Posteado por: M | 31 agosto 2013

Un voto de los Comunes derrumba la “relación especial” con EE UU

Varios periódicos norteamericanos y británicos han derramado lágrimas de tinta por la llamada “relación especial” entre EE UU y Gran Bretaña, claramente puesta en entredicho –los más pesimistas la dan por finiquitada– por el voto de la Cámara de los Comunes el 29 de agosto contra la participación de los británicos en la intervención militar que se prepara contra Siria. Fracaso humillante y sin precedentes del primer ministro conservador, David Cameron, que había hecho gala en los días previos de un espíritu tartarinesco sin fronteras, y fiasco también para Barack Obama, que tropezó con un obstáculo inesperado en una empresa organizada para salvar su reputación y credibilidad como comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo.

La votación en la Cámara de los Comunes resultó contundente: 285 votos en contra de la intervención por 272 a favor, con 95 abstenciones. De los votos negativos, 30 procedían de las filas del Partido Conservador, que gobierna en coalición con el Partido Liberal desde las elecciones de mayo de 2010, en las que se esfumó la tradición británica de bipartidismo férreo y mayoría absoluta alternativa de conservadores o laboristas. Cameron no tuvo más remedio que encajar la derrota: “Me parece claro que el parlamento británico, reflejando los puntos de vista del pueblo británico, no desea una acción militar británica.” Obama no podrá contar con el aliado tradicional.

“El voto de la vergüenza” es el título del editorial del prestigioso semanario The Economist, muy duro con el populismo de sus señorías, más preocupadas por las encuestas que por los intereses a largo plazo del país, y que no duda en describir como “una catástrofe” el resultado del escrutinio en la Cámara de los Comunes. Y concluye: “El fracaso de Gran Bretaña para estar junto a sus aliados y hacer frente a la tiranía ha supuesto una humillación a los ojos del mundo.”  

Una historia ilustre y belicosa

La relación especial entre EE UU y Gran Bretaña tiene una historia tan ilustre y emocionante como belicosa. Fraguada en la Gran Guerra (1914-1918), se consagró por la llamada Carta del Atlántico (1941), firmada por el presidente Franklin D. Roosevelt y el primer ministro Winston Churchill, en la que ambos líderes expusieron los objetivos de la guerra y de la paz. No obstante, el bautista de la “relación especial” fue Churchill, en un discurso de 1946, cuando estaba en la oposición. Las ideas subyacentes eran las de un internacionalismo de “los pueblos de habla inglesa” que fundaba en la cooperación entre Londres y Washington la defensa de la seguridad internacional y, por ende, del sistema liberal-capitalista.

Durante los últimos 60 años, la relación especial conoció diversos altibajos derivados de la situación internacional y de la química personal entre los inquilinos de la Casa Blanca y el 10 de Downing Street. El quebranto más ruidoso se produjo en noviembre de 1956, cuando el presidente Eisenhower condenó sin ambages la operación militar franco-británica-israelí contra Naser y precipitó el canto de cisne del imperialismo británico y su retirada al este de Suez. La luna de miel tuvo por protagonistas maduros a Ronald Reagan y Margaret Thatcher, que se unieron con el papa Juan Pablo II para auspiciar el terremoto político y estratégico que acabó con el comunismo soviético y con la división de Europa.

La relación especial volvió a vigorizarse con motivo de la invasión de Iraq en 2003, cuando el presidente George W. Bush y el primer ministro Tony Blair formaron una coalición internacional que recibió el apoyo de José María Aznar y otros líderes europeos, pero que suscitó el rechazo de Francia, Alemania y de toda la opinión socialdemócrata y progresista en Europa por actuar al margen de la ONU. Las armas de destrucción masiva que se atribuyeron a Sadam Husein, como pretexto para la operación militar, nunca aparecieron, lo que unido a la desastrosa gestión de la posguerra universalizó la condena de la intervención y, sobre todo, de sus catastróficas secuelas. Más de 600 soldados británicos murieron en  Iraq y Afganistán.

Las armas de destrucción masiva en poder de Sadam Husein, sobre las que el secretario de Estado de entonces, Colin  Powell, dijo tener pruebas incuestionables, no fueron encontradas nunca, desde luego; pero no es menos cierto que el dictador iraquí había utilizado los gases tóxicos para atacar a sus enemigos, primero a los iraníes en la guerra y luego a los kurdos en  la localidad kurdo-iraquí de Halabja, causando la muerte de no menos de 5.000 civiles, en marzo de 1988.

La relación especial entre Washington y Londres resultó ser un grave impedimento para todos los intentos de crear una política exterior y de defensa común europea digna de ese nombre. Como le restregó Churchill a De Gaulle, ante el dilema entre Europa y EE UU, Gran Bretaña siempre optaría por los norteamericanos. Con la impopular guerra de Iraq, la estrecha relación volvió a resquebrajarse, al menos en la opinión pública, hasta el punto de que Tony Blair fue zaherido como “el caniche de Bush”, aunque nunca fue repudiado por parte de sus correligionarios laboristas, ni sufrió en los Comunes la derrota que acaba de bajar los humos a Cameron.

