Posteado por: M | 24 febrero 2014

Italia tiene una nueva estrella política

La eternidad política se extinguió en Italia con la desintegración de la Democracia Cristiana (DC) en 1992 y el alumbramiento de un recauchutado sistema político tras la apabullante crisis terminal de los sobornos, los cohechos, las comisiones y el reparto venal del poder en todos sus escalones, la trama de prevaricación desvelada por los jueces de Mani Pulite (1993-1994). Ahora está de nuevo convertida en el laboratorio de un nuevo experimento dirigido por un joven y osado presidente del Consejo, Matteo Renzi, de 39 años, adicto de las redes sociales, imitador de Obama y otros líderes catódicos, que ha prometido reformas y estabilidad con un nuevo gobierno de jóvenes promesas. Inmediatamente después de jurar el cargo, el 22 de febrero, Renzi lanzó un mensaje en Twitter, obligadamente lacónico: “Lo haremos.”

No se sabe qué, pero lo haremos. Hay que sacudir a Italia para que salga de su letargo, pese a la competencia del cómico Beppe Grillo y su Movimiento Cinco Estrellas, “asociación libre de ciudadanos”, un conglomerado populista y antisistema que en las elecciones generales del 24 de febrero de 2013 obtuvo un resonante triunfo (25 % de los votos) y se convirtió en el primer partido de la Cámara de Diputados (108 escaños). En el marco de los contactos para formar nuevo gobierno, Renzi y Grillo mantuvieron una frustrada entrevista, pues el cómico no dejó hablar al candidato y le recriminó impetuosamente: “Te he venido a decir que no eres creíble. Primero dices que no quitarás el puesto a Letta y luego lo haces sin pasar por las urnas. Haces todo lo contrario de lo que dices.”

Algo muy típico de esta democracia instantánea y sedicentemente participativa, como las reuniones asamblearias más o menos espontáneas que transmite la televisión; de mensajes tan escuetos como perentorios, de orientación claramente populista. La nueva democracia que se viene expandiendo por Europa, de Roma a Kiev, de Ámsterdam a Sarajevo; el sistema de los vociferantes, televisado e insolente, de muchos derechos, algunos de ellos insólitos, y escasos deberes, incapaz de decisiones relevantes, mientras prosiguen los escándalos, los conflictos de intereses, los privilegios de casta y la aparente parálisis de la clase política, en un terreno abonado para el ascenso de los osados y los mediocres, no de los mejores.

La primera reflexión es que el nuevo jefe del gobierno se presenta como una novedad, pero que para llegar a la cúspide no ha vacilado en utilizar los peores e inveterados procedimientos de la política italiana más tradicional –cabildeos, zancadillas, fantasías reformistas, coaliciones de los contrarios, trattativas inacabables y tediosas–, luego de haber apuñalado por la espalda a su predecesor inmediato, Enrico Letta, pese a que ambos son democristianos y pertenecen al mismo Partido Democrático (PD), esa especie de arca de Noé que recoge a los náufragos de todas las sensibilidades del centro-sinistra, como ahora se dice, luego de haber sido la plataforma ideológica y electoral para la conversión de los eurocomunistas en socialdemócratas, tras la voladura controlada del viejo PCI de Gramsci y Togliatti.

Renzi ha efectuado un recorrido fulgurante dentro del PD desde que fue elegido alcalde de Florencia el 21 de junio de 2009, con el 59,96 % de los votos. Aunque fue derrotado por Pier Luigi Bersani en las primarias del partido, en diciembre de 2012, un año después, el 8 de diciembre de 2013, alcanzó la secretaría general del partido con el 67,5 % de los votos. Prometió entonces que frenaría sus ambiciones y sus premuras hasta que se celebraran elecciones generales, pero dos meses después organizó la maniobra para retirar la confianza a Letta dentro del partido y provocar su renuncia como jefe del gobierno. Y tuvo un éxito sorprendente.

El flamante primer ministro no se ha cansado de repetir que propulsará una nueva ley electoral para acabar con la inestabilidad crónica, sin sentirse en ningún momento disminuido por su arribada al poder sin pasar por las urnas, como producto ocasional de una combinazione, una coalición con los restos del Pueblo de la Libertad, el grupo que siguió a Silvio Berlusconi durante los últimos 20 años, en el éxito y en la adversidad, ahora dividido entre los que comparten el poder y los últimos fieles de Il Cavaliere que esperan que éste se libre del oprobio de ingresar en prisión.

El nuevo jefe del gobierno es el tercero consecutivo que llega al palacio Chigi sin haber ganado unas elecciones. Las fuerzas políticas desgastadas visten nuevos ropajes, sus líderes son más jóvenes y emplean un lenguaje que pretende ser antirretórico, como el de las redes sociales, pero se dejan mecer y arrastrar por el ventarrón del populismo y la telecracia. El objetivo secreto de Renzi consiste en desmarcarse de la oligarquía innombrable, de los viejos caciques que le acompaña en el ascenso. Según Angelo D´Orsi, profesor de ciencia política de la universidad de Turín. “Renzi es la prueba de que el Partido Democrático ha experimentado una mutación genética.”

