Posteado por: M | 4 octubre 2013

Obama, la parálisis interna y el reflujo exterior

 

Aunque las encuestas y la publicidad forman parte esencial de la vida política norteamericana, no podemos dar por definitivos o inamovibles los sentimientos que se transmiten a través de los institutos de opinión. No obstante, la suspensión de la burocracia federal por falta de fondos que comenzó el 1 de octubre, el llamado cierre parcial del gobierno, debido a la guerrilla fiscal e ideológica entre Obama y sus adversarios republicanos, hace aflorar de manera inequívoca la impresión bastante generalizada de que la primera potencia del mundo se está empobreciendo como consecuencia de una política exterior equivocada de guerras y gastos estratégicos insoportables. Por lo tanto, el tradicional espíritu aislacionista avanza impetuoso entre el americano medio, esa abstracción que se desprende de las estadísticas.

La suspensión parcial de las actividades gubernamentales, luego de que la Cámara de Representantes exigiera, para facilitar fondos al comienzo del nuevo año fiscal, una demora en la aplicación de la ley sanitaria, la famosa Obamacare, refleja las pésimas relaciones del presidente con los congresistas republicanos desde que empezó su presidencia en 2009. En un sistema de check and balances, de complejo equilibrio de poderes, cuando el jefe del Ejecutivo no dispone de una clara mayoría parlamentaria y no es capaz de tender puentes con el Legislativo sobreviene el encono partidista y, a la postre, la parálisis burocrática. Un conflicto que no es nuevo, pero que alcanza con Obama una intensidad inusitada y peligrosa.

Barack Obama

Los demócratas y en general los progresistas no sólo denuncian el “chantaje” de los republicanos, sino que publican artículos en la prensa y recogen adhesiones hacia el presidente en las redes sociales, en una impresionante campaña populista contra los radicales del Tea Party, convertidos éstos en chivos expiatorios de una situación tan enrevesada. “Nuestra democracia está en juego”, ha llegado a escribir el acreditado comentarista Thomas L. Friedman en un resonante artículo en el New York Times, en el que exagera de lo lindo al atribuir toda la responsabilidad de la situación a “una pequeña minoría en el Congreso” empecinada, según se infiere, en amargarle la vida a un presidente cargado de buena fe.

Ni los republicanos son unos locos extorsionistas ni Obama es un benefactor de la humanidad, ni los diputados del Tea Party actúan en solitario, sino acompañados por los libertarios y todos los que aborrecen la hipertrofia y el gasto desbocado del gobierno federal. Por supuesto, algunos diputados del Tea Party aparecen como la punta de lanza de la Heritage Foundation, plataforma intelectual del neoliberalismo económico y el gobierno minimalista; no debe olvidarse que Obama no es un  demócrata centrista, como lo fue Clinton, sino un izquierdista (liberal), un socialdemócrata progresista en la jerga política europea, que hizo de una ley sanitaria controvertida el objetivo irrenunciable de su presidencia.

Entre los dos extremos del abanico político, la transacción se hace muy problemática, de manera que los más destacados protagonistas del conflicto recurren al populismo: el pueblo contra el parlamento. La emergencia de un tercer partido, capaz de competir con los dos grandes, aunque es un motivo de permanente especulación en Washington, no es para mañana.

Una decisión extemporánea

Por supuesto, la Obamacare fue aprobada por ambas cámaras del Congreso en el primer mandato presidencial (2010), cuando el Partido Demócrata era hegemónico, y luego confirmada por una sentencia del Tribunal Supremo en 2012, de manera que los republicanos deberían acatar la ley y aceptar la reforma sanitaria, por más que les resulte nefasta, en vez de valerse de una disposición presupuestaria y rutinaria para ponerla de nuevo en entredicho y aplazar la entrada en vigor de algunas de sus normas, sobre todo, las que prevén las ayudas o subvenciones federales para los contrato de los seguros médicos.

La decisión de la Cámara de Representantes resulta extemporánea, sin ninguna duda; pero no es menos cierto que los representantes republicanos de todas las tendencias –no sólo los del Tea Party– están legitimados para mantener su oposición pública a la Obamacare e incluso para prometer a sus electores que la derogarán tan pronto como les sea posible, es decir, cuando alcancen la mayoría en ambas cámaras del Congreso. Obama ataca a los republicanos por su sectarismo ideológico, pero éstos le responden con la misma moneda y denuncian la ley sanitaria como la primera piedra de la abominable socialización de estilo europeo.

