Posteado por: M | 13 agosto 2013

El peronismo cambia de piel

Dada la naturaleza esencialmente camaleónica del peronismo y más aún del kirchnerismo, me parece prematura la subasta de la piel de la presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, pese a su aparatosa derrota en ese extravagante ejercicio democrático de las elecciones primarias que se celebraron el domingo 11 de agosto. Resulta evidente, sin embargo, que la victoria de los disidentes y opositores, que alcanzaron conjuntamente el 70 % de los votos, inaugura un nuevo escenario político para las elecciones legislativas del próximo 27 de octubre y, sobre todo, para las presidenciales de 2015.

Puesto que el sufragio es obligatorio, más de treinta millones de argentinos acudieron a votar para elegir a sus candidatos en las elecciones legislativas de octubre próximo, en las denominadas Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO). El peronismo se fracturó en la provincia de Buenos Aires, la más populosa del país, y se presentó dividido en dos bloques con aires marciales: El Frente para la Victoria (FPV), que obedece a los designios de la presidenta, y el Frente Renovador (FR), de Sergio Massa, que propone corregir el desastre económico, con la inflación cercana al 30 %,  combatir la corrupción y mejorar la seguridad.

El principal vencedor fue Sergio Massa, un peronista disidente y arropado por numerosos caciques del partido, situado a la derecha de la presidenta, que obtuvo el 35 % de los votos en la provincia de Buenos Aires, donde se concentra casi el 40 por ciento del electorado, lo que significa 5 puntos porcentuales más que el candidato oficialista, Martín Insaurralde, un oscuro funcionario y alcalde del justicialismo. Como Fernández fue reelegida presidenta en 2011 en la primera vuelta, con el 54 % de los sufragios, su respaldo popular ha descendido el 25 % en menos de dos años. El viento plebiscitario de la campaña no sirvió para inflar las velas de la presidenta.

Ese escrutinio, con pretensiones de radiografía del país, demuestra que las dos ramas del justicialismo, pese a la sucesión ininterrumpida de desastres, siguen acumulando el 75 % de los sufragios. Pero el triunfador Massa, alcalde en la periferia bonaerense, dejó bien sentado que sus aspiraciones no se limitan al escaño de diputado, es decir, que rechaza la reforma de la Constitución y aspira a defender los colores justicialistas en las presidenciales de 2015.

Como en tantas ocasiones, la batalla se libra dentro de las filas del peronismo, el movimiento fundado en 1945 por el coronel y luego general Juan Domingo Perón, esencialmente populista y caudillista, que coqueteó con el fascismo, secuestró la vida política de los argentinos durante más de medio siglo y malgastó las enormes riqueza del país. Un reiterado fracaso político, interrumpido por golpes militares, pero que sigue cautivando la imaginación de los argentinos hasta unos niveles patológicos. Por eso los partidarios de Cristina se desgañitan gritando “traición” cuando insultan a los disidentes, mientras la prensa no comprada ni subvencionada, acosada desde siempre por los esposos Kirchner, anuncia una vez más el fin del kirchnerismo.

Desde el tumultuoso regreso de Perón al país, en 1973, y excepto en los años de la tenebrosa dictadura militar (1976-1982), el Partido Justicialista, nombre oficial del peronismo, mantuvo su hegemonía en la vida política mediante la alternancia en el poder de proyectos tan antagónicos como el liberal y derechista de Carlos Saúl Menem y el muy intervencionista e izquierdista de los esposos Kirchner, arruinando o distorsionando un sistema económico que resucita periódicamente de la mano de las exportaciones (cereales o soja), pero que no puede soportar el aumento exponencial del gasto del Estado. El kirchnerismo, entronizado en 2003, se garantizó su permanencia en el poder triplicando los gastos estatales en diez años, aumentando las subvenciones y las prebendas, desde 29 % al 50 % del producto interior bruto (PIB).

Ese transformismo o coalición de los contrarios hinca sus raíces en la historia política de Italia, vigorosamente trasplantada a Buenos Aires, y se resume en una inclinación irrefrenable hacia la mascarada que hace desfilar bajo las mismas banderas al plutócrata más descarado y a los descamisados del subproletariado bonaerense, los llamados piqueteros; a los corruptos caciques sindicales con los nostálgicos de los montoneros (guerrilla de extrema izquierda) y de la lucha armada contra el imperialismo yanqui; a los burócratas del ogro benefactor, en fin, con los pequeños industriales que pugnan por la sustitución de importaciones como clave de un éxito tan efímero como empobrecedor.

La corriente peronista que tomó el poder en 2003, capitaneada por Néstor Kirchner, se dirige rápidamente hacia su ocaso. Los dos grandes diarios de Buenos Aires, La Nación y Clarín, coinciden en festejar el sepelio de las aspiraciones de la presidenta a enmendar la Constitución y postularse para un tercer mandato. Los resultados de las primarias confirman que los sicofantes de la presidenta no tendrán en octubre la mayoría necesaria en el Congreso (dos tercios de los escaños) pera modificar la Constitución y autorizar una tercera reelección. En sus primeras declaraciones, Sergio Massa, precandidato del llamado Frente Renovador, que de la derecha liberal pasó al justicialismo, y por eso los improperios de “traidor” o tránsfuga, situó “en el pasado” a los oficialistas del Frente de la Victoria, los guerreros de la presidenta Cristina.

En cualquier caso, no hay alternativa para el peronismo, ni siquiera cuando se presenta fragmentado. Los opositores son muchos menos que los disidentes, de tal manera que no superan el 25 % de todos los sufragios. “La esperanza de la centro izquierda”, como lucubra Luis Gregorich en el diario La Nación, resulta problemática. Se trata de un conglomerado heteróclito que va desde la extrema izquierda, pasando por la socialdemocracia, hasta la tradicional Unión Cívica Radical (UCR), el que fue gran partido de la clase media antiperonista, actualmente en franco declive, sin ideología clara y sin un líder reconocible. La influencia de la coalición opositora (UNEN) se concentra en la ciudad de Buenos Aires, en la que logró un triunfo precario, pero disminuye a medida que se aleja de la megalópolis.

Recortadas las alas de la presidenta, herida en su orgullo y sus intereses, cabe suponer que no tirará la toalla, sino que acelerará la dinámica del populismo, por onerosa que resulte pare el país, a fin de garantizarse, al menos, un papel que desempeñar en la manipulación de la alternancia del peronismo, la entronización del sucesor. Frente a Massa, que no deja de ser un converso, Cristina Fernández y su corte podrían sacar fuerzas de flaqueza para presentar y consensuar otro candidato. Porque no hay que olvidar que los regímenes caudillistas plantean muy graves problemas a la hora de encontrar un sucesor.

Si con los Kirchner, el justicialismo fue retóricamente de izquierdas, quizá el nuevo caudillo que se espera tenga que inclinarse hacia la derecha para que todo siga igual. El peronismo tiene una capacidad asombrosa para cambiar de época y sucederse a sí mismo. Muda de piel como los lagartos, pero sigue administrando, implacable, la hipoteca sobre todo el país. Parece que los argentinos carecen de fuerzas y, sobre todo, de convicción para redimir tan pesada carga.

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