Posteado por: M | 10 enero 2014

El populismo cabalga por Europa y se enquista en Cataluña

Europa necesitó dos guerras mundiales y más de un centenar de millones de muertos para curarse del morbo letal del nacionalismo que se manifestó en las convulsiones innumerables de dos siglos. El choque de los nacionalismos no conoce límites en sus tragedias. Por todo ello, la Unión Europea se levantó desde la impresión terrible de las cenizas, del año cero de 1945, ciertamente contra el pasado alemán y el futuro soviético: el genocidio alemán que era, al mismo tiempo, el ominoso pasado del nacionalismo, y el radiante porvenir soviético, la utopía del Gran Hermano, la tiranía del gulag y el socialismo de la penuria, real y blindado. 

Ahora, cuando van a cumplirse los 57 años desde la firma del Tratado de Roma (25 de marzo de 1957), Berlín mira de nuevo hacia Moscú y Europa vuelve a estar en pie, próspera, ampliada y en paz, pero invadida y como postrada o acomplejada ante el ímpetu del nacionalismo en su nueva encarnación como “nacional-populismo”. Este concepto dio título a un artículo académico de Pierre-André Taguieff hace 30 años, “La rhétorique du national-populisme” (Revista Mots, 1984), aunque el análisis estaba centrado en el Frente Nacional (FN) de Jean-Marie Le Pen, entonces en sus comienzos más agresivos, principal beneficiario de la reforma electoral que se le ocurrió al presidente Mitterrand.

Europa está de nuevo amenazada por la tempestad que pretenden desencadenar los nacionalistas de toda laya, muchos de ellos bajo la cobertura o el disfraz del euroescepticismo. Marine Le Pen, estrella ascendente del nacionalismo francés (18 % de los votos en 2012), espera tener éxito en las elecciones europeas de mayo próximo, junto con otros partidos similares, para provocar “una crisis política” en las instituciones europeas. La justificación es que “el pueblo francés y los pueblos europeos han dejado de ser soberanos”, según Le Pen, y las consecuencias del éxito de ese populismo serían terribles: restablecimiento del franco, freno de la inmigración y recorte de los beneficios sociales de los inmigrantes. Una utopía siniestra.

La descripción del fenómeno populista fue aclimatada a los nuevos tiempos por el mismo Taguieff en dos libros: L´Illusion populiste. Essais sur les démagogies de l´âge démocratique (Flammarion, París, 2007)  y Le nouveau national-populisme (Ediciones del CNRS, París, 2012). Estaba cambiando el paisaje político de Europa, arreciaban las dudas en Bruselas, bajo el impacto de la crisis global, y los movimientos populistas, en vez de oponerse a la democracia liberal, trataban de reivindicar sus valores, aunque teñidos por un supuesto patriotismo, y mantenían la guerrilla contra las élites fatigadas o transnacionales, poco sensibles a los cantos de sirena de la excepción cultural.

Según Taguieff, el tradicional discurso populista adquiere una virulencia especial cuando sus banderas son tremoladas por partidos identitarios, como en el caso de Cataluña, Escocia, el País Vasco, Flandes o Galicia, cuyas exigencias de ”preferencia nacional” –los de casa antes que los forasteros— se superponen a las demandas culturales o étnicas, provocando un repliegue identitario que permite enmascarar los problemas sociales y ocultar la mala gestión para cargar los supuestos agravios sobre las anchas espaldas del enemigo exterior, España en su caso. Hasta se monta un simposio en Barcelona para identificarlo y vituperarlo –“España contra Cataluña”–, con el simposiarca y sus cuates descaradamente al servicio del poder, prestos a falsificar la historia de manera harto anacrónica y pedestre, convirtiendo un conflicto dinástico e internacional de hace tres siglos en la “lucha de liberación” de la oligarquía cerril que señoreaba Barcelona en 1714.

