Posteado por: M | 17 agosto 2013

La primavera árabe deviene un invierno riguroso

Con los centenares de muertos y heridos producidos en El Cairo por la actuación del ejército y la policía contra los militantes y simpatizantes de los Hermanos Musulmanes, la revuelta que derrocó al rais Hosni Mubarak, en febrero de 2011, entra definitivamente en un termidor confuso y sangriento. La violencia de los grupos extremistas, los enfrentamientos sectarios y la amenaza de guerra civil sólo podrán conjurarse provisionalmente si los militares mantienen la unidad en torno al general Abdul Fatah al-Sisi, moderan su furor represivo y procuran el alivio urgente de una situación económica calamitosa. Porque el martirio forzado o buscado de los islamistas tendrá efectos duraderos, dentro y fuera de Egipto, y puede precipitar nuevas confrontaciones en una sociedad fracturada y dislocada.

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Egipto está literalmente partido en dos, dos sociedades que se detestan recíprocamente y se identifican con sendos proyectos políticos antagónicos en torno a un ideal democrático que, según los parámetros occidentales, resulta absolutamente inalcanzable. El islam es refractario a la reforma y mantiene un integrismo sin fisuras cuya politización es cada día más intensa, de manera que los Hermanos Musulmanes encabezan un movimiento antimodernista e integrista, claramente reaccionario, persuadidos de que “el islam es la solución”. Del otro lado de la barricada, los grupos laicos y liberales, los cristianos coptos y la izquierda que fue marxista con Naser pero que actualmente se sitúa en el limbo reclaman libertad, justicia y democracia en el estilo occidental. Y en medio, las Fuerzas Armadas, bien pertrechadas y entrenadas, nacionalistas, que controlan gran parte del aparto económico del Estado, convertidas en una casta relativamente popular cuyo perfil es tan enigmático como el de la esfinge.

Tras la espantosa carnicería de El Cairo el 14 de agosto, los egipcios siguen contando los muertos y esperando nuevos acontecimientos luctuosos.  En el momento en que escribo, el número oficial de muertos del día 14 asciende a 578, 46 de ellos policías, a los que hay que añadir casi otras 200 víctimas mortales caídas durante el llamado “viernes de la ira”, el 16 de agosto, con enfrentamientos en muchas ciudades del país y proliferación de francotiradores. La estadística del horror nos dice que Egipto acaba de vivir la peor catástrofe humana de su historia poscolonial. Y en ese aspecto, como en tantos otros, el futuro inmediato resulta imprevisible.

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Todo el mundo árabe, con la excepción de las monarquías petroleras del golfo Arábigo, se halla sometido a una violencia sin precedentes, una guerra general religiosa, política y estratégica, mediatizada por potencias externas, que poco se asemeja a las revoluciones europeas de 1848, en contra de lo que sugieren algunos analistas occidentales, que afectaron a unos 50 países, alentadas tanto por el nacionalismo como la incipiente lucha de clases. Lo que ocurre entre los árabes tiene más similitudes con las contiendas religiosas y de equilibrio de poder que ensangrentaron durante 30 años el suelo europeo hasta la paz de Westfalia (1648), un desenlace fundado en los diversos pactos que instauraron el nuevo orden de los Estados nacionales.

El panorama árabe-islámico resulta aterrador. La guerra civil en Siria prosigue con su habitual crueldad, con más de 100.000 muertos en poco más de dos años; los enfrentamientos sectarios en Iraq no cesan, diez años después de la invasión anglo-norteamericana; Libia está dividida y en manos de las milicias armadas, muchas de ellas dirigidas por grupos terroristas; la tensión es permanente en Bahrein entre suníes y chiíes; Yemen vive una situación caótica, entre la amenaza de Al Qaeda y la actuación letal y secreta de los drones (los aviones no tripulados de EE UU); el crimen político convulsiona la precaria vida democrática en Túnez, cuyos dirigentes son incapaces de consensuar una Constitución; la violencia criminal y las tensiones étnico-religiosas son moneda corriente en Líbano, donde el grupo chií Hizbolá, armado y subvencionado por Irán, goza de autonomía militar dentro de un Estado cada día más frágil y hasta se permite incursiones en Siria en favor de los gubernamentales.

Ahora se confirma que el choque era inevitable desde que los generales depusieron y detuvieron al presidente Mohamed Morsi, el 3 de julio, y los Hermanos Musulmanes, humillados y galvanizados por el golpe militar, afirmaron que no se retirarían de la calle sino por la fuerza. Lo que no se esperaba es que la confrontación fuera tan cruenta. Las únicas incógnitas son por qué el desalojo de los campamentos fue aplazado hasta el día 14 y luego ejecutado con tanta ferocidad o si es verdad que los islamistas tenían urdido un plan de represalias, como parecen indicar el incendio inmediato de las iglesias coptas, el asalto de las comisarías y los ataques contra los edificios de la administración simultáneamente en varias ciudades.

El ramadán y las presiones externas 

Las presiones externas y el mes sagrado del ramadán probablemente desaconsejaron la intervención en julio, pero en ningún caso sirvieron para serenar los espíritus o aproximar las posturas radicalizadas, como demostró el fracaso de la mediación internacional europea y norteamericana que abogó por la negociación y un retorno a las urnas lo más pronto posible. La enviada especial de la Unión Europea, la británica Catherine Ashton, visitó al presidente Morsi en su lugar de detención, pero se mostró escasamente locuaz.

Tanto el poder militar como los grupos islamistas están en manos de los radicales, de la línea dura, de los que creen que no es posible retroceder un centímetro sin conceder la victoria al adversario. Algunos analistas egipcios e internacionales recurren a la provocación para explicar lo ocurrido, pero no se sabe con exactitud quién provocó a quien después del “golpe de Estado popular”, según la expresión corriente de algunos periódicos egipcios para referirse a la destitución del presidente Morsi, elegido un año antes por sufragio universal, aunque con participación precaria y muy escasa diferencia de votos.

Los agravios y las acusaciones recíprocas se intensificaron a partir del 24 de julio, cuando el general Fatah al-Sisi, viceprimer ministro y ministro de Defensa, ordenó a la policía y el ejército que se prepararan para evacuar, por la fuerza si fuera necesario, los dos campamentos que los islamistas amotinados habían instalado en sendas plazas cairotas. La primera de ellas, la de Rabaa al-Adawiya, la que acogía mayor número de barbudos, se había convertido en un campamento fortificado, con tiendas de campaña de hasta dos pisos, dotadas de electricidad, una farmacia y un sistema de altavoces muy sofisticado y profesional que servía de púlpito para las consignas y las arengas de los jefes de la insurgencia.

Algunos testigos y corresponsales aseguran que había grupos fuertemente armados entre los ocupantes de la plaza, y que éstos fueron los primeros en abrir fuego el día de la matanza, mientras que los Hermanos Musulmanes lo niegan y replican que fueron sorprendidos por la furia de los militares y las fuerzas de seguridad. En cualquier caso, resulta imposible para los periodistas presentes –dos de los cuales pedieron la vida—, con la plaza convertida en un infierno, averiguar si los francotiradores de los tejados o la calle pertenecían a los islamistas o a la policía. El elevado número de muertos entre las fuerzas del orden sugiere que muchos de los que protestaban utilizaron sus armas para defenderse y/o atacar. Luego se produjeron los incendios de las iglesias de los cristianos coptos, el asalto de las comisarías, los discursos de resistencia y las consignas más lunáticas: “Hay que disparar contra cualquiera que lleve uniforme.” El caos se añadió al dolor y el desconcierto por la sangre derramada.

Un diálogo imposible en la lucha por el poder

Los Hermanos Musulmanes acusaron al gobierno de buscar una excusa para borrar a su organización del mapa político, mientras que éste acusó a aquéllos de tratar cínicamente de incitar a la lucha armada para crear nuevos mártires de la causa. La televisión del gobierno, controlada por los militares, empezó a tratar a los amotinados como si obedecieran a un grupo terrorista. Un diálogo imposible entre un ejército golpista y unos islamistas fanatizados y enrabietados por la pérdida del poder.

Las negociaciones directas o por intermediarios sobre el calendario y las garantías de las nuevas elecciones se polarizaron en torno al presidente destituido, Mohamed Morsi, cuyo retorno al poder, como reclamaban los Hermanos Musulmanes, resultó inaceptable para los generales. Egipto es una sociedad dual, fracturada, con unas fuerzas políticas y religiosas que defienden dos modelos de sociedad antagónicos, entre la que resulta muy arduo elaborar un compromiso político. Los militares, por el momento, aparecen alineados con las fuerzas laicas, liberales y los restos de la izquierda marxista que ya plantó cara al régimen de Naser.

El presidente interino, Adli Mansour, al dar cuenta del fracaso negociador, culpó a los Hermanos Musulmanes por su intransigencia. Ante el llamamiento efectuado por el general Fatah al-Sisi, una gigantesca manifestación recorrió las calles de El Cairo y culminó en la plaza Tahrir para reclamar la evacuación de los dos enclaves ocupados por los islamistas (26 de julio). Si creemos algunas encuestas de opinión, divulgadas por la web Al-Monitor (árabe e inglés), sólo el 20 % de los egipcios simpatizaban con las protestas dirigidas por la Hermandad Musulmana y el 63 % de los encuestados era favorable a la dispersión manu militari y la liquidación de los dos motines urbanos. Hay mucha distancia, sin embargo, entre la dispersión de los insurrectos y la carnicería.

No obstante, y al menos por lo que se refiere a la megalópolis cairota, la impresión de los corresponsales es que el respaldo popular de que gozan los militares quizá no sea vea muy afectado por la feroz represión. Los laicos odian a los islamistas y viceversa. El líder de los coptos expresó su respaldo del comportamiento de los militares. La radicalización se divisa a ambos lados de la fosa divisoria, aunque esté llena de cadáveres. Lo más improbable, desde luego, es un proceso de reconciliación en un país dividido por la violencia, el temor del otro y el fanatismo. Las marchas de dolor y de la ira del viernes 16 de agosto cólera sólo sirvieron para aumentar el número de víctimas y preparar el camino para la insurgencia de los grupos más extremistas.

A medida que la represión se hizo más sangrienta, los Hermanos Musulmanes multiplicaron los llamamientos a morir por la causa y los militares bombardearon y hundieron todos los puentes del diálogo. La situación empezó a tener algunas similitudes con la de Argelia en enero de 1992, cuando el ejército y el Frente de Liberación Nacional (FLN) anularon las elecciones en que se preveía un triunfo de los islamistas (Frente Islámico de Salvación, FIS), lanzaron una campaña para “erradicar” a los subversivos y abrieron las compuertas para una crudelísima guerra civil de diez años, con atroces actos terroristas por ambas partes, en la que murieron más de 150.000 personas, según los cálculos más benignos.

Además de las víctimas directas, el desalojo brutal de los amotinados en las dos plazas provocó el desistimiento o la protesta de algunos liberales que acompañaron el golpe militar, pero que no están dispuestos a caucionar un retorno puro y simple de la situación existente antes de la caída del presidente Mubarak, el 11 de febrero de 2011. El vicepresidente interino, Mohamed El Baradei, alto funcionario de la ONU y premio Nobel de la Paz en 2005, presentó la dimisión el mismo día 14 por la tarde, alegando que no podía asumir la responsabilidad de “decisiones con las que no estoy de acuerdo y de las que temo sus consecuencias”.

No obstante, conviene subrayar que ningún otro alto funcionario civil o militar acompañó a El Baradei en su renuncia y que éste fue duramente criticado por los medios de comunicación tanto públicos como privados, la mayoría de ellos favorables al poder pretoriano. Tanto el movimiento Tamarod (rebelión), que inició la agitación popular contra el presidente Morsi, a finales de junio, como los jóvenes del Frente de Salvación Nacional (FSN), la coalición de partidos laicos y liberales a la que pertenece El Baradei, censuraron la dimisión de éste, mientras los intelectuales de la izquierda se solidarizaban con los uniformados.

