Posteado por: M | 8 marzo 2014

La pugna estratégica se polariza en Crimea

La batalla geoestratégica que se libra en torno a Ucrania, como parte del “extranjero próximo” de Rusia, según la teoría del Kremlin, quedó polarizada en la península de Crimea, el eslabón más débil o más propicio, la región autónoma con dos millones de habitantes y mayoría rusa, pero importantes minorías ucraniana y tártara, ésta de origen turco y confesión musulmana, donde el Kremlin dispone de una importante base militar e instalaciones para su flota en la rada de Sebastopol. El parlamento regional, reunido en Simferopol, la capital, el 6 de marzo, votó por unanimidad la celebración de un referéndum el 16 del mismo mes para refrendar la incorporación a la Federación Rusa.

De los 100 diputados regionales, 78 votaron a favor de la propuesta, 8 se abstuvieron y 14 estaban ausentes. Mientras los rusos de Crimea celebraban en las calles la convocatoria del referéndum y “el retorno a la madre patria”, los grupos militares sin insignias pero fuertemente armados –milicias locales de autodefensa, según Moscú–, que controlan todos los puntos neurálgicos de la península, seguían reteniendo en sus cuarteles a las escasas tropas del Ejército ucraniano e instándolas a la rendición o la deserción. El primer ministro de Crimea, Serguei Aksionov, explicó que unos 11.000 miembros de las unidades de autodefensa se habían unido a las fuerzas de seguridad para adueñarse de la situación. El gobierno ucraniano y las potencias occidentales aseguran que esas milicias forman parte, en realidad, de las fuerzas especiales rusas.

El gobierno de Kiev declaró que la convocatoria del referéndum era ilegal y que jamás aceptaría la violación flagrante de la integridad territorial del país. El primer ministro, Arseni Yatseniuk, ex ministro de Economía y Exteriores de Yanukovich, que se encontraba en Bruselas, denunció la agresión rusa y recibió el respaldo unánime de los miembros de la OTAN y de la Unión Europea (UE), las dos organizaciones involucradas en la crisis, que adoptaron sanciones simbólicas o protocolarias contra Rusia. Los jefes de Estado o gobierno de la UE, reunidos de urgencia, hicieron juegos malabares para no enfrentarse con Putin, es decir, escenificaron, una vez más, la distancia sideral que media entre los principios morales y jurídicos tan ardientemente proclamados y los intereses nacionales cuya defensa está regida por la Realpolitik.

En Washington, el presidente Obama compareció por tercera vez parta advertir duramente a Putin, mientras era vituperado por los conservadores y los liberales intervencionistas que lo acusan desde hace tiempo de practicar una peligrosa estrategia de repliegue en todo el mundo y de apaciguamiento con algunos enemigos tradicionales de EE UU como Irán. Desde el podio de la Casa Blanca, el 1 de marzo, Obama advirtió a Putin de que “there will be costs”, que la intromisión en Ucrania será costosa para Rusia. Pocas horas después, la Duma (cámara baja del parlamento ruso) autorizó al presidente a enviar tropas a Ucrania si lo consideraba necesario.

Tampoco surtieron el menor efecto las dos conversaciones telefónicas que Obama mantuvo con Putin, la última el 6 de marzo cuando ya estaba en marcha la secesión de Crimea para su incorporación a la Federación Rusa. La secuencia de lo ocurrido confirma que las advertencias y llamadas de Obama no pueden torcer la férrea voluntad del Kremlin, al menos mientras EE UU siga apostando fuerte por el actual gobierno de Kiev, al que los rusos tildan de “golpista” e ilegal. El ambiente en Washington es harto pesimista, quizá porque todo el mundo es consciente de que EE UU no puede montar una operación de castigo que Rusia no esté dispuesta a aceptar para defender sus intereses vitales.

Además, el coloso norteamericano reticente está en la picota. La guerra relámpago de 2008, que concluyó con la amputación de Georgia en beneficio de Rusia, la marcha atrás en Siria y las negociaciones entabladas con Irán, con gran irritación de Israel, han disparado todas las alarmas en el Congreso y encolerizado a muchos senadores, un asunto sobre el que volveré en un próximo análisis. La ONU está paralizada, como de sólito, por el derecho de veto, y Obama se encuentra tan a la defensiva en el interior que de nada servirán sus gesticulaciones y su retórica sobre la legalidad internacional. Como se sabe, verba volent, o lo que es lo mismo, las palabras vuelan, el llamado soft power (poder blando) suele ser papel mojado en caso de confrontación geopolítica.

La huida infamante de Yanukovich

La crisis entre Rusia y las potencias occidentales se disparó cuando los acontecimientos se precipitaron en Kiev tras la huida infamante del presidente Viktor Yanukovich, que alegó amenazas de muerte, y su destitución por la Rada Suprema (parlamento), el 22 de febrero, por 328 votos a favor, en una votación confusa con muchas ausencias. Algunas informaciones de imposible confirmación aseguran que las tarjetas de muchos diputados ausentes fueron utilizadas en la votación.

