Posteado por: M | 11 septiembre 2013

La iniciativa de Putin y la marcha atrás de Obama en Siria

Después del maratón diplomático que comenzó en San Petersburgo el 5 de septiembre y concluyó provisionalmente con el discurso de Obama a la nación, en la noche del 10 de septiembre, desde la ventana reabierta al diálogo y el compromiso se observan muy negros nubarrones y un panorama devastado en Siria. La iniciativa de Putin para destruir el arsenal de armas químicas ha salvado a Obama de sus escrúpulos y cavilaciones, así como de las iras de una opinión pública aislacionista, según todas las encuestas, y de una probable y humillante derrota a manos de un Congreso muy dividido. Tras la tregua decretada por la Casa Blanca, la diplomacia tiene ante sí el arduo dilema de encontrar una salida para Asad, combatir a Al Qaeda y mantener el Estado y el ejército sirios para que no se repita la catástrofe de Iraq. Para ello habrá que incluir en la transacción a los dos antagonistas de la implacable guerra religiosa y estratégica: Arabia Saudí e Irán.

Mientras proseguía la carnicería en Siria, paralizado el Consejo de Seguridad de la ONU por el famoso derecho de veto, y cuando la comunidad internacional está profundamente dividida y escéptica, como se puso de manifiesto en la reunión del G-20 en San Petersburgo, “la potencia indispensable” (Clinton dixit), la única superpotencia que es EE UU quedó sumida en la confusión y la incertidumbre que nacen de un débil liderazgo, de un presidente que, en vez de tomar decisiones como jefe del Ejecutivo y comandante en jefe, prefiere esconderse detrás del Congreso y pedir autorización para un ataque militar limitado en el tiempo y a distancia, sin soldados sobre el terreno. La intervención de Rusia con un plan de desarme químico enredó aún más la crisis regional y global de la guerra de Siria.

Con la diplomacia de EE UU muy poco acompañada en un asunto tan crucial, un aparente desliz del secretario de Estado, John Kerry, durante una conferencia de prensa en Londres, dio pie para que Rusia y su cliente sirio lanzaran una propuesta concerniente a las armas químicas que dio un vuelco a la situación, cogió con el paso cambiado a Obama, abrió una inesperada vía de diálogo y forzó el aplazamiento de la votación en el Senado para autorizar la intervención militar que se suponía inminente. Al dubitativo presidente norteamericano se le abría un resquicio para salvar la cara, aplazar el ataque y atender las reticencias de la opinión pública.

Más que nunca desde Jimmy Carter, la presidencia que se reputa imperial está de capa caída, de pólvora mojada, en franco repliegue, sometida a los vaivenes de las encuestas y la reluctancia de los aliados. Como señaló el New York Times, tan sensible a los intereses de la Casa Blanca, el plan ruso ofrecía al presidente “una estrategia de salida para un ataque militar que se había mostrado reticente a ordenar”. Los adeptos de las teorías conspirativas tienen motivos para suponer que Putin y Obama, por encima de sus ruidosas discrepancias, había explorado los abruptos senderos de una solución diplomática. Los más desconfiados, sin embargo, advirtieron de los riesgos de una maniobra dilatoria de diversión maquinada entre el Kremlin y Damasco.

Teniendo en cuenta la rápida respuesta rusa ante la puerta entreabierta por Kerry, existen sospechas fundadas, desde luego, de que Rusia y Siria estaban preparando algún plan sobre las armas químicas para impedir o demorar el ataque norteamericano que la propaganda venía calificando de inminente, pero que había sufrido varios aplazamientos. En todo caso, el ministro sirio de Exteriores, Walid al-Moallem, de visita en Moscú, reconoció expresamente lo que el régimen siempre ocultó: la posesión de un importante arsenal de armas químicas.

En un día electrizante para los medios de comunicación, las noticias y sus ecos se sucedieron el 9 de septiembre, en Londres, Moscú y Washington, mientras Obama se lanzaba a un frenético ejercicio mediático para convencer al Congreso y la opinión pública de lo bien fundado de su actuación y la prudencia de sus titubeos, concediendo nada menos que seis entrevistas a otras tantas cadenas de televisión. Lo nunca visto desde la campaña electoral que le aupó a la presidencia en 2008, quizá porque las encuestas arrojaban unos resultados inquietantes: dos tercios de los norteamericanos se oponen a la operación militar contra Siria.

Apenas 24 horas después, el 10 de septiembre por la noche, desbordado por la iniciativa de Putin y el tumulto interno contra la intervención en Siria, Obama se dirigió solemnemente a la nación, desde un salón de la Casa Blanca (no desde el Despacho Oval), para confirmar que había aceptado el plan de Rusia para dar una nueva oportunidad a la diplomacia. Al tener que cambiar radicalmente el discurso, el presidente estuvo poco inspirado, pidió al Congreso que aplace la votación y reiteró el tópico de que “nuestros ideales y nuestros principios están en juego”. Defendiendo el deber moral de responder al empleo de armas químicas, la única novedad es que reemplazó “la nación indispensable” de Clinton por la metáfora de EE UU como “el ancla de la seguridad global”.

El viraje comenzó en Londres

El viraje espectacular se inició en Londres, cuando un periodista preguntó si existía alguna posibilidad de detener el ataque contra Siria, y Kerry respondió: “[Asad] podría entregar todas y cada una de sus armas químicas a la comunidad internacional la semana próxima, entregarlas todas y sin retraso (…), pero no lo va a hacer y además no se puede hacer.” Con su torpe o calculada retórica, el secretario de Estado añadió nuevos motivos para el embrollo y el ludibrio al precisar que el ataque, en todo caso, sería “increíblemente pequeño”. Al otro lado del Atlántico, el senador republicano John McCain replicó con un sarcasmo: “Lo increíblemente pequeño equivale a increíblemente ineficaz”.

El desliz, la confusión y las dudas sobre las verdaderas intenciones dentro de la Administración de Obama sirvieron al ministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguei Lavrov, para lanzar el guante de una osada propuesta: Rusia estaba dispuesta a presionar a Siria para que aceptase la idea de poner su arsenal químico en manos de la comunidad internacional, a fin de proceder a su destrucción controlada. Su homólogo sirio, que estaba en Moscú y sin duda había sido informado con antelación, inmediatamente asumió la propuesta. El secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon a la destrucción del arsenal bajo la égida de la organización.

Obama, en su entrevista con la cadena CNN, se mostró cauteloso pero también aliviado sobre el envite ruso: “Es posible si es real (…) Un hecho potencialmente positivo.” Pero añadió que había que permanecer vigilantes para contrarrestar “cualquier táctica dilatoria”, la trampa rusa que denuncian los exaltados. Los preparativos aeronavales se mantienen en el Mediterráneo oriental, pero la tensión cede por momentos. La demora de la operación militar podría también insuflar nuevos ánimos a un presidente súbitamente envejecido por el poder, cuya eventual derrota en el Congreso hubiera tenido efectos devastadores para lo que resta de su segundo y último mandato.

Según diversos sondeos, la Cámara de Representantes se inclinaba por el rechazo de la intervención y la mayoría de los 100 senadores se mostraban indecisos. La cacofonía era evidente dentro de los dos granes partidos, tan sobrados de ideas como escasos de disciplina, con los neoconservadores pidiendo la intervención con los ojos cerrados, para no ver el rostro cabizbajo de Obama, y los aislacionistas de todas las tendencias exigiendo una revisión de los compromisos exteriores para reforzar el frente interior, en el que se debate y está en juego la salvación nacional. “Es la economía, estúpido”, que alegara Bill Clinton.

Los desordenados, confusos y contradictorios mensajes de la Administración sobre Siria “habían complicado los esfuerzos para conseguir que el Congreso y la opinión pública respaldasen un ataque contra el gobierno de Siria”, aseguraba un cronista del Washington Post. La izquierda progresista del Partido Demócrata disparaba desde las columnas de The Nation contra una intervención “estratégicamente incompetente, inútil y absurda”. Los neoconservadores, a través del semanario Weekly Standard, criticaban acremente la marcha “zigzagueante” de Obama y sospechaban que la metedura de pata de Kerry y el plan del Kremlin ayudarán a que el presidente “salve la cara y evite un conflicto militar en Siria”, pero la tregua será interpretada en la región “como otro ejemplo de la debilidad norteamericana”.

Francia, la única potencia europea que se mantuvo invariablemente al lado de Obama, reaccionó con prontitud y anunció el 10 de septiembre su propósito de presentar un proyecto de resolución en el Consejo de Seguridad para poner a prueba el plan ruso de control y destrucción de las armas químicas y “condenar la masacre cometida por el régimen el 21 de agosto”, según declaró el ministro de Asuntos Exteriores, Laurent Fabius. El borrador de la resolución incluirá la amenaza del uso de la fuerza, según lo dispuestos en el capítulo VII de la Carta de la ONU.

