Posteado por: M | 2 diciembre 2013

La soberanía limitada en Ucrania

El rechazo por Ucrania de un acuerdo de asociación con Bruselas asesta un duro golpe al empeño europeo de llevar su frontera estratégica, sin disparar un tiro y sin gastar muchos euros, al corazón del mundo eslavo, a las puertas de Moscú. La Asociación Oriental, lanzada por la Unión Europea (UE) en 2009, conoce sus peores momentos tras la cumbre de Vilna (28-29 de noviembre). La pretensión de avanzar hacia Rusia, sin tener para nada en cuenta los intereses rusos y las ambiciones de Putin, ha desembocado en un fiasco doloroso. Tampoco el Fondo Monetario Internacional (FMI) y Obama han movido un dedo para mitigar la crisis en que se debate Ucrania, dividida, empobrecida y frustrada. 

kiev

Manifestantes en Kiev

Cuando escribo este comentario, los habitantes de Kiev llevan once días de protestas, pese a las inclemencias del tiempo, contra la decisión del gobierno de alejarse de Bruselas para aproximarse a Moscú. El futuro europeo no es inmediato ni brillante, pero el pasado soviético les resulta abominable. Los gritos de “revolución”, aunque de significado confuso, atruenan la plaza de la Independencia de la capital ucraniana. Una independencia capitidisminuida, cercenada desde el Kremlin, y un país fracturado por la cultura, la historia y la religión: el oeste, donde predominan los católicos, se inclina por la unión con Europa, mientras que el este, ortodoxo, desea preservar los vínculos tradicionales con Rusia.

Una situación que coloca al presidente, Viktor Yanukovich, líder del gubernamental Partido de las Regiones, en una situación delicada, pues cualquier compromiso con la oposición en las calles requeriría aflojar el abrazo con Putin, lo que sería estratégicamente arriesgado y económicamente suicida. Una nueva crisis del gas (encarecimiento o suspensión de los suministros rusos) tendría efectos desastrosos. La alternativa política no se puede improvisar, habida cuenta las divergencias que separan a los varios grupos de la oposición aglutinados exclusivamente por el designio de tremolar la bandera de Europa.

La agitación, las manifestaciones y los cabildeos políticos recuerdan los días gloriosos de la llamada revolución naranja en 2004, cuando el mismo Yanukovich fue forzado a repetir las elecciones fraudulentas. Las nuevas elecciones dieron el triunfo al proeuropeo Viktor Yushchenko, a la postre desbordado por la corrupción y su incapacidad para llevar a cabo las reformas prometidas. Yanukovich retornó al poder tras las elecciones presidenciales de 2010, en las que derrotó a la ex primera ministra Yulia Timoshenko, ahora condenada y encarcelada por abuso de autoridad y cuya libertad reclama la UE.

Recuerdo de Praga en 1968 

Ante la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia (20 de agoto de 1968), los ideólogos que aconsejaban a Leonid Brezhnev, a la sazón presidente de la URSS, inventaron la expresión “soberanía limitada” para justificar la nueva situación creada por la liquidación manu militari de la primavera de Praga, del socialismo con rostro humano impulsado por el líder comunista Alexander Dubcek. El fundamento o pretexto de la nueva doctrina geoestratégica fue una supuesta “solidaridad socialista”, detrás de la cual se agazapaba la cruda explotación de la división de Europa en dos bloques, según el llamado reparto de Yalta que precedió a la capitulación del Tercer Reich en 1945.

La situación se repite ahora en Ucrania. La doctrina estratégica del presidente ruso, Vladimir Putin, se resume en la expresión del “extranjero próximo”, en alusión nostálgica al vasto territorio de las que fueron repúblicas soviéticas que empezaron a proclamar su independencia en 1991, el mismo año convulso en que las banderas rojas con la hoz y el martillo fueron arriadas en los muros del Kremlin, la Federación Rusa se subrogó en el lugar de la URSS en la ONU y Boris Yeltsin reemplazó a un desgastado Mijail Gorbachov, hundido en el descrédito por haber intentado reformar el irreformable sistema comunista.

Ucrania es la más importante, por su posición fronteriza y sus 46 millones de habitantes, pero no la única víctima o eslabón de esa doctrina estratégica del Kremlin emparentada con otras pretensiones del imperio de los zares, como la salida al Mediterráneo a través de los estrechos turcos y la marcha hacia el Pacífico, o con la brutalidad criminal de Stalin, el tirano que organizó la hambruna de Ucrania (1932-1933), se alió con Hitler en 1939 para despedazar Polonia y arrancó a Roosevelt y Churchill, en la conferencia de Yalta (febrero de 1945), el reparto y la división de Europa que se congeló con la caída del telón de acero a partir de 1946-1947.

En muchos lugares de Ucrania permanece vivo el recuerdo de la guerra de Stalin contra los kulaks, los campesinos acomodados, que comenzó en 1929, y la hambruna posterior proyectada y dirigida desde el Kremlin, conocida internacionalmente con el nombre de Holodomor, que en ucraniano significa “matar de hambre”, el Holocausto ucraniano. Los cálculos más autorizados cifran en 4 o 5 millones los muertos por la desnutrición, ejecutada despiadadamente por los esbirros del estalinismo. En 2008, el parlamento ucraniano proclamó que la hambruna había sido un genocidio, término refrendado por la ONU.

Ucrania se halla  ahora con su soberanía limitada, de manera similar a como lo estuvo la de Checoslovaquia en 1968 y hasta 1989. La diferencia es que los tanques han sido sustituidos por los suministros de gas ruso, una rebaja en las tarifas, la mejora de los oleoductos y el préstamo de más de 10.000 millones de euros a un país en bancarrota. Un considerable progreso y alivio, desde luego. El recuerdo de los tanques rusos desplegados en las calles de Praga y de los dirigentes checos secuestrados y trasladados a Moscú, con Dubcek a la cabeza, nos permite comprender que la incorporación de Ucrania a la UE no será fácil ni está próxima.

Las arcas del gobierno de Kiev, efectivamente, están exhaustas, y la Unión Europea no ha podido o no ha tenido la voluntad político-estratégica de ayudar a Ucrania de manera decidida y sin condiciones. Tampoco el FMI ha ofrecido los créditos necesarios. Las vacilaciones de Bruselas se unieron contradictoriamente con la voluntad de hierro de Putin para sellar la permanencia de Ucrania dentro del llamado “extranjero próximo” de Rusia. Contribuye a esa empresa el dinero que atesora el Kremlin con la explotación de sus inmensos recursos naturales, de sus yacimientos de petróleo y gas, y de los oleoductos que atraviesan el territorio ucraniano.

El 21 de noviembre, el primer ministro de Ucrania, Mikola Azarov, luego de una visita de negocios a Moscú, anunció en Kiev que no firmaría el acuerdo de asociación con la Unión Europea, en el marco de la llamada Asociación (Partenariat) Oriental, que había sido negociado durante los últimos cinco años pero que ahora queda en suspenso. Pese a la firme oposición de los europeístas y la presión de los manifestantes, el parlamento ucraniano (Rada) adoptó las medidas necesarias para oficializar la ruptura del compromiso con Bruselas.

No obstante, el presidente de Ucrania, Viktor Yanukovich, líder del Partido de las Regiones en el poder, manifiestamente prorruso, asistió a la cumbre de la UE en Vilma (Lituania), para solemnizar su volta-face y el sometimiento a la voluntad del Kremlin. Según fuentes occidentales, el presidente ucraniano, al expresar su posición y pedir inútilmente que los rusos se incorporaran a las conversaciones con Bruselas, reconoció: “La situación económica de Ucrania es muy dura y tenemos graves dificultades con Moscú”, sin dar más detalles. Las presiones de Moscú surtieron efecto, pero no sólo en Kiev.

La cumbre de Vilna señaló los límites muy estrechos en que se debate el proyecto de Asociación Oriental, los planes a largo plazo para de incorporar a la Unión Europea, aunque con un estatuto subalterno, a seis repúblicas ex soviéticas: Ucrania, Bielorrusia, Armenia, Azerbaiyán, Georgia y Moldavia. Sólo los presidentes de Georgia y Moldavia rubricaron sendos acuerdos de asociación con la UE, pero la firma final quedó aplazada y existe el riesgo de que los moldavos den marcha atrás ante la oposición interna y la secesión de facto de la República de Transniester, poblada mayoritariamente por rusos y dependiente de Moscú. 

Los planes del Kremlin

El primer ministro ucraniano insistió en que su gobierno se propone iniciar conversaciones con Rusia para cerrar unos acuerdos muy ventajosos en materia económica que incluirían un nuevo contrato de gas, la supresión de aranceles y unos préstamos ventajosos. De esta forma, Ucrania podría convertirse en un pilar destacado de la Unión Euroasiática que patrocina Putin, fachada jurídica de un gigante económico y estratégico que tiene la ambición de competir con China y Estados Unidos por el liderazgo mundial. Como paso previo, el Kremlin ya tiene en marcha la Unión Aduanera formada por Rusia, Bielorrusia, Kazajistán y Armenia, a la que podrían incorporarse otras repúblicas ex soviéticas como Kirguistán y Tayikistán.

Putin ha movido todos sus peones en el vasto tablero desgajado de la URSS y presiona sobre sus eslabones más débiles. Rusia cuenta con la adhesión de Abjasia y Osetia del Sur, dos regiones separatistas de Georgia, y con la República del Transniester, que pertenece a Moldavia, pero que mantiene la amenaza de secesión alegando que la mayoría de sus habitantes son de origen ruso. El espacio de influencia del Kremlin se completa y cierra por el sur con Armenia, que necesita la cooperación rusa para mantener en manos de la población armenia el enclave de Nagorno-Karabaj, teóricamente bajo soberanía de Azerbaiyán.

Este conglomerado económico-estratégico está protegido militarmente por la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, algo similar aunque de dimensiones reducidas de lo que fue el Pacto de Varsovia, que sirve a Putin para garantizarse la obediencia de los mandos militares. De todas maneras, la reorganización y modernización del que fue temible Ejército Rojo son absolutamente necesarias para hacer creíble la empresa restauradora y remediar la “catástrofe estratégica”, según sostiene Putin, que entrañó la desaparición de la URSS. Ése es el pensamiento que subyace en la doctrina del “extranjero próximo”, es decir, de preservar la mayor profundidad estratégica posible, la distancia entre los Urales y la frontera de Occidente.

El gran dilema de la Europa de Bruselas, de los Veintiocho, o de la Europa del Atlántico a los Urales, Rusia incluida, a la que se refería el general De Gaulle, está por dilucidar. La gran tarea geoestratégica de este siglo en Europa, del inmenso espacio euroasiático, exige la colaboración entre Bruselas y Moscú, sin olvidar que, en el centro de esa construcción, una Alemania recuperada y poderosa siempre vivió tironeada entre el este y el oeste.

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