La liberación triunfal el mismo día de Yulia Timoshenko, líder del partido Patria y ex oligarca de la energía, subrayó las carencias de la élite supuestamente europeísta que estuvo inmersa en la revuelta. Encarcelada por abuso de poder, Timoshenko suscita simpatías y rechazo por igual, culpable para algunos del fracaso de la revolución naranja de 2004, luego de haber sido su figura emblemática, su ninfa Egeria. Los primeros silbidos y abucheos se escucharon en Maidan, divulgados en directo por las televisiones, mientras Timoshenko pronunciaba su primer discurso desde una silla de ruedas en la tarima al aire gélido de los tribunos improvisados.

La elección de Oleksandr Turchinov, presidente de la Rada, también del partido de Timoshenko, como jefe de Estado interino hasta la celebración de las próximas elecciones presidenciales, que se adelantaron al 25 de mayo, ofreció un ejemplo sorprendente y acelerado del miedo escénico insuperable o del cambio de chaqueta de sus señorías, la deserción y el bochorno en el mismo campo de batalla. Según parece, para el vuelco de la situación no fueron  necesarios los votos de los diputados del Partido de las Regiones, de mayoría rusófona, al que pertenece Yanukovich y que hasta 24 horas antes era el más numeroso de la cámara: 203 de los 450 escaños, más del doble que cualquier otro grupo parlamentario.

Una somera cronología de los hechos confirma el desenlace imprevisto y súbito de la crisis que se inauguró en noviembre, en protesta por la negativa de Yanukovich a firmar un acuerdo de asociación ya comprometido con la Unión Europea a cambio de la ayuda financiera de Rusia (15.000 millones de dólares) y nuevas ventajas en el suministro del gas. Los actores de la tragicomedia fueron desbordados por el impulso popular, el ventarrón nacionalista y visceralmente antirruso, que derribaba estatuas de Lenin o profería insultos contra Putin. Tanto Bruselas como Washington, que habían defendido una transacción entre las barricadas y el poder, quedaron desconcertados por la entrada en escena del oso ruso que parecía en hibernación.

El 20 de febrero fue el día más sangriento desde que comenzó la sublevación: no menos de 80 muertos entre manifestantes y policías. El 21 de febrero, Yanukovich y los líderes de la oposición firmaron un acuerdo que preveía el retorno al régimen parlamentario (la Constitución de 2004), un gobierno de unión nacional y la elección presidencial anticipada. El documento fue apadrinado por los ministros de Exteriores de Alemania, Francia y Polonia, presentes en Kiev. Al día siguiente, la situación cambió radicalmente, los francotiradores siguieron disparando desde los tejados, la policía se esfumó, Yanukovich abandonó la capital e inmediatamente después fue destituido por la Rada. El Ejército, escaso de hombres y pertrechos, cuyo armamento data de la época soviética, permaneció como “el gran mudo”.

Hasta aquí los hechos. ¿Qué ocurrió en menos de 24 horas y luego de tres meses de agitación? ¿Como es posible que los tres ministros que representaban a la Unión Europea platicaran con un Yanukovich en el ocaso, el presidente odiado por las masas, y apadrinaran un acuerdo que no duró ni 24 horas? Idéntica pregunta cabe formular con respecto de los líderes de la llamada oposición democrática y europeísta, tan súbitamente encaramada en el poder. París, Berlín y Varsovia no han ofrecido una explicación plausible de la representación de sus ministros en el palacio presidencial de Kiev. ¿Acaso se trató de un simulacro para despistar a Moscú o un engaño urdido por los opositores más radicales?

Lo ocurrido no encaja en los diversos modelos que ayudan a explicar las revoluciones y los cambios radicales que entrañan. En cualquier caso, no fue una revolución democrática y mucho menos social, ni nada tuvo que ver con una izquierda inexistente, a juzgar por el furor nacionalista con que los manifestantes destruyeron los símbolos del poder caído u ocuparon los ministerios, en un país empobrecido y al borde de la ruina. Más parece un tumultuoso y acéfalo golpe de Estado derechista, de nacionalistas y neoliberales coligados en la calle y en los despachos hasta provocar la espantada de un presidente elegido pero en pérdida acelerada de legitimidad.

Volodymyr Ishchenko trató de explicar la situación en el diario británico The Guardian: “Lo que hemos visto ha sido una rebelión masiva mayoritariamente respaldada en el centro y oeste de Ucrania pero sin mayoría de apoyo en el este y el sur, que ha conducido a un cambio de élites políticas.” Quizá la misma élite que cambia de disfraz. La fragmentación histórica de Ucrania, de lengua, cultura y religión, jamás corregida, sino probablemente enconada, por los 70 años de socialismo real y los 23 de régimen cleptocrático con líderes afanados en el latrocinio persistente. Todos los recuerdos dolorosos de la experiencia soviética, desde la hambruna a las deportaciones, cristalizan en la histeria antirrusa.

