Posteado por: M | 5 enero 2014

Israel y Palestina, ¿la paz imposible?

El secretario norteamericano de Estado, John Kerry, no se arredra ante las enormes dificultades que entraña su empeño de lograr un acuerdo de paz entre los israelíes y los palestinos que la mayoría de los observadores internacionales consideran poco menos que imposible. Después de tres días de intensas conversaciones con el primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, y el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abas, Kerry se mostró relativamente optimista el 5 de enero, antes de partir de Jerusalén para Jordania y Arabia Saudí, y aseguró que “se han realizado algunos progresos”, sin más precisiones, dando a entender que los problemas son los de siempre y que la situación sigue bloqueada.

El jefe de la diplomacia estadounidense visitó Jerusalén y Ramala, en su décima visita a Israel y Palestina en los once meses que lleva en el cargo, pero los hechos y las actitudes muestran el encono de siempre por ambas partes, los relatos históricos resultan contradictorios, el paisaje permanece atormentado, los agravios recíprocos siguen en pie y los pronósticos son tan sombríos como desalentadores. Lanzada hace más de 20 años, la supuesta solución de los dos Estados en buena vecindad y ánimo tolerante sobrevive a duras penas, como una referencia muy problemática cuando no inalcanzable, y las alternativas son meras especulaciones.

En sus conversaciones con Netanyahu y Abas, el secretario de Estado presentó un acuerdo de bases para la resolución del conflicto, pero las reacciones fueron cautelosas o abiertamente de rechazo. El ministro israelí de Relaciones Internacionales, Yuval Steinitz, hizo saber que Israel recusa en bloque las propuestas norteamericanas para la mantener seguridad en el valle del Jordán, uno de los asuntos más peliagudos. Los palestinos aceptan el despliegue de una fuerza internacional en la frontera del Jordán, pero Israel se opone frontalmente por motivos supuestamente estratégicos, pese a que ha probado con éxito un escudo antimisiles.

La última iniciativa pacificadora, patrocinada por Estados Unidos después de tres años de parálisis absoluta, comenzó el 29 de julio de 2013, dirigida por John Kerry, con el objetivo de alcanzar un acuerdo final en un plazo de nueve meses, aunque ambas partes expresaron reiteradamente su escepticismo y sus dudas sobre la buena voluntad de sus antagonistas. No obstante, el secretario de Estado sigue actuando como intermediario, viajando y pregonando que no está empeñado en una misión imposible, a pesar de que nuevos obstáculos, declaraciones contradictorias y hechos consumados por parte de Israel le salen al paso.

No habrá verdaderos progresos, sin embargo, hasta que una enérgica acción diplomática y económica, dirigida desde Washington y secundada por la Unión Europea, consiga alterar los cálculos de coste/beneficio de la ocupación militar de Cisjordania en la opinión pública israelí. Sería un viraje histórico, de verdadero impulso hacia la paz, quizá retomando la última iniciativa del presidente Clinton en 2000, pero que no se vislumbra en el horizonte. El que fue jefe del Shin Bet, los servicios secretos internos israelíes, Yuval Diskin, lo dijo recientemente: “Necesitamos un acuerdo ahora porque el permanente conflicto con los palestinos es más peligroso para Israel que un Irán nuclear”, pero sus razones y su urgencia no impresionan a la opinión pública ni mucho menos al gobierno de Netanyahu.

La nueva exigencia del “Estado judío”

Un destacado comentarista del New York Times, Roger Cohen, que se declara sionista laico, estampaba en su primer artículo del año un vaticinio radical y pesimista: “A pesar de todos los esfuerzos de John Kerry, éste será otro año en el que la paz no se alcanzará en el Próximo Oriente.” Y censuraba explícitamente al gobierno de Israel por introducir en el debate una nueva exigencia realmente explosiva, a la que considera “una pérdida de tiempo”: el reconocimiento por los palestinos de Israel como “Estado judío”, una adjetivación religiosa o étnica extemporánea en el marco jurídico de las relaciones internacionales, pero a la que se aferra el primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, por considerarla como “la verdadera llave de la paz”. El presidente palestino, Mahmud Abas, por el contrario, ha reiterado en múltiples ocasiones, la más reciente en una carta al presidente Obama, que jamás accederá a esa pretensión.

Los detractores políticos de Netanyahu, en efecto, sostienen que la exigencia de “un Estado judío” es una maniobra de distracción para demorar o hacer embarrancar las conversaciones de paz, a sabiendas de que ningún presidente palestino se allanará en esa cuestión. El primer ministro israelí replica: “El corazón de este conflicto nunca ha estado en las fronteras o en los asentamientos, sino en algo distinto y esencial: el permanente rechazo [de los árabes] a aceptar un Estado judío cualesquiera que fueran sus fronteras.” Cualquiera sea su vinculación íntima con el judaísmo (nació en una familia laica), la verdad es que Netanyahu aparece ante la opinión pública como el representante de un nacionalismo anexionista, aunque de religiosidad impostada.

Proclamado en 1948, tras la partición decretada por la ONU, el Estado de Israel sólo ha sido reconocido por dos Estados árabes, Egipto y Jordania, en sendos tratados de paz (1979), corolarios de la guerra del Yom Kippur (octubre de 1973), en ninguno de los cuales figura la cláusula concerniente al carácter judío. Los israelíes religiosos y laicos, étnicos o culturales, coinciden en su identificación con la existencia y los logros históricos innegables del sionismo –el Estado de Israel, fortalecido en las más arduas circunstancias–, pero discrepan en cuanto a la gestión política y los postulados del nacionalismo mesiánico.

No cabe ninguna duda de que gran parte de los judíos que viven en Israel y todos los que habitan en las colonias  –entre éstos, muchos sionistas norteamericanos extremistas– se sienten emocional e ideológicamente vinculados con la naturaleza sionista del Estado, por más que las emociones y los motivos religiosos que los embargan puedan resultar confusos y hasta ilegítimos para los gentiles. Los partidarios del Gran Israel alardean de un “derecho histórico” que deriva de un credo religioso respetable, pero que se funda en una ocupación que cesó hace casi 20 siglos y que, por lo tanto, está prescrito y no puede esgrimirse ante la comunidad internacional.

La Autoridad Palestina arguye que la aceptación de ese principio del “Estado judío” convertiría a los casi dos millones de palestinos que viven dentro de Israel en ciudadanos de segunda clase, entrañaría la abolición del derecho de retorno de los refugiados, muchos de ellos malviviendo en las barracas de los campos, y borraría simbólicamente su presencia de siglos en el espacio ahora en disputa. La definición religiosa de un Estado resulta poco acorde con la democracia, puesto que establece discriminación entre sus ciudadanos, según la fe que profesen, y nadie la plantea en el mundo occidental al que Israel pertenece.

Los argumentos pragmáticos, religiosos e históricos que sostienen los judíos y los palestinos, en contra y a favor del carácter sionista del Estado de Israel, sólo sirven para agudizar el problema de fondo: la disputa del mismo territorio por dos pueblos. Los judíos estuvieron antes, hasta la destrucción del Templo y la dispersión del año 70, cuando se produjo la diáspora, y su presencia efectiva no se recuperó hasta principios del siglo XX. La historia posterior está signada por la hostilidad y el encono, pero los israelíes tienen la legitimidad jurídica añadida del reconocimiento de la ONU, de la inmensa desgracia padecida por sus mayores (el holocausto) y de su victoriosa supervivencia en unas circunstancias muy poco favorables.

Cuando el primer ministro israelí, Isaac Rabin, y el presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), Yaser Arafat, firmaron solemnemente en la Casa Blanca los acuerdos de Oslo, en septiembre de 1993, en presencia del presidente Bill Clinton, los documentos incluyeron un reconocimiento recíproco y, por ende, el derecho de Israel a “existir en paz y seguridad”, dentro de fronteras seguras y reconocidas internacionalmente. Sólo los extremistas de Hamás y la Yihad Islámica rechazan ese reconocimiento.

Ante la visita de Kerry a Jerusalén y Ramala, otro destacado periodista norteamericano, abanderado del “sionismo liberal” en la comunidad judía, Peter Beinart, llegó por otros derroteros a una conclusión similar a la de Cohen, en el diario israelí Haaretz: “El escenario más probable es que 2014 será el año del fracaso de Kerry” porque el gobierno israelí está dominado por los ministros que se oponen al nacimiento de un Estado palestino viable y que difícilmente cambiarán de opinión. Recuerda lo que ya sostenía Dennis Ross, probablemente el diplomático estadounidense que mejor conoce la situación: “Netanyahu nunca abandonará a su tribu, el verdadero corazón de sus partidarios” y, por lo tanto, de su poder. Se refiere, sin duda, a los colonos organizados en Cisjordania, armados hasta los dientes y dispuestos a impedir por todos los medios cualquier amago de evacuación.

La llegada de Kerry a Jerusalén, el 1 de enero, coincidió con la puesta en libertad de 26 presos palestinos, algunos con crímenes de terrorismo a sus espaldas, aunque anteriores al acuerdo de paz de Oslo en 1993, en medio de las protestas de los familiares de las víctimas. Ésta es la tercera tanda de las cuatro prometidas para la liberación de 104 presos, un proceso que se inició en agosto último y debe completarse el 29 de abril, fecha en que expira el plazo de nueve meses que se dieron ambas partes el 31 de julio de 2013 para llegar a un compromiso que les permita negociar una paz definitiva. Desde entonces, los negociadores han mantenido 20 reuniones bilaterales y discretas, de las que no ha trascendido ningún avance.