Bajo la aflicción y el pretexto de la peor crisis económica desde 1929, el nacionalismo y el populismo cabalgan de nuevo, amalgamados o coligados en un nuevo fantasma que recorre Europa –el nacionalismo aupado por el populismo–, pero que poco tiene que ver con el comunismo que presagiaban Marx y Engels en el célebre Manifiesto de 1848, epítome de sus conclusiones teóricas. El caballo desbocado (“chúcaro”, que señaló Vargas Llosa) del nacionalismo fue para Friedrich W. Nietzsche “la enfermedad y sinrazón que existe más destructiva de la cultura, es la neurosis de la que Europa está enferma y que perpetúa la división de Europa en pequeños Estados y su pequeña política”. Y está de nuevo enquistada en Cataluña.

El populismo vive incrustado en el sistema, aunque vitupera acerbamente y de manera oportunista a las élites que lo dirigen, y se encarna en un líder carismático o, por lo menos, de verbo florido y ademanes enérgicos, aunque la verdad es que la figura de Artur Mas me recuerda a la del viajante que dramatizara su tocayo Miller, la mitología del éxito imposible. Frente a la democracia liberal, parlamentaria o presidencialista, fundada en un compromiso histórico de los partidos sobre la intangibilidad del Estado del bienestar, asumido al unísono por socialdemócratas, democristianos y conservadores, se alza insolente el populismo en sus diversas variantes, a derecha e izquierda, que se nutre del voto de protesta de los restos de la clase obrera o de las clases medias alarmadas.

El nacionalismo marcha del bracete con el populismo y la inquietante pareja se refleja en las primeras páginas de los periódicos y en algunos libros con pronósticos sombríos, con bastante frecuencia, aunque no siempre, acompañados por los adversarios de la democracia, los llamados demófobos en los círculos académicos. El nacional-populismo agita las banderas del pueblo en la calle, en los desfiles, contra las restricciones democráticas que ponen freno a su libérrima voluntad; dirige y subvenciona los movimientos de las multitudes que siempre están dispuestas, como se sabe, a pedir que suelten a Barrabás.

El populismo, ante todo, opera como un discurso que se articula en torno a la vagorosa noción de “pueblo” o de “llamamiento al pueblo”, una multitud representada o secuestrada por los profetas del “nuevo Estado de Europa”, a sabiendas de la falsedad o imposibilidad del aserto. Toda la campaña electoral de Artur Mas en 2012 se desarrolló en torno al lema “la voluntat d´un poble” (la voluntad de un pueblo), acepción étnica y fruto podrido de la tópica sinécdoque que confunde la parte nacionalista con el todo de los votantes, los movilizados de la causa con los ciudadanos silenciosos.

Tras las revoluciones de los siglos XVIII y XIX, la arbitrariedad del poder real absoluto fue reemplazada por la de los dictadores que se arrogaron “la voluntad del pueblo”, y en su nombre cometieron hechos abominables, violentaron el orden jurídico e incluso impusieron “una justicia del pueblo” para reprimir, encarcelar o fusilar a los disconformes. El pueblo de las dictaduras, convertido en una manada guiada por los devotos y los esbirros, sirvió para sofocar la libertad y dio cobertura a las más pavorosas matanzas. En el siglo XXI, Artur Mas utiliza al “pueblo catalán” de sus delirios para forzar las costuras de la nación española como cuerpo constituido y del orden democrático, garantía y amparo de las libertades de todos los ciudadanos.

Un inventario de “los insurgentes populistas”

El escritor italiano Beppe Severgnini, columnista del Corriere della Sera, publicó el 2 de enero un vibrante y alarmista artículo en la edición global del New York Times para advertirnos de que “el relato de Europa está en manos de sus enemigos” y de que los partidos antieuropeos, nacionalistas y populistas, euroescépticos, surcan viento en popa. En medio de rituales invocaciones democráticas, los nacional-populistas están socavando los dos pilares de la integración europea: el imperio de la ley, sin posibles atajos, y la protección del Estado del bienestar. El relato español en Cataluña ha sido arrinconado por el particularismo parcial y enconado, sin que el gobierno central se inmute o los intelectuales se levanten.

El semanario británico The Economist, europeísta a pesar del ventarrón de eurofobia que sopla en Westminster, dedicó en su primer número del año varias páginas a inventariar “los insurgentes populistas de Europa”, esos movimientos o partidos derechistas que progresan en todo el continente, empezando por el United Kingdom Independence Party (UKIP), Partido de la Independencia del Reino Unido, que tiene nada menos que 10 diputados en el Parlamento Europeo y excelentes expectativas de voto para las elecciones europeas que se celebrarán en mayo-junio de este año, tras las cuales pretende formar una coalición ideológica con el Frente Nacional  (FN) de Francia, dirigido por una correosa Marine Le Pen, tácticamente alejada de las truculencias antisemitas de su padre, y que puede alcanzar el 20 % de los votos y mejorar su actual representación en Estrasburgo (tres eurodiputados).

Otras fuerzas afines podrían sumarse a ese asalto nacional-populista al Europarlamento. Los franco-británicos, quizá los mejor situados, cuentan como probables aliados, entre otros, con la Liga Norte italiana (siete eurodiputados), el también italiano Movimiento Cinco Estrellas (de Beppe Grillo), el Partido de la Libertad de los Países Bajos (4 eurodiputados), la Alternativa por Alemania, el Partido Liberal austriaco, el Partido del Pueblo danés, el belga Vlaams Belang (Interés Flamenco), la coalición Polonia Unida (4 eurodiputados), los Demócratas Suecos de Björn Söder y los Verdaderos Finlandeses, entre otros con similares raíces y mensajes, aunque también con evidentes discrepancias.

El consenso podría fraguarse en torno de la consigna minimalista acuñada por el líder holandés Geert Wilders: “Menos Europea, más Holanda”, al frente de un Partido de la Libertad (PVV) que es claramente prosionista y está en favor de los matrimonios homosexuales, al revés de lo  que defiende, entre otros, el FN francés. También existe un acuerdo generalizado entre los populistas para considerar, como asegura Wilders, que Europa y el islam son incompatibles. Como se recordará, los representantes de la  Unión Europa rechazaron incluir en el prefacio de la frustrada Constitución una alusión a “las raíces cristianas de Europa”.

Según sostuvo Catherine Fieschi en un artículo publicado en la plataforma digital Open Democracy (junio de 2013), lo realmente urgente no es despertar al fantasma del fascismo de los años 30, pues muchos de esos partidos no tienen sus raíces en la extrema derecha o hacen lo posible para separarse de esa herencia, sino escudriñar sus programas y denunciar la impostura de dividir a los demócratas o propugnar las soluciones de campanario e insolidarias en un mundo global.

El populismo de la separación 

El profesor Dominique Reynié, director general de la Fundación para la Innovación Política, en su reciente libro Les nouveaux populismes (Fayard, París, 2013), ha remozado las ideas de Taguieff y ha reunido a muchos de los partidos euroescépticos en una nueva categoría que trasciende la vieja dicotomía derecha/izquierda: “el populismo patrimonial”, atractivo para las clases medias y caracterizado por una defensa a ultranza tanto del patrimonio material, amenazado por la globalización y la crisis, como del patrimonio inmaterial, el estilo de vida o la identidad étnico-lingüística. Al fondo se divisa el miedo a perder una situación privilegiada.

Una fórmula eficaz para aglutinar a las clases medias con las clases populares en un proyecto político pegado al terreno, “atrapa-votos” en todos los sectores, que quebranta las normas democráticas “en nombre del pueblo”. Los nuevos demagogos se dirigen tanto a las clases medias inquietas por las oleadas inmigratorias y muy especialmente por el expansionismo del islam como a los trabajadores de los suburbios amenazados por el desempleo y la exclusión. Los nacional-populistas centran su prédica en la conveniencia de restringir o condicionar la inmigración, especialmente la de los musulmanes, o postulan una preferencia nacional, “la excepción cultural” –la preeminencia absoluta del catalán en Cataluña–, para proteger a los autóctonos de la competencia de los recién llegados.