El presidente François Hollande da por hecho que Asad es culpable de crímenes de guerra, pero no puede evitar el vituperio de la opinión pública ni que algunos de sus amigos de la izquierda, la izquierda visceralmente antiamericana, lo tachen de “lacayo”. Los famosos Guiñoles de la televisión (Les Guignols de l´Info) presentaron al presidente de visita en una escuela, pero teniendo que interrumpir su amable paseo por las aulas, acusado por una necesidad perentoria, a fin pedir permiso a Obama para usar el retrete.

Con independencia de la suerte que puede correr la propuesta francesa en el Consejo de Seguridad, el plan para el control y destrucción de los arsenales de armas químicas tropieza con muchos obstáculos políticos y es de una enorme complejidad técnica que requeriría la actuación sobre el terreno de miles de profesionales, inspectores y otros funcionarios de la ONU, y su protección por una fuerza militar no inferior a 75.000 hombres, según los cálculos del Pentágono. Las armas están almacenadas en más de 15 instalaciones diferentes.

La cumbre del G-20 en San Petersburgo

El momento en que se hizo público el plan ruso de control de armas químicas en Siria (9 de septiembre) sugiere inevitablemente que este asunto fue tratado por los presidentes Putin y Obama en su reciente, aunque breve entrevista en San Petersburgo, con motivo de la cumbre del G-20 (5 de septiembre). La revista Time cree saber que Obama no prestó atención a la propuesta porque pensaba, como declaró su secretario de Estado, que es irrealizable, “que no se puede llevar a cabo”. No se entiende, sin embargo, que apenas cuatro días después el plan merezca la cuidadosa atención de la Casa Blanca y aplace la decisión del Congreso. ¿Qué se esconde detrás de las candilejas diplomáticas?

La cumbre económica y geopolítica de San Petersburgo (5-6 de septiembre) transcurrió en un clima que algunos analistas compararon con el de la guerra fría, habida cuenta del duelo entre los presidentes Obama y Putin a propósito de la guerra de Siria, enconado por múltiples altavoces. El norteamericano reiteró sus argumentos de que el empleo de armas químicas es intolerable, que el régimen de Asad ha traspasado todas las “líneas rojas” y que la comunidad internacional no puede cruzarse de brazos ante la barbarie. El ruso exigió que las pruebas contra Damasco sean presentadas ante el Consejo de Seguridad de la ONU, el único organismo que puede autorizar una intervención. Diálogo infructuoso.

El G-20, que reúne a los 20 países con más peso económico, se fracturó aparatosamente y las delegaciones rusa y norteamericana se empecinaron en airear las discrepancias y enumerar a sus eventuales apoyos, en vez de prestar la debida atención a otras propuestas menos conflictivas. Tras una velada tormentosa en el palacio de Constantino de San Petersburgo, en medio del añejo relumbrón zarista, el portavoz de la presidencia rusa dramatizó la situación ante la prensa, alegando que un ataque contra Siria significaría “remachar otro clavo en el féretro de la ley internacional”. Que nadie se equivoque: Rusia defenderá al régimen de Asad con armas y pertrechos, su único aliado en el polvorín del Oriente Próximo.

En Nueva York, en la sede de la ONU, la embajadora norteamericana, la muy impetuosa Samantha Power, en una conferencia de prensa, acusó a Rusia de “mantener como rehén al Consejo de Seguridad e impedirle cumplir con sus responsabilidades internacionales”. Dejó bien sentado que el órgano ejecutivo de la organización mundial, el único legitimado para aprobar una intervención punitiva contra un país miembro, había dejado de ser “un camino viable” para dilucidar y castigar los crímenes de guerra del gobierno sirio, en una alusión al derecho de veto de que disponen China y Rusia para bloquear las iniciativas de EE UU.

En San Petersburgo, sólo EE UU y Francia abogaron por utilizar la fuerza contra Siria, con el respaldo de Canadá y Turquía, mientras que Rusia, China, India, Indonesia, Argentina, Brasil y Suráfrica insistieron en buscar una solución diplomática. Obama, no obstante, logró que once países (Australia, Francia, Italia, Japón, España, Corea del Sur, Arabia Saudí, Turquía, Canadá, Estados Unidos y Gran Bretaña) firmaran una declaración que culpa perentoriamente al gobierno sirio y exige una respuesta clara y enérgica de la comunidad internacional ante el empleo de armas químicas, aunque sin respaldar explícitamente una operación militar de represalia que no haya sido autorizada por la ONU.

Las divergencias dentro de la Unión Europea

Alemania quedó en tierra de nadie, pues la canciller Angela Merkel no firmó la iniciativa presentada por la delegación norteamericana, como probablemente aconsejaba el pacifismo a ultranza de su opinión pública, muy a tener en cuenta en medio de una campaña electoral; pero al día siguiente, y ante las presiones tanto de Washington como de algunas capitales europeas, Berlín se sumó al coro de los once y firmó la declaración auspiciada y arrancada por Washington a sus socios de la OTAN, que a nada compromete y ampara, por el contrario, todas las reticencias y ambigüedades.

Al día siguiente (7 de septiembre), los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea (UE), reunidos en Vilma (Lituania), pretendieron ocultar, con una declaración anodina, las profundas divergencias que mantienen sobre la crisis siria. Exigieron “una respuesta firma” de la comunidad internacional, pero se abstuvieron de explicar en qué debe consistir y eludieron cualquier referencia a una intervención militar. Lejos de respaldar a Washington, como se apresuró a proclamar en solitario el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, los europeos propusieron “abordar la crisis siria a través de un proceso de Naciones Unidas”.

Los rusos, los chinos y los europeos invocan el protagonismo del Consejo de Seguridad a sabiendas de que éste puede verse bloqueado, como en los peores tiempos de la guerra fría. Una excelente coartada, la de la ONU, para no seguir a Obama en su pretensión de lanzar un bombardeo quirúrgico contra Siria, tratando de salvar su maltrecha credibilidad, pero sin comprometerse más allá de una retórica e ineficaz condena de la utilización de armas químicas en un conflicto sectario y fratricida. La auténtica liberación de los sirios, tanto de la dictadura de Asad como de la improvisación, el caos, el ansia de venganza y la crueldad de los rebeldes, requeriría algo más que ese ataque limitado que patrocina la Casa Blanca sin la convicción y las energías necesarias.

El gas tóxico y la continuidad de la carnicería

La Administración de Obama pone en la picota al régimen sirio por haber lanzado un ataque con gas tóxico (probablemente gas sarin) en los suburbios de Damasco, causando la muerte de 1.429 personas, muchas de ellas niños, el 21 de agosto. Pero Asad insiste en que el gas letal o paralizante fue utilizado por los rebeldes con el objetivo de acelerar la intervención directa de EE UU en el conflicto. Tras los coches bomba contra objetivos indiscriminados, las ejecuciones sumarias de prisioneros, cruelmente filmadas, y otras atrocidades grabadas y difundidas en vídeo, no cabe ninguna duda de que los insurgentes no tienen más escrúpulos que Asad cuando se trata de proseguir con la carnicería y la destrucción del país, un conflicto político-religioso y estratégico que ha causado más de 100.000 muertos, dos millones de refugiados y daños incalculables.

El Kremlin y numerosos analistas en Occidente, aunque sin absolver a la infame dictadura de Asad, se preguntan por qué éste iba a recurrir a las armas químicas si en realidad estaba ganando la guerra, debido tanto a las divisiones de los insurgentes como al temor de los occidentales y sus aliados por un probable triunfo de los suníes más radicales coligados con las brigadas internacionales de Al Qaeda, ahora agrupadas en el ISIS (sigla inglesa de Estado Islámico en Siria), cuyos jefes son supervivientes de la guerra den Iraq. Lo que no se descarta es que algún sector marginal del ejército sirio, en abierta rebeldía o en connivencia con los rebeldes, lanzara el gas por un medio aún no aclarado para provocar el horror y forzar la intervención exterior.

Mientras Obama y sus principales colaboradores se embarcaban en una campaña mediática para defender un ataque contra Siria, “limitado y proporcional”, en vísperas de la apertura de las sesiones del Congreso, el dictador Asad, en una entrevista en Damasco con la televisión norteamericana CBS, negó categóricamente que hubiera autorizado el uso de armas químicas. Según las informaciones de un barco espía alemán, citadas por el periódico Bild am Sonntag, las fuerzas leales a Asad solicitaron permiso para utilizar esas armas, pero les fue reiteradamente denegado.

