Posteado por: M | 9 junio 2013

Obama y Xi prometen una coexistencia difícil

El encuentro de Barack Obama con su homólogo de China, Xi Jinping, en el desierto de California los días 7 y 8 de junio, ofreció escasas novedades y una vaga promesa de construir “un nuevo modelo de relaciones entre las grandes potencias”, pero no despejó los nubarrones de los asuntos más espinosos, como las acusaciones norteamericanas de ciberespionaje, el despliegue militar en el mar de China Meridional, la manipulación de la divisa china con fines comerciales y la presencia de las bases de EE UU en la cuenca del Pacífico. La coexistencia, sin embargo, parece estar garantizada porque los dos líderes mundiales abogaron por alejarse de “la inevitable confrontación y el conflicto” que caracterizaron la época de la guerra fría.

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Foto de Pete Souza para la Casa Blanca

No hubo comunicado conjunto sobre lo tratado, quizá porque las desavenencias son más fuertes que los acuerdos, y ambos jefes de Estado evitaron aparecer juntos ante la prensa, dejando la comunicación en manos de los subalternos. La nota más positiva se produjo lejos de California, en la aldea de Panmunjon, en la frontera intercoreana, lugar del armisticio de 1953, donde las delegaciones de las dos Coreas se reunieron para mitigar las tensiones nucleares y balísticas de los últimos meses, signo inequívoco de las presiones de Beijing sobre su beligerante, cliente y vasallo norcoreano. Según el asesor de seguridad de Obama, Tom Donilon, los dos presidentes expresaron el objetivo común de que “Corea del Norte tiene que renunciar al arma nuclear”. Una firmeza deseable pero de resultados inciertos.

Las discrepancias son las mismas de siempre. Según su portavoz, Obama advirtió a su invitado de las desastrosas consecuencias que podrían derivarse del llamado “robo cibernético”, del espionaje industrial por parte de China que tanto inquieta y perjudica a las empresas norteamericanas. Si la piratería cibernética prosigue –advirtió Donilon–, “las relaciones económicas tendrán un grave problema”. Estas presiones serán poco eficaces en el momento en que la Casa Blanca afronta un escándalo considerable por el espionaje telefónico y en internet practicado por las agencias de inteligencia, aunque las disposiciones oficiales procedan de la Administración de Bush. Obama pierde autoridad moral y aparece en el papel poco halagüeño del continuador.

Los funcionarios chinos presentes en el Rancho Mirage, por su parte, se quejaron ritualmente de la venta de armas a Taiwán, de la patrulla de los portaaviones de la US Navy por el estrecho de Formosa y de la presunta injerencia en las disputas regionales en el mar de China meridional. Los norteamericanos replicaron con una nueva denuncia sobre el persistente intervencionismo monetario que facilita las agresivas exportaciones a todo el mundo y el consiguiente desequilibrio en la balanza comercial. Fue el conocido diálogo de sordos que se prolongó durante las ocho horas de reunión, aunque con asesores e intérpretes consumiendo tiempo en la refriega retórica.

Según se desprende de las confidencias de los funcionarios, el encuentro entre ambos presidentes tenía por objetivo principal un mejor conocimiento recíproco que les ayude a superar o mitigar las profundas divergencias diplomáticas, económicas y políticas que les separan y les seguirán separando. Hay que reducir la discordia –como dice la prensa china– y “asegurar la continuidad de la cooperación pacífica”. Obama saludó, una vez más, la llegada de China al escenario de las grandes potencias, pero no parece estar muy interesado en promocionar las reformas y menos aún en favorecer una evolución democrática que contrarreste el poder dictatorial del PCCh.

Del pragmatismo de uno al nacionalismo del otro

Como en tantos otros asuntos capitales, los propósitos iniciales de Obama con respecto de China han sido aniquilados por el pragmatismo. Durante una visita a Australia en 2011, y en una referencia inequívoca a la dictadura de Beijing, el presidente norteamericano declaró que la prosperidad sin libertad era “justamente otra forma de pobreza”. Pero la retórica liberal y de respeto de los derechos humanos, que tanto contribuyó a los días de gloria y triunfo del primer presidente de color, fue sacrificada, una vez más, en el desierto de California, en aras de la preservación del statu quo.

No obstante, antes de acudir a la cumbre de California, para desarmar a los enconados líderes del Partido Republicano en el Capitolio, Xi tuvo un gesto de complacencia humanitaria hacia su anfitrión al otorgar los pasaportes a la madre y el hermano de Chen Guancheng, un abogado ciego, activista de los derechos humanos, cuya salida de China el año pasado provocó una crisis diplomática entre las dos grandes potencias. Los familiares del disidente, como en casos similares, podrán trasladarse a EE UU.

El presidente Xi respondió con la misma desenvoltura de siempre, desacreditando a los reformistas por “su veneración de los modelos occidentales” o por “plegarse a las presiones exteriores”. Lo que tengan que hacer los chinos lo ejecutarán sin la menor sombra de humillación por los consejos exteriores. El nacionalismo y una irreprimible xenofobia, virtudes confucianas, guían la diplomacia del que fuera Imperio del Medio. Ante las peticiones de una apertura democrática, los portavoces de Beijing responden invariablemente con más nacionalismo. No se trata de otro diálogo de sordos, sino del lamentable autismo sobre estas cuestiones que prevalece entre los jerarcas del PCCh, todas las tendencias confundidas.

La visita a EE UU y su aceptación de una cumbre no oficial (informal) con Obama, en el bucólico Rancho Mirage, para hablar sin restricciones y sin orden del día sobre cualquier tema durante dos días, con un protocolo reducido, indican claramente que Xi es un líder que confía plenamente en su poder, es decir, que ejerce el control de los órganos del partido y de la burocracia estatal, en tanto que secretario general del PCCh, presidente de la República y comandante en jefe del ejército a través de la Comisión militar del comité central. No existe ningún signo de discrepancias en el comité permanente del politburó, el órgano máximo de la dirección colectiva.

No ocurre lo mismo con Obama, en alarmante pérdida de credibilidad, cada día más criticado por los mismos que le defendieron con un entusiasmo inusitado, las progresías norteamericana y europea que ahora le reprochan su complacencia y seguidismo de las políticas menos ejemplares de su predecesor George W. Bush, como el rastreo sistemático de los correos en los servidores de internet y las escuchas telefónicas con el pretexto general de la lucha contra el terrorismo. Paralela e irónicamente, los más fieros antagonistas republicanos mantienen su desconfianza y vigilan cualquier operación diplomática –la entrevista con Xi, por ejemplo— para denunciar la situación de los derechos humanos en China y la supuesta proclividad apaciguadora del líder norteamericano.

Los medios chinos aseguran que se trata de “una visita de cortesía” para que ambos líderes puedan conocerse y anuden una relación personal que les ponga a cubierto de cualquier accidente en la carrera previsible y las tensiones inevitables entre la primera potencia mundial y su rival geoestratégico. Según todos los indicios que se desprenden de la propaganda oficial, el presidente chino está sobrado de coraje político para hacer frente a cualquier imprevista intromisión de su homónimo norteamericano en un asunto interno como el respeto de los derechos humanos, la mordaza de los medios, el espionaje cibernético, el control puntilloso de internet, el militarismo contra sus vecinos o la corrupción galopante del gigantesco aparato del poder.

Xi dispone, en principio, de un mandato de cinco años renovable por otros cinco, para ejercer un poder omnímodo, al que nadie hace sombra, como exige el sistema y la estructura piramidal y fuertemente centralizada de un país inmenso que manifiesta una especial alergia a las tensiones centrífugas que tanto le debilitaron antes de la llegada de los comunistas al Palacio del Pueblo de la plaza de Tiananmen, en 1949. Hijo de un veterano de la Larga Marcha que fue purgado durante la revolución cultural, el secretario general del PCCh conoce muy bien los engranajes del partido y las bambalinas del poder, hasta el punto de que sus referencias nacionalistas parecen ser como un eco de las preocupaciones de los altos jefes militares. No necesita, sin embargo, limitarse a recitar las consignas oficiales en la lengua de madera de la dirección colectiva.

En los 41 años transcurridos desde la famosa visita del presidente Richard Nixon a Beijing, donde se entrevistó con el entonces todopoderoso Mao Zedong, en febrero de 1972, la República Popular ha pasado de ser un país del Tercer Mundo, subdesarrollado, pobre y convulso, técnicamente atrasado, aunque en posesión del arma nuclear desde 1964, a convertirse en la segunda potencia económica del mundo, un banquero global, con el ejército más numeroso (más de un millón de hombres en filas); un consumidor compulsivo y un exportador trepidante de capital y de productos baratos de consumo. La llamada fábrica del mundo y, al mismo tiempo, el mercado fabuloso para las empresas industriales europeas y norteamericanas que venden coches, aviones, trenes y tecnología de punta.

Los pronósticos sobre el poder de China

Según las prospecciones que realizan los norteamericanos, en una fecha difícil de precisar, pero entre 2020 y 2040, China superará el producto interior bruto (PIB) de EE UU, su renta por habitante se habrá más que doblado, hasta alcanzar los 12.000 dólares en 2020, y exactamente en 2040 se dará por concluido el gigantesco proceso de urbanización en marcha, cuando el 70 % de la población (unos mil millones) vivirá en las viejas y nuevas megalópolis. El país más poblado del mundo ya no será una sociedad eminentemente rural, de un dualismo desconcertante. En diciembre último, un informe secreto del servicio de inteligencia norteamericano previó que China será el número uno económico en 2030, pero la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) avanzó ese acontecimiento hasta 2016.

En cualquier caso, esos objetivos de gran potencia sin parangón forman parte del llamado “sueño de China” aireado por el presidente Xi, como designio y consigna de su mandato (probablemente de 10 años), poco después de haber sido elegido jefe del partido comunista (PCCh) en el XVIII congreso (Beijing, noviembre de 2012). Pero como EE UU no cederá fácilmente, ni se inclinará, al menos en el presente siglo, según los mismos vaticinios, lo que en realidad podemos anticipar sin temor a equivocarnos es que los conflictos geoestratégicos y de intereses en numerosos campos de la actividad humana, de la seguridad en el ciberespacio al comercio, serán inevitables en un futuro muy próximo. Y también lo será la cooperación.

El dilema lo encuentro bien planteado, aunque en forma de interrogación, en el South China Morning Post, la versión inglesa del acreditado periódico de Hong Kong: “¿Aceptará EE UU el ascenso de China o, para decirlo con otras palabras, se realizará el ascenso de China de una manera aceptable para EE UU?” Si la promoción de China se reputa inexorable, como parece deducirse de la pregunta, la pelota de pimpón cae en el campo de los norteamericanos y del presidente que regirá el imperio atlántico llamado a competir y coexistir en la cuenca del Pacífico, el océano que se convertirá en el centro del universo, según la reiterada visión estratégica de Obama y sus asesores, Henry Kissinger entre ellos, éste un adicto de la chinofilia desde sus cruciales conversaciones con Zhou En-lai en 1971, meollo de la entonces llamada diplomacia del pimpón.

Desde que asumió todos los poderes, Xi alterna la zanahoria y el palo, los discursos conciliadores con las proclamas nacionalistas. Invista a la Casa Blanca a establecer “un nuevo tipo de relaciones entre las grandes potencias”, implicando que el ascenso de China jamás será una amenaza para EE UU, pero, al mismo tiempo, despacha a sus patrulleras hacia el mar de China meridional para reafirmar sus reclamaciones sobre algunos islotes que están en poder de Japón o Filipinas, los dos principales aliados de Washington en la zona. En una conferencia sobre seguridad celebrada en Singapur, el pasado 1 de junio, el secretario de Defensa estadounidense, Chuck Hagel, se vio forzado a declarar que EE UU está “firmemente en contra de cualquier intento coercitivo de alterar el statu quo” sobre la libertad marítima en la región. Literalmente, un aviso para navegantes.

En cuando al “sueño de China” en que se resume el programa de Xi, las previsiones son harto optimistas y apuntan hacia dos centenarios significativos: en 2020 se celebrará el centésimo aniversario de la fundación del PCCh, una buena ocasión para inaugurar “una moderada sociedad del bienestar”, según el mantra oficial; y en 2049 se cumplirá el centenario de la toma del poder por los comunistas, momento en que el país más poblado del mundo se habrá convertido en “una potencia altamente desarrollada”. Por el momento, nadie en Beijing piensa en aflojar y muchos menos en romper el chaleco de fuerza, la servidumbre o el freno de la dictadura comunista. Mientras la economía marche, los dirigentes no querrán aceptar el riesgo del cambio.

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