Posteado por: M | 13 julio 2013

Una reflexión española sobre el mundo árabe

Subidos al tren de las revueltas árabes inacabadas que se iniciaron hace dos años, los representantes del islam político, los islamistas de todas las tendencias, llegaron al poder tras la caída de los dictadores y lo hicieron para quedarse, según confirman todos los resultados electorales. En la evolución previsible del mundo árabe-islámico, no cabe duda de que “la religión se mantendrá como uno de los motores de la política reformista”, en el orden interno, y que Occidente deberá buscar, y de hecho está buscando, “una relación fluida con los nuevos gobernantes de ideología islamista”. Ésa es, a mi entender, la principal conclusión a que llega el periodista español Albert Garrido, buen conocedor y analista del enrevesado y agitado mundo árabe, en su más reciente ensayo titulado La sacudida árabe. Fractura histórica y tradición (Editorial Icaria, Barcelona, 2013).

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Un libro tan oportuno como excelente, por diversos motivos, escrito con pulcritud, que pone acento español a los más reputados e incisivos análisis sobre las convulsiones árabes en la prensa internacional y los centros académicos. Más allá de la histoire évènementielle, pero sin eludir las necesarias referencias cronológicas, mi estimado colega en la prensa de Barcelona estudia en profundidad las sociedades árabes para detectar los factores endógenos que pueden explicar unos fenómenos de insurrección política muy diversos en sus expresiones, a veces contradictorios, “inmersos en el seno de esta madeja donde todo es posible y nada es seguro, donde se cruzan de forma inextricable las hebras del pasado y del futuro”.

Traza el libro una “radiografía del universo y la cultura árabes”, desde una posición moderadamente arabófila, sin rehuir la polémica sobre el orientalismo, la influencia y la dominación colonial de Occidente; el panarabismo y el panislamismo, como expresiones no confesionales de la umma o comunidad de creyentes; el nacionalismo militar y laico, el proceso frustrado de una genuina modernización y las muy polémicas opiniones, así entre los occidentales como entre los mismos árabes, sobre lo que podríamos denominar el tremendo bloque de inercia estructural forjado en torno a la religión, la tradición común y la nostalgia de un pasado remoto. Tras recoger la opinión del profesor Sami Naïr sobre el islam como “ideología espontánea”, una simplificación doctrinal que difícilmente puede ser aceptada sin disputa, añade Garrido que “la traslación a la política de la religión como sustrato ideológico primordial ha renacido con fuerza inusitada y hoy lo condiciona todo”.

No queda más remedio que entenderse con el islam político, viene a decirnos, citando a Henry Kissinger. Rechaza Garrido tanto la visión del arabista  Bernard Lewis, persuadido éste de que la modernización llegará con la occidentalización o no llegará, como la pesimista del profesor Samuel P. Huntington sobre “el choque de civilizaciones”, aparentemente inexorable, incluso en problemática alianza con el confucianismo. Pero aparece el autor en clara sintonía con el fallecido profesor Edward Said, norteamericano de origen palestino, en cuanto teórico de un islam supuestamente más variado, dinámico y sincrético de lo que están dispuestos a admitir muchos estudiosos y observadores occidentales.

Emite el autor un juicio muy severo y probablemente negativo en exceso sobre el colonialismo, al que no se puede culpar casi en exclusiva del tremendo atraso de las sociedades árabes, de su ensimismamiento o de su arrebatado desprecio por el libre examen, la libertad de conciencia y la hermenéutica de los textos sagrados y del Corán en primer lugar, un texto cuya autoría divina facilita mucho al islam político el mantenimiento del statu quo social, el autismo antimodernista y la condena inapelable de los apóstatas. En el debate sobre la religión y el colonialismo quizá hubiera sido conveniente prestar algo más de atención, desde la plataforma socialdemócrata y progresista en que se mueve Garrido, a las lucubraciones marxistas o neomarxistas sobre el papel que desempeña la religión en las sociedades atrasadas y su contribución obvia para perpetuar la teocracia, la sujeción y subordinación de las clases populares desheredadas a unas minorías opulentas y con frecuencia despóticas.

