Posteado por: M | 27 noviembre 2013

El acuerdo EE UU-Irán aplaza pero no resuelve el desafío nuclear

 

El acuerdo de las grandes potencias con Irán, anunciado en Ginebra el 24 de noviembre, se presta a diversas interpretaciones, como ocurre frecuentemente con los artefactos diplomáticos, y habrá que esperar al menos los seis meses de moratoria para hacerse una idea cabal de su alcance y consecuencias. Producto alambicado de la voluntad política y los intereses de Barack Obama y de su homólogo iraní, Hasan Rohani, contradictoriamente convergentes, el compromiso interino o pausa estratégica será sometido a la dura prueba del tiempo, el semestre que los signatarios se conceden para alcanzar otro que sea definitivo, así como al fuego cruzado y las presiones de los halcones en Estados Unidos e Irán, además del rechazo airado de Israel y de varios países del mundo árabe suní. Un panorama muy complejo y unas expectativas poco alentadoras.

El presidente norteamericano, cada vez más debilitado en el Congreso, gana tiempo con el propósito de sentar las bases de un acuerdo definitivo que abra las puertas a un proceso de paz generalizada en el Oriente Próximo y que, por ende, salve su presidencia de la comparación desagradable con la de Jimmy Carter (1977-1981), que fue hundida precisamente por la llegada de Jomeini al poder en 1979. La conferencia de paz sobre Siria, auspiciada por EE UU y Rusia, está prevista para el 22 de enero de 2014, en Ginebra, y el secretario de Estado, John Kerry, augura para mayo el eventual acuerdo palestino-israelí.

En este momento de enconadas batallas políticas y económicas en el Capitolio, que persistirán, por lo menos, hasta las elecciones parciales (midterm o mitad de mandato) de noviembre de 2014, lo único que puede decirse es que la ambición pacificadora probablemente chocará una vez más con la áspera realidad de la región o por una indeseable coalición de los republicanos con un puñado de demócratas en el Senado para sacar a Israel de su aislamiento o imponer nuevas sanciones al régimen de los ayatolás.

Las urgencias de Obama explican la actividad trepidante durante las últimas semanas del secretario de Estado, John Kerry, en un esfuerzo aparentemente baldío por convencer a los principales aliados de EE UU en la región, Israel y Arabia Saudí, de la conveniencia u oportunidad del compromiso con la República Islámica. El punto de inflexión, para pasar de la hostilidad permanente a la transacción, fue el diálogo telefónico y los intercambios florales que protagonizaron el 27 de septiembre próximo pasado los presidentes Obama y Rohani, convenientemente difundidos desde el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Una pausa estratégica

El acuerdo firmado por los siete países negociadores (Irán, EE UU, Rusia, China, Francia, Alemania y Reino Unido), calificado de interino, preliminar o provisional, prevé que la República Islámica limite, suspenda o retrase su programa nuclear, sospechoso de encubrir planes militares, a cambio de que las grandes potencias aligeren las sanciones económicas impuestas por el Consejo de Seguridad. Irán se compromete igualmente a revisar su programa nuclear y someterse a las inspecciones de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA), el organismo de la ONU con sede en Viena. Nada prevé, sin embargo, sobre las centrifugadoras que enriquecen el uranio y reflejan los objetivos a largo plazo del régimen.

El documento facilitado por la Casa Blanca, el Plan Conjunto de Acción  (Joint Plan to Action) explica las medidas técnicamente complejas que deberá aplicar Irán para “limitar el progreso” (en ningún caso, “congelarlo” o abandonarlo) de su programa nuclear: no enriquecer uranio por encima del 20 %, nivel a partir del cual es posible fabricar la bomba, y demorar la construcción de la planta de Arak para producir plutonio, todo ello durante el período de seis meses, plazo establecido para que los negociadores alcancen un acuerdo definitivo. El valor de las sanciones que quedan sin efecto, también de manera temporal, se eleva a más de 7.000 millones de dólares, una inyección de optimismo para la maltrecha economía. Los inspectores internacionales disfrutarán de libre acceso a las plantas nucleares de Natanz y Fordo.

Según Obama, la pausa en el programa nuclear iraní y el nuevo régimen de las inspecciones “corta los caminos más probables de Irán hacia la bomba” y constituyen “un primer paso prometedor”, en la buena dirección. Los líderes de Teherán, aunque también divididos en cuanto al futuro, coinciden en que lo conseguido en Ginebra reconoce el derecho de enriquecer el uranio –y no importarlo enriquecido, como hacen muchos países para sus centrales nucleares–, y consolida el programa de los últimos diez años para progresar en el camino del empleo pacífico de la energía nuclear. Un triunfo, en suma, de la soberanía iraní.