El tanto de culpa de Obama nace de su empeño en sacar adelante la reforma sanitaria sin el consenso mínimo que exigen en el sistema político norteamericano las leyes de trascendencia nacional. Los republicanos de ambas cámaras se mostraron casi unánimes en su oposición durante el debate parlamentario, reflejando tanto el rechazo del intervencionismo y la expansión del gobierno (el Big Government) como la impopularidad de la reforma entre las clases medias. Muchos políticos republicanos y bastantes especialistas siguen considerando que la Obamacare vulnera la libertad de los ciudadanos y tendrá efectos nocivos tanto económicos como sobre la calidad y eficacia de la misma asistencia sanitaria.

Las encuestas están a favor de Obama, pues la inmensa mayoría de los ciudadanos se pronuncia contra del cierre de los servicios de la administración (excepto los considerados esenciales), pero las diferencias se reducen cuando se trata de establecer la responsabilidad del descalabro. Según un sondeo de la CBS News, el 44 % de los encuestados acusa a los republicanos, mientras que el 35 % echa la culpa al presidente y su Partido Demócrata. Las encuestas no tienen en cuenta que la configuración de los distritos electorales es muy favorable para los republicanos y explica la hegemonía de éstos en la Cámara de Representantes, pese al amplio triunfo de Obama en las elecciones de 2012 (cinco millones de votos más que el aspirante republicano, Mitt Romney).

Cancelación de la gira asiática

Los problemas internos están debilitando aún más la posición internacional de Obama, que se vio forzado a suspender su gira por Asia la próxima semana. Canceló su asistencia a la conferencia económica de la cuenca del Pacífico, que debe celebrarse en Yakarta (Indonesia), así como las visitas a otros tres países amigos: Brunei, Malasia y Filipinas. Estas cancelaciones son tanto más lamentables y significativas por cuanto Obama ha declarado reiteradamente que sus prioridades geoestratégicas se han traslado precisamente al Pacífico.

La situación podría empeorar si los republicanos se niegan igualmente a elevar el techo de deuda, ahora situado en la friolera de 16,7 billones de dólares, lo que entrañaría la suspensión de pagos inmediata y probablemente un sentimiento de pánico en los mercados. Si la incompetencia persiste en casa, las consecuencias internacionales serían imprevisibles, pero devastadoras. La directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, ya lanzó el 3 de octubre la primera admonición: “La paralización del Gobierno es bastante mala, pero no lograr el aumento del techo de deuda sería mucho peor y podría dañar muy seriamente no sólo a la economía estadounidense, sino a toda la economía global”.

Las dificultades internas de Obama coinciden con un considerable deterioro de su diplomacia en el Oriente Próximo. El panorama es bastante sombrío porque la parálisis burocrática y la deuda astronómica están estrechamente relacionadas con el repliegue exterior, la vacilación ideológica y la presunción del “guerrero reticente”, frenando por el aislacionismo y, sobre todo, por el desequilibrio endémico entre recursos y actividad exterior. Pero si EE UU deja de ser “la potencia indispensable”, como la denominó Clinton, ¿quién defenderá el orden liberal-capitalista y la libertad de comercio? La credibilidad de Washington atraviesa por muy malos momentos.

Richard Haass, presidente del Council of Foreign Relations, lo ha expresado con su habitual perspicacia: “[El cierre del gobierno] envía el mensaje de que el país está dividido. Diluye el atractivo del modelo político norteamericano y plantea de nuevo los problemas de la confianza y la responsabilidad, que son cualidades vitales para una efectiva gran potencia.” En otras palabras: la disfunción interna degrada la proyección exterior y constituye una velada amenaza para la seguridad nacional.

La frustrada intervención en Siria

Después de haber abortado, de manera poco gloriosa, la operación militar contra Siria, anunciada a bombo y platillo, Obama pronunció un discurso solemne ante la Asamblea General de la ONU, el 24 de septiembre, en el que prometió que dedicará los tres años que le quedan en la Casa Blanca a dos iniciativas diplomáticas harto arriesgadas y problemáticas: encontrar una solución negociada con Irán, en lo que concierne al poder nuclear, y obtener la creación del Estado palestino en Cisjordania y Gaza a pesar de la previsible reluctancia de Israel. Poco tiempo, en verdad, para resolver dos asuntos que consumieron sin éxito los esfuerzos de la diplomacia norteamericana durante los últimos veinte años.

Para confirmar estos objetivos ambiciosos y pacíficos, el presidente norteamericano llamó por teléfono a su homólogo iraní, el clérigo Hasan Rohani, con el que habló, a través de un intérprete, durante 15 minutos, en el primer contacto al más alto nivel desde la revolución de 1979 en Irán, encabezada por al ayatolá Jomeini, que impidió el retorno del sha Reza Pahlavi, aliado de EE UU, abolió la monarquía e instauró la República islámica, un régimen teocrático que aparentemente goza de buena salud.

Gracias al contacto telefónico desde la Casa Blanca, el presidente Rohani, al que la prensa socialdemócrata califica invariablemente de “moderado”, por contraste con el irascible Mahmud Admadineyad, se convirtió en interlocutor de Obama y además en “un hombre de paz”. Pero el primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, siempre dispuesto a estropear la fiesta de los irenistas, declaró una semana después, desde el rostrum de la Asamblea General de la ONU, que el presidente iraní era “un lobo con piel de cordero”.

La opinión norteamericana encajó más bien con indiferencia las tergiversaciones y vacilaciones de su presidente, pero los medios que tratan en profundidad la política exterior se mostraron bastante inquietos. James P. Rubin, que fue consejero de Clinton y portavoz del departamento de Estado, en un análisis en el portal Newsweek, consideró que las reticencias y finalmente el abandono por Obama del ataque contra Siria habían provocado “un desastre diplomático”. En “Una superpotencia en retirada”, Rubin explicaba las previsibles secuelas de una disminución drástica de las actuaciones de EE UU en el mundo, en aparente contradicción con unos intereses cada día más globalizados y exigentes.

Los neoconservadores e incluso los republicanos tradicionales, como es lógico, atacaron “la deserción presidencial” ante la muerte de más de 1.000 sirios a causa del empleo de las armas químicas, trágica consecuencia de una violación flagrante de las “líneas rojas” que el mismo Obama trazó y reafirmó de manera un tanto imprudente. Durante el desarrollo de la crisis, rehén de sus palabras, el presidente trató de cargar la responsabilidad sobre el Congreso, al pedirle una autorización redundante, y finalmente salió del atolladero mediante una retirada histórica.

El presidente Vladimir Putin, fiel a su desempeño como restaurador del imperio ruso, por frágiles que sean sus cimientos, aprovechó la oportunidad no tanto para defender al régimen de Asad como para ganar influencia geopolítica en una región inflamable. Como interpretó uno de tantos observadores moscovitas que manejan el incensario, en un artículo en Vzgliad: “Putin apareció como un dirigente mucho más autónomo que su homólogo norteamericano e incomparablemente más experimentado en asuntos de política internacional.”

Otros analistas interpretaron la penosa renuncia de Obama a atacar al régimen de Asad en Siria como el ocaso del llamado “internacionalismo liberal”, la doctrina fáctica el intervencionismo supuestamente benévolo inaugurado por Woodrow Wilson en la Gran Guerra, llevado a sus últimas consecuencias por Franklin Roosevelt durante la Segunda Guerra Mundial y mantenido por Truman, Kennedy y Clinton, para nombrar sólo a los presidentes del Partido Demócrata, en la segunda mitad del siglo XX, en Corea, Vietnam o los Balcanes.

Los últimos ejemplos de ese intervencionismo están todavía en la memoria de muchos ciudadanos: George Bush (padre) liberó Kuwait de las garras de Sadam Husein en 1991, en la primera guerra del Golfo, y Bill Clinton no vaciló lo más mínimo para intervenir en Bosnia-Herzegovina (1995) y luego bombardear Serbia por medio de la OTAN (1999), sin ningún aval de la ONU, en una acción preventiva para evitar un supuesto genocidio en la provincia de Kosovo. Sin embargo, es el desastre de Iraq tras la invasión de 2003, decidido por George W. Bush, “la guerra estúpida”, según Obama, el que actúa en estos momentos como un freno psicológico, un motor del aislacionismo, como ocurrió con Vietnam tras la infausta retirada de 1975.

Resulta evidente que Obama no quiere seguir siendo el policía malo del universo, y que, en último extremo, prefiere hacer la guerra por otros medios, hasta convertirse en el gran maestro de los drones: los aviones sin piloto dirigidos electrónicamente que disparan misiles y matan al supuesto enemigo terrorista a distancia, sin riesgo alguno. Desde que tomó posesión de la presidencia (enero de 2009), Obama no sólo ordenó la ejecución de Osama Ben Laden, sino que también autorizó nada menos que unos 400 ataques de los drones contra Al Qaeda y sus franquicias, desde Pakistán-Afganistán al Sahel, así como numerosos ataques cibernéticos contra el programa nuclear de Irán. Una estadística estridente y muy poco halagadora para un premio Nobel de la Paz que sigue turbado por el recuerdo trágico del 11-S de 2001 y empujado por los imperativos de la seguridad.

Un hombre tan experimentado y tan bien informado como Robert Gates, ex secretario de Defensa, llega a la conclusión de que Obama ha aprendido la lección de los errores norteamericanos durante el último decenio. Pero si la introspección era inaplazable, los resultados del viraje estratégico son imprevisibles. Están por llegar los resultados de la nueva política exterior, resumida en una sentencia presidencial: “El reflujo de la guerra ha comenzado.” Cabe vaticinar, por lo tanto, que la renuncia de atacar en Siria tendrá un efecto corrosivo sobre la credibilidad norteamericana.

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