Posteado por: M | 27 julio 2013

Crimen político en Túnez

Después de la toma del poder por los militares en Egipto, el asesinato de uno de los líderes de la oposición liberal y laica en Túnez, Mohamed Brahmi, el 25 de julio, confirma que el proceso presuntamente democrático desencadenado por las revueltas árabes en 2011 se halla en grave peligro de naufragar. El partido en el poder en Túnez, el islamista Ennahda, calificado como “moderado” en los círculos dirigentes de Washington y Bruselas, luego de haber obtenido una mayoría relativa en las primeras elecciones, está demostrando una incompetencia y un sectarismo similares a los de los Hermanos Musulmanes egipcios, agravados por su incapacidad manifiesta para evitar la eliminación violenta de sus adversarios políticos.

Mohamed Brahmi, coordinador del Movimiento Popular, es el segundo opositor relevante asesinado en este año, tiroteado junto a su casa, en presencia de su esposa e hijos. Según una de sus hijas, en declaraciones o los corresponsales extranjeros en la capital tunecina, Brahmi recibió una llamada telefónica, y cuando salió de casa para subir a su automóvil, presumiblemente para responder al requerimiento telefónico, recibió onces disparos en la cabeza, a bocajarro. El asesinato guarda una gran similitud con el de Choukri Belaid, otra destacada figura de la oposición laica, asesinado a tiros el 6 de febrero de este año.

El ministerio del Interior tunecino confirmó que los dos opositores fueron abatidos con la misma arma (una pistola de 9 mm.) y acusó del crimen a Bubaker Hakim, un salafista muy conocido, implicado en el contrabando de armas procedentes de Libia. Los extremistas tunecinos están agrupados en el partido Ansar al Sharia (Los defensores del islam), que hostigan a los políticos secularizados y atacan, a su vez, al gobierno islamista, por su lentitud en las reformas que deben conducir al establecimiento de una República coránica. El mismo grupo que prosigue incansable el reclutamiento de voluntarios para combatir en Siria, una guerra civil en la que los esbirros de Al Qaeda y otros islamistas radicales están muy comprometidos.

El presidente de la República, Moncef Marzuki, miembro de la coalición gubernamental, en una entrevista con el diario francés Le Monde, atribuyó ambos asesinatos a “los que se proponen desestabilizar el país, impedir que la transición concluya con éxito y sembrar la cizaña entre las fuerzas políticas”. El gobierno tunecino y el líder de Ennahda, Rachid Ganuchi, negaron cualquier responsabilidad y siguen empeñados en atribuir la violencia política a los elementos salafistas más radicales, partidarios de la guerra santa con la que pretenden acelerar la reislamización del país, la imposición de la sharia y el restablecimiento del califato, pero se niegan a rectificar su propia pretensión de aprobar una constitución islamista, como hicieron los Hermanos Musulmanes en Egipto, sin fraguar un consenso nacional.

Ante el nuevo crimen y la parálisis parlamentaria, el Frente Popular, dirigido por Hamad Hammadi, que agrupa a los partidos laicos, incluido el de Brahmi, hizo un llamamiento en favor de la desobediencia civil, reclamó la caída del gobierno y exigió la disolución de la Asamblea Nacional constituyente, mientras que el principal sindicato, la Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT), convocó una huelga general. El mismo día del asesinato, varios miles de ciudadanos se concentraron ante el ministerio del Interior para protestar por el clima de violencia política y la inoperancia del gobierno ante los desmanes y las fechorías de los salafistas. Algunos locales del partido Ennahda y varias oficinas del gobierno fueron saqueados en la región de Sidi Buzid, feudo electoral de la víctima.

Con una demora considerable sobre el calendario previsto, la Asamblea Nacional constituyente, elegida en octubre de 2011, en la que los islamistas disponen de una precaria mayoría, sigue sin llegar a un acuerdo sobre la nueva Constitución y sin fijar un calendario para las nuevas elecciones. La oposición laica no considera suficientes algunas concesiones retóricas sobre el papel que debe desempeñar la ley coránica en la legislación y la gobernación del país. Sigue denunciando tanto el proceso de reislamización en marcha cuanto la violencia de los salafistas que sirve de palanca o pretexto para acelerarlo.

Me parece plausible la hipótesis de que el crimen acabará por convertirse en un error fatal de los autores y los cómplices que esperaban obtener beneficios políticos. Como ni siquiera pueden ganar las elecciones, los salafistas y todos los radicales del islam político pretenden amedrentar con el asesinato, la denuncia falsa y el anatema, pero la reacción de la sociedad tunecina permite abrigar algunas esperanzas.

Como ya ocurrió en Egipto, la violencia sectaria por parte de los islamistas está desgarrando el tejido social del país, cavando un abismo entre laicos e integristas y demorando peligrosamente la recuperación económica. Los turistas y los inversores han huido de un país que era muy apreciado por su estabilidad política y su prosperidad relativa, pero que vive bajo el signo de la agitación y la violencia desde la revuelta popular que derrocó a la dictadura y provocó la huida del dictador Ben Alí, refugiado en Arabia Saudí, y su enriquecida familia, en enero de 2011, el primer cambio de régimen pacífico en un país árabe.

El asesinato de Brahmi se produce en un momento de creciente tensión, derivada en parte de lo ocurrido en Egipto, si bien la nueva rebelión (Tamarod) y la intervención del ejército en la batalla política se reputan muy poco probables en Túnez, según todos los indicios. Los militares, por el momento, parece que son muy celosos de su neutralidad política, además de que carecen de la tradición intervencionista de sus compañeros egipcios, que se remonta a 1952. Durante la prolongada presidencia de Habib Burguiba (1957-1987), afrancesado padre de la independencia, los militares tunecinos permanecieron en los cuarteles y prestaron obediencia al poder civil. Por el contrario, el partido islamista gobernante, Ennahda, tiene muchas concomitancias con los Hermanos Musulmanes egipcios y sus franquicias en otros países árabes.

El fracaso del islam político

La situación podría cambiar rápidamente si la Asamblea Nacional no supera el estancamiento y persiste la violencia tolerada por el gobierno islamista. En cualquier caso, el alzamiento de los árabes contra sus dictadores parece haber desembocado en un callejón sin salida. El pesimismo cunde en todos los países afectados. El periódico Le Quotidien d´Oran, en Argelia, se pregunta con ansiedad: “¿Son los islamistas capaces de respetar el juego de la democracia y, sobre todo, el de la alternancia política?” Una vez celebradas las elecciones en todos los países, la antorcha del autoritarismo y la coerción religiosa pasa a manos de los islamistas. ¿Hasta cuándo?

La realidad, como la describe Kadri Gursel en Al-Monitor (Washington), es que el llamado islam moderado ha fracasado estrepitosamente en la dirección de sociedades muy complejas como las de Turquía y Egipto. El escenario se repite ahora en Túnez, el país que fue ejemplo de moderación, tolerancia y progreso. Falla la cultura política. En el universo árabe, las elecciones en el estilo occidental son una ceremonia importada y confusa. Tras el fracaso del nacionalismo laico, progresista y neutralista, protagonizado por los militares y los partidos laicos como el Baas, con Naser como figura relevante, emergió el islam político como solución.

Pese a la autonomía y control de los militares, los Hermanos Musulmanes y sus franquicias en otros países lograron crear unas sociedades paralelas, tolerada por el poder y cohesionada por la religión, que les dieron el triunfo en las elecciones generales que siguieron a las revueltas de 2011. ¿Qué saldrá del fracaso del islam político? ¿Cuál es la solución si los que triunfan en las urnas desprecian la democracia como artimaña de los infieles, la supeditan al poder religioso no elegido e incluso pisotean sus principios o debilitan sus instituciones?

Me abstengo de cualquier pronóstico forzosamente arriesgado, pero cabe pensar que unas próximas elecciones, como exigen las diplomacias europeas y norteamericana, no alterarán la situación, como se comprueba en Irán o en Turquía y sus respectivos  bloques de inercia estructural y electoral dominados por el integrismo islámico y sus caciques rurales. Si la Ilustración precedió en Occidente a las revoluciones democráticas, cabe suponer que el mundo árabe-musulmán requiere un profundo cambio cultural –separación de poderes, libertad de conciencia, separación del Estado y la mezquita– capaz de crear las bases firmes de la delicada experiencia democrática. El proceso será muy largo, enrevesado y con frecuencia decepcionante.

 

 

 

 

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