Posteado por: M | 24 noviembre 2013

Kennedy y la teoría de la conspiración

Cincuentenario del magnicidio de Dallas (1)

Han pasado 50 años desde que el presidente Kennedy fue asesinado en Dallas, pero parece que fue ayer en los recovecos de la memoria. La superpotencia única, aunque en repliegue inequívoco y global, mantiene una preeminencia indiscutible, aunque la sociedad norteamericana, que goza de una envidiable vitalidad, sigue desgarrada políticamente, con demócratas y republicanos a la greña en el Congreso por la pesada carga de la deuda y el déficit. Diversos comentaristas de todo el abanico ideológico coinciden en señalar la extrema polarización de 1963, como si quisieran forzar una ilusoria similitud con el acoso político y mediático a que está sometido Barack Obama, cuya popularidad desciende a los abismos de las encuestas de opinión.

kennedy

Kennedy momentos antes de su asesinato en Dallas

Ante el luctuoso aniversario, los estadounidense muestran de nuevo su incapacidad para armar un relato convincente y generalmente aceptado sobre lo que verdaderamente ocurrió en aquella soleada y trágica mañana del 22 de noviembre de 1963 en la que el 35 presidente de EE UU, John Fitzgerald Kennedy, cayó mortalmente herido por los disparos de Lee Harvey Oswald, en la plaza Dealey de Dallas (Tejas), cuando circulaba lentamente en la limusina descapotable presidencial en compañía de su esposa Jacqueline (Jackie) y del gobernador del estado, John Connolly. Fue el primer presidente católico y tenía 43 años cuando tomó posesión (20 de enero de 1961).

oswald

Lee Harvey Oswald

Tampoco existe un consenso sobre lo que fue, lo que hizo y lo que pudo haber hecho un presidente al que se asocia sin mucho discernimiento y bastante frivolidad con la aureola del poder y la gloria, la belleza y el dinero, pero sin detenerse a la reflexionar sobre las miserias que se ocultan con frecuencia tras las bambalinas del encanto. Quizá el único acuerdo posible es que no fue un dechado de virtudes privadas, sino un mujeriego impenitente, y, sobre todo, un hombre enfermo de múltiples dolencias, con  faja ortopédica, una espalda martirizada y un arsenal de calmantes. La reiteración de  imágenes y comentarios no me liberan de la penosa impresión de no saber lo suficiente sobre la persona y la obra de un presidente joven, apuesto y desgraciado.

La escena del crimen en Dallas fue filmada por un fotógrafo aficionado, Abraham Zapruder, que utilizó una cámara de 8 milímetros para grabar la limusina presidencial en marcha lenta, hasta el fatídico momento en que la bala disparada por el rifle de Oswald impactó en la cabeza del presidente. Ese breve trozo de celuloide (26 segundos), uno de los más históricos del siglo, fue adquirido y divulgado por la revista Life, y luego sirvió para alimentar todas las diatribas contra la versión oficial del acontecimiento. No pudo verse en televisión hasta 1975.

La teoría de la conspiración sobre el magnicidio goza de una salud de hierro, sigue produciendo pingües beneficios a los escudriñadores en ausencia de una versión cabal e irrebatible sobre el autor material, sus cómplices, si es que los hubo, y los motivos de sus actos. La asombrosa proliferación de informaciones y rumores incontrolables sobre el luctuoso acontecimiento, la víctima ilustre y sus circunstancias, su elegante esposa y su fotogénica familia, sus logros y fracasos, el legado de su presidencia, no aportan novedades relevantes, mas confirman la atracción morbosa por los más nimios detalles de la vida pública y privada de un presidente prematura y trágicamente desaparecido.

La información es oceánica, abrumadora, sin duda inabarcable, y según las últimas encuestas, entre el 59 % y el 61 % de los norteamericanos cree que el crimen fue el resultado de una maldita conspiración. Cincuenta años después, las ediciones especiales de los diarios y revistas, los documentales y las series de televisión, los libros y las películas siguen compitiendo por el interés enfebrecido del público, mas no aportan nuevos y definitivos datos sobre la tragedia. Ahora, la tendencia dominante, al menos entre los medios afines al presidente Obama, discurre por el enmarañado sendero de la comparación de las tensiones de1963 con las de 2013.

La verdad oficial del Informe Warren

La verdad oficial está contenida en el informe de la Comisión Warren, publicado en septiembre de 1964, que en 26 volúmenes de datos, declaraciones y testimonios incontables dio por sentado que el crimen fue obra exclusiva de Lee Harvey Oswald, un oscuro empleado de un almacén de libros, de agitada trayectoria, actuando en solitario y disparando un rifle con mira telescópica. Apenas 48 horas más tarde, el autor material de los tres disparos contra el presidente fue asesinado a tiros de revólver, cuando se encontraba bajo custodia policial y delante de las cámaras de la televisión, por Jack Ruby (Jacob Rubenstein), propietario de un club nocturno de Dallas y figura secundaria del hampa, que murió en 1967 tras haber sido condenado, mientras aguardaba la vista del recurso de apelación. Desde el primer momento, la tremenda desgracia reunió todos los ingredientes necesarios para nutrir la fantasía conspirativa o novelesca.

El Informe Warren (889 páginas), un producto híbrido de hechos comprobados, lagunas clamorosas y precauciones oficiales, llegó a la conclusión de que Oswald, pese a su vida turbulenta, su militancia comunista y sus relaciones peligrosas, incluyendo su estancia en la URSS y su boda con una ciudadana soviética, actuó en solitario e hizo tres disparos con un  rifle desde una ventana del sexto piso del edificio del Texas School Book Depository (Depósito de Libros Escolares), en el que trabajaba. Según esa versión, los tres disparos alcanzaron al presidente en la espalda, la garganta y la cabeza, y una de las balas hirió también al gobernador Connolly. Kennedy falleció nada más llegar al hospital de Parkland Memorial. Jackie resultó ilesa y el gobernador Connolly, que iba sentado delante de la pareja presidencial, salvó la vida y se recuperó sin problemas.

La comisión investigadora, designada por el presidente Lyndon Johnson, debe su nombre al magistrado Earl Warren, amigo de la familia Kennedy, que a la sazón presidía el Tribunal Supremo, jurista de acreditado prestigio pero desbordado por la complejidad del empeño, la voluntad de proteger el legado del presidente, la llamada razón de Estado, la pugna entre los servicios de seguridad (FBI y CIA) y los intereses en juego cuando todo parecía indicar que el asesinato de Dallas iba a cambiar el curso de la historia del mundo.

La imaginación conspirativa no conoce tregua ni fronteras, de manera que el Informe Warren inmediatamente fue puesto en tela de juicio por periodistas, abogados y guionistas, ávidos de notoriedad. La tesis del tirador único, solitario, y de los tres disparos, desde luego, parece poco atractiva para cualquier relato periodístico o cinematográfico; pero carecemos de otra hipótesis más plausible. La Comisión Warren actuó con bastante torpeza, con unos procedimientos “manifiestamente ineptos y ridículos”, según el severo juicio del analista Jacob Cohen en la influyente y conservadora revista Commentary. Las conclusiones oficiales, en todo caso, no han podido ser reemplazadas por otras más convincentes.

El abogado Mark Lane fue el primero en prender el fuego de la conspiración con su libro Rush to Judgment (Juicio apresurado), un vitriólico ataque contra las conclusiones de la Comisión Warren; le siguió Richard Popkins, con su imaginativo The second Oswald (El segundo Oswald), y completó la serie el universitario y periodista Jerome Corsi, doctorado por la universidad de Harvard, con su exhaustivo Who Really Killed Kennedy? (¿Quién en verdad asesinó a Kennedy?), publicado en 2007, dedicado a estudiar el contexto político y sociológico en el que se produjo el magnicidio, mas sin aportar pruebas concluyentes.

Por supuesto, Corsi no respondió a la pregunta retórica que dio título a su libro, cuya materia tiene más de una reflexión política sobre los hechos conocidos que de una investigación original que aporte novedades. Eso sí, arroja sospechas por doquier y compone una implacable requisitoria contra el establishment y sus sórdidos intereses, contra las élites financiera y militar que supuestamente estaban descontentas con las reticencias de Kennedy ante sus planes para imponer un nuevo orden norteamericano en el mundo. Dispara sin piedad contra el socorrido complejo militar-industrial, los halcones del Pentágono y las covachuelas de la mafia. El autor llega a sostener, en el más puro estilo contrafactual, que la desaparición del presidente permitió la escalada de la guerra de Vietnam y dejó expedita la vía para una estrategia intervencionista que culminó con la invasión de Iraq en 2003, una manera insidiosa de introducir el asesinato de Kennedy en la causa general contra George W. Bush.

El cineasta Oliver Stone vertió todas sus frustraciones progresistas en el filme JFK (1991), en el que presentó como hechos incontrovertibles las alegaciones conspirativas y las conjeturas del fiscal Jim Garrison, de Nueva Orleáns (1967), que detuvo al empresario Clay Shaw y lo acusó de formar parte de un complot ultraderechista para matar a Kennedy, con base documental en la citada grabación de Abraham Zapruder y la hipótesis de un cuarto disparo y un segundo tirador. La película recoge unos sonidos que pueden parecer disparos de arma de fuego, un extremo nunca aclarado. La iniciativa de Garrison no prosperó y el acusado fue absuelto.

La teoría de la conspiración recibió un nuevo impulso cuando un Comité Especial de la Cámara de Representantes sobre los Asesinatos (HSCA) de Kennedy y Luther King, constituido en 1976, emitió un informe final, en 1979, en el que aseguró que muy probablemente el presidente Kennedy fue víctima de un complot, pero sin aclarar quién o quiénes estuvieron implicados. El informe de ese Comité emitió una crítica muy severa del departamento de Justicia, la CIA, el FBI y la Comisión Warren, además de estigmatizar al servicio secreto por la pésima protección del jefe del Estado. Ahora sabemos que la CIA borró de sus archivos las grabaciones telefónicas de Oswald y el FBI destruyó una carta de su director, el temible Edgar Hoover, sobre los contactos del asesino con la embajada de un país comunista en México.

Vincent Bugliosi necesitó más de 1.000 páginas de su libro Reclaiming History, de 2007, para refutar minuciosamente a los más conocidos teóricos del complot, y el periodista Gerald Posner llevó a cabo una investigación bastante convincente que publicó con el título de Caso cerrado, por la que fue seleccionado para el premio Pulitzer. La réplica correspondió a otro periodista, Philip Shenon, del New York Times, que resumió cinco años de pesquisas en otro libro resonante: Casoabierto, la historia secreta del asesinato de Kennedy (edición española de Debate, 2013), en el que prestó atención especial a las pruebas destruidas.

El magnicidio ha sido atribuido, en lo que se refiere a los autores intelectuales, a personas u organismos tan dispares como Fidel Castro, los emigrados cubanos, la CIA, el KGB, las petroleras de Tejas, la mafia y hasta el vicepresidente Lyndon B. Johnson, que juró como presidente en el avión que le condujo apresuradamente a Washington inmediatamente después del magnicidio.  Pero la frenética especulación y el sectarismo no deben confundirse con la realidad. Es cierto, no obstante, que la confusión, el dolor y la incertidumbre planeaban sobre un país aún bajo la amenaza psicológica de la guerra fría, convaleciente de las delaciones y los tormentos del macartismo, abrumado por el acaecimiento más traumático desde el ataque japonés contra Pearl Harbor en 1941.

Nadie ha podido demostrar que la Comisión Warren estuviera errada en su tesis del asesino solitario, ahíto de ideología marxista-leninista, aunque esa conclusión resulte contradictoria con las cogitaciones de la izquierda norteamericana sobre el clima tóxico, de extrema derecha histérica, que se respiraba en Dallas en los días previos al magnicidio, caldo de cultivo para cualquier conjura. En el mismo sentido, la presentación de Kennedy como un izquierdista (un liberal, según la terminología norteamericana), me parece absolutamente insostenible, asunto en el que insistiré más adelante.  

Leyenda y nostalgia de Camelot

Más allá de las teorías conspiratorias y de los tumultos de la década –las protestas contra la intervención en Vietnam, el amor libre como antídoto de la guerra, la lucha por los derechos civiles, los asesinatos de Luther King y Robert Kennedy–, muchos norteamericanos siguen fieles al mito de Camelot, la fortaleza y el reino legendario del rey Arturo con los que a veces se compara la Casa Blanca de Jack y Jackie y su relumbrón protocolario, con su corte de intelectuales, de universitarios brillantes, y sus secretos de alcoba, pese a las corrosivas intromisiones de alguna serie televisiva en los momentos más oscuros de un presidente y su familia, o las revelaciones tórridas de Jed Mercurio en su libro Un adúltero americano (2010), debilidad en la que el padre plutócrata Joseph, ex embajador en Londres con amigos en la mafia, coincide con el hijo Jack, el presidente que hizo de la fornicación una terapia lenitiva de sus diversas dolencias.

Tanto el padre como el hijo tuvieron amoríos y amistades peligrosas que confluyeron en el trato probado y continuado con Sam Giancana, el gran padrino de la mafia en Chicago, el jefe del sindicato del crimen, del que se supone que contribuyó al triunfo demócrata en el estado de Illinois y, por ende, a la elección de Kennedy como presidente, en noviembre de 1960, cuando derrotó a Richard Nixon por sólo unos 100.000 votos y suscitó diversas sospechas de fraude. El relato resulta más inquietante si se recuerda que una de las amantes de Jack Kennedy, la “morena explosiva” Judith Campbell, una mujer fatal, estuvo también vinculada a Frank Sinatra y Giancana, sobre todo, durante la campaña electoral.

Por encima de las miserias humanas, persiste la nostalgia de Camelot, el sueño que duró mil días, y el balance de la presidencia poco tiene que ver con la epopeya que tanto contribuyeron a forjar algunos de sus colaboradores y protectores de su imagen: Theodore Sorensen, con su abrumadora biografía, Kennedy, el hombre, el presidente (1965), y su encomiástico resumen, El legado de Kennedy (1970); el historiador Arthur M. Schlesinger, que escribió los anales emblemáticos en Los mil días. Kennedy en la Casa Blanca (1965); y el poeta W. H. Auden, que compuso una bella elegía (1964). Junto con el empleo masivo de la televisión, que entrañó un verdadero cambio histórico en las batallas políticas, sus amigos y cronistas en EE UU y Europa acabaron por forjar la opinión hiperbólica de “una personalidad excepcional”, el presidente sin fronteras revestido con la púrpura de un imperio benevolente. La muerte prematura lo transfiguró hasta convertirlo en un personaje de leyenda.

Medio siglo después, la niña Caroline que contemplamos con pena en el entierro, de la mano de su enlutada madre Jackie, detrás de la carroza que llevaba el féretro del presidente, en medio de la frialdad del Washington más neoclásico, es ya una mujer madura, menos atractiva que sus progenitores, y se nos aparece por televisión como protagonista de otra escena solemne y protocolaria, presentando sus credenciales como embajadora ante su majestad el emperador del Japón. Aunque la imagen más emotiva en aquellos graves momentos fue la del hijo pequeño John saludando marcialmente ante el féretro de su padre. La embajada en el Imperio del Sol naciente es una recompensa para todos los supervivientes un poco patéticos de la familia Kennedy, que supieron seguir y apoyar el ascenso fulgurante de otra joven estrella política, Barack Obama, hoy bastante oscurecida por la usura del poder.

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