Renzi es el jefe de gobierno más joven de la Italia unificada y preside un elenco con una media de edad de 47 años y 16 ministros, de los que ocho son mujeres, una de ellas, embarazada. La vieja guardia ha sido despedida sin contemplaciones. ¿Un imitador de Rodríguez Zapatero? Algunos comentaristas italianos, más benévolos, le han comparado con el británico Tony Blair, inventor del “nuevo laborismo”, por su intento de romper con los viejos tabúes ideológicos. Las prioridades anunciadas por Renzi son la reforma del mercado de trabajo y la reducción de los impuestos a las grandes empresas con el objetivo último de evitar el rescate.

No hay grandes personalidades en el Gabinete que puedan hacer sombra al jefe improvisado y ambicioso, ni grandes hipotecas, como no sea la que se deriva del respaldo taimado de Berlusconi. Los puentes con los comunistas han sido volados, como confirma el fracaso y el retiro anticipado de Pier Luigi Bersani. Quizá la juventud y la feminidad son las verdaderas novedades del cambio que se anuncia, aunque no se sabe bien en qué puede consistir más allá de una reforma electoral ya pactada para hacer la vida muy difícil a los pequeños partidos que han crecido con la crisis, empezando por el Movimiento Cinco Estrellas.

Una coalición con el centro derecha

En realidad, se trata de una coalición del PD con el llamado Nuevo Centroderecha (NCD), una formación escindida del partido de Berlusconi, que contará con tres ministros y a cuyo frente se encuentra el también joven y ambicioso Angelino Alfano, de 44 años, que era vicepresidente con Letta y que ahora seguirá como ministro del Interior. La mayoría parlamentaria es idéntica. EL NCD surgió en noviembre del año pasado, precisamente para hacer viable el gobierno de Letta, en contra de la opinión de Berlusconi. La muy europeísta Emma Bonino ha sido reemplazada en Asuntos Exteriores por Federica Mogherini, de 41 años, doctora en ciencias políticas con una tesis sobre el islam político.

Resultan necesarias grandes dosis de ingenuidad o de cinismo para creer en las novedades y las promesas de un hombre que llega al poder con el visto bueno de Il Cavaliere y sus huestes dispersas en un país en profunda crisis económica e institucional. ¿Cuánto durará?, inquiere con inquietud un editorialista del milanés Corriere della Sera. Preguntado el presidente de la República, el ex comunista Giorgio Napolitano, de 88 años, si el nuevo gobierno agotará la legislatura, hasta 1918, como ha prometido, respondió: “¿Hasta 1918? No se puede poner la mano en el fuego…, pero confiemos.” No se trata ni siquiera de un pronóstico, sino de un deseo piadoso, que resume muy bien toda la complejidad política de la situación.

El nuevo presidente del Consejo tiene una concepción muy laxa sobre el cumplimiento de sus proyectos. Prometió esperar a nuevas elecciones para plantear la batalla del poder dentro del PD, pero pronto maniobró para socavar la autoridad y luego provocar la caída de su correligionario Enrico Letta, que había llegado al poder como una solución de emergencia tras el fracaso de Bersani para formar gobierno tras las elecciones de febrero de 2013. La aprobación de la reforma de la ley electoral prometida debería conducir a la disolución del parlamento y la convocatoria de nuevas elecciones, según las exigencias democráticas; pero resulta que Renzi llega con la voluntad de seguir en el cargo hasta 2018.

Las novedades no llegan hasta la economía, donde se impone la continuidad de los dos gobiernos anteriores presididos por Mario Monti y Enrico Letta, dos tecnócratas del difuso centro político, en perfecta sintonía con las estrategias recomendadas por Bruselas. Por imposición del presidente Napolitano, bajo la influencia del presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, la cartera de Economía en el nuevo gobierno ha sido confiada a otro tecnócrata previsible, el economista y profesor universitario Pier Carlo Padoan, de 64 años, ex consejero de otros gobiernos y actualmente vicepresidente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), del que se esperan pocos cambios.

Una nueva estrella política nació en el firmamento italiano, con aires novedosos, pese a reproducir en muchos peldaños de su ascenso irresistible los hábitos detestables que están firmemente instalados en todos los corredores del poder y la ambición. El camino del éxito está sembrado de cadáveres. Como vaticina un cronista del semanario L´Espresso, Marco Damilano: “Matteo, caníbal, jugador, jefe de boys scouts en busca de un camino en la noche oscura, tiene poco tiempo para triunfar.” Pretende poner orden y concierto en un sistema representativo anacrónico, desbordado por la crisis, pero el futuro de esa empresa es altamente problemático.

No obstante, Renzi es un hombre de suerte, habla con desparpajo, es telegénico y hasta ganó miles de euros en un concurso televisivo (“La rueda de la fortuna”). Nada es imposible para un joven tan afortunado, por más que la cultura política de Italia se perfila como un obstáculo formidable.

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