemal (Ataturk), laico y socialdemócrata, pero con pésimas credenciales democráticas, por sus alianzas con los militares del golpe de Estado de 1980, hace muchos años que no supera un tercio de los sufragios en las elecciones generales. Sus dirigentes han sido los más interesados en impulsar la revuelta y pedir la dimisión de Erdogan, tanto en Estambul como en las principales ciudades.

La izquierda turca, dividida en muchos grupúsculos surgidos del Partido Comunista (TKP), saltó a las barricadas de la plaza Taksim para luchar “contra el fascismo policial” y “contra el sistema neoliberal”, las mismas y rancias consignas, idéntico oportunismo para subir al tren en marcha de la protesta. También se movilizaron los sindicatos (Disk y Kesk), constantemente hostigados por el poder, con centenares de militantes encarcelados, y lógicamente las minorías étnicas, y en primer lugar, los kurdos, que son casi el 15 % de la población total, pese al reciente acuerdo de cese de hostilidades con el Partido de los Trabajadores (PKK). Los armenios siguen esperando que Ankara reconozca el horror del genocidio de los años 20 del pasado siglo.

El AKP, el partido de Erdogan, recoge los votos de los musulmanes conservadores (en torno al 45 % del censo) y disfruta de una mayoría absoluta merced a un sistema electoral que premia a las formaciones mayoritarias en perjuicio de las que no alcanzan el 10 % de los sufragios, que quedan eliminadas. Por eso los partidarios de Erdogan y sus medios de propaganda argumentan sobre su legitimidad democrática, aunque olvidan que existen principios y límites sobre lo que puede hacer un partido en el poder, por muy amplia que sea su mayoría parlamentaria. El proceso abierto con la llegada de los islamistas al poder constituye un verdadero aunque sibilino cambio de régimen que lógicamente destruye los cimientos de la República laica.

Los partidos y sectores sociales minoritarios no se sienten protegidos y denuncian la deriva autoritaria del gobierno de Erdogan, la creciente presión sobre la prensa y la televisión, que han visto muy cercenadas sus libertades, mientras el país parece que se está alejando de la senda europeísta y occidental que le marcó Ataturk hace 90 años. Paradójicamente, mientras el gobierno negocia la incorporación a la Unión Europea, el laicismo, la libertad de conciencia y las libertades de expresión y manifestación retroceden drásticamente. Los planes de reforma constitucional, que entronizarían en la presidencia a Erdogan, suscitan considerable resistencia incluso dentro del partido del gobierno (AKP), algunos de cuyos líderes denuncian la  forma agresiva de capitalismo patrocinada por Erdogan que desafía tantos los valores islámicos como las consideraciones medioambientales.

Ofreciendo una nueva prueba de su arrogancia, Erdogan salió el 3 de junio desde Ankara para una visita de cuatro días a los países del Magreb (Marruecos, Argelia y Túnez), y su ausencia fue inmediatamente aprovechada por el presidente de la República, Abdulá Gül, para su segunda y moderada intervención en 48 horas. El jefe del Estado pidió “moderación a todas las partes”, reiteró la conveniencia de que en seno de la República haya espacio para diferentes estilos de vida y subrayó que los votos no son suficientes para preservar los ideales de la democracia. ¿Una desautorización velada del primer ministro, al que se reprocha su intransigencia?

En la misma longitud de honda, el viceprimer ministro, Bulent Arinc, actuando como primer ministro en funciones, salió a la palestra para ofrecer sus disculpas a los manifestantes que habían sido maltratados por la policía y anunciar que deseaba entrevistarse con los representes de la plataforma que se opone a las transformaciones urbanísticas en el centro de Estambul. Una actuación que parece reafirmar las divergencias dentro del partido del gobierno.

Algunos periódicos tratan de levantar cabeza en medio de la tormenta, como el liberal Hurriyet-Daily News, de Estambul, que llegó a titular en su versión inglesa: “Erdogan no longer almighty” (Erdogan ha dejado de ser omnipotente). Uno de sus comentaristas, Semih Idiz, planteó el verdadero sentido de la protesta en estos términos: “Nada justifica la opresión fundada en una mayoría electoral pero destinada a cercenar la libertad de expresión y el estilo de vida secular de la gente. No obstante, Erdogan ha visto ahora que el terreno no está tan vacío como hubiera deseado para promover su agenda islamista.”

El éxito electoral del partido de Erdogan se debe no sólo a factores religiosos, sino también y muy destacadamente al proceso de modernización y crecimiento económico que ha triplicado el producto interior bruto (PIB) del país en un decenio (2002-2011). El AKP ha movilizado a todos sus partidarios con el señuelo tanto del bienestar como del esplendor del Imperio otomano y el califato. El llamado milagro turco está omnipresente en la propaganda del régimen y en los proyectos que amenazan con alterar el paisaje urbano de Estambul, pero está provocando unos cambios sociales cada día más difíciles de controlar por el Erdogan insolente y autista.

Como apunta el diario Hurriyet-Daily News, el presidente Gül, aunque pertenece al mismo partido que el primer ministro, sabe que las protestas no tienen precedentes en la historia de Turquía y que no están motivadas exclusivamente por la pérdida de una zona verde en la emblemática Plaza Taksim. “Lo que está en juego –añade el diario— es la defensa de un estilo de vida moderno y secular que una parte importante de la sociedad turca ha probado y no desea perder.” Ataturk estaba persuadido de que Turquía debería seguir el ejemplo occidental para corregir el atraso y avanzar por el camino del progreso, pero Erdogan parece empeñado en dar marcha atrás al reloj de la historia y defender la idea teocrática de que fuera del islam no existe la salvación. Persisten las contradicciones fundamentales: islamistas contra laicos, rurales contra urbanos, y el radicalismo de Erdogan que no tolera la disidencia.

Todo parece indicar que el presidente Gül, el viceprimer ministro y el citado periódico buscan un acomodo, una manera de resolver el dilema entre la liberalización forzosa emprendida por Ataturk, bajo la égida militar, y la reislamización igualmente coercitiva patrocinada por el impetuoso Erdogan. Si se aleja de los valores occidentales, aunque sólo sean plenamente asumidos por una parte de su población, Turquía actuará como un país puente, pero no podrá incorporarse plenamente al proceso de integración europea. Una cuestión elemental de identidad que trasciende el resultado de las elecciones y crea un escenario inédito en la encrucijada del Bósforo.

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Responses

  1. Estimado,

    Estoy de acuerdo con su análisis, aunque me parece exagerado calificar de “régimen islamista” al gobierno de Erdogan. Creo que Erdogan ya no tiene tanto interés en meterse en la UE y está recobrando antiguos aires de grandeza con la vista puesta en el este.


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