Posteado por: M | 26 enero 2014

Siria, entre la diplomacia, la guerra fratricida y la desintegración

La conferencia internacional Ginebra 2, que se celebra en Montreux (Suiza) para buscar una salida a la guerra civil de Siria, en la que han muerto más de 130.000 personas, fue inaugurada el 22 de enero con un virulento intercambio de acusaciones y reproches que certificaron las escasas esperanzas de un acuerdo, aunque sea de mínimos, para terminar con la carnicería. Nada menos que los representantes de 40 gobiernos y cuatro organizaciones internacionales se citaron en la apacible ciudad helvética para ofrecer un nuevo espectáculo televisado de hipocresía al más alto nivel, habida cuenta de que algunos de los convocados son los mismos que suministran armas, pertrechos y propaganda incendiaria a los combatientes.

El objetivo de las negociaciones, patrocinadas por EE UU y Rusia, consiste en alcanzar “un reglamento pacífico” para un conflicto iniciado el 15 de marzo de 2011, como un episodio más de las revueltas árabes, con diversas manifestaciones populares en varias ciudades contra la dictadura del presidente Bachar Asad, cruelmente reprimidas. Según las conclusiones de las grandes potencias, adoptadas en la conferencia Ginebra 1, el 30 de junio de 2012, la solución requiere el acuerdo “por consenso” para “un gobierno transitorio” compuesto por miembros del régimen y de la oposición moderada “dotado de plenos poderes ejecutivos”. Aunque la declaración no contiene ninguna referencia a la renuncia de Asad, la mayoría de los participantes en el foro ginebrino estaba de acuerdo en que aquél debe abandonar el poder.

Si bien la conferencia se celebra bajo los auspicios de la ONU, la actuación del secretario general, Ban Ki-moon, ha sido manifiestamente mejorable, pues en un primer momento cursó una invitación a Teherán, pero tuvo que retirarla bajo las presiones combinadas de EE UU, la Liga Árabe y la oposición moderada siria, que amenazó con el boicot. También se vio afectada por este incidente la autoridad del mediador oficial de la ONU, el diplomático argelino Lajdar Brahimi, que debe conducir las negociaciones entre los antagonistas.  La ausencia de la delegación iraní fue considerada por Moscú como “un error imperdonable”.

 

 

Las posiciones de las partes sirias y sus patrocinadores respectivos parecen irreconciliables. EE UU y sus aliados europeos buscan la apertura de un proceso de transición que pasa inevitablemente por la caída de Asad y la formación de un gobierno interino que incluya a todas las facciones, excepto las claramente terroristas, un objetivo harto difícil de lograr. Arabia Saudí y Qatar, que aportan el dinero, las armas  y la propaganda, y la mayoría de los países de la Liga Árabe, que integran el tribunal de acusación contra Asad, propugnan un cambio de régimen en favor de la llamada oposición moderada de la Coalición Nacional Siria (CNS), bajo protección de Turquía, pero que llega debilitada y muy dividida a la conferencia. Rusia y China buscan el fin del conflicto y del terrorismo, pero, a ser posible, manteniendo al presidente sirio en el poder y sin sobresaltos en el suministro de petróleo.

La CNS fue formada en noviembre de 2012, en una reunión en Doha (Qatar), para reemplazar el Consejo Nacional Sirio (CNS), y desde julio último está dirigida por Ahmad Jarba, el hombre de Arabia Saudí, el principal patrón de los insurgentes. La CNS ocupa el puesto de Siria en los organismos de la Liga Árabe, mantiene una embajada en Qatar y cuenta con el reconocimiento de EE UU como “legítima representante del pueblo sirio”, una legitimidad sin duda hiperbólica, que se compadece mal con la situación sobre el terreno. El brazo armado de la coalición es el Ejército Sirio Libre (ESL), dominado por los suníes, que integra en sus filas a varias unidades islamistas y cuyo jefe es el general Salim Idriss.

Situación en el campo de batalla

La situación sobre el campo de batalla resulta inextricable debido a los numerosos grupos armados que combaten entre sí, algunos de ellos en la órbita de Al Qaeda, y contra el ejército y las milicias del régimen. Todas las informaciones disponibles, aunque fragmentarias y de imposible confirmación, sugieren que la dictadura viene ganando posiciones desde el verano pasado. Pese a las notables deserciones, el Ejército, cuya oficialidad es mayoritariamente alauí (una disidencia del islam próxima del chiísmo), permanece unido en torno a Asad, lo que explica que éste no se haya visto forzado a tomar precipitadamente el camino del retiro o del exilio, como ocurrió con los presidentes egipcio y tunecino, Hosni Mubarak y Ben Alí, respectivamente, en 2011.

Los grupos rebeldes más radicales, los yihadistas que predican la guerra santa contra el régimen, están excluidos de la conferencia de Ginebra, entre ellos, el Frente al-Nusra y el Estado Islámico de Iraq y Levante (Al Qaeda), que no sólo disparan contra las fuerzas del régimen, sino que perpetran atentados suicidas indiscriminados y atacan incluso a los grupos de la oposición moderada, pese al reciente llamamiento conciliador del heredero de Bin Laden, el egipcio Ayman al-Zauahiri. El Frente Islámico, la más fuerte coalición de rebeldes islamistas, declaró que la conferencia Ginebra 2 es “una traición” y amenazó con llevar a los colaboracionistas ante los tribunales que aplican la ley coránica.

Todos los grupos islamistas y yihadistas, cada día mejor armados, se oponen a la negociación, quizá porque no han sido invitados a Ginebra 2; exigen la destitución de Asad, la caída del régimen, y tienen como su pretensión última la restauración del califato y la imposición de la ley coránica (sharia). Sin ellos, por las buenas o por las malas, desde luego, ningún compromiso diplomático podrá terminar con la guerra desgaste. Tampoco está representado en Montreux el Comité de Coordinación Nacional Democrático (CCND), que agrupa a la oposición interior, tolerada por el régimen, que en un comunicado asegura que “no existen las condiciones necesarias para el éxito de la conferencia”. Probablemente esa precisión está bastante cerca de la realidad.

El régimen sirio, luego de haberse comprometido a entregar su arsenal de armas químicas, en aplicación del acuerdo ruso-norteamericano del pasado septiembre, acude a Ginebra con el doble objetivo de denunciar el terrorismo y demandar la retirada de todas las fuerzas extranjeras como los pasos previos para llegar a un acuerdo internacional. Damasco puede contar con el respaldo de Moscú y Beijing e incluso de algunos países occidentales que están alarmados ante los progresos que con ocasión de la contienda está realizando el islamismo más radical en una región de alto valor estratégico, tanto en Siria como en Iraq. Asad viene insistiendo en que la tragedia de su país ha sido provocada por “un complot fomentado desde el exterior”.

No obstante, la amenaza de Washington de desencadenar una oleada de bombardeos punitivos, que surtió efecto inmediato y precipitó la entrega del arsenal de las armas químicas, ha perdido credibilidad durante los últimos meses debido al repliegue general en que está empeñado el presidente Obama. El acuerdo internacional para que las potencias occidentales levanten las sanciones económicas contra Irán, a cambio de que éste reduzca el nivel de enriquecimiento del uranio, acaba de entrar en vigor bajo control de los inspectores de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA), pero suscita una considerable inquietud en Jerusalén y dudas sobre su eficacia para evitar que los ayatolás consigan la bomba nuclear.

Según leo en Al Hayat, un periódico árabe editado en Londres, “Desde que EE UU se abstuvo de castigar al régimen de Bachar Asad por su utilización criminal de armas químicas, en agosto último, los suníes se consideran víctimas” y denuncian tanto la tiranía de las que llaman “minorías arrogantes” (alauí y chií) como el silencio internacional ante la tragedia siria.

Los dos principales apoyos de Asad son los milicianos de Irán (pasdaran o guardianes de la revolución) y los de su cliente libanés Hizbolá, de confesión chií, ambos con grupos armados sobre el terreno, más de 5.000 hombres según cálculos de imposible verificación. Numerosos milicianos iraquíes, de confesión chií, que actúan bajo la connivencia del gobierno de Bagdad; fedayines del Frente Popular de Liberación de Palestina y otros guerrilleros procedentes de Iraq, Turquía, Yemen o Pakistán combaten en las formaciones que defienden al régimen de Asad.

Según estimaciones israelíes, unos 10.000 extranjeros refuerzan de diversas maneras al ejército sirio y la milicia del régimen, la temible Shabiha, estrechamente vinculada con el Baas, partido único, laico y teóricamente socialista, influyente entre los cristianos y otras minorías que temen el éxito de los suníes. Los efectivos del ejército sirio, sin embargo, se han reducido considerablemente (de 300.000 hombres a menos de 100.000), debido tanto a las deserciones como a la desconfianza que plantean los oficiales y los reclutas suníes. La Shabiha, implicada en varias matanzas, ha sido entrenada y recibe suministros de la milicia iraní.

Si hemos de creer a un destacado analista de Washington, Jeffrey White, “la creación de una fuerza de combatientes extranjeros ha sido esencial para la supervivencia del régimen sirio”, pero también tendrá una decisiva influencia en una eventual solución política o militar del conflicto. Al parecer, las tropas gubernamentales se comportan con mayor eficacia cuando cuentan con combatientes extranjeros en sus filas, según ha podido comprobarse en los combates que se libran en Alepo, Qusayr (en la frontera con el Líbano) y algunos suburbios de Damasco. Las milicias de Hizbolá ya demostraron su preparación militar y su eficaz manejo de los misiles en la guerra fronteriza contra Israel en el verano de 2006.

La principal consecuencia de la ayuda extranjera es que el dictador Asad no podrá adoptar decisiones estratégicas sin tener en cuenta a sus “legiones extranjeras”, decisivas en los éxitos militares de 2013, y los intereses de sus aliados en Teherán, Bagdad o Beirut. De la misma manera, la oposición moderada siria deberá seguir los consejos de sus patrocinadores, Arabia Saudí, Qatar y Turquía, que ponen el dinero, las amas y la propaganda, ésta, sobre todo, a través de la cadena global de televisión qatarí Al Yazira con sus predicadores incansables, sus noticiarios con aparente neutralidad  y sus imágenes espeluznantes.

El analista Joshua Landis, de la cadena Al Yazira, favorable a los rebeldes, “la Siria de Asad llega a la conferencia de Ginebra en posición de fuerza”, debido tanto a la resistencia de su ejército como a la falta de un mando unificado y la fragmentación de sus enemigos, pese a que los efectivos de éstos son superiores en número, con más de 100.000 combatientes desplegados principalmente en las regiones fronterizas del sur y el noroeste, en torno de Alepo y la frontera libanesa. Ésta, como cualquier otra cifra, debe ser acogida con la máxima cautela.

Los dos integrismos del islam

Desde el primer momento, la guerra en Siria tuvo carácter religioso, de lucha fratricida entre las dos grandes ramas del islam (suní y chií), de protesta y reclamaciones de la mayoría suní (70 % de los 22 millones de habitantes) contra las minorías y en primer lugar contra la alauí del presidente Asad (12 %), emparentada con el chiísmo, y sus allegados, que domina en el ejército desde la época del mandato francés (1920-1946). Otras minorías –cristiana, judía y drusa– completan el mosaico de imposible cohesión. La oposición armada cuenta con el apoyo de la población suní y de unos 10.000 milicianos extranjeros, procedentes de todos los países árabes e islámicos. La intervención exterior también está alineada según criterios religiosos. El régimen de Asad cuenta con el respaldo general de los chiíes de Irán, Irak y el Líbano (Hizbolá), mientras que los suníes alinean a la Hermandad Musulmana, Al Qaeda, Arabia Saudí, los emiratos del golfo Arábigo, Jordania y Turquía.

 

Los chiíes, considerados heterodoxos por los suníes hegemónicos, estuvieron durante siglos excluidos del poder político en el Oriente Próximo, pero han recuperado posiciones desde que se instauró en Irán la República Islámica (1979), son mayoría en el islam libanés, gobiernan en Iraq tras la caída de Sadam Husein (2003), cuentan con la mayoría discriminada en el emirato de Bahréin y ahora tratan de impedir la desintegración del régimen de Asad. Los suníes, la corriente musulmana mayoritaria (85 % del total), dirigida estratégicamente por Arabia Saudí y la Hermandad Musulmana en otros países, con el poder económico del petróleo, pretende mantener la primacía ideológica.

Estamos, pues, ante una guerra fratricida de dos integrismos de la misma religión, ambos persuadidos de que “en el islam está la solución” para los agobiantes problemas de un mundo atrasado y en ebullición. Las dos ramas del islam son antagónicas y con criterios irreconciliables, hasta el punto de que los suníes apelan al “islam árabe” en oposición por al chiísmo, que consideran “el islam persa”. Los cristianos, por las mismas razones ideológico-religiosas, quedan reducidos a la categoría de dhimmi (estatuto de inferioridad reservado a las minorías religiosas), mientras que los alauíes son simplemente tildados de apóstatas.

En medio de la confrontación general, el abigarrado panorama étnico-religioso se completa con la minoría kurda que acaba de declarar unilateralmente la autonomía en el nordeste del país y mira hacia sus hermanos étnicos de Iraq. La confusión es general, la economía está completamente destruida y nulas son las expectativas de que se consolide una fuerza político-militar capaz de mantener unido y en paz al país, ahora que las fracturas tradicionales se han visto enconadas por la guerra y el sectarismo delirante que preside los ajustes de cuentas, los atentados suicidas, los secuestros y las extorsiones, las torturas y los bombardeos despiadados, mientras se extiende la hambruna y aumenta el éxodo hacia Turquía o Jordania, donde se hacinan en los campos unos dos millones de refugiados.

La vacilante política de EE UU tampoco favorece la acción diplomática. Desde que Obama exigió por primera vez la dimisión de Asad, en agosto de 2011, seguida por la retirada del embajador en Damasco, en febrero de 1012, la amenaza de bombardear Damasco con los temibles F-16 de la US Navy jamás llegó a concretarse. También pasó a la historia la idea de establecer una zona de exclusión aérea para mitigar al menos la catástrofe de refugiados y desplazados que afecta casi a un tercio de la población. Michael Haydin, ex director de la CIA, agitó recientemente las aguas políticas de Washington tras argumentar que una victoria de los rebeldes sería peor que el mantenimiento del régimen de Asad. Obama llegó a declarar que EE UU no tiene ningún interés que defender en la guerra civil siria.

A menos que se produzcan acontecimientos imprevistos y decisivos sobre el terreno que den la victoria a uno de los bandos, lo más probable es que la guerra de desgaste y aniquilación prosiga e incluso se recrudezca. Pese a la conferencia de Ginebra, los actores externos propugnan un acuerdo político que implicaría la capitulación de sus antagonistas, y así no hay forma de avanzar hacia una transacción. La historia, las profundas divisiones internas, la guerra religiosa y las implicaciones regionales del conflicto hacen de Siria lo más parecido a un Estado fallido, después de casi medio siglo de un régimen feroz e implacable presidido por los Asad, padre e hijo. El primero de ellos, conocido como “el carnicero de Damasco”, estuvo en el poder desde 1970 hasta su muerte en 2000, 30 años de crudelísima satrapía militar.

Si la situación militar es muy confusa, con guerras menores dentro de la guerra general, sin que ninguno de los bandos sea capaz de obtener una ventaja decisiva, la salida política y diplomática está completamente bloqueada. La actividad creciente de los grupos islamistas más radicales, de Al Qaeda y sus secuaces o asimilados locales, fortalece la posición de Asad entre las minorías que temen el triunfo del extremismo y los chiíes de toda la región. En sentido contrario, la permanencia de Asad y su régimen despótico otorga a sus enemigos suníes una legitimidad que coincide con los intereses de sus patrocinadores extranjeros.

La abigarrada mezcla de etnias y religiones que convergen en Siria acentúa el carácter sectario del conflicto, bajo la férula de dos fundamentalismos antagónicos, y la imposible solución dentro de las fronteras conocidas, surgidas en los años 20 del pasado siglo tras la desintegración del Imperio otomano. “El sistema de Estados puesto en pie en el Próximo Oriente después de la Primera Guerra Mundial está a punto de hundirse”, asegura el profesor Fawaz Gerges, de la London School of Economics. Opinión concordante con la de los que consideran que la culpa remota del desastre hay que fijarla en el acuerdo secreto franco-británico de 1916 (el acuerdo Sykes-Picot, del nombre de sus negociadores) para repartirse los despojos del Imperio otomano al final de la contienda. El actual Iraq, Jordania y Palestina quedaron bajo mandato británico, mientras que Siria y Líbano se confiaron a Francia (1920).

Cualquier intento de revisar las fronteras trazadas hace casi un siglo tendría los efectos de un verdadero cataclismo en toda la región y entrañaría un retroceso en el arduo proceso de modificación. Destruidos los Estados-nación creados bajo la égida de Londres y París, todo el Oriente Próximo sufriría una convulsión sin precedentes y una fractura en comunidades étnico-religiosas. Una situación parecida a la que existió bajo el Imperio otomano, pero sin una autoridad central y sin un poder superior capaz de mitigar las tensiones. La guerra religiosa seguiría su curso y las contradicciones entre los dos bloques en torno a Arabia Saudí e Irán alimentarían por muchos años el incendio regional y la intervención exterior.

 

 

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