Ningún partido español figura en esa lista de la infamia que los periódicos europeos confeccionan para dar cuenta del fenómeno nacional-populista, un movimiento más heterogéneo de lo que pueda deducirse de su descalificación general. Entre los motivos que explican esa ausencia española, el más citado es el recuerdo y la execración del franquismo, la dictadura que duró 40 años y retrasó hasta 1985 la incorporación de pleno derecho de España a la empresa europea. La otra razón es que el nacional-populismo está floreciente y en manos de los partidos nacionalistas del País Vasco, Cataluña y Galicia, con algunos remedos menos radicales en otras regiones.

Favorecidos por la poco meditada descentralización política fundada en la Constitución de 1978, que ha hecho de España “un Estado sin territorio”, según la terminología de Guy Hermet (Histoire des nations et du nationalisme en Europe, Seuil, París, 1996), los partidos regionalistas están unidos y ungidos por la ideología nacionalista, cualquiera que sean sus divergencias tácticas, y pueden englobarse dentro del “populismo de separación”, una subespecie del “populismo patrimonial”, el concepto elaborado por Reynié. El esquema es muy simple, como precisa Reynié: “Una región rica estima excesiva su contribución a la riqueza nacional e injusta la redistribución operada por el Estado central en nombre de la equidad.”

Ese populismo de separación, fundado en la codicia fiscal, se afinca, sobre todo, en las regiones ricas y se le denuncia como “le nationalisme des nantis”, el nacionalismo de la gente pudiente, minuciosamente analizado por Alain Dieckhoff (La nation dans tous ses États, Flammarion, París 2000). Así ocurre, por ejemplo, en Bélgica, donde los nacionalistas flamencos, en nombre del “pueblo de Flandes”, rechazan la transferencia de los recursos públicos hacia una región empobrecida y subvencionada como Valonia, o en Italia, donde la Liga Norte, instalada en la Lombardía, el Piamonte y el Véneto, exige el fin de los mecanismos de solidaridad interregional que funcionan en favor de las regiones del sur. En Escocia, en fin, el Partido Nacionalista (SNP) proyecta un nuevo Estado europeo cuya prosperidad estaría garantizada por las rentas del petróleo, pero, eso sí, sin abandonar el doble casco de la Corona y la esterlina.

En España, como explicó con autoridad el profesor de ESADE José Luis Álvarez (El País, 21 de agosto de 2012), “el independentismo es la fase superior del proteccionismo”, a juzgar por los agravios reiterados cansinamente desde el famoso Memorial de Greuges de 1885, promovido por Valentín Almirall, uno de los primeros vagidos del catalanismo. Sostiene Reynié que “España es una especie de laboratorio” para estudiar ese populismo separatista, antisolidario, y que “las tendencias más fuertes se dan en Cataluña”, en abierta contradicción con los imperativos del mercado nacional. La consigna es la de “Espanya ens roba” (España nos roba) que manejan con desvergonzada suficiencia –contra todos los datos relevantes– los epígonos de Mas. Ése es el sentimiento que explota demagógicamente el nacional-populismo. Escribe Reynié:

“Cataluña era en 2012 la región española más endeudada. El tema de la independencia ha sido, pues, una manera de desviar la discusión que hubiera podido centrarse en los problemas de gestión encontrados por el equipo en el poder a nivel regional. Paradójicamente, gracias a una intervención del Gobierno central, Cataluña pudo escapar de una grave crisis financiera, habida cuenta su superendeudamiento.”