Siempre pesará sobre el primer ministro británico la responsabilidad de no haber sabido prevenir el derrumbe de los pilares de la relación especial, un retroceso de la hermandad anglosajona que sin duda será perjudicial para la posición de Gran Bretaña entre las fuerzas estratégicas en el mundo. La sensibilidad política de Obama y sus claras opciones estratégicas, con la cuenca del Pacífico como eje de toda su política exterior, han ejercido también su influencia sobre los diputados británicos que se pronunciaron inequívocamente contra la nueva expedición militar de castigo desde el Mediterráneo oriental.

El líder del Partido Laborista, Ed Miliband, la única figura política que salió reforzada por el voto de los Comunes, dejó bien sentado que su objetivo pasa por la revisión de la relación especial, “según el interés nacional y los intereses globales de Gran Bretaña” en cada caso, de manera que la coincidencia estratégica con EE UU dejaré de ser una reacción automática. “La relación especial –sentenció Miliband– no puede consistir simplemente en hacer lo que un presidente estadounidense quiera hacer.” Después de estas declaraciones, las excelentes relaciones del laborismo con el Partido Demócrata norteamericano están también en vías de revisión.

Sospecho que el deterioro de la relación especial era inevitable porque corre en paralelo con la evolución de una sociedad en profunda mutación, seducida, como la alemana y otras europeas, por el pacifismo, el antibelicismo y la prioridad de la lucha contra la crisis económica. El voto de los Comunes es como un verdadero ejercicio de introspección nacional sobre el papel que Gran  Bretaña debe desempeñar en el mundo. Un mundo sin duda en transición hacia nuevas alianzas y equilibrios geoestratégicos. Todo esto quiere decir que en la época de la globalización los llamados valores transatlánticos atraviesan por una crisis inexorable.

Un cambio radical de alianzas 

No resulta evidente, sin embargo, que este súbito aislacionismo británico vaya tener algún efecto benéfico en las relaciones con la Unión Europa (UE). Los tories no sólo están lejos de Obama y su ardor guerrero, sino aún más lejos de Europa, de cualquier intento de tender puentes sobre el canal de la Mancha para convertir la empresa europea en algo más que el gestor de los asuntos corrientes de una zona de librecambio. Ni ejército europeo, ni política exterior común, ni abandono de la esterlina por el euro, ni unión bancaria, ni una sola transferencia más al ogro burocrático de Bruselas contra el que los periódicos londinenses destilan su inquina ritualmente y casi a diario.

Teniendo en cuenta la decisión del presidente de Francia, François Hollande, de alinearse sin restricciones con EE UU en la operación contra la dictadura siria, no cabe duda de que estamos ante un renversement des alliances (cambio radical de alianzas). En 2003, cuando la invasión de Iraq, la Francia políticamente conservadora del presidente Jacques Chirac, bien acompañada por toda la izquierda, alimentó el antiamericanismo primario y asumió el papel de principal portavoz dentro y fuera de la ONU contra la estrategia del presidente Bush. El ministro de Asuntos Exteriores francés de la época, Dominique de Villepin, tan ilustrado como egocéntrico, se convirtió en el azote de la diplomacia de Washington.

Del antagonismo en nombre de la legalidad internacional Francia pasa a un intervencionismo altivo que no sólo menosprecia la Carta de la ONU, sino que repudia todos los precedentes neutralistas del general De Gaulle y el presidente Mitterrand, por más que sea cierto que en Siria “se ha traspasado una frontera del horror”. Hollande pretende reverdecer los galones conquistados en la campaña de Malí, en enero último, cuando actuó como gendarme en África, arquitecto de una nueva grandeur, en aplicación de un supuesto “colonialismo democrático” para impedir el nacimiento de un enclave del terrorismo islamita a las puertas de Europa.

Hollande demostró una determinación bélica inesperada en un socialdemócrata y reafirmó su voluntad de proteger la potencia de Francia en el extranjero próximo, siguiendo los pasos de su predecesor intervencionista, Nicolas Sarkozy, en Costa de Marfil y Libia. “El imperialismo francés está de vuelta porque EE UU no tiene ya los medios necesarios para aparecer en todos los frentes”, escribió un analista ruso en el muy oficial Fondo de la Cultura Estratégica de Moscú. De nuevo, en Siria, Hollande aparece como el aliado indispensable de Obama y Francia entera espera obtener buenos retornos de esta exhibición militar.

Quizá los reflejos coloniales tienen más importancia de la que pudiera pensarse en este cambio de alianzas a ambos lados del Atlántico. Siria y el Líbano estuvieron bajo protectorado francés tras la liquidación del Imperio otomano en 1919, mientras que Iraq, Jordania y Palestina cayeron en la esfera de influencia de Gran Bretaña. Pero como el gran público adolece de falta de reflejos, las encuestas aseguran que el 64 % de los franceses está en contra de una intervención militar contra Siria. No hay señales, sin embargo, de que Hollande vaya a cambiar de opinión ante la falta de respaldo popular.

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