Posteado por: M | 15 diciembre 2013

Relato de terror en Corea del Norte

La sangrienta purga escenificada en Corea del Norte, que culminó el 12 de diciembre con el fusilamiento del general Jang Song-taek, tío y mentor del Líder Supremo, Kim Jong-un, suscitó las inevitables conjeturas sobre un régimen hermético y paranoico, último reducto del estalinismo, cerrado para la prensa desde hace medio siglo. No obstante, los especialistas surcoreanos y estadounidenses que escrutan a distancia todo lo que ocurre en Pyongyang coinciden en que un movimiento profundo de potencia incalculable está abriendo grietas en la estructura monolítica de la nomenclatura comunista, aunque las consecuencias sean, por el momento, limitadas y absolutamente imprevisibles.

Lo más sorprendente del relato de terror, escrito por la poderosa máquina de propaganda del régimen, fue la premura con que la agencia de noticias norcoreana (KCNA), el diario Rodong, del Partido de los Trabajadores (comunista), y hasta la sombría televisión oficial dieron cuenta pormenorizada de la supuesta conjura y justificaron la ejecución de Jang Song-taek, presentado no sólo como un conspirador y traidor a la patria, sino como un depravado moral, consumidor de drogas y derrochador de divisas. Declarado culpable de “un complot contra el Estado”, luego de “haber reconocido sus crímenes”, en un consejo de guerra sumarísimo, “el traidor fue ejecutado” por fusilamiento.

La lealtad que el régimen cultiva con mucho cuidado quedó herida en su círculo más íntimo, tras una operación llevada a cabo por el ministerio de la Seguridad del Estado. El detalle morboso es que la víctima se enteró de su desgracia mientras asistía a una reunión del politburó, el órgano supremo del partido comunista, del que fue inmediatamente expulsado, a mano alzada. Todo el proceso parece minuciosamente preparado, ejecutado sin dilación y aireado con la máxima celeridad. Según dieron a entender los servicios secretos norcoreanos, citados en las informaciones periodísticas de Seúl, Jang Song-taek, de 67 años, fue fusilado con disparos de ametralladora.

Los supuestos vicios de Jang fueron descritos y fustigados por la agencia norcoreana de noticias con un lenguaje escatológico: “Despreciable escoria humana, peor que un perro, que perdió millones de euros en los casinos y trató de inocular en nuestra sociedad el virus del decadente estilo de vida capitalista mediante la distribución de toda clase películas pornográficas entre sus confidentes y desde 2009.” El fusilado “preparó un complot para derrocar al gobierno con intrigas y métodos sucios” con el objetivo de “usurpar el máximo poder”. Días antes habían sido fusilados dos de sus colaboradores.

La retórica y la propaganda norcoreanas ofrecen un delirante viaje retrospectivo hacia el corazón de las tinieblas de las dictaduras comunistas. La confesión del culpable recuerda las orquestadas en los procesos de Moscú bajo el estalinismo, en los años 30 del pasado siglo, como puede leerse en la insuperable investigación histórica de Robert Conquest, El gran terror (edición revisada de 1990). Existen similitudes con los simulacros de juicio que se urdieron en algunas de las llamadas democracias populares (Checoslovaquia, Bulgaria, Hungría, Polonia) tras la toma del poder por los comunistas y sus compañeros de viaje, muy pronto sometidos o aniquilados, al término de la  Segunda Guerra Mundial. La caída de las fichas de dominó del imperio soviético precedió a la glaciación del telón de acero, de manera que las poblaciones del este de Europa, apenas liberadas de la tiranía nazi, quedaron sometidas a la comunista.

También parece oportuno recordar la ejecución sumaria del dirigente bolchevique Laurenti Beria, ministro del Interior y jefe de los servicios secretos (luego KGB), cuatro meses después de la muerte de Stalin, en junio de 1953, acusado de conspirar contra la seguridad del Estado, de ser un espía británico o de mostrarse favorable a la reunificación de Alemania. El misterio de su liquidación y las circunstancias exactas en que se produjo siguen sin desvelarse, pero probablemente Beria fue víctima de una lucha intestina por el poder en la que Jruschov, Molotov, Bulganin y Malenkov temieron que su competidor empleara los resortes de la policía política para hacerse con todo el poder.

Fue la última purga sangrienta en la cúspide del Kremlin, ya que once años después (1964), en plena refriega ideológica con la China maoísta, Nikita Jruschov sobrevivió a una nueva conjura, meramente destituido por incompetente y jubilado por la dirección colectiva y burocrática que había cristalizado en torno a Brezhnev (director de escena), Kosiguin (jefe del gobierno tecnócrata) y Suslov (cancerbero del dogma), que se repartieron el poder. Fue la estabilización de la nomenclatura y el mantenimiento de la coexistencia pacífica.

Más allá del paralelo 38, en Corea del Norte, rige desde hace más de medio siglo una espantosa y lóbrega tiranía dirigida por la dinastía de los Kim que recuerda en muchos aspectos a la que reinaba en el Kremlin bajo Stalin, descrita sarcásticamente por Winston Churchill como “un acertijo envuelto en un misterio dentro de una enigma”, convertidos los relumbrantes palacios en un lugar de oscuridad y terror donde la lucha por el poder se asemejaba a “una pelea de bulldogs debajo de una alfombra”, de la que se oyen los ruidos y aullidos, pero sin saber quién va ganando hasta que emerge fatigado y con desgarros el triunfador.

El fusilado pasaba por ser el número dos del régimen y tenía lazos familiares con la saga de los Kim, como esposo de la hija única de Kim Il-sung, “el venerado líder” creador de la dinastía fallecido en 1994, y, por ende, cuñado de Kim Jong-il, el sucesor dinástico, bajo cuya égida subió todos los escalones de la jerarquía comunista y promocionó a dos de sus hermanos, generales del ejército, uno de ellos como jefe de la guarnición de Pyongyang, de los que nada se ha sabido con ocasión de la purga. Tras la muerte de Kim Jong-il en 2011, su cuñado siguió ejerciendo una gran influencia sobre el heredero del poder, Kim Jong-un, al que ahora no le ha temblado el pulso para ordenar o aceptar su fusilamiento infamante. El embrollo de familia, el poder despótico y la corrupción se entrecruzan y acaban en el patíbulo.

Jang Song-taek llevaba más de 40 años en los corredores del poder y su influencia se reforzó considerablemente tras la muerte de Kim Il-sung en 1994. Su visita a Seúl en 2002, para sellar la apertura y la tolerancia hacia “los hermanos separados” del sur, le granjeó una reputación de aperturista y le hizo aparecer ante el mundo como el hombre capaz de impulsar un cambio estratégico en Pyongyang, pero pronto cayó en una relativa desgracia, por motivos que no fueron revelados, y estuvo tres años alejado de la cúspide del poder inescrutable.

Tras la entronización de Kim Jong-un como Líder Supremo, su tío Jang reapareció como consejero áulico y verdadero hombre fuerte del régimen, miembro del politburó comunista y vicepresidente de la poderosa Comisión Militar que utiliza el Partido de los Trabajadores para el control de los generales. Su posición como número dos quedó confirmada durante una visita a Beijing, en agosto de 2012, donde fue recibido con todos los honores por el presidente a la sazón, Hu Jintao, y otros dirigentes, quienes muy probablemente le hicieron ver su disgusto con el empeño norcoreano de seguir adelante con el programa nuclear.

Tras el viaje a Beijing, Jang trató de persuadir a su sobrino y “líder muy amado” para que echara el freno a los programas militares, pero, en vez de hacerle caso, el joven Kim autorizó un tercer ensayo de una bomba nuclear, en febrero de 2013, que causó alarma tanto en Beijing como en Washington y sus aliados en Asia, Corea del Sur y Japón. Esa clara discrepancia entre tío y sobrino, aireada por funcionarios chinos, marcó el comienzo de la caída en desgracia del primero, siempre en el marco de las luchas por el poder que caracterizan a los Estados totalitarios, sobre todo, cuando el líder en funciones se siente amenazado en su omnímodo poder. Las alharacas ideológicas son un elemento de adorno.

La situación se agrava y causa inquietud lógicamente en los vecinos cuando el tirano investido con poderes exorbitantes es un joven inexperto, de unos 30 años, que no vacila ante las provocaciones y las purgas, incluso familiares, mientras mantiene el dedo en el gatillo nuclear y amonesta y amenaza a los norteamericanos con un ataque contra sus bases en la región, un Pearl Harbor nuclear. Pyongyang domina la tecnología de los misiles balísticos y está muy cerca de disponer de un ingenio nuclear operativo mediante la miniaturización de la ojiva.

Si el consejero oficial y familiar ha sido brutalmente eliminado, la lógica de la situación sugiere que otros dirigentes, probablemente vinculados con el aparato militar, hasta ahora desconocidos, están detrás de Kim Jong-un en sus provocaciones. La hipótesis de que el Líder Supremo ha ejecutado a su tío para demostrar su firmeza ante Beijing y Washington no es contradictoria con la anterior, pero me parece menos probable. En cualquier caso, parece evidente que el régimen paranoico y brutal, que no retrocede en sus planes militares ante la hambruna endémica de su población, considera que el arma nuclear es una especie de coraza que le protege del enemigo exterior.

Al día siguiente de anunciar el fusilamiento, la agencia norcoreana de noticias apuntó contra “elementos indeseables” que ocupan “importantes puestos en el partido y el Estado, en ministerios e instituciones nacionales”, pero también contra algunas agencias relacionadas con el comercio exterior y los aliados de Jang en el ejército. La ejecución de Jang bien pudiera ser una brutal advertencia para todos los conspiradores incrustados en el monstruo burocrático y una señal de que la purga no ha hecho sino cortar la cabeza de la hidra.

Como sugieren la experiencia, la historia y la retórica comunista, la máquina del terror, una vez puesta en marcha por el hombre que está en la cúspide, ya resulta muy difícil de detener, de manera que si no encuentra enemigos claros, los inventa y los elimina con absoluta impunidad.

Se esperan, por tanto, nuevos acontecimientos, de los que no cabe descartar una provocación exterior que distraiga la atención de lo que acontece en Pyongyang y ponga en guardia una vez más a Estados Unidos y China. Mientras Beijing no se muestre más enérgico con su cliente, será muy difícil un avance en las negociaciones sobre la desnuclearización de la península coreana. Hasta ahora, China siempre retrocedió ante la perspectiva de un hundimiento del régimen de Corea del Norte y una reunificación de facto que situaría a las tropas norteamericanas en la frontera de Manchuria.

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Responses

  1. Nueva lección de historia y análisis certero de los flecos alargados del estalinismo. Gracias por ayudarnos a entender este sin dios. Paco Salas


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