No obstante, sostengo que ha dejado ser creíble la amenaza hasta ahora latente del empleo de la fuerza por parte de EE UU junto con Israel para impedir que el régimen de los ayatolás se dote del arma nuclear. Pese a la oposición de las cinco grandes potencias con derecho de veto en el Consejo de Seguridad (EE UU, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia), las únicas autorizadas a tener arsenales nucleares por el Tratado de No Proliferación Nuclear de 1968, los dos procesos de nuclearización de los últimos años, los de India y Pakistán, completados en 1998, comenzaron también con el prurito del uso pacífico de la energía, pero acabaron con lógica implacable en las pruebas de las bombas termonucleares.

Cuatro países siguen al margen del tratado antinuclear, de adhesión voluntaria: India, Pakistán, Israel y Corea del Norte, que mantienen un desafío al principio de la no proliferación, tutelado por los cinco grandes, cimiento del orden internacional. Se sospecha que Israel, con importantes instalaciones nucleares, está en posesión de la bomba, aunque nunca lo ha confirmado, y que Irán, aunque se adhirió al tratado de no proliferación, perseverará en el mismo empeño, entre otras cosas, porque los ayatolás están persuadidos de que el poder nuclear será de suma importancia para la supervivencia de su régimen.

Según el acuerdo provisional, Irán podrá seguir enriqueciendo uranio, aunque sea a niveles inferiores a los requeridos para fabricar la bomba, y el levantamiento de las sanciones, parcial y temporal, suministra un balón de oxígeno para su asfixiada economía. La teocracia iraní, en cualquier caso, saldrá fortalecida, como confirman las orquestadas manifestaciones en favor de los negociadores de Ginebra, especialmente el ministro de Asuntos Exteriores, Mohamed Javad Zarif, y las bendiciones del todopoderoso Guía de la Revolución, Alí Jamenei.

La inquietud de los aliados tradicionales

El presidente norteamericano, al congratularse por el acuerdo, el primero después de 34 años de improperios y animadversión declarada, advirtió: “No será fácil, y nos aguardan importantes retos.” No obstante, parece que la Casa Blanca ha optado definitivamente por la vía diplomática y, en último extremo, por el endurecimiento de las sanciones, en la hipótesis de que Irán incumpla de manera fehaciente los compromisos adquiridos en Ginebra. En el dilema entre una nueva guerra en la región, secuela inevitable de la destrucción por la fuerza de las plantas nucleares iraníes, o los arduos caminos de la diplomacia, Obama prefiere los segundos. Su retórica no ofrece dudas: “La diplomacia ha abierto hoy un nuevo camino hacia un mundo más seguro.” Sus aliados tradicionales niegan la mayor y mantienen sus objetivos ante una más que probable y ominosa carrera armamentista en una región que es también un polvorín. 

Tanto Arabia Saudí como Israel, principales antagonistas de Irán, tomarán buena nota de la nueva situación. Las primeras reacciones indican claramente que no están en sintonía con Washington. También puede darse por seguro que el gobierno saudí estrechará sus relaciones nucleares con Pakistán, país islámico que dispone tanto de la bomba atómica como de una avanzada tecnología, y escalará su apoyo militar y económico a los rebeldes suníes en la guerra civil en Siria, donde la milicia shií de Hizbolá, grupo libanés financiado por Irán, combate al lado del régimen de Bachar el Asad. “Todas las opciones están sobre la mesa”, si las grandes potencias fracasan en su intento de detener el programa nuclear iraní, advirtió el embajador saudí en Londres, uno de los príncipes de la monarquía petrolera.

La batalla geoestratégica y religiosa se presenta muy cerrada y previsiblemente nuclear. La furiosa guerra entre suníes y shiíes amenaza con el hundimiento de las fronteras fijadas hace casi un siglo, coincidiendo con la desintegración del Imperio otomano tras la Gran Guerra. La monarquía saudí, que dispone de los ingentes ingresos del petróleo, no encontrará muchas dificultades para obtener de Pakistán la tecnología y los técnicos necesarios para conseguir el arma nuclear. A la bomba shií de los ayatolás iraníes, ahora aparentemente en pausa semestral, el poder teocrático saudí responderá con la bomba de los suníes, quizá comprada en Pakistán, hasta establecer un equilibrio del terror que planearía sobre el golfo Pérsico o Arábigo de donde sale el petróleo que lubrica las economías europeas y china.

La alarma sonó también en Turquía, de abrumadora mayoría suní, aliada de EE UU, donde el primer ministro, Recep Tayyik Erdogan, recela de la formación de una poderosa alianza shií en la frontera meridional  –Iraq, Siria, con un apéndice en el Líbano y otro en Gaza–. El retorno de Teherán a la respetabilidad diplomática y la inminente conferencia internacional sobre Siria señalan un viraje importante que plantea un agudo problema de seguridad, “el más importante desde el fin de la guerra fría”, según escribe el analista Soner Cagaptay en el New York Times. Erdogan teme que se repita en Siria lo ocurrido en Iraq, donde el bloque shií dirigido por Nuri al-Maliki se impuso a la coalición suní dirigida por el ex primer ministro Ayad Alaui y apoyada por Turquía, en las cruciales elecciones de 2010.

El primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, denigró el acuerdo como “un error histórico” y aseguró que su gobierno mantendría abierta la opción militar. Probablemente, la cuestión palestina será una de las primera víctimas del acuerdo de Ginebra, pues el gobierno israelí estará ahora menos inclinado que nunca a hacer las concesiones mínimas necesarias en la colonización emprendida en Cisjordania y Jerusalén oriental. El acuerdo de Ginebra certifica el aislamiento diplomático de Israel, cuyos servicios secretos israelíes, el Mosad, consideran que Irán se encuentra sólo a tres meses de poder manufacturar una bomba nuclear. En todo caso, Netanyahu asegura que el éxito de las negociaciones de paz con los palestinos depende de una solución definitiva del desafío nuclear iraní.

Por el momento, sin embargo, la acción militar israelí queda descartada, al menos, durante los seis meses de prueba del acuerdo de Ginebra, ya que el gobierno israelí, aunque se fortalezca en la desgracia y el aislamiento, carece de cualquier alternativa para la estrecha alianza con Washington. “El bombardeo contra Irán sería un suicidio político”, asegura el analista Amos Harel en el periódico israelí Haaretz. Netanyahu, pues, ha perdido una batalla, tiene que tragarse la píldora que le suministra Obama, con el que nunca se entendió, pero probablemente trasladará sus presiones al Capitolio norteamericano, donde los amigos incondicionales de Israel son muy numerosos tanto en el Partido Republicano como en el Partido Demócrata,

Todas las piezas están sobre el tablero endemoniado, súbitamente agitadas por el acuerdo de Ginebra, y ahora comienza una nueva partida. La prensa derechista en EE UU está enardecida, hasta el punto de que el semanario Weekly Standard recuerda la célebre sentencia de Winston Churchill contra el primer ministro británico, Neville Chamberlain, cuando éste regresó de la conferencia de Múnich (29 de septiembre de 1938) en la creencia de que había sellado un futuro de paz con Hitler a cambio de entregar Checoslovaquia a la voracidad nazi. “Usted tenía que elegir entre la guerra y el deshonor –recordó Churchill, dirigiéndose al primer ministro–. Usted eligió el deshonor y también tendrá la guerra.” 

Las informaciones sobre los objetivos de Obama son confusas y fragmentarias, lucubraciones periodísticas de imposible verificación. El acuerdo de Ginebra aleja las perspectivas de un conflicto armado entre Irán y EE UU, pero “existe en toda la región una gran inquietud por el despliegue de nuestro poder”, según opinó Dennis Ross, que fue negociador entre palestinos e israelíes, durante una reciente conferencia en el Center for New American Security, un instituto para la reflexión y el análisis radicado en Washington. Los más pesimistas sospechan que Obama está empeñado en el repliegue geoestratégico en el Oriente Próximo, en el cambio de prioridades, para concentrar sus esfuerzos en la cuenca del Pacífico.

Las iniciativas diplomáticas de Obama están respaldadas, en principio, por la opinión pública, resueltamente contraria a cualquier acción militar en esa amplia zona convulsa que va desde el Mediterráneo oriental a la frontera afgano-pakistaní. Casi todo el mundo se apunta a la diplomacia y rechaza la guerra. A la espera de algunos resultados tangibles, resulta obvio que los aliados y protegidos se inquietan y hasta desconfíen de la Casa Blanca. Cualquier cambio estratégico de la superpotencia provoca aprensiones entre los que se consideran preteridos, pero todo el mundo espera que el presidente mantenga la iniciativa y la credibilidad. Habrá que esperar al menos seis meses, no obstante, para saber si la pausa del acuerdo de Ginebra sirvió para resolver el problema de fondo –la bomba en manos de los ayatolás– o si, por el contrario, y como reputo más probable, acabó por enconarlo.

 

 

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