Ante el dilema de liberar a esos 104 presos, algunos de ellos peligrosos terroristas, o de renunciar a la expansión de las colonias en Cisjordania y Jerusalén oriental, el gobierno de Netanyahu eligió la primera opción. La razón más evidente es que no piensa en ningún caso desmantelar las colonias, pese a los requerimientos en ese sentido formulados reiteradamente por Washington y la Unión Europea. Según informó la prensa israelí, Netanyahu aplazó por unos días el anuncio de la construcción de 1.400 viviendas en Cisjordania y Jerusalén oriental, a fin de ahorrarle a Kerry la humillación sufrida en 2010 por el vicepresidente Joseph Biden; pero la licitación de las obras se producirá tan pronto como termine la gira diplomática.

Kerry llevó en el equipaje lo que la prensa norteamericana describe como un documento o proyecto de “a framework agreement”, “un acuerdo marco”, o de bases, que debería promover la convergencia de los israelíes y los palestinos en los asuntos cruciales cuya resolución es imprescindible para el nacimiento de un Estado palestino en la Cisjordania bajo ocupación militar, un territorio que los judíos insisten en llamar Judea y Samaria, sus nombres bíblicos. Postula Kerry, pues, una aproximación diplomática, con inmediata repercusión sobre el terreno, que se juzga altamente problemática debido a la distancia abismal que separa a los antagonistas.

Aunque Kerry no haya pensando nunca en tirar la toalla, quizá porque la distensión con Teherán pasa por Jerusalén y Ramala, lo cierto es que ha rebajado considerablemente sus expectativas, hasta el punto de afirmar que, en caso de que se produzca ahora un nuevo fracaso, “ya no tendremos otra oportunidad” de realizar un nuevo intento. El conflicto, en tal caso, se alejaría de la órbita de Washington, para regresar y enquistarse en los organismos internacionales, con el riesgo de un nuevo estallido de violencia. EE UU no volvería a hacerse cargo de la situación hasta la entrada en funciones de un nuevo presidente, en enero de 2017, en unas circunstancias internacionales absolutamente impredecibles.

El que se anunció en julio de 2013, cuando comenzó la actual fase negociadora, como “a final status agreement” (un acuerdo sobre el estatuto final) se ha convertido en un mero acuerdo de bases que obligaría a negociar de nuevo todos los asuntos relevantes y sus engorrosos detalles, sin límite de tiempo. Ese modesto objetivo ha sido confirmado por el presidente Obama en sus últimas referencias sobre el conflicto. Una pérdida de tiempo o una manera de ganar unos meses para que maduren o se encrespen algunos de los problemas que se pudren desde hace medio siglo y cuatro o cinco guerras, la última contra Hizbolá en el verano de 2006.

Los puntos cruciales de la negociación

No estará de más recordar los cuatro puntos cruciales de la negociación: a) la cuestión territorial: el futuro de las colonias, del muro de separación y las fronteras entre ambos Estados; b) el estatuto de Jerusalén, en cuya parte oriental los palestinos pretenden establecer la capital de su Estado; c) los asuntos de seguridad prioritarios para Israel: la desmilitarización del Estado palestino y la profundidad estratégica en el valle del Jordán; y d) el derecho de retorno que reclaman los palestinos para los refugiados que huyeron o fueron despojados de sus tierras y viviendas en 1948, tras el triunfo hebreo en la guerra de la Independencia (1948).

La solución de los dos Estados con fronteras seguras y el pleno reconocimiento internacional, incluyendo el de Israel por los Estados árabes, tiene cada día menos partidarios, si se exceptúan los países de la Unión Europea (UE) y los sectores más progresistas de la Administración de Obama. El Israel, aún el 63 % de los encuestados se muestra favorable a la solución de los dos Estados, pero sólo el 28 % cree que pueda alcanzarse mediante la negociación con los palestinos. El ministro israelí Naftalí Bennet ha llegado a solicitar el fin de la mediación norteamericana y la anexión parcial de Cisjordania.

Otros ministros y diputados derechistas israelíes han dado pábulo a provocativas propuestas para el establecimiento de nuevas colonias o la anexión del valle del Jordán para encerrar a un minúsculo e inviable Estado palestino en un anillo de hierro israelí con el pretexto de obtener una mayor profundidad estratégica y controlar los recursos hídricos, desde los altos del Golán, arrebatados a Siria en 1967, hasta la frontera con Jordania a lo largo de la vía de agua, de importancia esencial en la región.

Unos cuanto datos darán idea de la situación semicolonial que prevalece en el valle-corredor estratégico, en el que viven unos 60.000 palestinos, repartidos por numerosas aldeas y la capital administrativa, el antiguo oasis de Jericó, que están dedicados a la agricultura, la mayoría de ellos como aparceros de los terratenientes. Frente a ellos, unos 6.500 colonos israelíes asentados en 21 comunidades entre las que se encuentran varias bases militares desde las que el ejército israelí controla todo el territorio. Los colonos cultivan casi el doble de tierra que los palestinos, emplean a unos 6.000 de éstos en modernas explotaciones agrarias adaptadas al clima semitropical y dominan y aprovechan los codiciados recursos hídricos.

El valle del Jordán se ha convertido en el más arrogante objetivo de los anexionistas que encabeza el primer ministro y, por ende, en un punto esencial de la negociación. Netanyahu nunca ha ocultado sus intenciones desde que en 1997, cuando era primer ministro, declaró: “El valle del Jordán será una parte integrante del Estado de Israel en cualquier acuerdo.” El reto sigue ahí.

En el frente interior, con algunos comentaristas liberales en contra, pero con la oposición de izquierdas diezmada y dividida, Netanyahu goza de una preeminencia indiscutible. En la franja de Gaza, los extremistas de Hamás pasan por malos momentos, agobiados tanto por la lasitud y la pobreza inaudita de la población como por las dificultades para recuperar la ayuda financiera de Irán. La autoridad del presidente de la Autoridad palestina, Mahmud Abas, ha mejorado considerablemente, pero es consciente de que sus rivales utilizarán la menor concesión a Israel para poner de nuevo en la calle a todos los desesperados.

La situación sigue sin cambios en lo que concierne al nudo gordiano territorial, el trazado de las fronteras y la delimitación del territorio entre ambos Estados. La inmensa mayoría de los israelíes considera que la unificación de Jerusalén como “capital eterna de Israel”, proclamada en 1970, es irreversible, además de que el gobierno de Netanyahu, el más derechista y radicalmente sionista de la historia, no tiene ninguna voluntad de evacuar las colonias de Cisjordania, en las que habita medio millón de judíos radicalizados y con frecuencia violentos, ni de derribar el muro de separación (alambradas y cemento) levantado a lo largo de gran parte de la línea verde, es decir, la frontera anterior a la guerra de los Seis Días (junio de 1967).

Los colonos tienen el respaldo no sólo del gobierno de Netanyahu, sino igualmente de una gran parte de la opinión pública que desconfía del “amigo americano” en un contexto especialmente desfavorable, en el que la decisión de Obama de buscar un acuerdo con la teocracia de Irán causó una verdadera conmoción. Tras la amenaza permanente de la milicia Hizbolá desde el Líbano y de Hamás desde Gaza se perfila el poder nuclear de Irán en manos de unos ayatolás que no ocultan su intención de borrar a Israel del mapa y que han convertido a Teherán en el epicentro de una virulenta campaña antisionista.

Durante los cinco años que lleva en la Casa Blanca, a pesar de las bellas palabras y las promesas, Obama no sido capaz de alterar un panorama ensombrecido por medio siglo de guerras y violencia, por los fracasos de las negociaciones, la ocupación militar, la desesperación de los palestinos y el escepticismo o el temor de los israelíes. Según el citado Beinart, la comunidad judía norteamericana, que ejerce una considerable influencia sobre el proceso político en Washington, está a punto de perder sus relevantes posiciones en el debate de fondo, debido tanto a la intransigencia de Netanyahu como a las contradicciones de Obama.

El fracaso de la diplomacia norteamericana y de la Unión Europea durante los últimos veinte años se explica por un planteamiento radicalmente equivocado que consiste en creer o fingir que Netanyahu acepta la solución de los dos Estados, cuando desde que ejerció como primer ministro, en el período 1996-1999, quedó absolutamente claro que su objetivo estratégico no es otro que el de crear hechos irreversibles sobre el terreno para impedir la creación de un Estado palestino viable, preservar el statu quo y mantener un control permanente sobre Cisjordania. Esa posición se radicalizó cuando fue elegido líder del Likud en 2005.

Un somero repaso de la vida política de Netanyahu nos ilustra sobre su radical oposición a todas las iniciativas de paz de sus predecesores, incluyendo los tratados de paz con Egipto y Jordania y la decisión del general Ariel Sharon, a la sazón jefe del Likud y primer ministro, de retirar a las tropas israelíes y evacuar por la fuerza a los colonos de la franja de Gaza, en agosto de 2005, que posteriormente cayó en manos de los integristas de Hamás. También se ha negado tenazmente a reconocer las fronteras de 1967, internacionalmente aceptadas, como punto de partida para la negociación de un tratado de paz.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: