Posteado por: M | 11 febrero 2014

La batalla geopolítica e indecisa de Kiev

Los graves acontecimientos que se desarrollan en Ucrania desde el mes de noviembre, las confidencias malsonantes de dos diplomáticos norteamericanos y la ausencia concertada de los líderes occidentales en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi, ciudad rusa del mar Negro, han creado un clima de guerra fresca entre la Rusia de Vladimir Putin y EE UU y sus aliados, como un remedo de lo ocurrido con los Juegos Olímpicos de Verano de 1980, celebrados en Moscú y boicoteados por EE UU y otros 65 países, en respuesta al llamamiento del presidente Jimmy Carter, paladín de los derechos humanos, en protesta por la invasión soviética de Afganistán que comenzó en 1979. Fue uno de los últimos episodios de la tensión entre los dos bloques antagónicos, cinco años antes de que Mijail Gorbachov llegara al poder. 

Los sillones vacíos del estadio de Sochi el día de la inauguración de los JJ OO, el 7 de febrero de 2014, no constituyen estrictamente un boicot, sino una mera gesticulación diplomática que no se sabe muy bien a qué obedece, aunque algunas fuentes occidentales la relacionan con la irritación o el disgusto de Obama, Hollande, Merkel, Cameron y otros líderes occidentales, coordinados para la ocasión, por la reciente aprobación en la Duma (cámara baja del parlamento ruso) de una ley que prohíbe la propaganda y la adopción de niños por parte de los homosexuales. No obstante, la cuestión ucraniana es insoslayable, está detrás de todas las maniobras y genera fuertes antagonismos.

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Putin con Xi Jinping en Sochi, 2014

Putin sí contó con la presencia en la tribuna de su homólogo chino, Xi Jinping, y del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, junto a más de 60 dignatarios de otros Estados participantes en los JJ OO. Quizá la confusa situación que reina en Ucrania, ante una revuelta de múltiples colores, pero acéfala, justifica que se señale al lobby gay, grupo de presión de los homosexuales, como el teórico artífice de haber orquestado e internacionalizado la protesta. Porque todo parece indicar que las potencias occidentales no saben cómo actuar conjuntamente para resolver el conflicto de Ucrania sin afectar gravemente a las relaciones con el Kremlin.

El intento de aislar a Rusia, el país más extenso del mundo, exuberante en materias primas, me parece tan inútil como contraproducente, por más que los columnistas escriban con elocuencia sobre el radiante porvenir europeo de Ucrania, recuerden un pasado ominoso de hambrunas y guerra, que suscita aún hirientes recuerdos, y griten, como hizo el filósofo francés Bernard-Henri Lévy en las páginas de Le Monde el 10 de febrero, que “todos somos ucranianos”, fórmula sublime que no moverá a las cancillerías de Occidente ni influirá en las cotizaciones de la bolsa de Moscú.

“Los verdaderos europeos están en Maidan, donde se encuentran reunidos –proclama Lévy–. Por eso Ucrania no es el vasallo del imperio ruso que mendiga su unión con Europa, sino que es, en estos momentos, el corazón palpitante del continente, y Kiev es su capital. Pueblo de Maidan, hermanos de Europa.” Como ya sabemos por experiencias semejantes, las cruzadas liberadoras y los discursos emotivos no pueden dirimir la tremenda pugna de esferas de influencia o conflicto geopolítico que se refleja en el ámbito nevado y abarrotado de la plaza de la Independencia (Maidan) de la capital ucraniana. Lévy exalta “la Europa del espíritu, la Europa de los valores, no de los contables; una Europa ardiente, ferviente, heroica”; pero existe constancia de que la batalla de Kiev discurre por otros derroteros menos épicos.

Una conversación diplomática en YouTube

El relente de la guerra fría sopló en las redes sociales al aparecer, convenientemente filtrada, el 6 de febrero, el día previo a la inauguración de los JJ OO, una conversación que dos diplomáticos norteamericanos mantuvieron el 25 de enero, en el curso de la cual, Victoria Nuland, secretaria de Estado adjunta, encargada de los asuntos europeos, aludió a la Unión Europea (UE) con un improperio: “Fuck the EU”, “que se joda la UE”, una manera poco educada de poner de relieve las discrepancias entre Washington y Bruselas, lo que no constituye, desde luego, una noticia, sino más bien una enojosa confirmación. Es decir, que Obama, alabado en Europa mucho más que en su país, no ha podido disipar los desencuentros de los líderes europeos con su predecesor, el presidente George Bush júnior (2001-2009).

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Victoria Nuland

Victoria Nuland conversaba telefónicamente con Geoffrey Pyatt, embajador estadounidense en Kiev, y sin ninguna duda, los servicios secretos rusos están detrás de la interceptación, registro y filtración de las confidencias entre ambos. Según la agencia británica Reuters, la grabación fue difundida en YouTube por Dimitri Loskutov, colaborador del viceprimer ministro ruso, Dimitri Rogozin. El departamento de Estado norteamericano, como exigía el guión, denunció la responsabilidad del Kremlin en la filtración, amparándose en la certeza de que se necesitan espías bien pertrechados para aislar el segmento de cuatro minutos en el que aparecen las rudas palabras de la encargada de los asuntos europeos en el departamento de Estado.

No cabe duda de que el Servicio Federal de Seguridad (FSB), heredero del KGB, que depende directamente del presidente Putin, está detrás de la grabación aparecida en YouTube, fruto último de una operación de espionaje electrónico aparentemente destinada a confirmar la injerencia de las potencias occidentales en la crisis de Ucrania –lo que no era necesario por obvio— y que, además, lo hacen a la greña, en medio de fuertes discrepancias sobre los líderes ucranianos de la protesta, los candidatos para reemplazar al presidente Viktor Yanukovich, si fuera necesario, y los límites que no debería traspasar una agitación masiva y prolongada en la plaza pública, cargada de riesgos, que parece haber escapado del control de sus iniciales promotores.

Las divergencias entre Washington y los europeos son profundas y antiguas, afloran ahora a propósito de Ucrania y se prolongan en todo lo que concierne a las relaciones con Rusia bajo la férula restauradora de Putin. Apenas si coinciden en la conveniencia de que en Ucrania se abra un proceso de transición que conduzca a la celebración de elecciones presidenciales y legislativas, una solución reñida con el caos y la subversión reinantes en Kiev. Mientras EE UU aboga por la imposición de sanciones contra Ucrania, para forzar la renuncia del presidente, la UE se muestra más comedida y promueve los contactos de la oposición con Yanukovich, como se infiere de la entrevista de éste con la responsable de política exterior de la UE, Catherine Ashton.

La conversación entre los dos diplomáticos norteamericanos constituye un episodio significativo y grotesco. La familiaridad con que Nuland habla de los líderes de la revuelta ucraniana, a los que cita por sus apodos y a los que incluso atribuye responsabilidades en un eventual gobierno de transición, constituye no sólo una torpeza diplomática, sino que contribuye lógicamente a que los duros del Kremlin rechacen tan nítida intervención en los asuntos internos de un país eslavo que los rusos consideran su “extranjero próximo”, a donde no deben llegar los tanques de la OTAN ni los ejecutivos de negro de Bruselas. Una guerra psicológica, de comprensibles efectos sobre la opinión pública rusa, cuyo nacionalismo crece cada vez que se detectan las intromisiones atlánticas.

En la conversación por teléfono móvil, la secretaria adjunta Nuland aconsejaba al embajador en Kiev que actuara rápidamente, sin tener en cuenta a los europeos, para forjar una coalición de opositores y evitar que los rusos pudieran reaccionar para abortarla. Tan arrogantes y estridentes consejos circulando por las redes sociales han causado un daño considerable a la diplomacia norteamericana, hasta el punto de que la cancillera Merkel, sumamente interesada por cuanto ocurre en Ucrania, en nombre de los grandes consorcios alemanes, hizo saber que las opiniones de Nuland eran “absolutamente inaceptables”. En parecidos términos se expresó el presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy.

La verdad es que diluvia sobre terreno encharcado. Las tímidas protestas de Washington por las actividades de los servicios secretos rusos, muy activos en todo lo que concierne a Ucrania, estarían más justificadas si no tuviéramos constancia reciente de que la Agencia Nacional de Seguridad (ANS) norteamericana tiene puestas sus orejas en todo el mundo y espía incluso a los aliados europeos. La gigantesca fuga de telegramas diplomáticos que organizó Wikileaks en 2010 y las filtraciones de documentos secretos norteamericanos efectuadas por Edward Snowden, consultor de la CIA y la ANS, que se publicaron en los diarios The Guardian y The Washington Post, a partir de junio de 2013, confirman que los progresos tecnológicos han anticipado y extendido el reino de las tinieblas del gran hermano, el vigilante universal que todo lo registra, pero que, a la postre, crea más problemas de los que resuelve y no puede evitar que dos diplomáticos de alto rango se conviertan en el hazmerreír del mundo.

Los imponderables del factor humano

El factor humano siempre debe ponderarse. Por eso las redes sociales propalaron inmediatamente que Victoria Nuland, responsable del departamento de Estado, es la esposa de un ensayista y columnista famoso, Robert Kagan, neoconservador combativo, autor de un libro intervencionista y antieuropeo que alcanzó gran notoriedad y armó un considerable revuelo durante la presidencia de George W. Bush, titulado Of Paradise and Power. America and Europe in the New World Order (2003), en el que sostuvo la tesis de que las diferencias entre EE UU y Europa en cuanto a la cooperación multilateral eran la consecuencia de sus distintas fortalezas.

En consecuencia, siempre según Kagan, la debilidad de Europa la inclinaba al compromiso, al respeto puntilloso de las normas, a las ofertas comerciales, al repliegue, a la inacción como en los Balcanes, mientras que el poder sin parangón de EE UU le permitía una mayor libertad de acción, sin descartar el uso de la fuerza militar en nombre de la extensión de la democracia, en Serbia, Afganistán o Iraq. La tesis “neocon” se popularizó en un epítome caricaturesco: “los estadounidenses son de Marte; los europeos, de Venus.” El libro está traducido al español con el siguiente título: Poder y debilidad. EE UU y Europa en el nuevo orden mundial (2003).

Nuland, diplomática de carrera, militante del Partido Demócrata (su marido lo es del Republicano), pertenece a la élite de la costa atlántica, hija de un profesor de medicina de la universidad de Yale, habla ruso, francés y algo de chino, y mantiene su apellido de soltera. Además de ser vulgar en sus expresiones, en su desempeño de un cargo anterior, como portavoz del departamento de Estado, provocó una sonada polémica por enmascarar en un informe oficial el carácter terrorista del ataque contra el consulado norteamericano en Bengasi que costó la vida al embajador en Libia y a otros tres funcionarios (2012). Por este motivo, los republicanos se opusieron sin éxito a su nombramiento como secretaria de Estado adjunta.

Lo más inquietante del desparpajo telefónico de la secretaria Nuland es que sus consejos al embajador parecen ocultar unos planes norteamericanos que desconocemos pero que ponen de los nervios a los estrategas del Kremlin, cuya aparente moderación podría cambiar tan pronto como terminen los JJ OO de Sochi y Putin se haya desembarazado de los guantes de seda diplomáticos para enarbolar la bandera de la protección de los amigos como Yanukovich. En Washington, los consejeros de Obama ponen sobre el tablero geoestratégico las diversas opciones del Kremlin si la situación en Ucrania resultara explosiva e incontrolable, teniendo en cuenta, además, que los rusos tienen a favor la proximidad, el dinero y el paneslavismo.

Putin tiene varias armas en su mano, desde una nueva guerra del gas a la amenaza de intervención militar indirecta, pasando por el boicot de las exportaciones ucranianas que ya están sufriendo retrasos en las aduanas rusas, según las informaciones de algún periódico de Kiev, a semejanza de lo que ocurrió en noviembre último cuando el presidente Yanukovich, en el último minuto, canceló el acuerdo con la Unión Europea, una decisión que fue el detonante de la crisis. En último extremo, el Kremlin podría promover un movimiento secesionista en la región autónoma de Crimea, poblada mayoritariamente por rusos e históricamente rusa, pero que el ucraniano Nikita Jruschov incorporó a Ucrania de manera sorprendente en 1954, apenas un año después de la muerte de Stalin.

Una operación encubierta del Kremlin en Crimea podría ser similar a la que se realizó contra Georgia, la ex república soviética que perdió las regiones autónomas de Osetia del Sur y Abjasia tras una guerra relámpago en agosto de 2008, o en Moldavia, donde la región autónoma del Transniéster, también con mayoría de rusos, mantiene su independencia de facto con el respaldo de Moscú. El que fue temible Ejército Rojo está muy debilitado desde la retirada de Afganistán y la desintegración de la URSS, pero sigue siendo la fuerza militar más potente de Europa.

Desde que Obama ordenó un repliegue general, se retiró de Iraq y está retirándose de Afganistán, las opciones intervencionistas están limitadas a la utilización de los drones (aviones no tripulados) para eliminar a los terroristas o al apoyo logístico como en Libia o Siria, sin tropas sobre el terreno. Esas opciones son impracticables en Ucrania, donde EE UU, como ya hizo en 2004, con motivo de la revolución naranja, tendrá que limitarse a apoyar con dinero, espionaje y diplomacia a las fuerzas opositoras. Para Washington, ahora se añaden las dificultades de que Yanukovich es un presidente democráticamente elegido y de que la Unión Europea y, sobre todo, Alemania, aparecen como competidores más que aliados frente al poder cercano de Rusia. Y visto el conflicto desde el Kremlin, ¿cuál es la profundidad estratégica aceptable para Rusia en el espacio postsoviético? La batalla sigue indecisa y pronto tendré que volver sobre una situación extremadamente compleja.

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