En general, la naciente clase media urbana, base futura de cualquier experiencia democrática, expresa opiniones muy radicales contra los islamistas. El campo de los laicos e izquierdistas, de los intelectuales occidentalizados, probablemente llegó a la conclusión que sólo el retorno de los militares al poder podría enmendar el desastroso proceso de transición democrática que estaba siendo protagonizado y monopolizado por los Hermanos Musulmanes y sus aliados más radicales desde que Morsi se hizo con el poder en junio de 2012. La reislamización galopante emprendida por el gobierno de los Hermanos Musulmanes les echó en brazos de los centuriones.

Unas relaciones conflictivas y violentas

La radicalización y polarización dejó a los pacifistas y conciliadores fuera de juego, pero el desenlace era fácilmente previsible, habida cuenta de las borrascosas relaciones de los militares con los Hermanos Musulmanes durante los últimos 60 años, desde que los Oficiales Libres, capitaneados por Gamal Abdel Naser, abolieron la monarquía (1952) y sentaron las bases ideológicas y prácticas del despotismo castrense, inspirados en Mustafá Kemal, Ataturk. La Hermandad Musulmana fue proscrita por el régimen militar y su jefe e ideólogo, Sayyid Qutb, teólogo de la guerra santa, acusado de preparar un atentado contra Naser, fue juzgado, condenado a muerte y ejecutado en la horca en agosto de 1966.

Los islamistas infiltrados en el ejército, en señal de protesta por la paz con Israel, asesinaron al presidente Anuar el Sadat en 1981 y los militares replicaron al magnicidio imponiendo el estado de emergencia o excepción que prácticamente se mantuvo durante los 30 años que duró el régimen del presidente Hosni Mubarak (1981-2011), pese a que éste, en sus últimos años, llegó a una especie de pacto de no agresión y acomodo con los Hermanos Musulmanes, lo que explica que éstos se subieran tardíamente al tren de la revuelta en 2011, hasta que los militares anunciaron la sustitución del dictador. Otros grupos islamistas más radicales –los salafistas de la Yihad Islámica, el grupo Al-Nour y el Grupo Islámico o Yama´a Islamiya– recurrieron a los atentados terroristas y “declararon la guerra” al ejército tras la destitución y detención del presidente Morsi.

Definido por un decreto-ley de 1958, el estado de emergencia prohíbe las reuniones políticas sin permiso, autoriza la imposición  del toque de queda y concede poderes exorbitantes a las fuerzas del orden para multiplicar las detenciones. La misma disposición que permitió a los esbirros del régimen de Mubarak mantener en prisión preventiva a 17.000 personas, según los cálculos de Amnistía Internacional, en el momento en que se produjo la revuelta de enero de 2011. El estado de emergencia y el toque de queda fueron anunciados por el presidente interino, Adli Mansour, el civil apadrinado por los centuriones.

Una agrupación esencialmente religiosa

El debate está ahora en la cúpula de los Hermanos Musulmanes. ¿Qué actitud adoptar en la nueva fase de la crisis? Para evitar la confusión y no extrapolar las conclusiones, hay que tener en cuenta que la Hermandad Musulmana no es un partido político en el sentido occidental, con el que cabe una negociación o transacción política, sino que es una Yama´a (en inglés se escribe Gama´a), grupo o agrupación esencialmente religiosa, un instrumento para regular y dirigir la vida de la Umma (comunidad de los creyentes), según la ley coránica. El líder del grupo, Jairat al-Shater, lo deja bien sentado: “El grupo trabaja para restaurar el islam en todos los comportamientos y acciones del pueblo y está persuadido de que la islamización sólo será posible a través de una Yama´a fuerte y cohesionada.”

Si fuera del islam no hay salvación posible, la forzada obediencia y la férrea disciplina impiden la libertad de conciencia y de pensamiento, así en la política como en la vida social y cultural. Por eso la Hermandad Musulmana se vio forzada a crear el Partido de la Justicia y el Desarrollo para participar en el proceso electoral y tratar con los infieles. Pero una vez alcanzado el poder, las líneas maestras de la actuación de ese partido vienen impuestas por la Yama´a. Y cualquiera que se oponga “viola su contrato con Dios”. Así se cierra el cinturón de acero del islam político y se confirma la trivialidad de discutir sobre la supuesta moderación de los islamistas y la compatibilidad de su ideología con la democracia.

No sabemos aún si la Hermandad Musulmana decidirá en los próximos días seguir con el compromiso político, presionando a favor de las elecciones, aunque bajo la tutela castrense, o se decidirá por la yihad, la guerra santa en su versión de guerrilla urbana o atentados terroristas, como en Iraq. Su líder Qutb se decidió por el combate radical y pereció en el intento, pero sus sucesores llegaron a un pacto con el diablo (Mubarak) que les permitió avanzar en su proyecto de reislamización de la sociedad a través de la beneficencia. Mientras prosigue la agitación, los fieles se cohesionan con la leyenda de que Morsi fue destituido como parte de una conspiración contra el islam en la que están implicados no sólo los militares, sino también los egipcios secularizados y las grandes potencias occidentales.

Igualmente ignoramos los proyectos políticos de los militares, si es que los tienen. Los que detentan el poder junto al general Fatah al-Sisi, de 58 años, que estudió en Gran Bretaña y EE UU, son más jóvenes que la vieja guardia que rodeó a Mubarak, están empujados por el nacionalismo y sospechan que un nuevo triunfo de los Hermanos Musulmanes en las urnas, con el respaldo occidental, les conduciría al retiro, el ostracismo o la cárcel. Ya se miran en el espejo de sus colegas turcos, juzgados y condenados a muchos años de prisión por un complot en el que nadie cree, bajo el impulso del primer ministro Recep Tayyik Erdogan, el islamista que puede servir de modelo a los que opten por el camino menos abrupto y quizá más prometedor de una reislamización sin pausa pero menos apremiante.

Despiste o hipocresía de los occidentales

Luego de aprobar tácitamente el golpe de Estado del 3 de julio, las potencias occidentales abandonaron por unos momentos la ambigüedad para expresar su horror ante la carnicería de El Cairo, mientras los progresistas de todos los países se rasgaban las vestiduras y ponían el grito en el cielo. Los más comprometidos y osados exigieron desde las páginas del diario inglés The Guardian que los militares egipcios fueran conducidos ante el Tribunal Penal Internacional (TPI). Pero en otro periódico de parecida tendencia, el francés Le Monde, la periodista Hélène Sallon, reconoció que “una gran parte de la opinión egipcia estaba efectivamente en favor del desmantelamiento de los dos campamentos”. La paradoja era llamativa: los progresistas egipcios, que sin duda conocen el terreno, aplaudían el golpe de los militares.

Pocas horas después de que el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, proclamaran sin pestañear que los militares egipcios estaban “restoring democracy” (restableciendo la democracia), sobrevinieron la tragedia y el desconcierto. Tildado de “cómplice” por un airado y desconsolado editorial del New York Times, Obama interrumpió sus vacaciones para condenar la masacre y cancelar las maniobras conjuntas con el ejército egipcio, pero nada dijo de suspender la entrega de los 1.300 millones de dólares anuales de ayuda militar de EE UU que le exigía su periódico de cabecera, según lo establecido por la legislación estadounidense cuando los gobiernos perpetran graves violaciones de los derechos humanos.

Aún no hay respuesta para una de las preguntas más relevantes: ¿Cuáles son las verdaderas relaciones del Pentágono con los militares egipcios? Las ayudas norteamericanas, la entrega de armas y los intercambios han sido constantes desde que Egipto selló la paz con Israel, tras la mediación de Henry Kissinger. El tratado de paz egipcio-israelí fue firmado en Washington el 26 de marzo de 1979, por el presidente Sadat y el primer ministro Menahem Beguin, bajo los auspicios del presidente Jimmy Carter tras los acuerdos alcanzados en Camp David el año antes.

