Posteado por: M | 12 agosto 2013

No es la guerra fría con Putin, sino un enfado de Obama

La animosidad entre el Kremlin y la Casa Blanca es evidente. La antipatía no disimulada entre Barack Obama y Vladimir Putin está creando un ambiente de “guerra fresca” o incomprensión entre las dos grandes potencias, según confirma la cancelación de la cumbre presidencial que debía celebrarse a principios de septiembre en Moscú. Ambos presidentes están sometidos a fuertes presiones internas, pero no cabe duda de que Obama, en su segundo y último mandato, atacado sin piedad por los republicanos, tiene más frentes abiertos en los que la cooperación rusa sería muy de agradecer. Una pasajera irritación de Obama más que un choque estratégico. Las potencias europeas y muy especialmente Alemania pretenden quedar al margen de una refriega que no debería perturbar sus buenas relaciones comerciales con Rusia.

 En un comunicado publicado el 7 de agosto, la Casa Blanca anunció que Obama había decidido cancelar su encuentro con el presidente de Rusia, Vladimir Putin, previsto en Moscú para el 4 de septiembre. No obstante, el jefe del Ejecutivo norteamericano se desplazará a San Petersburgo para asistir a la cumbre del G-20, la organización que acoge a los 20 países con las economías más poderosas, que se celebrará los días 5 y 6 de septiembre, y cuyo principal objetivo es el de adoptar las medidas más convenientes para estimular globalmente el crecimiento.

 El portavoz de la Casa Blanca invocó como causas mediatas de la anulación de la cita “la falta de progresos recientes” sobre las defensas antimisiles y el control de armas, los desencuentros en el comercio bilateral y la situación de los derechos humanos en Rusia, en una alusión indirecta a la aprobación por la Duma de una ley que impide la propaganda de los homosexuales delante de los menores. A estos asuntos hay que añadir, desde luego, las conocidas posiciones antagónicas sobre la guerra civil en Siria. El portavoz admitió, y su declaración fue ratificada por el secretario de Estado, John Kerry, que EE UU no podía ocultar “su decepción” por el asilo otorgado en Rusia a Edgard Snowden, el ex empleado de la CIA que llegó a Moscú procedente de su inicial refugio de Hong Kong tras haber revelado con datos fehacientes el espionaje global practicado por la Agencia Nacional de Seguridad (ANS).

 El consejero presidencial para la política exterior, Yuri Ushakov, se limitó a comunicar a los periodistas que la cancelación de la cumbre anunciada en Washington reflejaba la incapacidad de EE UU para tratar a Rusia como “un igual”, sin inmiscuirse en sus asuntos internos, y añadió que no se tomarían represalias. Los observadores que se ocupan de sondear las arcanas interioridades del Kremlin sospechan que Putin no sólo desconfía de Obama, lo que parece lógico en un ex agente del KGB (el espionaje soviético), sino que piensa que es un presidente débil, obsesionado por el repliegue militar e incluso estratégico, según el pensamiento y las críticas que prevalecen entre los dirigentes del Partido Republicano en el Congreso.

Coincidiendo con la manifestación de esas desavenencias y la cancelación de la cumbre moscovita, el presidente ruso envió un mensaje de simpatía al ex presidente George W. Bush para desear su restablecimiento tras una intervención quirúrgica en el corazón. Los líderes soviéticos y ahora los rusos siempre han pretendido, aunque con escaso éxito, influir sobre la política interior norteamericana.

Dos días después de anular la cumbre, el 9 de agosto, en una aparición televisada en el The Tonight Show, con Jay Leno, Obama admitió que “estaba disgustado” por lo ocurrido con Edward Snowden, y que aunque no existe tratado de extradición entre Rusia y EE UU, esperaba que las autoridades rusas resolvieran de otra manera el conflicto. Y acusó directamente a Putin y la diplomacia rusa de “retornar al pensamiento residual y la mentalidad de la guerra fría”. La acusación puede volverse fácilmente contra Obama, el primer presidente norteamericano que anula una conferencia con su homólogo ruso desde la desintegración de la URSS en 1989, un táctica que también parece una reminiscencia de la época de Kennedy y Jruschov.

Fue Obama, además, el que proclamó a los cuatro vientos, en su primer discurso de toma de posesión, el 20 de enero de 2009, que EE UU hablaría con todo el mundo, “incluso con sus enemigos”. Hay diversos motivos para discrepar de la política autoritaria y nacionalista de Putin, pero ni Rusia es un enemigo de EE UU ni la concesión de asilo para Snowden o la ley sobre la publicidad homosexual parecen asuntos de importancia vital. A Putin y a muchos rusos les resulta intolerable que Obama pretenda inmiscuirse en su legislación interna o trate de imponerles pautas de comportamiento social y cultural. En cuanto a la peripecia de Snowden, lo importante no es que Rusia le conceda asilo, sino sus revelaciones sobre la práctica rutinaria del espionaje norteamericano, incluso contra países aliados.

 La cooperación ruso-norteamericana en algunos asuntos –los desafíos nucleares de Irán y Corea del Norte o el acceso a Afganistán a través del territorio ruso— no ha sido suficiente para evitar la crisis. Putin mantiene la retórica nacionalista y levanta algunos obstáculos cuando la estrategia norteamericana afecta a los intereses de Rusia. Así ocurre, por ejemplo, con la entrega al ejército de Siria de un sistema de defensa aérea bastante sofisticado, que causó un gran revuelo entre los estrategas del Pentágono e influyó decisivamente, aunque no se reconozca oficialmente, en la decisión de Obama de no viajar a Moscú. Dicho sistema podría entorpecer el bombardeo israelí contra las instalaciones nucleares sirias o la creación de una zona de exclusión aérea, como la que se creó en Libia (marzo de 2011) para derrocar a Gadafi.

 El portazo de Jruschov con Eisenhower

 La frustrada cumbre de Moscú es un acontecimiento sin precedentes desde 1960, cuando el líder soviético Nikita Jruschov anuló una cita con el presidente Eisenhower, prevista en París, en protesta por el derribo de un avión espía norteamericano, el U-2, que estaba encargado de fotografiar metódicamente el territorio soviético, en uno de los peores momentos de la guerra fría. El pretexto esgrimido por el jefe del Kremlin fue que Eisenhower se había negado a ofrecer sus excusas por los vuelos de los aviones espía. El anfitrión, el general De Gaulle, trató de mediar y expresó su consternación, pero Jruschov dio el portazo, después de aterrizar en la capital francesa, y persistió en su amenaza de firmar un tratado de paz por separado con la Alemania comunista (RDA)..

 La situación era especialmente tensa en Europa y recuerdo perfectamente cómo el presidente francés, pese a su empeño de aparecer como neutral entre el Kremlin y la Casa Blanca, no tuvo más remedio que reconocer que las divisiones del entonces temible Ejército Rojo en la RDA estaban de París “a una etapa de la vuelta ciclista a Francia”, a menos de 300 kilómetros y con su prestigio intacto. El muro de Berlín se levantaría un año después, en agosto de 1961, cuando la presidencia estadounidense  estaba en manos del demócrata John Kennedy. La crisis estalló con especial virulencia, al borde del abismo nuclear, a propósito del despliegue de misiles soviéticos en Cuba (octubre de 1962).

Las escasas similitudes con la guerra fría surgen de la profunda desconfianza que preside las relaciones ruso-norteamericanas desde que Obama se instaló en la Casa Blanca, en enero de 2009. La falta de química entre ambos presidentes es una reiterada comidilla de los círculos diplomáticos y se escenificó públicamente en junio de este año con ocasión de la cumbre del G-8 en Irlanda del Norte. Las contradicciones son flagrantes, por supuesto, entre el progresismo que se predica desde el púlpito de la Casa Blanca y el conservadurismo restaurador que se respira en el Kremlin, pero no deberían ser un obstáculo insalvable para que prevalezcan los grandes intereses comunes en juego.

El petróleo y el gas sustituyen a los tanques

Durante el mandato presidencial de Dimitri Medvedev (2008-2012), Obama y su secretaria de Estado, Hillary Clinton, propusieron el famoso “reset” (reinicio) de las relaciones entre ambos países, para alcanzar metas ambiciosas de cooperación en todos los ámbitos; pero el retorno de Putin al Kremlin, a partir del 7 de mayo de 2012, provocó un aparatoso retroceso en las relaciones bilaterales. En general, Medvedev resulta más simpático que su patrón y sucesor, y quizá es más acomodaticio, pero una Casa Blanca curada de espanto y pletórica de asesores, incluidos los psicólogos de guardia, debería mostrarse menos impetuosa y superficial al juzgar el comportamiento de sus antagonistas.

Rusia ha perdido gran parte del poder de disuasión e intimidación de que dispuso la URSS, pero la misión histórica de Putin, en la que coinciden la mayoría de los rusos, consiste en restablecer parte del honor y la gloria perdidos. El primer pilar de tan ardua y problemática empresa consiste en no dejarse avasallar por las presiones exteriores, proteger la autonomía interna y mantener la mayor influencia posible en el llamado “extranjero próximo”, es decir, que el poder de la OTAN no llegue al Cáucaso. El petróleo, el gas y otras materias primas han sustituido por fortuna a las divisiones blindadas del Ejército Rojo que montaban la guardia en la Europa oriental.

Si los objetivos, los intereses y las limitaciones geoestratégicas de Putin están bastante claros, no puede decirse lo mismo de los de Obama. Luego de haber desistido de su programa de despliegue de un escudo antimisiles en Polonia y la República Checa, para congraciarse con el Kremlin, Obama reduce drásticamente los gastos del Pentágono y ordena un repliegue global, decisiones que los rusos interpretan lógicamente como muestras inequívocas de indecisión y debilidad. Paralelamente, Putin se irrita cuando tiene la impresión de que Obama lo trata como si Rusia fuera una potencia de tercera fila.

La cancelación de la visita a Moscú no cambiará la percepción de sus interlocutores ahora que los analistas próximos al Partido Republicano zahieren a Obama propalando que se le está poniendo cara de Jimmy Carter, cuya política exterior pacifista merece un suspenso en casi todos los manuales de relaciones internacionales. Las concesiones al enemigo son intolerables para la oposición, de la misma manera que el reciente cierre de las embajadas norteamericanas en el Próximo Oriente, ante una supuesta amenaza de Al Qaeda, se interpretó como la última humillación infligida al orgullo nacional. William Kristol, la figura más relevante entre los comentaristas conservadores, arguye en el Weekly Standard que Obama “ha escogido el declive”, una opción que los republicanos deberían resistir y revertir, a ser posible, en enero de 2017.

La cancelación de la cumbre de Moscú no entraña un retorno a la guerra fría, la contienda que la URSS perdió, sino que muestra simplemente el enfado de Obama y su prurito de ocultar las más notorias incongruencias. La prueba es que el 9 de agosto se reunieron en Washington los secretarios de Estado y Defensa, John Kerry y Check Hagel, respectivamente, con sus homólogos rusos, Serguei Lavrov y Serguei Shoigu, para mitigar los efectos del desencuentro y pasar revista a todos los problemas internacionales, desde el petróleo del mar Caspio, la retirada de Afganistán y la guerra civil en Siria hasta la cambiante situación en el Oriente Próximo con la nueva fase de las revueltas árabes.

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