Posteado por: M | 4 noviembre 2013

El terrorismo islamista en Asia y la acción de los drones

La muerte del jefe de los talibanes pakistaníes, Hakimullah Mehsud, cuyo vehículo fue alcanzado y destruido por un misil lanzado desde de un drone (avión no tripulado) norteamericano, el 1 de noviembre, causó una verdadera conmoción en Pakistán y un considerable revuelo en Washington. Todo lo que ocurre en el complejo Afg-Pak (Afganistán-Pakistán o Estados de Asia Central), acrónimo utilizado por la jerga militar y de inteligencia norteamericanas, condiciona la estrategia de Estados Unidos en el continente del futuro, objetivo prioritario de la política exterior de Barack Obama para preservar la hegemonía en la cuenca del Pacífico. Un desafío tan inmenso como brutal.

Las reacciones oficiales y oficiosas de las autoridades de Pakistán fueron “vehementes y furiosas” contra EE UU, según los epítetos utilizados por un analista del New York Times, a pesar de que el talibán eliminado era un notorio guerrero sanguinario, el responsable último de miles de muertos pakistaníes en numerosos actos terroristas. Los periódicos de Islamabad, Lahore y Karachi se rasgaron las vestiduras y denunciaron “la traición y la deslealtad” de los norteamericanos. Algunos comentaristas solicitaron incluso que la aviación y la artillería pakistaníes traten de derribar los drones, esos aviones mortíferos que tienen en la frontera afgano-pakistaní su principal teatro de operaciones.

Pakistán es un Estado fallido, en posesión del arma nuclear, pero es también el aliado tradicional de EE UU en una región de alto valor estratégico, un observatorio y un verdadero polvorín de poder militar oligárquico, santuarios terroristas en sus fronteras, islamismo frenético, tensiones territoriales y un antagonismo recalcitrante con la India que hace de la línea divisoria de Cachemira la frontera más militarizada y probablemente más peligrosa del mundo. Tras el naufragio de la democracia importada con vestimenta británica, numerosas veces debelada por el fanatismo, Washington carece de una alternativa que no sea la utilización de los drones para combatir y frenar a los yihadistas, lo que comporta el riesgo de atizar el antiamericanismo furibundo que se extiende como reguero de pólvora.

EE UU no va a bajar la guardia ni modificar su estrategia ahora que el terrorismo de inspiración islámica se ha convertido en un fenómeno continental que golpea desde la frontera de Siria con Turquía hasta el corazón de China. Las autoridades chinas hicieron saber que el incidente en plaza de Tiananmen de Beijing, junto al muro del que cuelga el inmenso retrato de Mao Zedong, a la entrada de la Ciudad Prohibida, fue en realidad un atentado terrorista suicida (perecieron los tres ocupantes del vehículo utilizado) que causó cinco muertos y unos 40 heridos, el 28 de octubre, un revés hiriente para el aparato de seguridad comunista.

La seguridad china atribuyó el atentado al Movimiento Islámico del Turkestán Oriental (ETIM, en su sigla inglesa), que opera en la región de Xinjiang, poblada mayoritariamente por la etnia de los uigures, de religión musulmana. El grupo figura en la lista norteamericana de organizaciones terroristas y uno de sus jefes, Emeti Yakuf, fue muerto por un ataque con misiles desde un drone de la CIA, precisamente en territorio pakistaní, en 2012. Según la policía de Beijing, los tres terroristas uigures precipitaron el vehículo cargado con bidones de gasolina contra la misma puerta de la Ciudad Prohibida.

Asia, el continente al que numerosos analistas otorgan la primacía en el siglo XXI, y así parece creerlo el presidente Obama, se ha convertido en el principal teatro de operaciones del terrorismo islamista y de la contrainsurgencia dirigida por EE UU, pero que afecta también a las otras dos grandes potencias: Rusia y China. El presidente Putin logró imponer el orden de los cementerios y el despotismo en la rebelde región autónoma de Chechenia, pero las repúblicas del Cáucaso norte, en las que se concentra la mayoría de la población musulmana, mantienen encendida la alarma en el Kremlin y exacerban la xenofobia de los moscovitas, ahora que la Tercera Roma se ha transformado en una inmensa metrópoli multiétnica.

“Legal, precisa y efectiva”

Las informaciones sobre el terrorismo islámico que se extiende por Asia son fragmentarias y a veces contradictorias, pero Washington mantiene el hermetismo y se reafirma en sus actividades. En respuesta a las preguntas de los periodistas, el 22 de octubre, en la Casa Blanca, el portavoz presidencial, Jay Carney, respondió que la utilización de los drones (aviones electrónicos sin tripular) es “legal, precisa y efectiva”, es decir, que está perfectamente justificada. Esos aviones forman parte del arsenal de la que George Bush llamó “la guerra global contra el terrorismo”, la misma que la izquierda del sistema norteamericano, con su buenismo proverbial, censuró por indiscriminada e injusta y que Barack Obama se propuso suprimir o por lo menos restringir antes de llegar al poder, pero que ha terminado por convertirse en la más polémica característica de su acción exterior.

La moralización de la vida pública prometida por Obama no se ha producido, de manera que numerosos funcionarios, civiles y militares, desde los fríos despachos de Washington o los frenéticos y misteriosos barracones de la contrainsurgencia en tierras lejanas ejecutan estrategias mortíferas que vulneran claramente los principios de la guerra clásica, la soberanía de países aliados y causan unos daños colaterales devastadores, segando la vida de civiles inocentes y desarmados. Estamos asistiendo, según parece, a la práctica de lo que el profesor Philip Bobbit denominó “un código maquiavélico consensuado” que justifica métodos execrables para fines correctos y que cada presidente asume cuando entra en la Casa Blanca, un compromiso no escrito más poderoso que todos los discursos previos a la investidura.

El código está recogido en la llamada Patriot Act, la ley aprobada por amplia mayoría bipartidista en el Congreso y promulgada por George W. Bush, inmediatamente después de los atentados de los aviones suicidas que derribaron las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001. Esa ley, que amplió de manera exorbitante las prerrogativas del poder ejecutivo para librar la guerra contra el terrorismo global, sigue vigente y Obama jamás se propuso derogarla, como tampoco cerró la prisión de Guantánamo, un limbo jurídico, a pesar de sus promesas.

Esa fatalidad del poder contemporáneo ya estuvo presente en el discurso que Obama pronunció en Oslo al recibir el premio Nobel de la Paz en 2009: “Soy el comandante en jefe del ejército de un país comprometido en dos guerras”, al que no le tiembla el pulso, desde luego, al ordenar o autorizar la liquidación a distancia de terroristas peligrosos, de Osama Bin Laden para abajo, donde quiera que se encuentren, aunque tuerzan el gesto o protesten o finjan indignación entre bastidores los parlamentarios noruegos que le otorgaron el galardón y los innumerables pacifistas que pretenden convertir a Europa en una gigantesca Confederación Helvética, aunque mucho más burocratizada e ineficaz.

Dos organizaciones no gubernamentales muy conocidas, Amnistía Internacional y Human Rights Watch (Observatorio de los Derechos Humanos), británica y norteamericana, respectivamente, con pretensiones de ser la conciencia moral de Occidente, pero que actúan con una manifiesta soberbia imperial, acaban de publicar sendos informes muy críticos con los métodos empleados por la administración de Obama en el combate contra el terrorismo. Ambas organizaciones reprueban las acciones de los drones que causan víctimas civiles y Amnistía llega en su requisitoria a suponer que algunos de esos ataques son “crímenes de guerra” que debería juzgar el Tribunal Penal Internacional (TPI) creado al efecto, pero cuya convención no fue firmada ni ratificada por EE UU.

Al añejo tópico de que el fin justifica los medios, extraído de una lectura superficial de Maquiavelo, se añade en la época de la globalización, no sólo de la economía, sino también del terror, la obsesión por la seguridad que caracteriza a la sociedad de masas, en la que muchos dirigentes, esclavos de la opinión pública publicada, defraudan rápidamente a los ciudadanos y suelen embarcarse en estrategias de muy corto plazo que violan la ética de las responsabilidad que el sociólogo Max Weber atribuyó al genuino estadista. El problema de Obama, tanto en su país como con sus aliados, radica en que no ha sabido consensuar un equilibrio razonable entre las demandas de seguridad y la protección inexcusable de las libertades civiles.

Un automóvil pulverizado por un  misil

El último éxito conocido de los drones es el “asesinato selectivo” de Hakimullah Mehsud, jefe de los talibanes en el Pakistán, ocurrida en la región de Waziristán, en el noroeste del país, fronteriza con Afganistán, el viernes 1 de noviembre. Washington había ofrecido una recompensa de cinco millones de dólares por cualquier información que pudiera conducir a la captura del comandante talibán. Como las fuerzas especiales estadounidenses no pueden adentrarse en el Waziristán sin correr graves riesgos, Hakimullah Mehsud no pudo ser capturado, sino que pereció, prácticamente incinerado, cuando el automóvil en que viajaba fue pulverizado por un misil disparado desde un drone. El chófer y otros dos acompañantes también murieron en el mismo ataque, cerca de la localidad de Miranshah.

Washington ofreció la citada recompensa cuando Hakimullah Mehsud apareció  muy destacadamente en el vídeo de despedida del terrorista jordano (agente doble de Al Qaeda) que mató a siete agentes y colaboradores de la CIA en la base de Camp Chapman, en Afganistán, el 30 de diciembre de 2009. Pese a su juventud –se supone que tenía 30 y tantos años–, el terrorista muerto era el jefe de Tehreek-e-Taliban Pakistan (Movimiento de los Talibanes de Pakistán, TTP), jefatura que conquistó tras la muerte de su mentor y fundador del grupo, Baitullah Mehsud, también víctima de otro misil disparado desde un drone, en la misma región pakistaní. La CIA y los drones son las fuerzas implacables de una estrategia de venganza o represalia prácticamente invisible y terriblemente eficaz.

Los talibanes pakistaníes, que obedecen teóricamente al mulá Mohamed Omar, líder espiritual de los talibanes afganos, y en estrecha alianza con los comandos de Al Qaeda, emprendieron en 2003 una campaña de atentados contra las unidades del ejército y los servicios de inteligencia, acusados invariablemente de colaborar con los infieles y el ocupante, es decir, las tropas de la OTAN. El grupo de Baitullah Mehsud fue acusado igualmente de estar detrás del atentado suicida que costó la vida a Benazir Bhutto, ex primera ministra, en diciembre de 2007.

La justicia norteamericana inculpó Hakimullah –nombre de guerra que significa algo así como “aquel que ha recibido la prudencia de Dios”– de “complot terrorista” por su participación en el ataque contra la base de Camp Chapman. La organización pakistaní TTP figura en la lista negra de los grupos terroristas que elabora el departamento de Estado con los informes de la CIA y otros organismos norteamericanos dedicados a la seguridad y el espionaje. Según informaciones norteamericanas, las discrepancias en el seno del TTP parecen estar en el origen de la traición que permitió la localización y muerte de Hakimullah.

La liquidación a distancia del jefe de los talibanes coincidió con una creciente actividad diplomática sobre la negociación entre el gobierno de Pakistán y los insurgentes. El jefe del gobierno de Islamabad, Nawaz Sharif, que se encontraba en Londres, había informado a David Cameron del comienzo de las discusiones con los talibanes pakistaníes. El gobernador de una de las provincias que componen la región de Waziristán, declaró inmediatamente que “Estados Unidos trata de boicotear las conversaciones de paz”.

En su visita a Washington, como corresponde al representante de un viejo aliado, Nawaz Sharif fue recibido en la Casa Blanca y pudo expresar a Obama su disgusto e inquietud por la incesante actividad de los dones en el territorio de Pakistán, un Estado fallido, pero con el arma nuclear, el segundo Estado musulmán más poblado del mundo (después de Indonesia), vieja creación del Colonial Office cuando Gran Bretaña se vio forzada a liquidar su imperio de la India en 1947, siguiendo fielmente el axioma latino Divide et impera (Divide para seguir mandando) en su traducción británica: Divide and Rule.

En una conferencia pronunciada en el Instituto Americano por la Paz, el primer ministro pakistaní insistió en la suspensión de los ataques con drones, de los que subrayó que constituyen “una violación continua” de la integridad territorial de su país. Desconocemos la respuesta de Obama a los requerimientos de su aliado, pero cabe suponer que la guerra continúa.

Los talibanes pakistaníes agrupados en el TTP, compañeros de armas de los afganos, al otro lado de la frontera, la mayoría perteneciente a la etnia pastun, que dispone del idioma homónimo, combaten principalmente contra el gobierno de Islamabad, al que acusan de apoyar “la guerra contra el terrorismo” declarada por Washington y de renegar de la ley coránica (sharia). Esa región fronteriza, también llamada tribal, escapa por completo al control de las autoridades pakistaníes. La misma etnia pastun domina en numerosos barrios de la aglomeración de Karachi, la capital económica del país.

El terrorismo de inspiración islamista está en vías de globalización, aunque sus principales centros de reclutamiento y actividad se encuentran en Asia y África, entre poblaciones fuertemente islamizadas que están afligidas por una pobreza extrema. Los yihadistas o brigadistas de la guerra santa, cuyo objetivo último es la implantación de la sharia y el restablecimiento del califato, tropiezan con el obstáculo infranqueable de su desgarramiento interno de orden religioso –guerra entre suníes y shiíes, como las que ensangrientan Iraq y Siria–, pero están galvanizados por su odio contra los infieles y en especial contra los occidentales.

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