Posteado por: M | 7 diciembre 2013

Mandela y el fin de la guerra fría

Derrumbado el muro de Berlín, silenciados los tambores de la guerra fría, la segregación racial en África del Sur, que había sido reiteradamente condenada por la comunidad internacional, perdió cualquier apoyo indirecto o enmascarado y geopolítico. El apartheid (desarrollo separado) devino un estorbo para el proyecto de un nuevo orden que se encaminaba, según los más optimistas, hacia el fin de la historia. Y en esa coyuntura apareció Nelson Mandela (1918-2013), que llevaba 27 años entre rejas, como el único líder negro capaz de evitar la confrontación sangrienta y encabezar la gesta de la reconciliación con los blancos para construir una sociedad democrática y multirracial. Con ese milagroso, idealista y súbito protagonismo se forjará el mito y se alimentará la leyenda.

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Obama y Raúl Castro en el fiuneral de Mandela

Mientras los presidentes Reagan y Gorbachov negociaban el desarme nuclear y el fin de la guerra fría, el deshielo llegó también a la guerra más cruenta de África, la de Angola, donde soviéticos y occidentales luchaban por países interpuestos. El Congreso norteamericano empezó por adoptar una primera ley contra la segregación racial en 1986. Fuertemente presionado por Moscú, el presidente de Angola, el filocomunista José Eduardo dos Santos, aceptó una tregua en la guerra civil, vinculada con la retirada recíproca de las tropas cubanas (50.000 soldados) y surafricanas, en agosto de 1988, señal inequívoca de que la liquidación del imperio soviético iba a tener importantes repercusiones en África.

Las turbulencias y el revisionismo llegaron hasta el campo fortificado de Pretoria. Enfermo y sintiéndose aislado internacionalmente, con oposición creciente dentro de su Partido Nacional, garante del apartheid, la doctrina fabricada por los colonos holandeses, los boers, el presidente surafricano, Pieter W. Botha, abandonó el poder, se retiró de la política y fue sustituido por Frederik W. de Klerk, un moderado dentro de las filas segregacionista, que gestionó inmediatamente la liberación de Mandela, el preso más longevo de la lucha anticolonial.

Éstos son los hechos y la trastienda, a los que se añadió la fuerte personalidad del prisionero. Lo que sobrecoge en Mandela es su fortaleza de carácter, su heroica energía y su sabiduría moral y política para rechazar sin reservas el fácil y estéril discurso del odio y la venganza contra los que habían dirigido o justificado un régimen inhumano, abominable. Desde el primer momento estuvo dispuesto a parlamentar con sus carceleros. En el camino de la reconciliación encontró a otro hombre encomiable, surgido de las tinieblas del apartheid, pero capaz de comprender que el régimen infame no podría sobrevivir en un contexto internacional hostil, Frederik de Klerk, que liberó a Mandela y declaró que estaba dispuesto a negociar una transición pacífica. Los dos compartieron el premio Nobel de la Paz en 1993.

Dejó dicho que no era “ni un santo ni un profeta”, pero Nelson Mandela, el hombre que condujo a Suráfrica desde las mazmorras del apartheid a la democracia multirracial, murió el 5 de diciembre en loor de multitud, en medio del pesar y los elogios unánimes dentro y fuera de su país. Pocas veces un hombre de Estado fue despedido con una apología político-mediática global tan unánime como emotiva, con tal glorificación sin apenas matices, unidas en los encomios la derecha y la izquierda, los progresistas y los conservadores, todos encantados de haberle conocido. La  exuberancia de incienso y retórica hacen prácticamente imposible hallar en la prensa mundial una nota necrológica discordante que aluda a sus momentos menos ejemplares, como el de la creación de la Lanza de la nación (junio de 1961), el brazo armado del Congreso Nacional Africano (ANC), con el que puso fin a la estrategia de no violencia y dio pábulo a las acusaciones de terrorismo.

Los mismos ditirambos en Washington, La Habana, Ámsterdam, Beijing o Londres. Aparecen en las pantallas las fotos del coloso surafricano con todos los dirigentes del mundo, que confiesan su admiración y ofrecen sus condolencias, en una apoteosis de la imagen del icono universal. No fue un pacifista, desde luego, pero los pacifistas de toda condición e ideología lo canonizan alegremente. Tuvo muchos amigos, de todos los colores e ideologías, algunos de ellos enemigos declarados de la libertad, la democracia y la reconciliación, como Fidel Castro, Muamar Gadafi o Robert Mugabe, el déspota cruel de Zimbabue.

No resulta políticamente correcto recordar que las potencias occidentales censuraban la segregación racial, pero mantenían relaciones políticas y sobre todo comerciales con el gobierno de Pretoria, o seguían explotando la mano de obra esclava en las minas de oro y diamantes. EE UU y Francia rivalizaron con armas y consejeros para que la Suráfrica del apartheid tuviera el ejército más poderoso del continente, capaz de imponer el orden en los países vecinos o participar en la guerra civil de Angola al lado de los rebeldes.

No cabe duda, empero, de que con su muerte desaparece el dique moral, el gigante político que frenaba con su sola presencia física las enormes contradicciones en que se debate el país, el más rico y uno de los más problemáticos de África. Mandela resulta ser un ejemplo paradigmático de cómo los individuos logran alterar el curso de la historia, aunque sea, desde luego, con el concurso de las circunstancias, en este caso, en medio de los estertores de la guerra fría; pero existe el riesgo cierto de que los herederos políticos dilapiden rápidamente la preciada herencia.

“La personificación del porvenir”

El 11 de febrero de 1990, Nelson Rolihlahla Mandela, también conocido por Madiba (nombre de su clan), salió de la prisión de Robben Island, sin otro deterioro aparente que los ojos sin lágrimas, quemados en las canteras de cal donde había cumplido los trabajos forzados. Tenía 71 años y fue recibido por su esposa Winnie. La escritora surafricana Nadine Gordimer, premio Nobel de Literatura en 1991, adversaria corajuda de la segregación racial, recordó con afecto: “Mandela era la personificación del porvenir.” En su primer discurso, en Ciudad del Cabo, proclamó: “Estoy aquí, ante vosotros, no como un profeta, sino como un humilde servidor. Mis diez mil días de cárcel están al fin detrás de mí. Los años de vida que me resten los pongo en vuestras manos.”

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Mandela fue elegido presidente de la República tras las primeras elecciones multirraciales en abril de 1994 que dieron una arrolladora victoria al Congreso Nacional Africano (CNA), el partido que había mantenido encendida contra viento y marea la llama de la resistencia contra el apartheid. “Ha llegado la hora de cerrar las heridas”, proclamó Mandela al tomar posesión de la presidencia de la República. El diario The Citizen, de Johannesburgo, que durante años se mantuvo fiel a la doctrina segregacionista, escribió: “Sus 27 años de cárcel han convertido a Mandela en una persona considerada y compasiva; la victoria electoral le ha convertido en un líder fuerte y seguro; su talla de presidente le ha dado el halo místico, a nivel nacional y mundial, de un ser excepcional.”

Desde la presidencia de la República, fue un servidor escrupuloso del rule of law, del imperio de la ley. Frente a los radicales de su partido y sus compañeros de armas, rehuyó algunas de las tentaciones ideológico-raciales –colectivismo, expropiación o expulsión de los blancos, militarización— que hicieron descarrilar el proceso de descolonización en África.

El régimen odioso del apartheid había sido un crimen contra la humanidad, pero Mandela rechazó expresamente la sedicente “justicia revolucionaria” y cualquier acto de venganza. Tenía muy claro que cuando se vulnera la ley, cualquiera que sea el objetivo de la insumisión, se acaba con la democracia. A través de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, presidida por el arzobispo Desmond Tutu, el nuevo régimen democrático ofreció una amnistía tanto a los miembros de los grupos armados de su partido como a los de las fuerzas de seguridad del apartheid. Su lema fue el escudo de la tolerancia: “Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no existirá el perdón.”

Las contradicciones que acompañaron durante toda su vida a este aristócrata tribal, que recibió una formación metodista, se hizo abogado en una universidad de la élite y simpatizó con los comunistas, empezaron a trasladarse al ejercicio del poder y alentaron el nacimiento de una nueva clase negra que compartió las prebendas económicas con la minoría blanca. Pero la inmensa mayoría de los negros vive bajo el signo de la pobreza, hasta el punto de que muchos jóvenes empiezan a criticar a Mandela por haber subordinado sus expectativas a la preservación de los privilegios de la minoría blanca.

Pese a haberlo combatido de manera implacable y cruel, los blancos le consideraban imprescindible para salvar sus vidas y sus haciendas tras el hundimiento del apartheid. Suprimida la venganza destructiva del lenguaje oficial, el proceso de la Verdad y la Reconciliación permitió que las víctimas del régimen de segregación recibieran el reconocimiento oficial por sus sufrimientos. “El sufrimiento puede engendrar la amargura o ennoblecer”, sentenció el obispo Desmond Tutu, jefe de la Iglesia anglicana y premio Nobel de la Paz en 1984. No cabe duda de que Mandela, una vez liberado, ganó con celeridad todos los títulos de nobleza política.

El presidente Bill Clinton, llegado a la Casa Blanca en enero de 1993, se apresuró a expresar su respaldo a Mandela, al que recibió con todos los honores, y prometió que haría todo lo que estuviera en sus manos para aumentar inmediatamente las inversiones norteamericanas en Suráfrica. Las agencias de calificación, especializadas en calibrar la solvencia de los países y las empresas, elevaron el crédito de Suráfrica y apoyaron implícitamente la tarea de reconstrucción y conciliación en que se había comprometido el líder negro.

De la lucha armada a la reconciliación

La empresa política de Nelson Mandela merece una consideración universal porque fue también la historia de una conversión, de una evolución hacia el pragmatismo sin perder la dignidad; del abandono de la lucha armada contra la opresión. La tentación del terrorismo y las simpatías comunistas –algunos revisionistas aseguran que fue miembro del clandestino partido comunista surafricano– le llevaron a la condena de cadena perpetua en abril 1964, acusado de “alta traición y tentativa de derrocar el gobierno por la fuerza”, pero muy pronto entraría en el camino de la rectificación. Ante sus jueces, al final de su alegato de defensa, pronunció cinco frases que fueron un ejemplo para todos los oprimidos y que acabarían convirtiéndole en un mito universal, a pesar de que el gobierno de Pretoria prohibió su difusión:

“He dedicado mi vida a la lucha por el pueblo africano. He combatido la dominación blanca y he combatido la dominación negra. He soñado con el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todos vivan juntos, en armonía, con iguales oportunidades. Se trata de un ideal que espero alcanzar y por el que espero vivir. Pero, si fuese necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir.”

Las razones o la explicación de ese revisionismo son múltiples, como es lógico, pero todas se funden en su dignidad personal, su indesmayable pasión por la justicia y la fe en su destino de libertador. Por eso, en febrero de 1985, rechazó una oferta de liberación que le presentó el presidente P. W. Botha, a cambio de su retirada política y de un llamamiento para el cese de la violencia. De todas maneras, el ofrecimiento de una liberación condicionada indicaba claramente que el poder blanco comenzaba a vacilar. Cuando fue investido presidente proclamó: “Al fin hemos logrado nuestra emancipación política.” Un largo camino de lucha, sufrimiento y perseverancia. Más reformista y conservador social que revolucionario.

El icono de la libertad que ahora aclaman todos los poderes del mundo, el héroe de nuestro tiempo fue un líder y un combatiente cuyo partido, el Congreso Nacional Africano (ANC), fue colocado por EE UU en la lista de organizaciones terroristas en 1980. “La lucha es mi vida”, confesó cuando ya estaba en la prisión. El apartheid era tolerado en Washington y Londres en nombre del anticomunismo de la guerra fría, pero el fin de ésta lo situó en el basurero de la historia. Luego Mandela salvó a su país de la guerra civil –su principal hazaña, sin duda– y finalmente, bajo su presidencia (1994-1999), impulsó un proceso de reconstrucción y reconciliación que está muy lejos de haber concluido con éxito.

Ninguno de sus sucesores estuvo a su altura, de manera que los problemas de Suráfrica son gigantescos, desde la terrible epidemia de SIDA a la corrupción endémica y la pobreza generalizada. Sus dos sucesores en la presidencia, Thabo Mbeki y Jacob Zuma, han acumulado los escándalos y los desastres. La ANC, el partido gobernante desde 1994, ejerce el caciquismo y tolera el enriquecimiento de sus dirigentes en todos los escalones de la administración. La raza, por otra parte, sigue inextricablemente vinculada con la clase social, de manera que muchos surafricanos viven en esferas raciales diferentes, separadas. Según el Barómetro de la Reconciliación de 2012, el 43 % de los surafricanos muy raramente habla con alguna persona de otra raza.

Si hemos de creer a Zakes Mda, profesor de la universidad de Ohio (EE UU), hijo de un compañero de armas de Mandela, existe un segmento de la juventud surafricana negra, con influencia de los recintos universitarios, que está convencido de que el libertador “vendió la lucha por la liberación  a los intereses de los blancos”. El 82 % de los negros cree que la pobreza es una consecuencia del apartheid. “El racismo continúa siendo una realidad, especialmente entre los blancos de las áreas rurales”, asegura  John Campbell, especialista en cuestiones africanas de un instituto de Washington.

Un país muy complejo de razas y religiones (la mayoría negra alcanza el 70 %), de los más violentos del mundo, de alto valor geoestratégico, con la riqueza muy mal distribuida, permanece fiel al legado más apreciado de Mandela –la democracia multirracial y el imperio de la ley–, pero necesitará algo más que la emoción y el recuerdo para no malgastar tan preciosa herencia. Mandela cambió el país, pero los viejos demonios siguen al acecho.

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