Posteado por: M | 19 octubre 2013

Crisis del sistema político en EE UU

Luego de 16 días de debates, de retórica al borde del abismo y maniobras parlamentarias, el gobierno norteamericano está abierto desde el 17 de octubre y la crisis de la deuda parece superada, al menos hasta el 15 de febrero próximo; pero el futuro se presenta borrascoso e incierto. El Partido Republicano, desgarrado en su interior por el impulso de los radicales del Tea Party, perdió una batalla que fue pésimamente planteada, pero la guerra continúa, probablemente más enconada. Sigue viva la dinámica del enfrentamiento entre los dos grandes partidos. ”La disfunción del Congreso”, o del sistema, según la jerga política de Washington, ha tomado carta de naturaleza en el horizonte político.

Con el acuerdo alcanzado in extremis en el Senado, el 16 de octubre, entre el Partido Demócrata y el Partido Republicano, el techo de la deuda se eleva para que el Tesoro pueda emitir bonos hasta el 15 de febrero y la Administración será financiada de manera temporal hasta el 15 de enero. Prevé igualmente la puesta en marcha de una comisión bipartidista para negociar, hasta mediados de diciembre, un pacto fiscal a largo plazo, así como una reforma general del anticuado sistema tributario –niveles de impuestos y correspondiente reducción del gasto federal para el decenio próximo–, un proyecto que ya fracasó en el verano de 2011, en una tesitura similar, y forzó unos recortes arbitrarios en las prestaciones de la seguridad social.

En cuanto a la ley sanitaria de Obama, aprobada por un Congreso de mayoría demócrata en ambas cámaras, en 2010, la llamada Obamacare, de inspiración socialdemócrata, cuya paralización era el gran objetivo de los radicales republicanos en la Cámara de Representantes, sale prácticamente indemne del envite, pero se incrementarán los controles federales para evitar el fraude en los subsidios gubernamentales, de manera que las subvenciones para contratar con las aseguradoras que se disputan el enorme pastel sólo se concedan a los ciudadanos con los niveles de renta establecidos.

El acuerdo para evitar la suspensión de pagos del Tesoro es temporal y las espadas siguen en alto. El abismo entre Obama y la oposición republicana, mayoritaria en la Cámara de Representantes, es cada día más profundo. Desde que los republicanos alcanzaron la mayoría en la cámara baja, en las elecciones parciales de noviembre de 2010, con el Tea Party en fulgurante alza, la desconfianza, la animadversión y los reproches recíprocos entre la Casa Blanca y sus adversarios ideológicos han acabado por provocar una crisis de repetición, un diálogo de sordos que amenaza con persistir, al menos, hasta las elecciones parlamentarias de noviembre de 2014.

Ahora hay que añadir la frustración de la derrota y la difícil asunción de sus consecuencias. Los republicanos moderados se expresaron a través del senador John McCain, el que perdió las elecciones presidenciales de 2008: “Los republicanos tienen que entender que hemos perdido esta batalla, como ya vaticiné hace semanas, y espero que hayamos aprendido la lección.” Pero los portavoces del Tea Party, a cuyo frente cabalga el senador Ted Cruz, de Tejas, creen que han librado una batalla sobre los principios y siguiendo las demandas y los intereses de sus electores. A pesar de la derrota, su capitulación o repliegue no parecen probables.

En los medios de comunicación, el lenguaje no ha perdido sus connotaciones belicosas. “La rendición republicana”, titulaba su editorial el New York Times, el más importante y firme apoyo de Obama, persuadido de que la guerra proseguirá. El editorialista echó mano de la artillería de grueso calibre: “El desenlace vindica la fuerte posición adoptada por Obama y los demócratas del Senado contra las demandas extorsionadoras de los republicanos.” Ésta es su conclusión: “Los que se negaron a someterse al chantaje en Washington necesitan permanecer vigilantes.”

En el otro extremo, uno de los más destacados intelectuales del neoconservadurismo, William Kristol, replicó desde el Weekly Standard: “Incluso si aceptamos que el presidente obtuvo una victoria de corto alcance esta semana, sospecho que sus efectos se disiparán rápidamente.” Y establecía su catálogo de agravios: “Las barreras del Obamacare y más ampliamente del Estados benefactor, los efectos de la debilidad izquierdista en el exterior, así como la arrogancia y el desdén del Big government hacia el pueblo americano.”

En sus primeras palabras después del desenlace, Obama se mostró ambiguamente conciliador, como suele ser habitual, recurriendo al tópico de que “no hay vencedores” ni vencidos, pero volvió a disparar contra los republicanos al acusarlos expresamente de haber provocado un deterioro del prestigio internacional de EE UU. Refiriéndose a sus antagonistas, el presidente declaró: “El espectáculo al que hemos asistido en las últimas semanas ha animado a nuestros enemigos, ha envalentonado a nuestros competidores y ha deprimido a nuestros amigos, que esperan de nosotros un liderazgo estable.”

El mundo de Wall Street está inquieto por la pérdida de confianza, aunque nunca creyó que fuera a producirse la suspensión de pagos de la superpotencia, a la que Obama llamó, remedando a Bill Clinton, “la nación indispensable”. La agencia de calificación Fitch revisó a la baja el 14 de octubre sus previsiones sobre la solvencia de EE UU por creer que la endémica tragicomedia fiscal, con Obama y los republicanos del Tea Party en sus trincheras, “amenaza con socavar la confianza en el papel del dólar como divisa de reserva por excelencia”.

La pérdida de la confianza tendría efectos catastróficos en todo el mundo. El presidente de la Cámara de Representantes, el republicano John Boehner, gravemente  herido en el curso de la batalla, esgrimió uno de los argumentos que el Tea Party utiliza ritualmente contra los moderados de ambos partidos: “El Gobierno federal ha gastado más de lo que ingresa durante 55 de los últimos 60 años.” No sólo exporta hasta la inflación, como decía el general De Gaulle, sino que inquieta a sus principales acreedores, con China a la cabeza, que atesora nada menos que 1,14 billones de dólares, seguida muy de cerca por Japón.

El ambiente político en Washington está bastante enrarecido, en parte porque la actuación de los francotiradores del Tea Party, ultraconservadores y libertarios unidos, resulta imprevisible. El portal Slate sacaba conclusiones después de certificar el desastre republicano: “El presidente llegó al poder predicando el bipartidismo, pero su legado será definido por sus victorias partidistas.” ¿Victorias pírricas? No hay ninguna duda de que Obama mantiene el poder e incluso lo incrementa, pero el ansiado consenso se ha volatilizado, no ha podido recuperarse después de la exasperada y exasperante disputa sobre la Obamacare en 2009-2010. Ha esquivado la humillación que persigue a los presidentes cuando no disponen de mayoría suficiente en el Congreso, pero puede dejar tras de sí un panorama devastado.

Los objetivos de Obama

La esperanza de los demócratas radica en que la agresiva actuación de Obama, que rechazó sin ambages el desafío de los republicanos –los más izquierdistas se refieren al “chantaje”— produzca unos efectos que duren por lo menos tres meses, hasta que se negocien de nuevo la financiación y el techo de la deuda. El presidente insistió en sus prioridades en tres asuntos cruciales que necesitan el consenso: el techo de gasto de la Administración, la reforma de la ley de inmigración y la nueva legislación agraria. Muchos de sus adversarios no están por el consenso en las actuales circunstancias de debilidad, pues prestan a Obama la insidiosa pretensión de aprovechar sus luchas intestinas para “destruir al Partido Republicano”, como declaró el representante Raúl R. Labrador, del estado de Idaho.

El enfrentamiento entre Obama y los republicanos es el corolario del sistema político estadounidense, cuyos puntales son una rígida separación de poderes, unos jueces neutrales y una pragmática distribución de checks and balances entre la Casa Blanca y el Capitolio, un equilibrio sostenido históricamente por la inclinación centrista de los dos grandes partidos nacionales que permite al presidente tomar la iniciativa para que cristalice el consenso. La armonía parece que está rota desde que Obama, entonces con mayoría demócrata en ambas cámaras del Congreso, impuso en 2010 la llamada Obamacare, la ley de sanidad, mientras los republicanos se rasgaban las vestiduras por lo que reputan un ataque contra la libertad individual en nombre de un Estado arrogante, intervencionista y liberticida.

Algunos de los más prestigiosos analistas de Washington insisten en el carácter sistémico de la crisis. Así piensa, entre otros, el famoso Francis Fukuyama, el de la profecía sobre “el fin de la historia”, quien arguye que “el sistema constitucional americano levanta obstáculos extraordinarios ante cualquier acción política terminante”, una genuina dilución del poder que conduce a la parálisis si no se halla un consenso. La crisis comenzó a fraguarse en los años 80 del pasado siglo y se enconó durante las presidencias de Clinton, George Bush (hijo) y Obama, hasta llegar a una situación en la que “el más progresista de los republicanos se sitúa netamente a la derecha del más conservador de los demócratas”.

La protección de las minorías tuvo una primacía histórica entre los padres de la Constitución norteamericana, que coincidía en una verdadera obsesión por limitar los poderes del Ejecutivo o de las mayorías parlamentarias, lo que se resume, según Fukuyama, en “una vetocracia que permite a uno de los actores políticos, representante de posiciones minoritarias, bloquear la acción de la mayoría”. Y recuerda lo ocurrido con la segregación racial, que persistió por el empecinamiento de la minoría sudista del Partido Demócrata durante el siglo transcurrido desde el triunfo del republicano Abraham Lincoln, la emancipación de los esclavos y la derrota de los confederados (1865) hasta que el tejano y demócrata Lyndon Johnson logró sacar adelante la ley que otorgó plenos derechos civiles a los negros (1965).

Un comentarista tan ponderado como Fareed Zakaria, del Washington Post, considera que el problema fundamental radica en los conservadores más radicales que siguen lamentando la decadencia cultural del país y se niegan a reconocer los éxitos internos y externos de la sociedad norteamericana durante los últimos 60 años: “Estados Unidos creció poderosamente, destruyó a la Unión Soviética, extendió el capitalismo por todo el mundo y ofreció a sus ciudadanos unos asombrosos niveles de vida y de renta.” En su opinión, las crisis actuales sólo concluirán cuando esos neoconservadores “hagan la paz con los EE UU de hoy”.

Si todo el paso de la concordia debe recaer sobre los conservadores, como sugiere Zakaria, probablemente la pesadilla fiscal y la refriega ideológica que se esconde detrás de todas las especulaciones decandentistas van a continuar agitando la vida del país y perjudicando su proyección exterior. La minoría segregacionista, como recuerda Fukuyama, mantuvo su veto durante un siglo, y ahora, los conservadores defienden una causa en algunos aspectos irreprochable: la adecuación de los fines a los medios, la disminución paulatina de una deuda estratosférica (17 billones de dólares) y el freno de las actividades del gobierno que invaden el santuario de las libertades civiles.

Otra hipótesis poco probable, de ardua concreción, históricamente fracasada, es la aparición de un tercer partido como consecuencia de la explosión del Partido Republicano y la conjunción de los centristas demócratas y republicanos en una nueva formación. Los liberales o izquierdistas que están detrás de las iniciativas más polémicas de Obama podrían convertir al Partido Demócrata en una formación socialdemócrata, según el patrón europeo, mientras que el Tea Party se transformaría en otra de derecha dura con gran influencia de las iglesias cristianas, la cual podría incluir a esos libertarios que detestan el crecimiento del Estado, la reducción insidiosa del ámbito privado y el control de la economía por los burócratas.

En cualquier caso, como señala el respetado analista Richard Haass, del influyente y bipartidista Council of Foreign Relations (CFR) de Washington, “Estados Unidos no podrá mantener su protagonismo como líder mundial si persiste en institucionalizar la incertidumbre fiscal y descuida los desafíos internos como la reforma de la inmigración y la modernización de sus estructuras”. Lo de bipartidista debe entenderse como un puente entre los moderados de los dos grandes partidos, quizá los que deberían asumir la iniciativa de una reforma en profundidad. Algo que sólo podrá ocurrir con el nuevo presidente que será elegido en noviembre de 2016.

 

 

 

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