No resulta fácil establecer nítidamente las características de los nuevos populismos en Europa, habida cuenta las disparidades nacionales y la amalgama entre la izquierda y la derecha clásicas en el orden establecido –el clima socialdemócrata–, entre “el pueblo de izquierdas” de los socialistas y la mayoría silenciosa que invocan los conservadores. El historiador Philippe Roger, estudioso del antiamericanismo, tentación populista muy persistente en el socialismo francés, sostiene que el populismo es una categoría política que “designa un complejo de ideas, experiencias y prácticas que ninguna tipología, por muy rebuscada que sea, podría agotar”.

No obstante, pueden establecerse algunos rasgos comunes. Los nuevos populismos son, ante todo, nacionalistas, con un discurso que defiende ferozmente la soberanía nacional y critica la constante expansión de las competencias comunitarias de la Unión Europea. El ingrediente nacionalista suele ser el más agresivo, como se aprecia en Cataluña entre los grupúsculos generosamente subvencionados al margen de la legalidad. En su acervo axiológico se incluyen la ponderación permanente de los particularismos identitarios, la invocación o el elogio de la supuesta “voluntad del pueblo” frente a las restricciones del orden legal y la defensa de la preeminencia de la excepción nacional frente a los embates de la inmigración y la globalización.

Lo que se creía un fenómeno propio de América Latina, capaz de evolucionar de Juan Domingo Perón a Hugo Chávez, ha sufrido una considerable ampliación geográfica y semántica, de manera que se extiende no sólo por Europa, sino que llega al mundo musulmán en Turquía, para sustituir al kemalismo laico y occidental, y se instala en algunas teocracias como la de Irán, con la ayuda inestimable de internet y las llamadas redes sociales que sustituyen o alternan con la famosa “estrategia del balcón” de los decrépitos caudillos.

De los industriales a los burócratas

Los nuevos populismos, como los antiguos, son una secuela de la irrupción de las masas en la política, la rebelión de las masas contra las élites que dio título al célebre libro de Ortega y Gasset. Lo que hacen los populistas, convertidos en funcionarios o prebendados, utilizando la tecnología de punta para el agitprop, es unificar y hasta uniformar a esa masa, más allá de las clases, y articularla en una entidad artificial a la que llaman “pueblo”, o nación, etnia o raza, categorías tan imprecisas como demagógicas. En Cataluña, los titanes de la industria del siglo XIX, según la apología del historiador Vicens Vives, han sido suplantados por los burócratas, leguleyos y currinches de la separación, los inspectores lingüísticos y los miembros de las plataformas creadas por el poder, el sector parasitario de una sociedad resignada o acobardada. Una clientela que necesita de la gasolina de la subvención para mantener la agitación perpetuamente.

Artur Mas se comporta como un envanecido nacional-populista cuando invoca al “pueblo catalán” para dirigir una carta a los líderes europeos al margen de los cauces legales y protocolarios, un ejercicio de populismo puro y duro, en el que el presidente de la Generalidad, primer representante del Estado español en Cataluña, actúa arrogándose ilegalmente el poder constituyente, “insurreccionado”, como dejó escrito Manuel Azaña para referirse a unas conductas similares, agravadas por la situación de guerra civil, por parte del presidente de la Generalidad, Lluís Companys, y algunos de sus principales colaboradores.

En la epístola de Mas a los líderes europeos, el populismo se mezcla con la ignorancia y la osadía para producir un resultado ridículo. Olvida el presidente de la Generalidad, pese a contar con una legión de asesores y palmeros, que la Unión Europea (UE), desde sus comienzos, tiene por objetivo primordial el establecimiento de “una unión cada día más estrecha” entre sus miembros que incluye la unanimidad en los asuntos esenciales, la defensa del statu quo territorial y la solidaridad política, tres principios que no pueden estar a merced de la voluntad de un grupo étnico o minoría lingüística y que jamás podrá violentar ese Tartarín de la Catalogne en que ha mudado el ilusionista heredero de Jordi Pujol.

El populismo no es una novedad en Cataluña. El historiador Enric Ucelay da Cal dedicó una excelente monografía (La Catalunya populista. Imatge, cultura i política en l´etapa republicana, 1931-1939, Edicions de la Magrana, Barcelona, 1982) al de los años 30 del pasado siglo, cuando el separatismo estaba bajo la égida del caudillo Francesc Macià y los partidos políticos Estat Català y Esquerra Republicana (ERC), algunos de cuyos grupos radicales desfilaban con camisas verdes y estaban emparentados con el fascismo, promotores del intento de golpe de Estado contra la República, el 6 de octubre de 1934. También ofrece una definición actualizada de populismo que figura en la Enciclopedia de la Política (México, 1997):

“Una oferta ideológica que reclama la intervención fogosa y arremolinada de la calle por encima de las urnas; que valora más la participación que la representación política, o que confunde la multitud y el dirigismo con las masas en su mejor sentido orientativo de la estabilidad del Estado asistencial.”

La tesis de Ucelay da Cal es que la Generalidad republicana (1931-1939) aglutinó en un mismo movimiento político, cuyo núcleo fue la ERC, a la naciente clase media (urbana y rural) y el sindicalismo étnico y autóctono, fuerte entre los dependientes de comercio y similares, en un intento fallido de superar o fundir las dos clases establecidas por los marxistas: los explotadores y los explotados. La dictadura de Primo de Rivera y luego la guerra civil se encargarían de borrar tan artificiosa pretensión. En julio de 1936, tras la derrota en Barcelona de los militares sublevados, la Generalidad, bajo la presidencia de Lluís Companys, acordó con los triunfantes anarquistas (CNT-FAI) la constitución de un Comité de Milicias para dirigir la revolución, pero el experimento se hundió en el fango, el crimen y el horror. Los nacionalistas más radicales trataron de suplantar ilegalmente al Estado aprovechándose arteramente de tan desdichadas circunstancias. Hasta mayo de 1937.

La gran novedad en la Cataluña del siglo XXI es que los llamados sindicatos de cxlase, cada día más verticakizados, obsecuentes con el poder político, desfilan bajo las banderas que fueron de la burguesía, ahora enarboladas por los aparatchiks de la separación, reclamando “el derecho de decidir” . Los sindicatos y los grupúsculos izquierdistas, indignados o por indignar, se uncen al carro de “la peor de todas las pestes, el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”, según el dolorido sentir de Stefan Zweig. Un dato que resaltar por los historiadores que vendrán y se sorprenderán.

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Responses

  1. Según tengo entendido no se trataba de una ‘oligarquía cerril que señoreaba Barcelona en 1714’. Era la llamada Junta de Brazos (compuesta por representación eclesiástica, militar y popular), que se reunía en momentos de emergencia nacional siendo designada por las Cortes; momentos aquellos en los cuales abruptamente, los ingleses -de la mano de quien hasta hacía poco presumía de ser nuestro rey y los catalanes de tenerlo-, infringieron (porque querían salvar el escollo de la competencia comercial naval en el Mediterráneo, porque estaban hartos de conflictos guerreros y porque estaban saliendo de su ‘Revolución gloriosa’ de 1688, junto todo ello al pavor que inspiraba a todos el rey LuisXIV de Francia), infringieron digo, el tratado de Génova por el cual se habían compromido a pactar con Felipe V la continuidad de las instituciones catalanas. Añadiré que -si mis fuentes no mienten- la Junta votó por la sumisión a las fuerzas en asedio, siendo la gente la que forzó una segunda votación, en la que finalmente se votó por la resistencia para no claudicar ante la represión anunciada.

  2. […] ya indiqué en otro artículo de este blog (El populismo cabalga por Europa y se enquista en Cataluña), siguiendo la reflexión de Pierre-André Taguieff, el tradicional discurso populista adquiere una […]


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