Analiza a continuación los factores de división dentro del mundo árabe y sus diversas manifestaciones desde el final del colonialismo como consecuencia, entre otros acontecimientos, del fin de imperio otomano y la abolición del califato (1923), pero también de la retirada franco-británica del teatro de Oriente Próximo luego del desastre del desembarco en Suez en 1956 en respuesta a la nacionalización del canal decretada por Naser. Una división que alcanza su máxima expresión entre los regímenes políticos actuales, con Marruecos y Siria en los dos extremos del abanico, en cuanto concierne a su capacidad de adaptación tanto al reformismo como a las reivindicaciones crecientes del islam político. Los corolarios de ambas situaciones son la guerra civil siria y un primer ministro marroquí surgido del islamismo, pero sin poder efectivo para contrarrestar la hegemonía omnímoda del Majzen, expresión metonímica para nombrar a la élite del consorcio empresarial vinculado con el monarca y comendador de los creyentes.

Todo el capítulo segundo del libro está dedicado a estudiar “la división religiosa” partiendo de la premisa tomada del profesor Said de que el islam “no es una entidad monolítica”, ni “una foto fija”, sino “una fuerza dinámica como cualquier otra”, expresiones sin duda estampadas con ánimo polémico, frente a las simplificaciones que circulan por Occidente. Dedica atención especial a estudiar el origen en el siglo VII y las consecuencias del conflicto dinástico, tras la muerte de Mahoma, del que emergió la divisoria entre sunismo y chiísmo, las dos grandes ramas antagónicas del tronco común del islam que hoy aparecen enzarzadas en una pugna fratricida que llena de cadáveres las ciudades y los campos de Siria.

Después de referirse a fuerza de la tradición y la amalgama o confusión entre el poder político y religioso, concluye Garrido: “Los acontecimientos en Egipto y Túnez que siguieron a la caída de los dictadores y la reorganización política en otros países han puesto en duda que el libro de ruta de las primaveras árabes incluya la secularización del poder político y de las leyes.” Es decir, la reiteración de que el islam seguirá impregnando cualquier evolución política y social de los países árabes. “¿El éxito fundamentalista ciega para siempre el sendero de la modernidad y del Estado laico?”, se pregunta el autor. Su respuesta es negativa, persuadido de que existe y actúa electoralmente “el islamismo político, posibilista, una manifestación del fundamentalismo que ha renunciado al discurso incendiario”, con el que se puede parlamentar.

Pero ¿qué ocurrirá si ese islamismo presuntamente moderado fracasa estrepitosamente, como acaba de acontecer en Egipto? ¿Cómo contrarrestará ese integrismo las presiones de los salafistas que pretenden imponer el rigor de la sharia y restaurar el califato mediante la yihad? Tras la denuncia sin reservas del yihadismo y sus guerreros de la guerra santa, el empeño por mantener el diálogo con el llamado “islamismo moderado” es una constante en el libro y probablemente su tesis más controvertida no sólo entre los occidentales, sino igualmente entre la intelectualidad árabe.

Tras una breve excursión por las distintas visiones occidentales del universo árabe-musulmán, a veces muy polémicas, el libro pasa revista a las revueltas árabes que se iniciaron a finales de 2010 y que acabaron por dar un vuelco a la situación política en el norte de África y el Oriente Próximo, “la tercera oleada de movilizaciones dentro de una secuencia histórica que se inició hace tres décadas”. Como ya indiqué al principio, el análisis se centra más en las causas mediatas e inmediatas y endógenas de las revueltas que en sus acontecimientos, con especial énfasis en las características y la praxis de las tres dictaduras, las de Mubarak, Ben Alí y Gadafi, déspotas a los que describe con la objetividad que cabe esperar de un periodista avezado en los vericuetos del exceso de información.

Son muy de agradecer las conclusiones, a manera de epítome, que el libro incluye como epílogo, entre las que analiza cuidadosamente el factor religioso, el desafío de la democracia (“la democracia que viene”), el Estado y el clientelismo y, por último, el factor palestino como fuente de cohesión y de cólera, de espina clavada en el corazón del mundo árabe, pero aparentemente preterido en el imaginario colectivo por las secuelas inevitables de las revueltas. También la guerra civil y religiosa de Siria contribuye a olvidar tanto a los palestinos como a los lugares sagrados de Jerusalén.

Me complace dar noticia de la llegada a las librerías de La sacudida árabe, de Albert Garrido, un libro enjundioso con las reflexiones de un periodista y universitario español que maneja con soltura las fuentes de la historia inmediata o reciente, que está al tanto no sólo de lo que ocurre, sino de lo que comentan y dicen que ocurre los principales diarios del mundo y los centros académicos. En un libro que tendrá una buena acogida entre los estudiantes, a los que puede servir de acicate, echo de menos los índices onomástico y de las principales materias, tan fáciles confeccionar con el ordenador, así como una bibliografía con los libros y periódicos citados a pie de página.

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