Posteado por: M | 25 noviembre 2013

Balance y legado de Kennedy

Cincuentenario del magnicidio de Dallas ( y 2)

Con el paso de los años, la admiración se ha atenuado, la razón se impone sobre los sentimientos y el balance de la presidencia de John F. Kennedy está sometido a una constante revisión. El revisionismo, como aseguran los cronistas, es otra pasión americana; porque los acontecimientos se ponderan y relatan de manera harto polémica por los “cabezas de huevo” de cada generación. El programa y las promesas del presidente, cuya audaz expresión retórica fue “La Nueva Frontera”, quedaron trágicamente incumplidos. Sobre una de las presidencias más breves, el juicio histórico resulta bastante problemático. No cabe duda, sin embargo, de que los modestos logros del 35 presidente están muy por debajo del significado y la relevancia que le adjudican sus incondicionales admiradores.

El reconocer su inexperiencia, las limitaciones de sus actos y la brevedad de su presidencia no entraña ningún menosprecio, ni tampoco ninguna voluntad desmitificadora, ni implica tampoco entrar en la enconada controversia en que están enredados republicanos y demócratas, detractores y apologistas, sobre el legado de Kennedy o las similitudes entre los años 60 del pasado siglo y la década en que vivimos. ¿Podremos alguna vez liberarnos del asesinato de Kennedy?, se preguntan los periodistas americanos. Parece ser que no. La lúgubre certeza es que “la política de esperanza” que predijo el historiador Arthur Schlesinger cuando Kennedy tomó posesión (20 de enero de 1961) quedó brutalmente segada en Dallas el 22 de noviembre de 1963, luego de 35 meses en la Casa Blanca.

El presidente demócrata JFK fue, ante todo, lo que los norteamericanos llaman “A Cold War Warrior”, un guerrero de la guerra fría, como antagonista del bullicioso y taimado líder soviético Nikita Jruschov, con el que mantuvo unas relaciones borrascosas presididas por el equilibrio del terror nuclear y las refriegas en torno a Berlín, en la frontera más peligrosa y militarizada de ambos universos. La primera entrevista entre ambos líderes, con la que empezó a emplearse el término “cumbre”, se produjo en Viena, en terreno supuestamente neutral, el 3 y 4 de junio de 1961, y terminó como el rosario de la aurora, es decir, con una derrota hiriente para el líder del mundo libre.

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Jruschov y Kennedy en 1961

Frederick Kempe, en un libro fascinante: Berlín 1961. El lugar más peligroso del mundo (edición española de Galaxia Gutenberg, 2011), ha analizado con todo lujo de detalles aquel encuentro de la capital austriaca, bautizo de fuego para el joven Kennedy, que se sintió desbordado ideológicamente y dialécticamente superado por un Jruschov vivaz, directo y agresivo, aparentemente persuadido de la superioridad moral del imperio soviético. Cuando el líder del Kremlin amenazó con firmar un tratado de paz por separado con  la República Democrática Amenaza (RDA), equivalente a un ultimátum sin ambages y sin precedentes, el presidente replicó con una frase que devino famosa: “Si eso es verdad será un invierno muy frío.”

Después de las intensas entrevistas con Jruschov, en las respectivas embajadas de las dos grandes potencias, Kennedy se sintió cansado, frustrado y deprimido por su comportamiento ante el líder soviético, hasta el punto de que, en una entrevista que fue también un desahogo, confesó en exclusiva al periodista James Reston, a la sazón el más influyente de Washington, estrella del New York Times: “Ha sido la peor experiencia de mi vida. Me ha destrozado.” Entonces, la Casa Blanca maniobró muy bien para que no se supiera lo que había ocurrido.

Antes que llegaran los rigores del invierno, lo que vivimos, en verdad, fue un verano tan caluroso como inquietante y sombrío. En plena canícula festiva, Jruschov no firmó el tratado de paz, pero permitió que Walter Ulbricht, el líder de la RDA, protegido por el Ejército rojo, iniciara la erección del muro, con precisión militar, el 13 de agosto de 1961, en aplicación de un plan por mucho tiempo meditado pero que sorprendió a los servicios occidentales de espionaje. En pocos días se completó la fortificación de la horrenda cicatriz que consagró la división de Berlín y, por ende, la fractura definitiva de Alemania y de Europa. Las alambradas, los bloques de cemento y la brutalidad de los guardias fronterizos (vopos) se convirtieron en el símbolo ominoso del desgarro de Europa en dos mundos hostiles e irreconciliables, y el muro se consolidó como el siniestro monumento de la guerra fría, sin que Kennedy sintiera la necesidad de reaccionar más allá de la retórica ante la flagrante violación de los acuerdos de las cuatro potencias ocupantes.

Los documentos desclasificados en los últimos años, citados por Kempe, permiten a éste cargar las tintas contra la inexperiencia, las vacilaciones y la cautela excesiva de Kennedy, a pesar de que tanto Dean Acheson, que había sido secretario de Estado con Truman, como Henry Kissinger, entonces profesor de la universidad de Harvard, le aconsejaron que adoptara una actitud firme contra la agresión soviética. Aunque los archivos soviéticos disponibles no confirman ni desmienten la conjetura, muchos analistas suponen que el retraimiento de Kennedy en Berlín, luego del desastre de Bahía Cochinos, envalentonó a Jruschov y le indujo a cometer el error de enviar misiles a Cuba, una osada iniciativa que provocó la famosa crisis de octubre de 1962.

Los que critican el apaciguamiento de Kennedy recuerdan que su hermano, Robert, fiscal general o secretario de Justicia, asiduo de la Casa Blanca, entró en contacto con el Kremlin, a través de un agente del KGB (Georgui Bolshakov), para supuestamente comunicar a Jruschov que tanto él como el presidente compartían con los soviéticos “el temor de los revanchistas alemanes”. Lo cierto es que ante la erección del muro, John Kennedy se quedó mudo y se limitó a sopesar la situación con sus más directos colaboradores: “No es una solución agradable, pero un  muro es un infierno mucho mejor que una guerra.” El cinismo suele proteger a los políticos.

Los defensores del presidente arguyen que después de las concesiones a los soviéticos en las conferencias de Yalta y Potsdam, que establecieron la ocupación cuatripartita de Alemania, en realidad Kennedy no hizo otra cosa que ratificar la estrategia norteamericana. Roosevelt no hizo nada por impedir el inicuo reparto que se fraguó en Yalta. Jacob Heilbrunn, comentando el libro de Kempe, escribió en el New York Times, en defensa de Kennedy: “Ningún presidente norteamericano desafió la hegemonía soviética en Europa oriental.” Lyndon Johnson no movió un dedo para defender la primavera de Praga en 1968 y el mismo Ronald Reagan no pudo impedir que el general Jaruzelski proclamara la ley marcial en Polonia en 1981.

La crisis de los misiles soviéticos en Cuba

Del desastre de Viena y la injuria de Berlín salió un Kennedy experimentado, prudente pero decidido, como demostró en la crisis de los misiles soviéticos instalados en Cuba, un acontecimiento por el que seguirá figurando y siendo honrado como un héroe en su discreta tumba del cementerio de Arlington. Todos los panegiristas tienen material suficiente para recordar el buen hacer del presidente en aquellos 13 días febriles en la Casa Blanca.

En un dramático mensaje a la nación (22 de octubre de 1962), el presidente atacó al régimen de Castro y proclamó que la conversión de Cuba en una base nuclear soviética era intolerable, ordenó el bloqueo naval de la isla, para impedir la llegada de nuevos misiles, activó toda la panoplia nuclear, y conminó al Kremlin para que retirara los ya instalados. También es cierto que resistió las presiones de los jefes del Pentágono, que defendieron con insistencia la opción del bombardeo e invasión de Cuba.

Después de un forcejeo de una semana al borde del abismo nuclear, con varios mensajes cruzados nerviosamente entre la Casa Blanca y el Kremlin, Jruschov se dio cuenta de su error de cálculo y aceptó la retirada de los misiles a cambio de que Kennedy hiciera lo mismo con los que EE UU tenía en sus bases de Turquía, apuntando hacia Moscú, y reiterara su promesa de no invadir la isla para derrocar a Fidel Castro. A principios de noviembre, los soviéticos cumplieron el pacto, desmantelaron las rampas de lanzamiento y repatriaron los misiles, mientras el líder cubano rumiaba su frustración por haber sido mantenido al margen de la peor crisis de la guerra fría, aunque ahora nos parece evidente que contribuyó a consolidar la dictadura comunista en la isla.

La firmeza y la prudencia presidenciales ganaron en el Caribe la escaramuza que el apaciguamiento y el reparto de Yalta habían perdido en Berlín, pero no debemos olvidar que, más que una victoria, lo ocurrido en torno a Cuba fue un armisticio nuclear, la contención psicológica surgida de la certeza terrible de la “destrucción mutua asegurada”, un nuevo equilibrio de poderes que dio pasó a la distensión entre los dos bloques e inauguró la llamada coexistencia pacífica, la época de fronteras intangibles y glaciación ideológica que prevalecería en Europa hasta la llegada de Gorbachov al poder en el Kremlin, en 1985.

En el orden interno, el legado de la presidencia de Kennedy es manifiestamente mejorable. Plantó cara a los caciques segregacionistas del sur, muchos de ellos de su propio Partido Demócrata, recurriendo a la Guardia Nacional para que el negro James Meredith pudiera ingresar en la universidad de Misisipi, o enviando tropas a Alabama; pero sobre su ejecutoria en este campo pesan como una losa la queja y el reproche de Martin Luther King, según el cual el presidente carecía de “la pasión moral” imprescindible para resolver  de una vez por todas el dilema racial que agitaba periódicamente la escena social y política desde Lincoln. La ley de los derechos civiles, que asestó el golpe definitivo a la segregación, se debe a Lyndon Johnson, que logró la aprobación del Congreso en 1964.

Admiración y controversia

La pervivencia de Kennedy como un mito de la izquierda y un icono de la progresía, así en Europa como en EE UU, se explica no sólo por el efecto de su sacrificio prematuro, sino también por la literatura hagiográfica que muchos de sus colaboradores intelectuales pusieron en circulación con notable éxito. La admiración casi universal que despierta contrasta con la controversia que sigue suscitando entre sus compatriotas. La prensa norteamericana oscila entre la adulación del New York Times, que insiste estos días en “la inspiración de su legado”, al escepticismo de George F. Will, en el Washington Post, que vitupera “la industria de la interpretación” empeñada en hacer de él lo que nunca fue.

La transformación propagandística resultó un éxito sorprendente por encubrir una superchería: el hombre que llegó al Senado en 1952, joven promesa del Partido Demócrata, de familia millonaria; un católico y conservador, defensor de la rebaja de impuestos, con una actitud inicialmente ambigua en lo concerniente a los derechos civiles, medio siglo después figura en el panteón de los apóstoles del intervencionismo socializante y la igualdad racial. El presidente que inició la escalada en Vietnam planeada por su secretario de Defensa, Robert McNamara, incluyendo el complot orquestado por la CIA que desembocó en el asesinato del presidente survietnamita, Ngo Dinh Diem, devino poco después el abanderado simbólico de los que provocaron las tumultuosas protestas contra la guerra y el reclutamiento forzoso.

Medio siglo después de su asesinato en Dallas, los medios de comunicación siguen alimentando la leyenda y los periodistas sucumbimos fácilmente a la tentación de escribir y analizar sobre un presidente de breve ejecutoria, acosado por la enfermedad de Addison y una lascivia compulsiva, que resulta un tanto enigmático y para cuya popularidad póstuma no hallo otra explicación que la grandeza de su país, las tensiones de la guerra fría y el triste destino sellado por la tragedia de su muerte.  

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