Posteado por: M | 17 enero 2014

Hollande ante el muro de las reformas

El presidente de Francia, el socialista François Hollande, se encuentra ante el muro de las reformas. Llegó al poder en 2012 con diversas y vagas promesas, clásicas en la izquierda francesa: poner fin a la austeridad, intensificar la intervención del Estado para crear empleo, aumentar los impuestos de los ricos; más Estado y menos libertad económica. Dos años después, canta la palinodia y se presenta en una solemne conferencia de prensa en el Elíseo como un genuino socialdemócrata –un social-liberal, según sus críticos– que pretende recortar el gasto, reducir el déficit, aligerar las contribuciones empresariales y llegar a un pacto con la patronal (Medef) para reducir el desempleo (11 %). 

François_Hollande

François Hollande

La izquierda recalcitrante, intervencionista, arcaica, capitaneada por Jean-Luc Mélenchon, líder del Frente de Izquierda, monta en cólera contra “le plus grand virage à droite” (el mayor viraje a la derecha) de los socialistas desde Guy Mollet en los años 50 del pasado siglo, bajo la IV República. Gran parte de la izquierda francesa, neomarxista, considera que el liberalismo es pecado, algo así como la nefanda derechización absoluta. Mélenchon, para que no quede ninguna duda, declara que se opone a “cualquier regalo para la patronal”, aunque sea con el objetivo de crear puestos de trabajo.

Pocas novedades, en verdad. Francia experimenta una creciente reluctancia ante la necesidad o la conveniencia de las reformas, cualquiera que sea el color del gobierno. Todo intento de recortar los excesos del mastodóntico Estado, centralizado y pródigo, pone en pie de guerra a la izquierda y a los sindicatos, a veces contra la misma izquierda en el poder si ésta trata de liberarse del yugo del statu quo, aureolado por el mantra del sedicente estilo francés de servicio público, el tabú supremo.

Desde la retirada del general De Gaulle de la vida pública (1969), todos los presidentes prometieron grandes reformas y acabaron por estrellarse contra el muro, plegarse o rectificar. El socialista François Mitterrand, tras una ruinosa cadena de nacionalizaciones en 1981, exigidas por el programa común con los comunistas, claudicó y reconoció, según la explicación de su primer ministro, Michel Rocard, que “le theme de la ruptura a vécu” (el tema de la ruptura ha muerto), y que, por ende, el combate político era, y así sigue, el de sustituir una política por otra, no el de una sociedad por otra; porque la alternancia reemplaza a la ilusoria alternativa. Se puede cambiar de política pero no de sociedad. Tan doloroso repliegue puede rastrearse paso a paso en un libro clarividente de Rocard, A l´épreuve des faits, publicado por Seuil en 1986, o lo que es lo mismo: sobra retórica y falta realismo en la izquierda francesa.

Hollande no ha vacilado para volver al reformismo burgués, como le reprochan los situados en la izquierda cuasi marginal pero ruidosa e ideológicamente bloqueada. Ya en su discurso televisado de fin de año, el presidente que llegó al Elíseo al frente de una amplia coalición izquierdista, sorprendió a propios y extraños con sus contorsiones semánticas, su volta-face socialdemócrata o liberal, una corrección confirmada en su conferencia de prensa del 15 de enero, en la que propuso un “pacto de responsabilidad” a las empresas, el objetivo que deberá reorientar la política económica del gobierno en la segunda mitad del quinquenio presidencial.

El desafío es de órdago y suscita un comprensible escepticismo en muchos de los analistas políticos franceses y europeos. “¿De dónde sacará [el gobierno] los 50.000 millones de ahorro hasta 2017?”, se pregunta la especialista Michèle Cotta en el semanario Le Point. Y más concretamente: Si el gobierno suprime, según lo prometido, los 30.000 millones de euros que suman las contribuciones de las empresas para las ayuda familiares, ¿cómo se compensará esa brutal reducción de ingresos?  La hoz de los recortes se cierne sobre las pensiones y las ayudas públicas para la compra de viviendas. Regresa la austeridad que Hollande denigraba antes de ser elegido.

El camino no tiene vuelta de hoja porque ha sido recorrido, con bastante aflicción, por los países de la Unión Europea (UE) situados más al sur: reformas estructurales como la del mercado de trabajo o las administraciones públicas, recortes en los presupuestos (sin precisar) y, por lo tanto, en los servicios sociales; mantenimiento, en suma, del rigor presupuestario, y una probable rebaja de los impuestos –extraordinariamente altos, los más altos de la eurozona— para dinamizar el motor económico ahora grippé (agarrotado). Y ya se sabe que cuando las reformas entran en vía parlamentaria, los sindicatos ponen a sus afiliados en la calle y paran los servicios de las grandes empresas públicas.

La batalla se presagia encarnizada entre un presidente cuya popularidad está en caída libre, un gobierno en apuros, una derecha en tenaz oposición, un centro reticente y una izquierda social-comunista y su acompañamiento sindical con el mismo discurso de hace casi medio siglo, anclada en el imperativo de estimular la demanda aunque ello entrañe disparar la deuda. La prensa de centro-derecha aplaude tímidamente, pero el diario Le Monde, el último bastión del socialismo “a la francesa”, se pregunta un poco compungido: “¿Queda algo de socialismo en él [en Hollande]?” La travesía se anuncia difícil en medio de una gran tormenta.

Hollande ya advirtió de que el gobierno planteará en primavera la vidriosa cuestión de confianza en la Asamblea Nacional para sacar adelante el “pacto de responsabilidad” con la patronal. Las medidas concretas no fueron reveladas en la conferencia de prensa, pero ya se sabe que la reducción del impuesto de sociedades, la agrupación de regiones, la austeridad municipal y otras políticas de oferta figuran entre los puntos más conflictivos de su nuevo programa.

Los problemas de Francia han forzado, una vez más, la rectificación presidencial, luego del estancamiento del último trimestre de 2013, y los pronósticos de la Comisión Europea para 2014 son poco halagüeños, con un crecimiento del 0,9 % del producto interior bruto (PIB), por detrás de Alemania (1,7 %) y del Reino Unido (2,2 %). Un observatorio de Bruselas, el Euro Plus Monitor del Consejo de Lisboa, asegura que Francia es el único de los grandes países europeos que tendrá graves problemas por no haber llevado a cabo las reformas pertinentes.

Nerviosismo diplomático

Las críticas y los vaticinios sombríos llueven implacablemente sobre Hollande y su gobierno, con el añadido de un incomprensible nerviosismo diplomático como el que acaba de protagonizar en Londres la embajada francesa al replicar, enojada, a un artículo en el periódico gratuito City AM, el 7 de enero. El periodista Allister Heath denunció en el reportaje-análisis “la tragedia” del “fracaso de la experiencia socialista” de los últimos dos años y lanzó una diatriba contra “un Estado predominante, niveles de imposición terriblemente elevados (…) y un odio generalizado contra el comercio, el capitalismo, el éxito y el esfuerzo”.

En vez de encajar el golpe con el fair play que esperan siempre los británicos, la embajada francesa tuvo la ocurrencia, en un intento de desacreditar al mensajero, de publicar un comunicado de tres folios para atacar “los prejuicios y errores” del periodista y desmentir o corregir sus afirmaciones, una reacción inmediatamente considerada “excéntrica e indigna” por gran parte de la prensa londinense. La réplica diplomática llevó a un diputado del Partido Conservar a criticar en The Times “la hipersensibilidad inapropiada” del embajador.

En realidad, la actitud del embajador demuestra una ignorancia supina de la razón de ser de la prensa y de los riesgos de dedicarse a refutar a los periodistas cuando no agradan sus informaciones. Quizá llovía sobre mojado, pues el semanario Newsweek había publicado el 3 de enero un resonante informe titulado The fall of France (La caída de Francia), que llevó al ministro de Economía, Pierre Moscovici, a insertar una réplica en Le Monde para quejarse de la denigración de Francia y corregir los supuestos errores del “panfleto”. La publicación norteamericana reaccionó con otro artículo titulado “Cómo la nación del gallo se ha convertido en la nación del avestruz”.

La refriega no terminó ahí, sino que arreció después de la conferencia de prensa en el Elíseo y la conversión de Hollande en un oxímoron: un socialista-liberal, acerbamente criticado por sus compañeros de viaje de la izquierda. Uno de los gurús del New York Times, el economista y premio Nobel Paul Krugman, publicó una columna el 16 de enero titulada “Scandal in France”, en la que el alboroto no proviene del vodevil sentimental del Elíseo, sino del viraje económico, la supuesta incapacidad de Hollande “para romper con la política ortodoxa de austeridad que resulta destructiva para Europa”. Krugman, desde luego, habla por la herida intelectual, ya que el presidente francés era la última esperanza para que en Europa prevalecieran sus recetas de estímulo a ultranza de la demanda, como preconizó John M. Keynes hace más de 80 años.

Un problema de ejemplaridad

En estos tiempos de tribulación, los devaneos erótico-sentimentales del presidente no ayudan a salir del atolladero. Después de que la revista Closer destapara las correrías del presidente con su nueva amante, la actriz Julie Gayet, Le Monde, el mejor apoyo de Hollande en la prensa escrita, se preguntó con aflicción, retóricamente: “¿Cómo ha podido [el presidente] comportarse con semejante despreocupación, con tal ligereza, con tal imprudencia?” Los que arrinconan los asuntos de alcoba en la buhardilla oscura e inescrutable de “la vida privada” censuran, sin embargo, la falta de profesionalidad del presidente, su errónea suposición de que gozaba de una impunidad ilimitada y de que los medios, como es tradición, mantendrían el silencio sobre sus escapadas motorizadas y rocambolescas.

FILE - In this Tuesday, May. 7, 2013, file photo, French President Francois Hollande, left, and his companion Valerie Trierweiler arrive for a state dinner at the Elysee Palace, in Paris as part of Polish President Bronislaw Komorowski's two-day visit to France. The woman considered France's first lady has been hospitalized after a report that the president is having an affair with an actress. Valerie Trierweiler's chief of staff, Patrice Biancone, confirmed Sunday that the 48-year-old journalist who lives with President Francois Hollande has been hospitalized since Friday, Jan. 10, 2014. (AP Photo/Thibault Camus, Pool, File)

Hollande y Trierweiler

Cuando atacaba a Nicolas Sarkozy en 2008 por los cotilleos vinculados con su divorcio y las nuevas nupcias con Carla Bruni, el entonces candidato socialista prometió que si llegaba al Elíseo se comportaría con la “ejemplaridad” que cabe esperar del primer servidor del Estado. Promesa pisoteada sin decoro. Una conducta que no era probablemente imprevisible para los que le conocen. No cabe ninguna duda de que Hollande es un hombre sin prejuicios, desenvuelto, que desprecia o ignora algunas instituciones tradicionales, un refractario del matrimonio y un adicto del concubinato. Vivió sin casarse con la también socialista Ségolène Royal, con la que tuvo cuatro hijos, y se llevó al Elíseo, como primera dama, también como concubina, a la periodista Valérie Trierweiler. El problema surge cuando ésta se siente burlada por una nueva amante que, al mismo tiempo, pone en riesgo la seguridad del jefe del Estado.

Un presidente de la República con dos amantes simultáneas plantea un problema de seguridad y otro de ejemplaridad que poco o nada tienen que ver con la tradicional tolerancia de la opinión pública con las historias conyugales y extraconyugales de sus líderes políticos. Como muy bien señala el filósofo Javier Gomá, “el dogma de la vida privada ha sido el abrigo para la vulgaridad ética y la anómica ausencia de reglas en el ámbito personal”. Porque no hay duda de que hay formas superiores e inferiores de vida privada, unas más propicias que otras para la estima moral y la amistad cívica. Por eso me resisto a admitir la hipótesis de que los franceses son felices o indiferentes ante los hábitos y la conducta nocturna de su presidente.

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