En Londres, el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, insistió en la responsabilidad del gobierno sirio, aduciendo que sólo Asad, uno de sus hermanos y un alto jefe militar pueden autorizar el uso del importante arsenal de armas químicas. No obstante, el secretario general de la Casa Blanca, Denis McDonough, reconoció ante los periodistas que no disponía de “una prueba irrefutable, más allá de cualquier duda razonable”, de la implicación del presidente Asad en el ataque. Estas divergencias se explican por el fantasma de la guerra de Iraq que aún planea sobre Washington, cuando el presidente George W. Bush juró que Sadam Husein disponía de un importante arsenal de armas de destrucción masiva que nunca apareció.

Los medios afines a Putin atacaron a Obama en el terreno más sensible: la credibilidad presidencial disminuida, sus vacilaciones y la pérdida de influencia de EE UU en el mundo. El 31 de agosto, en el periódico Moskovski Komsomolets, Putin lanzaba una sarcástica andanada contra su homólogo norteamericano: “Aconsejo al premio Nobel de la Paz [Obama] que rememore los acontecimientos de estos últimos diez años antes de atacar Siria. En Iraq, en Afganistán no hay democracia ni la más elemental paz civil.” Otro periódico, Expert, convertido en moralista, llegó a escribir: “La ley rusa de prohibición de la propaganda homosexual ante los menores propina un fuerte golpe al liderazgo moral de Occidente, es decir, esencialmente, Estados Unidos.”

Política exterior y salida diplomática

La política exterior de Obama, sin embargo, no sólo está sometida al escrutinio implacable de los amigos y clientes de Putin, sino también al análisis contradictorio de importantes medios occidentales y los gritos de alarma de una buena parte de la prensa israelí, mucho más preocupada por Irán que por Siria. Fareed Zakaria, el más prestigioso comentarista de la revista Time, viene denunciando desde finales de junio que “la política de Obama sobre Siria está llena de contradicciones” después de haber cometido el error de fijar “una línea roja”, la de las armas químicas, que jamás debería ser traspasada.

Si el objetivo de la intervención es liberar a los sirios de la pesadilla de una catástrofe nacional sin precedentes, entonces el apoyo diplomático y la entrega de armas a los rebeldes sólo pueden servir para incrementar la violencia y el baño de sangre, como efectivamente acontece desde hace dos años. Si el objetivo es más ambicioso, si se trata de establecer un sistema democrático en el que puedan convivir todas las etnias y sectas del mosaico sirio, los bombardeos de represalia e incluso la derrota de Asad no serían suficientes y probablemente sembrarían el caos y la semilla de la espiral sectaria de todos contra todos.

Unos razonamientos similares pueden encontrarse en la Declaración sobre Siria publicada el 1 de septiembre por el International Crisis Group (ICG), una organización no gubernamental de reconocido prestigio, que cuenta entre sus miembros con importantes personalidades de la diplomacia y las relaciones internacionales, incluidos numerosos norteamericanos. El documento es un alegato contra la intervención militar y en favor de “una solución diplomática”. En opinión del ICG, un ataque militar de EE UU, “en una región próxima al punto de ebullición”, generará “un poderoso elemento de incertidumbre” y sus consecuencias son imprevisibles, con una más que probable escalada regional o internacional que acabaría por colocar a EE UU ante un dilema diabólico.

La declaración del ICG añade: “Una acción militar, con la que EE UU no pretende provocar el colapso del régimen, probablemente no tendría un efecto duradero sobre el equilibrio de fuerzas sobre el terreno. El régimen sirio, que lucha por la supervivencia, podría registrar incluso una victoria propagandística, alegando que pudo hacer frente a los norteamericanos y arrastrando a la opinión regional muy exacerbada detrás del mantra contra el imperialismo occidental.”

Si en verdad Obama no pretende cambiar el régimen de Damasco, como se desprende de sus reiteradas declaraciones, incluso las más solemnes, entonces la guerra puede continuar con todos sus horrores a condición de que éstos no sean causados por armas químicas. Las atrocidades pueden proseguir por medios convencionales. Porque, como argüía el Washington Post en un editorial, “la prolongación del régimen [de Asad] sería un desastre para Siria y los intereses de EE UU en el Próximo Oriente”.

El presidente sirio, cuya responsabilidad en el desastre es abrumadora, se convertiría también en el chivo expiatorio que podría sacrificarse en el ara de una solución diplomática que frene las ambiciones de Arabia Saudí, contenga las urgencias de Israel y abra la negociación con Irán, sin afectar a los intereses de EE UU y Rusia. En cualquier caso, un objetivo de altos vuelos, muy problemático y a largo plazo. Casi una utopía diplomática.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: