Posteado por: M | 24 septiembre 2013

Hacia la Europa alemana con Merkel al timón

La cancillera Angela Merkel obtuvo una victoria histórica en las elecciones generales en Alemania, el 22 de septiembre, al emular con un tercer mandato a los dos gigantes de la política alemana, también cristiano-demócratas, Konrad Adenauer y Helmut Kohl, que sacaron al país, respectivamente, de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial y del enorme desafío de la reunificación. La triunfadora, además, estuvo muy cerca de alcanzar la mayoría absoluta de escaños en el Bundestag o cámara baja del Parlamento, un resultado que no se materializa desde que Adenauer, al culminar el milagro económico, fue reelegido en 1957 tras el ingreso en la OTAN (1955) y la firma del tratado de Roma (1957) que creó el Mercado Común.

merkel

Angela Merkel celebrando la victoria

Merkel probablemente pasará también a la historia como la salvadora del euro del abismo a que se aproximó con la crisis aparentemente terminal iniciada en 2008, también llamada crisis de la deuda. Aunque vituperada demagógicamente por la izquierda de algunos países en graves dificultades, a los que forzó a una imprescindible cura de austeridad, la cancillera supo imponer un nuevo ritmo a la economía de su país que le permitió superar la peor situación económico-financiera desde 1945. “Alemania sale de la crisis más fuerte de lo que era”, repitió una y otra vez la que pasa por ser la mujer más poderosa del mundo.

Desoyendo el clamor de la opinión pública alemana y sorteando las reticencias tanto de su partido como de sus aliados bávaros, la cancillera impidió por dos veces la bancarrota de Grecia y su salida del euro, cuando se daban por descontadas; promovió los rescates multimillonarios de Portugal e Irlanda e impulsó las medidas necesarias, a través del Banco Central Europeo (BCE), del que Alemania es el máximo accionista, para que España e Italia no se despeñaran por el precipicio de la llamada prima de riesgo. Las contrapartidas fueron las reformas estructurales y el rigor presupuestario que no tuvieron más remedio que aceptar los países meridionales de Europa, aunque los aplicaron a regañadientes o con excesiva parsimonia.

El triunfo personal de Merkel, de 59 años, llevó a las fuerzas del centro-derecha, la Unión Cristiano Demócrata (CDU) y su partido hermano, la Unión Social Cristiana (CSU), de Baviera, la región más poderosa del país, a obtener el 41,5 % de los votos, casi 8 puntos más que en 2009, y 311 escaños, a sólo 5 de la mayoría absoluta de los 630 con que cuenta el Bundestag, unos resultados que no alcanzaban desde la reunificación de 1990 bajo la batuta de Helmut Kohl, el patrón y maestro de la entonces joven Merkel recién llegada desde más allá del muro derrumbado.

En segundo lugar llegó el Partido Socialdemócrata (SPD), dirigido por Peer Steinbrück, con el 25,7 % de los sufragios (192 escaños), con una mejora de 2,7 %, pero muy cerca de los mínimos históricos sufridos en las elecciones de 2009. De poco sirvió la campaña agresiva, los gestos inconvenientes del candidato desorientado o gruñón y la amenaza reiterativa de los medios afines sobre una mayoría alternativa de izquierdas (SPD+Verdes+La Izquierda) que, a juzgar por los resultados, sólo existía en la imaginación propagandística de sus promotores. El SPD, a 16 puntos de su rival, se encuentra en un declive histórico porque carece de ideas realmente innovadoras en el marco de una sociedad fuertemente conservadora y relativamente satisfecha. “No hemos obtenido el resultado que deseábamos”, reconoció Steinbrück en la noche electoral, en declaraciones a la prensa.

Todos los demás partidos aguantaron mal los embates de la marea templada pero irresistible  de la cancillera. Su aliado en la coalición gubernamental, el Partido Liberal Demócrata (FDP), obtuvo el peor resultado desde el nacimiento de la República Federal en 1949, con el 4,8 % de los sufragios, lo que entraña su desaparición del Parlamento por no haber logrado el 5 % preceptivo para obtener representación. El FDP, sinónimo de partido bisagra (participó en 17 de los 22 gobiernos desde 1949), aliado tradicional de la CDU, pero también del SPD, paga con esta humillante derrota tanto su progresiva delicuescencia ideológica como su oportunismo, sin olvidar los más recientes escándalos. Su presidente y vicecanciller en el gobierno saliente, Philipp Rösler, se apresuró a presentar la dimisión.

Los Verdes retrocedieron 2,3 puntos, hasta el 8,4 % de los votos (63 escaños), luego de que Merkel les arrebatara su principal motivo de propaganda al decretar el fin de la energía nuclear civil, pero igualmente víctimas de una campaña electoral muy mal planteada y de una agria polémica sobre su pasada tolerancia y ambigüedad hacia las relaciones sexuales consentidas con menores de edad. Die Linke (La Izquierda), una coalición heteróclita de ex comunista y radicales, con sus partidarios concentrados en los Länder orientales, retrocedió más de 3 puntos para quedar reducida al 8,6 % de los sufragios (64 escaños).

Alternativa por Alemania (AfD), dirigido por el economista Bernd Lucke, un nuevo partido derechista y euroescéptico, con algún predicamento en los círculos académicos y jurídicos, que preconiza el abandono del euro por parte de los países díscolos o indisciplinados, obtuvo el 4,7 de los sufragios, por lo que quedó a 3 décimas de su entrada en el Bundestag. “El ordenado desmantelamiento de la eurozona”, la Europa de varias velocidades que aparecía nítidamente dibujada en su ruidosa retórica electoral tendrá que esperar nuevas tormentas. La AfD arrebató votos tanto a la CDU como a los liberales.

(Todos los datos electorales son provisionales).

Tras celebrar su sonado triunfo, Merkel está en condiciones de elegir pareja para una amplia coalición gubernamental que garantice una cómoda mayoría en el Bundestag. Cualquiera que sea el acompañante, lo será en una posición claramente subordinada. La nueva emperatriz de Europa, la Mutti (mamá o matriarca) de los alemanes, con memoria de elefante y obsesión por los detalles, rigurosa en la gestión, quizá debido a su formación religiosa (hija de un pastor luterano) y científica (doctora en Física), supo interpretar con eficacia su papel de directora del consenso que tanto encandila a la mayoría de sus compatriotas.

La cancillera no tiene empacho en elogiar los logros de sus adversarios (la reforma del mercado laboral del socialdemócrata Schröder en 2003, como ejemplo más claro), en asumir la moratoria nuclear propugnada por los Verdes o en prometer alguna fórmula de “salario mínimo” que deje sin munición a la izquierda. En nombre del intervencionismo y de la paz social que tanto preocupa en Berlín, sin duda para eludir los malos recuerdos, la agitación desmedida que preludió el ascenso del nazismo. Ejerce el poder con sobriedad e inspira confianza, como apostilla el popular Bild: “Es una victoria fenomenal para la mujer en quien confían la mayoría de los alemanes.” “Reina de Alemania y de Europa”, dice el circunspecto Der Spiegel.

Un cronista del New York Times, Roger Cohen, asegura que Merkel ha resuelto el problema planteado por Henry Kissinger, cuando era secretario de Estado norteamericano y preguntó sarcásticamente por “el teléfono de Europa”. No existía un interlocutor fiable. Ahora existen pocas dudas de que ese teléfono está instalado en la cancillería de Berlín y que la cancillera lo manejará con su habitual discreción. No parece abrigar ambiciones hegemónicas, pero está persuadida de que el modelo alemán puede exportarse y prosperar en otras latitudes. Nadie está seguro de que así vaya a ocurrir.

Aunque la prensa socialdemócrata la califica sistemáticamente de “conservadora”, con retintín, la cancillera puede presumir de haber alcanzado ese lugar electoralmente envidiable, ideológicamente ambiguo y físicamente inestable, denominado “centro político”, desde el que irradian el rigor luterano, el pragmatismo, la inclinación por el capitalismo social que inspiró la trayectoria de la democracia cristiana organizada por el católico Adenauer y un cada día más mitigado europeísmo. Una avezada política que prefiere el gradualismo a las reformas espectaculares, que observa detenidamente y prueba cada solución antes de pasar al siguiente problema. “Una mujer para dirigirlos a todos”, concluye The Economist. No estaría de más indagar si asistimos a la consagración de un vaticino de los años 70 del pasado siglo: el fin de las ideologías.

 Un país de éxitos y consensos

Tras la gran catástrofe de 1945, Alemania ha sido un país de éxitos y, sobre todo, de grandes proezas económicas, primero como República Federal (1949-1990), firmemente anclada en Occidente, frontera de la guerra fría, catapultada por el Plan Marshall y el capitalismo social, y luego como Estado reunificado tras la dramática experiencia del muro, los tanques soviéticos y las alambradas. Ahora parece que se repliega sobre sí misma, alérgica a cualquier aventura exterior, pacifista, neutralista, ecológica y antinuclear, frenada o apaciguada por el consenso; pero tampoco acaba de volcar su exceso de energía en la empresa de acelerar la integración europea. Los alemanes se presentan tan europeos como siempre, mas sin entusiasmo; menos simpáticos y compasivos que hace unos años.

La Alemania de Angela Merkel está cómoda en su papel de gigante económico, segura de si misma, dictadora del rigor y la austeridad en la eurozona, pero reticente ante cualquier otra iniciativa susceptible de romper el statu quo. ¿Un Goliat económico y un enano diplomático, como se decía en la época de la guerra fría? Después de que Francia, por su oposición al rearme alemán, rechazara la creación del ejército europeo en 1954, el Mercado Común inicial se consolidó bajo el paraguas de la OTAN, las iniciativas políticas francesas y la locomotora económica de la República Federal, además del buen entendimiento personal entre el general De Gaulle y el canciller Adenauer.

Luego vino la imagen emotiva del primer canciller socialdemócrata de la posguerra, Willy Brandt, ex alcalde de Berlín occidental, fotografiado de rodillas en el gueto de Varsovia, una genuflexión de dolor y arrepentimiento que abrió las puertas de la distensión y contribuyó a crear las condiciones propicias para el derrumbe del muro de la vergüenza (1989), el fin de la guerra fría y la prodigiosa reunificación.

brandt

Willy Brandt arrodillado en Varsovia, en 1970.

El presidente Mitterrand y el canciller Helmut Kohl preservaron durante un decenio el acuerdo esencial del que surgió la unión monetaria, culminada con el euro como moneda fiduciaria, pese a las reticencias del primero en cuanto a la reunificación. La Francia del socialista François Hollande mantiene actualmente una febril actividad diplomática e incluso militar, pero el Banco Central Europeo (BCE) reside en Fráncfort. La dualidad se mantiene retóricamente, pese a que la locomotora franco-alemana atraviesa por una crisis profunda. París y Berlín hace tiempo que no transmiten en la misma longitud de onda, ya se trate de la pesadilla de la deuda periférica o de las intervenciones militares en Libia, Malí o Siria.

Según todos los indicios y las encuestas, los ciudadanos están desinteresados, como desconectados de los problemas exteriores como jamás lo estuvieron en su historia desde la proclamación del Imperio alemán en enero de 1871. La realidad es mucho más compleja de lo que transmiten esos sentimientos aislacionistas, pero los gobernantes de Berlín deben tenerlos en cuenta, no sólo para ganar elecciones, sino para asegurarse los créditos que debe aprobar el Bundestag, cámara baja del parlamento federal. Hasta ahora, el Tribunal Constitucional declaró legal la contribución alemana a las ayudas decididas por el Consejo Europeo, pero la continuidad de esa jurisprudencia no está garantizada.

Como señalaba Die Zeit, el periódico de la intelligentsia editado en Hamburgo, “el país conoce una especie de segundo milagro económico, de manera que los ciudadanos están persuadidos de que ni siquiera las grandes turbulencias internacionales pueden afectarles”. Las ideas del cambio e incluso del recambio han desaparecido del debate político, quizá porque el éxito económico y un desempleo históricamente bajo (6,8 %) funcionan como ansiolíticos luego de la cicatriz del muro, las peripecias laboriosas de la reunificación y el vaticinio incumplido de una nueva depresión tras la crisis de la deuda.

Curiosamente, las bases del nuevo éxito económico fueron establecidas por un gobierno de coalición del SPD con los Verdes (coalición rojo-verde), dirigido por el canciller Gerhard Schröder, que impulsó una drástica liberalización del mercado de trabajo en 2003, contradictoria con su filosofía socialdemócrata, pero de reconocida solvencia. Los llamados “empleos atípicos”, de tiempo parcial, conocidos como minijobs y midijobs, con salarios que oscilan entre los 450 y los 850 euros, afectan a 8 millones de trabajadores, mucho de los cuales los compaginan con otra ocupación. Se trata de empleos precarios, pero que mantienen la población activa en torno a los 42 millones de trabajadores, sin parangón posible en Europa.

El aumento de los minijobs, en contra de algunos pronósticos pesimistas, no se produjo en detrimento de los empleos de tiempo completo, también más numerosos que nunca. Como señala la Frankfurter Allgemeine Zeitung, “las reformas del ex canciller [Schröder] no sólo introdujeron la necesaria flexibilidad en el mercado de trabajo, sino que igualmente reforzaron la moral de los trabajadores y el sentido del esfuerzo”. Bella lección de un líder socialdemócrata que demostró la futilidad práctica de los prejuicios ideológicos a los que sigue aferrada gran parte de la izquierda precisamente en los países del sur de Europa más necesitados de reformas estructurales.

El éxito de Merkel en su segundo mandato, en coalición con los liberales, también se reputa relevante. Además de haber evitado la desintegración de la eurozona, la confianza de los ciudadanos alcanza niveles muy altos, las cuentas públicas están en superávit y se prevé un crecimiento del 1,7 % para 2014. A diferencia de lo que ocurre en otros países, donde la izquierda es adicta del gasto sin freno y maneja el problema de la deuda como si fuera una simulación contable caprichosa, la mayoría de los alemanes sin distinción de credo político cree que las partidas del presupuesto deben cuadrar y que el déficit es una desgracia que desemboca en la temida inflación. Hay países y fuerzas políticas de la eurozona que confunden la austeridad con la prudencia presupuestaria y gastan hasta el 20 % más de lo que ingresan.

Aunque Europa siegue siendo una prioridad para los dos grandes partidos alemanes, ambos descartan implícitamente un nuevo impulso en el proceso de la integración mientras los países rezagados y endeudados no ejecuten las reformas dictadas o sugeridas desde Berlín. Ni unión bancaria ni bonos europeos, ni mucho menos las deudas comunes (mutualización de las deudas), nada que pueda afectar a la envidiable salud económica germana, tan decisiva para mantener la prosperidad en la UE, por más que sea después de que los meridionales reticentes o indignados hayan avalado y sufrido durante los últimos cuatro años una cura de caballo en su propensión al gasto, la deuda estratosférica y el ánimo festivo.

Cuarta economía del mundo y primera de Unión Europea (UE), Alemania es la máxima exportadora y prestamista de la eurozona. El problema para Merkel es que las agresivas exportaciones (el 8 % de las mundiales) son tributarias, ante todo, de la capacidad de consumo de los europeos. Aunque la austeridad levanta ampollas en los países endeudados, las fuerzas políticas alemanas, durante la campaña electoral, no han hecho ningún esfuerzo para explicar a los ciudadanos que la estabilidad política y económica depende en gran medida del acceso a los mercados exteriores, y muy especialmente de la unión aduanera dentro de la UE.

Según Euroestat, la oficina de estadísticas de la UE, las exportaciones suponen el 52 % del producto interior bruto (PIB), y sus principales clientes se encuentran en Europa. Esto quiere decir que Berlín presta dinero a los endeudados países meridionales o pigs (Portugal, Italia, Grecia y España) para que éstos sigan comprando productos industriales alemanes, a condición de que acepten unos planes draconianos de reformas estructurales y austeridad. El gobierno alemán está convencido de que la eurozona no puede funcionar sin un mínimo de cohesión y disciplina. Merkel podría elevar los sueldos y establecer un salario mínimo para fomentar el consumo interno, a fin de compensar el decaimiento que se observa en el sur de la eurozona, pero con esa medida popular correría el riesgo de hacer menos competitivas las exportaciones.

Dos factores influyen en la posición de Merkel con respecto de sus socios europeos: el primero es de carácter ideológico-pragmático porque está convencida de que sólo el modelo alemán de rigor y estricto control financiero puede romper el círculo vicioso de la prodigalidad –más gastos que ingresos– que tiene maniatadas a las economías de España, Portugal, Grecia, Italia y en parte Francia; el segundo es la creciente reluctancia de la opinión pública alemana a seguir prestando dinero a sus clientes más pródigos, como confirma la irrupción de un nuevo partido, Alternativa para Alemania, conservador, xenófobo y crítico con el monstruo de Bruselas, una opción tras la que se divisa la amenaza frustrada de un retorno del marco.

La crítica de los intelectuales

 Una sociedad satisfecha con su situación económica, políticamente cohesionada, inclinada hacia el consenso, propende a la apatía, el conformismo y el aislacionismo, de manera que algunos intelectuales se creen en la obligación de mojar la pluma en el acíbar de la protesta. Tal es el caso de Jacob Augstein, hijo del fundador del semanario Der Spiegel, en el que acaba de fustigar “la parálisis que atenaza al país, asociada al nombre de Merkel”. Era inevitable la cita del filósofo Jürgen Habermas, el teórico del patriotismo constitucional, que ahora denuncia “el fracaso histórico de la élite política” y advierte de que “Alemania duerme sobre un volcán”. Un volcán imposible de divisar desde otras latitudes.

La verdad es que esa crítica resuena muy semejante a la que el mismo Habermas dirigió en su momento contra Adenauer, el canciller del primer milagro económico de posguerra, al que acusó injustamente nada más y nada menos que de no haber roto radicalmente con el nazismo después de haber sido una de sus víctimas. Pero hay que tener en cuenta que el filósofo escribe desde una posición claramente socialdemócrata, y que su pensamiento evolucionó del progresismo marxista sedicentemente revolucionario al reformismo. Se siente incómodo, por lo tanto, con el pragmatismo, la neutralidad y la actitud general muy poco presuntuosa y centrista de Merkel.

Otro intelectual de renombre internacional, el filósofo Peter Sloterdijk, subrayó los principales problemas de los ciudadanos –fiscalidad, igualdad de acceso a la educación, nivel de salarios— y que éstos, según su opinión, en encogen de hombros en medio de la refriega política. Su conclusión decepcionante es que en Alemania reina “un clima de tolerancia crónica”. Como si la tolerancia hubiera dejado de ser una virtud para convertirse en un vicio.

Hay otros muchos hombres de la cultura que respaldan a la CDU de Merkel, pero lo verdaderamente significativo es que el ascenso de los euroescépticos de Alternativa por Alemania (AfD) se explica por el respaldo de numerosos economistas y profesores universitarios que especulan con el rechazo de millones de ciudadanos hacia los rescates de otros países europeos con cargo al erario público germano. Consideran que, en vez de rescatarlos, tendría que habérseles abierto la puerta para que abandonaran el euro y pudieran recuperar la competitividad mediante el expediente de la devaluación de su moneda nacional.

Mucho más inquietante que las opiniones de los intelectuales parecía el aumento incesante de la abstención, que había pasado del 9 % en 1970, las elecciones en que venció el socialdemócrata Willy Brandt, al 30 % en 2009, cuando Merkel triunfó por segunda vez. El partido de los abstenciones, de los que abominan de la clase política, empujados por una extraña ventolera anarquista, suscitó críticas muy radicales en las columnas de la prensa bienpensante. El semanario Der Spiegel les llamó “vagos, frustrados y arrogantes”.  Pero Merkel también venció a los abstencionistas, ya que la participación subió ligeramente, dos puntos hasta el 72 %.

Con motivo de la campaña electoral, el semanario Die Zeit llevó a cabo una encuesta entre escritores, filósofos, artistas y universitarios, a fin de que aconsejaran a los electores. Lo más sorprendente fue que el 58 % de los consultados se abstuvo de dar consejos, el 14 % avaló a los conservadores de la CDU/CSU y el 12 % se inclinó por el SPD. “Todos los abstencionistas sueñan con mejores partidos”, como resumió el periódico esa ausencia de compromiso. Una publicación francesa tributaria de Le MondeCourrier International— fue más expeditiva y claramente parcial en su juicio: “Los intelectuales contra Merkel.”

Sin duda, los intelectuales exageran un poco, como corresponde a su función social, pero al leer esas diatribas contra la clase política alemana, un español como yo, que vive en Barcelona, puede formularse amargas preguntas sobre la indolencia suicida de la casta política que nos gobierna, incapaz de abordar con principios, prudencia y decisión los graves problemas nacionales. ¿Qué podemos decir y esperar los españoles de Cataluña, literalmente extraviados entre el populismo frenético de los políticos regionales, la inopia supina y exaltada de tantos currinches y el tancredismo del gobierno central, impasible en medio de la tormenta?

Cooperación intergubernamental frente a federalismo

Tras descartar de su agenda las ambiciones geopolíticas, atrincherada detrás de “la abstención estratégica”, como se dice en la jerga diplomática, y pese a la insistencia de sus aliados para que Alemania adopte un mayor compromiso internacional, Merkel dedicó todas sus energías a resolver la crisis del euro, tan inacabada e inquietante, de manera que podemos preguntarnos: ¿Qué puede esperar Europa del reinado de Merkel? Sus palabras fueron muy claras el día siguiente de las elecciones: “Nuestra política europea impulsa la integración y desde el punto de vista de la CDU no hay motivo alguno para cambiarla”, señaló Merkel en una conferencia de prensa en Berlín.

Esto quiere decir que los federalistas a ultranza, que proliferan entre la izquierda utópica; los que suponen que esa fórmula mágica de la supranacionalidad resolverá todos los problemas como por ensalmo, pueden esperar sentados a que se materialicen sus sueños o se cumplan sus arbitrios. Toda esa nebulosa especulativa o esa hipertrofia burocrática que anida en Bruselas están muy lejos de la pragmática líder de Europa y cancillera de Alemania. Lo reconoce el mismo Le Monde: “Esa evolución no se realizará por nuevas delegaciones de soberanía en Bruselas.”

Desde luego, Merkel no es una federalista, no comparte el fuerte sentimiento europeísta de su predecesor, Helmut Kohl. En una entrevista, el pasado mes de agosto, anunció que había llegado la hora de estudiar el traslado de algunos poderes de Bruselas hacia los Estados miembros de la Unión Europea, lo que sería un viraje crucial en la estrategia, aunque sin poner en tela de juicio sus más importantes logros. En ese candente asunto de promover la cooperación intergubernamental, para detener la hipertrofia de la burocracia de Bruselas, la cancillera se muestra cercana del británico y moderadamente euroescéptico David Cameron.

No parece razonable, desde luego, que los funcionarios crezcan como hongos en Bruselas y pretendan imponer a todos los europeos el color de la vestimenta o el peso de las proteínas. La cancillera alemana no está lejos de pensar que la Comisión de la UE actúa como un ejecutivo acaparador o inventor de competencias que disparan el gasto en época de ajustes y que no respetan el sacrosanto principio de la subsidiariedad. Durante los peores momentos de la crisis del euro, bajo la batuta de Merkel, el jefe de la Comisión, José Manuel Barroso, quedó subordinado a la cooperación intergubernamental orquestada desde Berlín.

No debe olvidarse, sin embargo, que esa Europa alemana que se vislumbra levanta ampollas, motiva acusaciones de crudo mercantilismo y suscita resistencias innumerables, tanto en nombre del pasado como del porvenir. “El proceso ineluctable de la germanización de Europa”, del que ya alertaba el francés Alain Minc a finales del pasado siglo. Por dos veces en el siglo pasado, y de manera violenta, los alemanes trataron de forzar el destino de Europa. Ahora la orientan en paz y sin alardes, como si desearan que no se note su hegemonía.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: