Posteado por: M | 13 junio 2013

Obama y la vigilancia electrónica global

Barack Obama atraviesa por unos momentos delicados políticamente, de los más contradictorios con sus promesas desde que llegó a la Casa Blanca en enero de 2009. El último escándalo de la masiva vigilancia electrónica confirma no sólo que sigue el camino de George W. Bush, en la vulneración de las libertades individuales en nombre de la seguridad y el contraterrorismo, sino que lo ha superado claramente hasta el punto de poner en peligro el sacrosanto equilibrio de poderes, el sistema de checks and balances que corona el edificio de la primera democracia liberal del mundo, al arrogarse y ampliar arbitrariamente unos poderes exorbitantes que se ejercen en todos los continentes e incluso afectan a los aliados más fieles y tradicionales.

El laberinto del espionaje tiene dos vertientes. La primera en estallar fue la de las escuchas y grabaciones telefónicas, revelada en el diario inglés The Guardian el 5 de junio por Edward Snowden, un joven empleado de una empresa de seguridad subcontratada por la National Security Agency (Agencia Nacional de Seguridad, NSA), quien denunció que ésta almacena sistemáticamente información de las conversaciones de los clientes de Verizon, el segundo operador telefónico de EE UU. En realidad, Snowden no hizo sino añadir algunos datos y confirmar las sospechas e informaciones periodísticas de 2005 y 2006 sobre “un programa de vigilancia telefónica general”, antes de que Obama fuera elegido.

snowden

Edward Snowden

Snowden, que antes había trabajado para la CIA, se presentó como un nuevo cruzado de la libertad, supuestamente decepcionado por el pragmatismo y los ideales del presidente demócrata, y declaró que había tenido escrúpulos de conciencia en su trabajo. Con frecuencia aparece, aunque sólo sea en el cine, el resquemor ante la intromisión en “La vida de los otros”, con la Stasi de la Alemania comunista en la sombra, y en este caso, la NSA, la CIA y el FBI. Cuando decidió provocar el escándalo, el espía arrepentido estaba cobrando la friolera de más de 150.000 euros anuales. Su patrón era la empresa Booz Allen Hamilton, subcontratada por la NSA, una de los múltiples consorcios privados que realizan casi el 70 % de todas las operaciones de espionaje llevadas a cabo por EE UU y consumen un porcentaje similar del presupuesto anual (unos 50.000 millones de dólares). Un gasto que produce tanto estupor como vértigo.

En una nota enviada a The Guardian, Snowden confesó: “Mientras iba dándome cuenta de la peligrosa verdad que hay detrás de las políticas de EE UU para desarrollar en secreto poderes irresistibles, concentrándolos en unas pocas manos fuera del escrutinio público, iba sintiendo la debilidad humana.” Hay que retener una expresión especialmente inquietante: “Poderes irresistibles”. La guerra preventiva y global contra el terrorismo parece ser que ha impuesto, de la mano de los prodigiosos avances tecnológicos, más servidumbres de las que existieron durante los 42 años de la guerra fría (1947-1989). Por eso el espía contrito es un traidor para muchos y un héroe para algunos en el debate enconado y a veces la parodia sobre la fantasmagórica Dirección de Vigilancia Interior, en este caso la NSA, tan semejante al cruel ministerio donde George Orwell situó al Gran Hermano de su tenebrosa anticipación. Y siempre con la voluntad o el pretexto de garantizar nuestra seguridad y, a ser posible, hacernos felices.

Las declaraciones de Snowden, en la interpretación más favorable, constituyen una caída del caballo como la de otros peones o ejecutores subalternos en el endiablado tablero geoestratégico. Un avezado joven, de 29 años, sin gran formación pero técnicamente habilidoso, que de golpe y porrazo comprende que está en manos del monstruo, del Gran Hermano llegado a su madurez y extrema complejidad, del que pretende zafarse con una operación publicitaria y problemática, de objetivos oscuros. Su rocambolesca huida y desaparición en Hong Kong, región especial china (un país, dos sistemas), añaden picante a todo lo ocurrido, aunque no aclaran si se trata de un espía, un espía doble, un mártir de la democracia, un aprendiz de brujo o un genio maligno de las pantallas, los códigos y el descifrado de los mensajes.

La segunda variante del escándalo concierne a la misma NSA y también a los colosos de internet, los grandes servidores que todos utilizamos para la información, las comunicaciones, el trabajo o el ocio. Un documento confidencial de dos páginas y media, publicado por el diario The Washington Post, desveló los arcanos de un programa de vigilancia universal, llamado PRISM y organizado por la NSA para interceptar todas las comunicaciones a través de los principales operadores telefónicos de EE UU y los grandes servidores de internet: Google, Microsoft, Yahoo, Facebook, Apple y otras cuatro empresas más. Varias de esas compañías, no obstante, se apresuraron a declarar que no habían vulnerado las cláusulas de privacidad pactadas con sus clientes, pero la confusión es total, teniendo en cuenta la naturaleza ultrasecreta de las relaciones confidenciales y a veces conflictivas que mantienen con el gobierno.

Los poderes exorbitantes de la presidencia

La Casa Blanca trató de mitigar el estropicio legal, popular y estratégico, escudándose detrás de la Patriot Act, la ley aprobada por el Congreso el 26 de octubre de 2001, un mes después del fatídico 11-S, que amplió los poderes discrecionales del gobierno para autorizar la vigilancia preventiva por parte del FBI y otros organismos, en nombre de la seguridad y la protección contra el terrorismo. La ley recibió fuertes críticas por parte de los organismos defensores de los derechos civiles, pero por dos veces ha sido prorrogada en su vigencia: primero por Bush, en marzo de 2006, y luego por Obama, en mayo de 2011, por cuatro años más. El estado de excepción seguirá, al menos, hasta 2015, cuando un nuevo presidente haya tomado posesión.

La Casa Blanca insiste en que las escuchas eran y fueron autorizadas por el Congreso, mientras que la oposición republicana, además de mostrar sus reticencias, deplora la chapuza y arremete contra el abuso de autoridad por parte del Ejecutivo. Para estar informado sobre este asunto –argumentan los republicanos— es preciso formar parte de la Comisión de Información y asistir a las esotéricas reuniones sobre cuestiones específicas. Los informes confidenciales de las agencias implicadas, además, son tan escasos o inescrutables, tan incomprensibles para el público en general, que muy pocos parlamentarios asisten a las sesiones.

El director de la NSA, el general Keith B. Alexander, que manda también el Cibercomando, declaró el 12 de junio, ante una comisión del Senado a puerta cerrada, que el masivo espionaje telefónico había servido para abortar “docenas de ataques terroristas”. La excusa o justificación es la misma de siempre. “Tratamos de proteger a EE UU”, aseguró el militar ante unos senadores que, según la crónica del New York Times, se mostraron bastante “escépticos” ante sus explicaciones. Una senadora demócrata de California que asistió a la reunión, Dianne Feinstein, reveló que los archivos con los datos telefónicos se destruyen al cabo de cinco años.

Los tenores del Partido Republicano están divididos sobre la espinosa cuestión. El senador Rand Paul, un libertario de derechas, denunció “una invasión extraordinaria de la vida privada”, pero la mayoría de los neoconservadores mantienen una actitud ambigua, vindican a Bush, ponderan los resultados de la guerra preventiva y creen que es necesario proseguir con esa estrategia antiterrorista, aunque corrigiendo los fallos, las fugas y los escándalos. Ésa es la opinión, por ejemplo, del senador John McCain, que fue candidato presidencial contra Obama en 2008. Varios parlamentarios insistieron en que las operaciones de vigilancia, aunque muy onerosas, son cruciales para el combate contra el terrorismo. Ocho senadores de ambos partidos presentaron un proyecto de ley que, en el improbable caso de prosperar, forzaría al gobierno a dar explicaciones sobre cómo funciona el espionaje y cuál es su alcance.

La American Civil Liberties Union (ACLU), la organización prestigiosa que defiende los derechos y libertades de las personas de las intromisiones del poder político, presentó una querella en la que argumenta contra la constitucionalidad del programa de vigilancia. Como editorializa el New York Times: “En una democracia, los ciudadanos tienen derecho a saber qué técnicas se están utilizado por el gobierno para espiarlos, cómo se conservan los datos y por cuanto tiempo, quién tendrá acceso a ellos  y quién los protegerá para prevenir que se abuse de ellos.”

Como la democracia norteamericana trata de resultar ejemplarizante, el debate está tanto en el Congreso como en unos medios que suelen ser poco complacientes con el poder. El New York Times se muestra especialmente acerado en su crítica y asegura que la Administración de Obama, que se presentó como campeona de la transparencia, “ha perdido toda la credibilidad”. El debate moral y constitucional sobre la invasión de la privacidad de los norteamericanos –reflexiona el Wall Street Journal— debe ser afrontado por el público “no por un puñado de funcionarios de la seguridad”. Progresistas y conservadores coinciden en que algo debe cambiar, incluso para que todo siga igual.

De todas maneras, el ciberespionaje va a acompañar a los norteamericanos y probablemente a todos los usuarios de internet durante mucho tiempo. La sede del Gran Hermano, en forma de gigantesco complejo industrial, se está terminando de construir para la NSA en la localidad de Bluffdale (Utah), la tierra de los mormones, y será inaugurada el próximo septiembre. La ciudad del ciberespionaje, “las grandes orejas” de EE UU, ha costado más de 2.000 millones de dólares y dispondrá de una sala gigantesca en la que se alinearán las baterías de los servidores alimentados por una central eléctrica integrada de 65 megavatios. Su denominación aséptica será Centro de Datos de Utah, dependiente del departamento de Defensa (Pentágono).

El programa de vigilancia general y sin fronteras suscitó críticas y aprensiones innumerables en Europa, aparentemente mitigadas por el papanatismo que sigue rodeando a la presidencia de Obama en la prensa socialdemócrata. En Alemania, que por lo visto es uno de los países más afectados por el ciberespionaje a través de los servidores de internet, se produjeron muchas reacciones adversas ante esa “invasión de la privacidad”. La cancillería hizo saber que la cancillera Merkel abordará el asunto con el presidente Obama en la inminente visita oficial de éste a Berlín.

Lo más importante, en cualquier caso, sería saber si las agencias norteamericanas de espionaje actuaban en los países europeos sin permiso de los respectivos gobiernos, pero nada parece indicar, por el momento, que la opinión pública europea esté dispuesta a exigir responsabilidades por este asunto tan capital como vidrioso. Prevalece el mismo silencio que sirvió para olvidar los vuelos secretos de la CIA y el traslado secreto a Guantánamo de los llamados “enemigos combatientes”. “Sería inaceptable que la NSA estuviera procesando datos europeos sin permiso”, declaró el liberal belga Guy Verhofstadt, en el Parlamento Europeo, sin suscitar el interés y mucho menos la emoción o indignación de sus señorías.

“Bajo la presión del terrorismo está cambiando el sistema legal”, lamentó el diario Süddeutsche Zeitung, y el Berliner Zeitung, de tendencia izquierdista, fue más incisivo: “El gobierno federal [alemán] debe explicar lo que pretende hacer ante la inmoderada y clandestina vigilancia de los ciudadanos por las agencias norteamericanas de inteligencia, sin garantías legales. Y explicar si los servicios alemanes sabían algo sobre la posible utilización de las informaciones conseguidas de manera ilegal.”

Los fracasos disparan la espionitis

La historia de EE UU desde los años 40 del siglo XX está repleta de desastres de la información interna y externa que explican la obsesión de las autoridades, la espionitis incrustada en las instituciones y las tentaciones a que se ven sometidos los funcionarios y otras personas que está en contacto con los secretos oficiales, aunque sean como los de Polichinela. Dos sonados fracasos en otras tantas guerras sacudieron el todavía incipiente mundo de la información secreta. El primero fue el ataque japonés contra Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, que precipitó la entrada de EE UU en la Segunda Guerra Mundial. El segundo se produjo en Corea, cuando las tropas norcoreanas invadieron el sur del país, el 25 de junio de 1950, sin que los servicios norteamericanos hubieran sido capaces de detectar los preparativos del asalto y los movimientos de tropas en sus mismas narices.

El presidente Harry S. Truman creó entonces la Nacional Security Agency (NSA), cuyos recientes programas de escuchas debían teóricamente compensar los fiascos del FBI y la CIA en la prevención de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 que derribaron las Torres Gemelas de Nueva York. John Edgar Hoover, que fue director del FBI desde 1924 hasta su muerte en 1972, hizo de la información secreta un medio de influencia y presión política, hasta el punto de que ningún presidente se atrevió a destituirlo. Pieza esencial en la caza de brujas emprendida por el senador Joe McCarthy en nombre del anticomunismo, Hoover escudriñó la vida privada de los presidentes y sus ministros, sometió a una vigilancia permanente a los miembros del movimiento en favor de los derechos civiles que dirigió Martin Luther King e inició un programa de contrainteligencia que siguió los pasos de muchas personas por motivos ideológicos, desde los Panteras Negras al Ku Klux Klan.

Las revelaciones de Snowden sobre el ciberespionaje coinciden con el juicio que se sigue contra el soldado Bradley Manning por el envío de miles de cables secretos a la web de WikiLeaks, que entregaron a la curiosidad mundial algunas actuaciones secretas de la diplomacia norteamericana y las agencias de espionaje. Un escándalo similar fue protagonizado por Daniel Ellsberg, un veterano analista militar, que en 1971 reveló al New York Times y el Washington Post los llamados Pentagon papers (Los documentos del Pentágono), un dossier secreto sobre la guerra de Vietnam que erosionó gravemente la credibilidad del gobierno estadounidense. Ellsberg, al igual que Snowden, alegó motivos de conciencia para dar a conocer los entresijos de la tragedia nacional que supuso el conflicto en el Sureste asiático.

Desde que el terrorismo islámico derribó las Torres Gemelas de Nueva York, el público norteamericano tiene una sensibilidad muy acusada ante los zarpazos del terror, el último de ellos en Boston, y estuvo dispuesto, al menos hasta ahora, a cerrar filas detrás de la bandera de la seguridad nacional, jaleado por la prensa populista, y puede caer fácilmente en la tentación del patriotismo herido y la venganza perentoria, sin reflexionar serenamente sobre los desastrosos efectos morales y políticos que la guerra preventiva pueda causar en el sistema democrático. El debate se plantea en términos aparentemente simples: ¿Puede EE UU mantener los principios liberales de la sociedad abierta pese al terrorismo que amenaza su poder y deja cicatrices horrendas?

La paranoia del peligro rojo, amarillo o islámico no suele ser buena consejera, ya que el poder político tiende a conservar las prerrogativas exorbitantes que le fueron otorgadas por el Congreso en días aciagos de gran emotividad y cólera justificada. “The Big Brother even looks like Obama” (El Gran Hermano incluso se parece a Obama), escribe un lector airado en The Washington Post. Justo es reconocer, sin embargo, que las reacciones del norteamericano medio, entre el patriotismo y la vigilancia, tienen muy poco que ver con esa protesta destemplada y sin duda hiperbólica.

Las prevenciones y medidas extraordinarias están menos justificadas ahora que el enemigo ni siquiera es un Estado, sino un grupo difuso de fanáticos, inasible e imprevisible, que lanza sus constantes imprecaciones y amenazas contra “el gran Satán”, de manera que las preguntas rituales sobre el dilema entre la seguridad y la libertad empiezan a ser colocadas en el marco pragmático del coste-beneficio, como sugiere el especialista en la materia, Matthew Iglesias (www.slate.com). Stephen Walt razona en el semanario Foreign Policy que “el terrorismo no es la clase de peligro que merecería la respuesta que EE UU le dedica”.

Siguiendo un razonamiento parecido, un comentarista del semanario británico The Economist llega a una conclusión que puede resultar polémica: “La guerra contra el terror es el Vietnam de Obama”, al que compara con el presidente Lyndon Johnson y evoca su renuncia a presentarse a la reelección en 1968. Luego explica con sarcasmo: “La principal amenaza que plantea el terrorismo no es a la vida de los ciudadanos norteamericanos, sino a la dirección de la política norteamericana y a las perspectivas electorales de los políticos norteamericanos.” Sobre esos fundamentos tan débiles se ha añadido el principio de la vigilancia universal en la panoplia de la guerra preventiva.

En cualquier caso, las contradicciones ideológicas de Obama son flagrantes, hasta el punto de que le llevan a supeditar su política interna, cuya vocación es la reconstrucción del país, a los dictados de una seguridad que empieza a parecer obsesiva y excesiva no sólo para los estrictos defensores de las libertades civiles, sino igualmente para los que denuncian con escaso éxito la hipertrofia del poder federal y los gastos estratosféricos. El Ejecutivo norteamericano sigue sin hallar un razonable equilibrio entre la seguridad total a cualquier coste, la protección de las libertades públicas y la prudencia de adecuar los fines a los medios disponibles y siempre limitados. Y el Congreso tampoco está muy inspirado en estos asuntos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: