Posteado por: M | 14 noviembre 2013

Más mercado, idéntica política, en China

La dirección política de China, elegida hace un año por el 18 congreso del Partido Comunista (PCCh), reunida en Beijing en el tercer pleno de su comité central (240 miembros titulares y 169 suplentes), a puerta cerrada, presentó un nuevo programa que insiste en la reforma económica, ponderando la acción del mercado en la asignación de los recursos, y anunció, al mismo tiempo, un refuerzo de la seguridad estratégica mediante la creación de un Comité Nacional de Seguridad para hacer frente a los crecientes desafíos externos y internos. Una decisión salomónica, que quizá incrementará la libertad económica, pero que hace temer a la disidencia una intensificación de los mecanismos represivos.

El comunicado oficial del plenario, publicado por la agencia Xinhua el 12 de noviembre, advierte de que “el Comité Nacional de Seguridad será establecido para perfeccionar el sistema de la seguridad nacional, la seguridad estratégica y la salvaguardia de la seguridad nacional”, mediante la fusión de varias instituciones. Se observa un énfasis extraordinario en la idea de la seguridad, a la que se nombra por tres veces en solo párrafo, aunque la transliteración del mandarín al inglés quizá no refleje con exactitud la voluntad de los redactores. El director general ejecutivo será Wang Huning, un miembro del politburó, máximo órgano de la dirección colegiada del PCCh.

En todo caso, el South China Morning Post, un destacado periódico de Hong Kong, preguntó a sus lectores de la edición inglesa en internet si el régimen comunista iba a abismarse aún más en el modelo de Estado-policía, como una secuela de la creación de ese Comité de Seguridad. En el momento en que consulté ese rotativo por internet, en la tarde europea del 13 de noviembre, la respuesta era tan abrumadora como pesimista: el 83 % de los participantes en la encuesta estaba persuadido de que la centralización de la seguridad presagiaba un incremento de la vigilancia, el hostigamiento y la represión. Los límites de la libertad son bastante previsibles.

Algunos disidentes establecieron una inmediata y alarmante comparación con el KGB soviético, pero los portavoces oficiosos prefirieron aludir al Consejo de Seguridad Nacional que asesora a los presidentes de EE UU. Jin Canrong, profesor y vicedecano de la Escuela de Estudios Internacionales, de la universidad de Beijing, aseguró que el nuevo organismo tenía una evidente inspiración norteamericana. Los medios chinos señalaron que muy probablemente desempeñará un papel destacado en la orientación de la política exterior, sobre todo, en lo que concierne a las relaciones con Washington y las disputas territoriales con los vecinos marítimos: Japón, Corea, Filipinas y hasta Vietnam.

En el frente interior, los problemas son tan numerosos como acuciantes: la agitación social, fruto del despegue económico y el aumento escandaloso de las desigualdades; el descontento creciente en el campo, muy retrasado con respecto a las ciudades de la costa; las turbulencias étnicas endémicas en las regiones del Tíbet y Xinjiang, con manifestaciones muy recientes y violentas en la misma plaza de Tiananmen; y la crisis ecológica convertida en sistémica por una contaminación asfixiante en muchas ciudades, incluida Beijing.

Una interpretación menos pesimista sugiere que el presidente X Jinping y su primer ministro, Li Keqiang, que llevan un año en el poder, necesitan mantener la disciplina y la cohesión de todos los tripulantes antes de hacerse a la mar encrespada de las reformas, sobre todo, las que afectan al aparato productivo estatal y la plétora burocrática al frente de las empresas del Estado, las cuales constituyen una rémora indiscutible para un crecimiento sostenido y equilibrado. El capitalismo de Estado y la economía planificada y administrada, pilares de la ideología comunista, entorpecen el libre juego de las fuerzas económicas, alimentan la corrupción endémica y protegen con ahínco los restos anacrónicos de la ortodoxia marxista-leninista.

En cuanto a la reforma económica, el comunicado del pleno declaró: “La solución principal pasa por establecer una relación adecuada entre el gobierno y el mercado, de manera que éste tenga un papel decisivo en la asignación de los recursos”. La función del mercado que se consideró “básica” en 1993, en otra sesión plenaria y memorable del partido, ahora se define como “decisiva”, un matiz relevante que subraya la voluntad del equipo dirigente de dar un nuevo impulso a las reformas que lograron situar al país como la segunda economía del mundo. La consigna de más mercado y menos Estado es prometedora, pero los resultados significativos no se esperan antes de 2020, cuando la actual dirección se encuentre en el octavo año de los diez previstos en su mandato. Salvo un grave accidente en el recorrido.

Por primera vez, el PCCh anuncia que los sectores público y privado de la economía serán tratados con el mismo rasero: “Ambos sectores tienen la misma importancia como componentes de la economía socialista de mercado y bases importantes del desarrollo económico y social de nuestra nación.” Esta voluntad política de promover la armonía, incluyendo a los capitalistas en los rangos del partido, sólo produjo resultados decepcionantes. Queda por ver si el presidente Xi y su equipo dirigente están dispuestos o disponen de los apoyos necesarios para forzar la maquinaria  reformista e ir más allá que sus predecesores.

La reforma económica será planificada y revisada por un nuevo organismo, el Grupo de Dirección, supervisado por el presidente Xi y en el que probablemente desempeñará un papel destacado el economista y veterano consejero Liu He, al que los observadores occidentales en Beijing sitúan en la cercanía de los círculos liberales que denuncian desde hace años la desastrosa intromisión de las burocracias gubernamental y partidista en los procesos económicos. Aunque no se ha publicado aún la relación y los detalles de las reformas previstas, los discursos oficiales destacan algunas prioridades como la transformación de las industrias altamente contaminantes y la drástica reducción de los gastos consuntivos del aparato burocrático.

El presidente y secretario general del PCCh, Xi Jinping, hijo de un revolucionario comunista que fue maltratado durante el desastroso decenio de la revolución cultural (1965-1974), cuenta con el respaldo necesario en el partido para acelerar la reforma y poner en práctica un viraje derechista o liberal, según se mire, que sin duda levantará resistencias en algunos ministerios, en los poderes locales y en las mastodónticas e ineficientes empresas estatales que aglutinan un bloque de inercia estructural, la más pesada herencia de la planificación comunista. “Debemos establecer unas reglas de mercado que sean equitativas, abiertas y transparentes”, subrayó el comunicado oficial.

El plenario del comité central del PCCh, el tercero desde que fue elegido hace un año, votó casi unánimemente a favor de medidas radicales pero inexcusables como la reforma fiscal, la mejora de los servicios públicos y la integración del gigantesco y abandonado sector agrario en la vía del desarrollo, cuya implantación, sin embargo, resultará harto problemática. Para prevenir cualquier alarma o desafección prematura, el comunicado final dejó bien sentado que las funciones del partido y del gobierno –en el fondo, un mismo aparato de poder— son imprescindibles. Una vez más, la vieja contradicción entre las exigencias de la expansión económica y los intereses de la burocracia comunista. ¿Hasta dónde llegará la nueva misión del mercado?

Los últimos 35 años gloriosos de la historia de China, desde que Deng Xiaoping impulsó la reforma económica en 1978, precisamente en el tercer pleno del comité central que sobrevivió a la devastación material y moral de la revolución cultural, se resumen en un pugna constante entre el impulso transformador y el freno de la nomenclatura, entre la abolición de la lucha de clases y la resistencia a ultranza de los burócratas del partido que no han sido capaces de emular el dinamismo del sector privado, entre el mercado y la planificación.

Reformistas y conservadores

La pugna entre reformistas y conservadores derivó en un choque sangriento en junio de 1989, cuando el ejército aplastó la revuelta estudiantil que había sido animada por algunos dirigentes comunistas como el secretario general del PCCh, Zhao Ziyan, purgado y luego condenado al arresto domiciliario y el ostracismo. El nuevo impulso reformista llegó en 1993, en otro tercer pleno del comité central del PCCh que desmanteló parte de las ruinosas empresas estatales y sentó las bases de un sistema bancario moderno, capitalista y competitivo.

La prensa de Hong Kong y los corresponsales occidentales en Beijing parecen haber llegado a la conclusión de que el régimen chino finalmente se inclinará hacia la liberalización y la relajación de su economía, aunque sólo sea para recuperar un crecimiento de dos dígitos; pero persistirá en el conservadurismo político y los cambios menores e imperceptibles, cuando no meramente cosméticos. Ninguna reforma de estilo occidental –protección de los derechos humanos, división de poderes, pluralismo–aparece en el horizonte inmediato de la estructura y el funcionamiento de la maquinaria política. En realidad, las reformas económicas se conciben como un medio para reforzar la legitimidad y el control del partido hegemónico.

Cuando la dirección comunista anuncia un reforzamiento de la independencia judicial y del mecanismo contra la corrupción, tales objetivos no pueden entenderse en el sentido occidental, sino como una manera de mejorar la disciplina y limpiar desde dentro los albañales del poder. El fin del corsé del hijo único parece inminente para contrarrestar el envejecimiento acelerado de la población y crear una base consistente para una economía que encontrará un nuevo impulso a través del mercado y el aumento sostenido del consumo interno.

El problema crucial apunta hacia un arcano indescifrable, el de saber si las reformas económicas pueden funcionar y dar los frutos que se esperan sin un mínimo de liberalización política. Zhang Ming, un profesor y analista político de la Universidad de Beijing, citado por el South China Morning Post, sostiene que “sin una sustancial liberalización política, será muy difícil que la reforma económica pueda tener éxito”. Los 30 años de reformas económicas y progreso no sólo han mejorado el nivel de vida de millones de ciudadanos sino que también han creado una clase media que tiene grandes expectativas y está en contacto creciente con Occidente.

La quinta modernización, “la modernización” política por la que clamaban los dazibao (pasquines con grandes caracteres) que los estudiantes colocaban en “el muro de la democracia”, en la febril primavera de 1989, no es para mañana, desde luego, pero quizá no está tan lejos como desearían los sectores menos ilustrados y reaccionarios del PCCh. En cualquier caso, el presidente Xi, que deseaba emular a Deng Xiaoping, tendrá que mostrar más audacia y desmentir la suposición de que su liderazgo adolece de una carencia absoluta de estrategia política.

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Responses

  1. En cuanto a política internacional podría acogerme a ese dicho de no recuerdo quien: “Tengo pocas ideas pero confusas”.
    ¿Será suficiente con esta prevención -me pregunto- para cubrirme y disculparme de las barbaridades que puedan contener las siguientes líneas?
    No sé si en Xina ha de sentar bien quitar lo del hijo único dado el binomio envejecimiento-fomento consumo interno. Supongo que tiene que ver con el descenso de la exportación, que irá yendo a más por el adelgazamiento generalizado de los bolsillos -públicos y privados-. (Descenso de exportación de bienes que no de individuos chinos, por lo/s que vamos viendo).
    En cuanto a la corrupción de las Administraciones o privada, no hay manera de acabar. Porque de lo que parece no caber duda es de que el hombre, es el único animal de la creación que posee inteligencia (es un decir) y… codícia. Y de ahí a la corrupción, un paso. O sea, la codícia manda. Y el mundo se va yendo a freir espàrragos a pasos de gigante. A Xina la veo en mi imaginació como un monstruoso campo de hormigas que luchan entre ellas por sobrevivir y sobre ellas unos cuantos lagartos que dictan su ley. A veces pienso que si los lagartos desaparecen y las hormigas se organizan liberalmente, generarán tal cantidad de resíduos ‘de todo tipo’, tan inquietante, que no habrá sitio en el mundo capaz de albergarlos.
    ¿Es juicioso que desaparezcan los lagartos? Porque, dejémonos de hipocresías: ¿De verdad, de verdad, lo que nos interesa en esta parte de ‘nuestro’ mundo, es poder seguir muriéndonos ya viejos, de gota o de colesterol, es decir, de excesivo consumo de grasas o de proteínas? Pues si así es, lagartos debe haberlos. En Xina como en todo el llamado tercer mundo (en donde por cierto ya empiezan a asomar más chinos que nativos). Aunque sea entre arcadas, creo que no debemos renunciar a estas espantosas ironías. (Valga por una vez el abuso del concepto ‘ironía’).
    Ello aparte, leo en la prensa que aquí hay agallas para pedir la detención de un ex-lagarto chino. Esta vez por el genocidio del Tíbet. Estaré al tanto de sus comentarios al respecto -si el tema merece su atención-. Para conocer una opinión fiable, pero muy especialmente -mi tendencia hacia la estética me resulta irreprimible- para leer de nuevo una tan espléndida prosa como la suya, que por desgracia ya ni se lleva ni -¡muera la excelencia!- mucho menos se exige. Al menos por los pagos que conozco.


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