Las potencias europeas, con Gran Bretaña y Francia a la cabeza, llamaron a capítulo a los embajadores egipcios para condenar la violencia, pero nada dijeron de la ayuda que anualmente entregan a Egipto. A pesar del sangriento fracaso, siguen confiando contra todas las evidencias en que un proceso democrático, con elecciones libres y competitivas, puede restablecer la moderación y la coexistencia. El líder que lo tuvo más claro fue el ya citado Erdogan, primer ministro turco, el aliado ideológico del depuesto Morsi, que hizo un llamamiento para una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU, propuesta que suscitó escasas adhesiones.

Frente a las vacilaciones de Obama el presidente Vladimir Putin no se anduvo con rodeos al manifestar su apoyo a los militares egipcios. Los problemas rusos en Chechenia, el Cáucaso o las repúblicas asiáticas ex soviéticas tienen mucho que ver con el islamismo más extremista. También recuerdan los rusos que Naser se volvió hacia ellos, en una arriesgada maniobra estratégica, cuando el presidente Eisenhower, en una de sus más discutibles decisiones, le negó los créditos que solicitaba para construir la faraónica presa de Asuán.

Quizá lo más sorprendente de las reacciones internacionales fue que Arabia Saudí, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos se apresuraron a aprobar el golpe militar del 3 de julio e inyectaron 12.000 millones de dólares en las exhaustas arcas del Tesoro egipcio. Las monarquías petroleras, según todos los indicios, y pese a las coincidencias ideológicas con los Hermanos Musulmanes, se revuelven instintivamente contra cualquier agitación callejera y no están realmente interesadas en que los procedimientos democráticos tengan éxito en el país más poblado del mundo árabe. Pese a lo que diga el primer ministro turco, la democracia y el universo islámico mantienen unas relaciones problemáticas y con frecuencia conflictivas.

Después de que las rituales manifestaciones de protesta por la represión militar recorrieron las calles de la mayoría de las capitales del Oriente Próximo, el rey Abdalá de Arabia Saudí expresó su respaldo a los dirigentes egipcios en nombre de “la lucha contra el terrorismo”. Tanto Bahréin, en situación precaria, como los Emirato Árabes Unidos se expresaron en parecidos términos y fustigaron “la insistencia de los grupos políticos extremistas en mantener un discurso con reiterados llamamientos a la violencia, lo que condujo a los deplorables acontecimientos” (los del miércoles 14).

La utopía expandida por Occidente tras la caída de Mubarak de un Egipto plural y tolerante, en marcha hacia la consolidación de un régimen democrático, no ha resistido un año de gobierno islamista sectario, de crisis económica galopante, hasta desembocar en la destitución del presidente Morsi, la represión sangrienta de los amotinados y el estado de emergencia bajo la férula militar. El edificio dizque democrático surgido de las revueltas contra el despotismo está en ruinas y sobre ese panorama desolado se amontonan los cadáveres y las incertidumbres. La primavera árabe se precipita hacia un invierno riguroso.

No hay fuerzas sociales y políticas capaces de mantener un régimen democrático, y no es previsible que emerjan en un futuro inmediato. Las potencias occidentales se ven obligadas por la corrección política y también por la hipocresía que todo lo invade a pedir tolerancia, abogar por elecciones como panacea y exigir el respeto de los derechos humanos, en Egipto y otros países bajos los flagelos de la miseria, la explosión demográfica, el analfabetismo y los gastos militares incontrolados. Sería mejor, sin duda, que se empeñaran en un ambicioso proyecto de reformas, económicas y políticas, de largo alcance (un Plan Marshall del espíritu y del petróleo) para crear esa sociedad civil en que debe fundarse la democracia para ser algo más que una ceremonia colorista. Y todo parece indicar que el ejército resultará imprescindible para una operación tan delicada como prometedora.

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