Posteado por: M | 28 agosto 2013

El juicio de Bo Xilai y las tensiones en el PCCh

La transparencia informativa es el enemigo público número uno de los regímenes dictatoriales y oligárquicos, de las tiranías ideológicas, como acaba de comprobarse en China con motivo del juicio del dirigente Bo Xilai, acusado de corrupción, abuso de poder y aceptación de sobornos cuando era el máximo responsable del Partido Comunista (PCCh) en la ciudad de Chongqing. La aparente apertura del régimen, aceptando a periodistas occidentales y ofreciendo información del juicio a través de un blog de internet, ha suscitado innumerables conjeturas sobre los cabildeos y las pugnas intestinas en la dirección comunista. La vista de la causa, ante el tribunal popular de Jinan, en la provincia de Shandong, se desarrolló del 22 al 26 de agosto.

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Bo Xilai ante el tribunal

El de Bo Xilai es el juicio político más espectacular desde el que se celebró contra la famosa Banda de los Cuatro, el grupo ultraizquierdista formado por la última esposa de Mao Zedong y tres de sus colaboradores, en 1980-1981, tachados de “contrarrevolucionarios” y acusados de todos los errores de la tumultuosa y caótica revolución cultural (1966-1976), que fueron sometidos a una violenta campaña de denigración inmediatamente después del golpe de Estado cívico-militar que les arrebató el poder, tras la muerte del Gran Timonel (octubre de 1976), y condenados a cadena perpetua y duras penas de cárcel. Los cuatro están muertos y la esposa de Mao, la estrella apagada Jiang Qing, se suicidó en prisión en 1991.

El juicio de la Banda de los Cuatro fue televisado, cosa que no ha ocurrido con el de Bo Xilai, convertido éste finalmente en un espectáculo de intriga, asesinato, adulterio y lucha por el poder con detalles morbosos, conocido por el gran público a través de un microblog y de los relatos tendenciosos de la TV y la prensa oficiales. No obstante, el volumen de información resulta tan abultado como sorpresivo, más que suficiente para despertar la curiosidad de indagar sobre los objetivos del régimen, habida cuenta de la aversión tradicional y casi instintiva de la dirección del PCCh hacia la glasnot (transparencia en ruso), a la que responsabilizan tanto del fracaso de Mijail Gorbachov como de la desintegración de la URSS.

En un sistema tan hermético y represivo como el chino, la apertura siempre es relativa y cuidadosamente sopesada, de manera que el alegato pronunciado por Bo en su primera comparecencia ante el tribunal fue expurgado de sus aspectos más polémicos para su inserción en internet. La censura suprimió las revelaciones del acusado sobre el dilema que le habían planteado dos altos funcionarios del partido, pertenecientes al comité de investigación que instruyó el expediente: cooperar con el tribunal e implorar su clemencia, reconociendo los delitos de que estaba acusado, o atenerse a las consecuencias de la degradación y una dura condena.

La amenaza fue acompañada con el recordatorio de lo que sucedió con otros dos dirigentes del partido juzgados igualmente por delitos de corrupción. Uno de ellos, vicegobernador de la provincia de Anhui, no se amilanó ante las presiones, se revolvió contra los que lo juzgaban y fue condenado a muerte y finalmente ejecutado en 2004. El otro se mostró más complaciente y pudo salvar la vida después de que la pena capital fuera sustituida por la de cadena perpetua. Ambos estaban acusados de delitos similares de soborno y robo, víctimas propiciatorias de la necesidad del partido de airear pública y periódicamente su lucha contra la corrupción.

Bo Xilai, de 64 años, líder populista, integrante de la aristocracia del partido, presunto cabecilla de la facción  maoísta (izquierdista), volvió a demostrar su carácter combativo al rechazar el chantaje y negar todos los cargos, pese a que los medios oficiales insistían en presentarlo como el arquetipo del funcionario corrompido por el poder y el dinero. El actual presidente, Xi Jinping, elegido en el 18 congreso del PCCh (noviembre de 2012), ha colocado su mandato bajo el signo del combate contra los corruptos en todos los escalones de la mastodóntica administración comunista.

Bo Xilai recusó tanto las acusaciones de su mujer, la abogada Gu Kailai, que cumple una condena de cadena perpetua, como de su lugarteniente Wang Lijun, jefe de la policía de Chongqing, que al refugiarse durante 48 horas en el consulado norteamericano de la ciudad, en febrero de 2012, destapó la trama de corrupción y precipitó la caída en desgracia de su jefe. En agosto de 2012, la esposa de Bo fue juzgada y declarada culpable del asesinato del empresario británico Neil Heywood, al que envenenó con cianuro, tras una serie de disputas económicas que aún no han sido bien explicadas. Beijing, Londres y Washington mantienen un impenetrable silencio sobre un asunto tan tenebroso.

Otra de las características significativas del juicio radica en que Bo ha dispuesto de más tiempo del habitual para presentar su alegato ante el tribunal popular, negar con vehemencia que hubiera recibido sobornos por valor de 3,5 millones de dólares y atacar a sus acusadores, su esposa y su lugarteniente, de los que dijo que mantenían un idilio secreto,  “una relación extremadamente apasionada que me ponía enfermo”, y añadió: “Hirió a mi familia, hirió mis sentimientos más íntimos, y ese es el verdadero motivo de su traición”.

La revelación más explosiva sobre las turbias relaciones entre los capitanes de empresa y los funcionarios comunistas, origen y causa de la corrupción endémica, la explicó ante el tribunal la esposa de Bo Xilai y concierne al empresario Xu Ming, que amasó una inmensa fortuna en la ciudad de Dalian e hizo importantes regalos a la familia (decenas de miles de dólares), desde un chalet en Cannes a billetes de avión y vacaciones en África. No obstante, el acusado negó que estuviera al tanto de los devaneos y negocios de su mujer, a la que tildó de “loca” y adúltera, aunque el delito de abuso de poder que se le imputa es por haber tratado de valerse de su cargo para encubrir el asesinato del empresario británico Heywood.

Un enredo inextricable

 El enredo laberíntico, tan inextricable como turbio, refleja la tremenda complejidad de las relaciones sociales en un momento de desarrollo económico desenfrenado, opulencias fáciles, oportunismo político frenético y corrupción sin límites. También permite suponer que la batalla en la dirección del PCCh, entre los neomaoístas, la sedicente nueva izquierda, y los pragmáticos, no ha concluido. Esas tensiones internas constituyen una explicación plausible del espectáculo judicial y del interés de los funcionarios que tratan con los periodistas occidentales por subrayar el respeto escrupuloso de las normas procesales.

John Garnaut, de la revista norteamericana Foreign Policy, sugiere de manera esquemática que la pugna ideológica se dirime entre la derecha, que propone la liberalización de la economía, un poder político menos intervencionista y el respeto de los valores universales (derechos humanos), y la izquierda que se aferra a los llamados ideales comunistas. Más o menos partido, más o menos comunismo. La publicidad del juicio se explica, en todo caso, por la categoría del acusado, que no sólo pertenece a la aristocracia del régimen sino que es también el jefe más notorio de la facción izquierdista del PCCh, la que guarda en la memoria, actualizados, todos los lemas y esperanzas de la revolución que no pudo ser.

El presidente Xi Jinping, además de presentarse como adalid de la lucha contra la corrupción, no puede olvidar sus vínculos familiares e ideológicos con los reformistas de los años 80 del pasado siglo, los más identificados con el movimiento estudiantil prodemocrático que fue aplastado sin piedad por los tanques en la plaza de Tiananmen de Beijing, en junio de 1989.

No debería descartarse, sin embargo, la hipótesis de una representación cuidadosa y de un juicio totalmente amañado, si son ciertos los rumores de que Bo escribió una carta al politburó, máximo órgano de dirección del PCCh, en la que supuestamente reconoció los delitos que se le imputan y lamentó el daño causado a la imagen del partido. La recompensa por esa confesión quedaría plasmada en la sentencia y, en su caso, en el cumplimiento de la pena o el perdón legal.

Tanto la sentencia del juicio contra Bo, que se espera en septiembre, como el pleno del comité central del PCCh, que se celebrará en octubre, nos ayudarán a tener una opinión más ponderada, sin duda menos vacilante y problemática, sobre las tensiones internas, la voluntad de combatir la corrupción y, sobre todo, la solidez y los objetivos de la nueva dirección encabezada por el presidente y secretario general Xi Jinping.

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