No se trata sólo de la tradicional división étnico-lingüística del país, sino principalmente de la acción del llamado Sector de Derecha y sus grupos paramilitares, nacionalistas radicales fuertemente armados, dirigidos por Dmitri Yarosh, que protagonizaron entre bastidores el motín que derribó primero al gobierno y luego a Yanukovich. Mientras en Occidente se mantenía el silencio sobre un asunto tan vidrioso, tan contradictorio con el apaciguamiento, el pacifismo y el buenismo imperantes, los periódicos rusos, que conocen bien el paño que se vende en el espacio postsoviético, denunciaron la acción de los nacionalistas fanáticos que se enfrentaban con la policía y actuaban como francotiradores para sembrar el pánico y el caos, hasta forzar la huida del presidente convertido en pelele.

A partir de esas premisas, la propaganda se hizo delirante. La prensa occidental disparó contra Putin y su neoimperialismo, mientras Obama se decidía por la incontinencia verbal para denunciar “la violación de la integridad de Ucrania y de las leyes internacionales” y amenazar con “los costes” que entrañarían para Rusia su intromisión inaceptable en Crimea, en forma de sanciones o aislamiento diplomático. Los más conservadores o más antirrusos creyeron o fingieron estar viviendo “el episodio final de la guerra fría”, como dio a entender un columnista del Washington Post, George F. Hill, que comparó a Putin con Mussolini por su supuesta afición a fotografiarse con el torso desnudo.

La euforia por el triunfo de la sublevación contra Yanukovich, televisada en directo y ensalzada irreflexivamente, resultó efímera. El 23 de febrero, domingo, fue un día de luto, de oraciones y de homenaje a las víctimas, a la espera de la reacción del Kremlin. El país, abrumado por los altavoces de la propaganda, temió tanto el vacío de poder como la invasión rusa y la guerra civil, la división entre el este y el oeste y el fantasma de una desintegración en el estilo de Yugoslavia. Porque las perspectivas eran bastante sombrías: el mismo sistema y la misma clase política que el país padece desde su independencia en 1991, la corrupción en todos los niveles, la pobreza y las desigualdades abismales, entre un occidente agrícola, atrasado, y un oriente con industrias pesadas de estilo soviético.

En un ambiente de un sectarismo sofocante, Kiev había perdido de súbito su capacidad de compromiso, de capital-puente cuyo papel histórico consistió en mitigar las tensiones entre las dos Ucranias, en el cruce y frontera de los imperios. El río Dniéper, que atraviesa la ciudad, fue por mucho tiempo la frontera natural entre el este y el oeste de Europa. A juzgar por las imágenes y las declaraciones que transmitían las televisiones occidentales concentradas en Maidan, la cohesión y el entusiasmo de los concentrados procedía esencialmente de sus sentimientos antirrusos, de su aparente convicción de que Yanukovich era simplemente una marioneta o un vasallo del Kremlin cuya renuncia era innegociable. El único factor esperanzador fue el escaso eco despertado por los augures de una guerra civil que pocos desean y que nadie está en condiciones de librar.

Casi todas las características de un Estado fallido se dan cita en Ucrania, un país algo más extenso que España y con 47 millones de habitantes, con un vecino zaherido y poderoso que se cree con derecho a influir en su problemático destino. Otra herencia pavorosa del socialismo real. Mark Leonard, director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, un prestigioso think tank (instituto de opinión) radicado en Bruselas, completó el epitafio del “granero de Europa”, de las feraces tierras negras de pan llevar: “Nadie quiere hacerse cargo de los tremendos problemas de un país en bancarrota, que tiene un terrible y quebrado sistema de gobierno además de padecer niveles enfermizos de corrupción.” Ese nadie incluye, por supuesto, al vilipendiado Putin.

Yanukovich huyó de Kiev hacia el este y habló desde Jarkiv, ciudad rusófoba por antonomasia, la segunda más poblada del país, para proclamar que no había dimitido, que seguía considerándose el presidente legítimamente elegido y que lo ocurrido era “un golpe de Estado de vándalos y bandidos”. Con la huida evitó su conversión en Yanucescu, el nombre empleado por las turbas para recordarle el trágico final de los rumanos esposos Ceaucescu en la Navidad de 1989, pero incrementó su fama de pusilánime e indeciso. La policía antidisturbios (Berkut) y las tropas del ministerio del Interior desaparecieron como por ensalmo de las calles de la capital el 21 de febrero, luego de la última represión sangrienta, dejando el campo libre a los más exaltados de los manifestantes que ocuparon el palacio presidencial, el parlamento y los principales ministerios.

Un nuevo gobierno neoliberal no elegido

La formación de un nuevo gobierno dirigido por el ex ministro y economista Arseni Yatseniuk, uno de los protagonistas de la revuelta popular de la plaza de la Independencia (Maidan), del mismo partido que Timoshenko, desencadenó las primeras escaramuzas entre los vencedores, la primera cacofonía en los medios. El 24 de febrero, advertía el semanario Ukrainsky Tyden, de Kiev: “La oposición política no ofrece ninguna dirección clara y no dispone de ningún plan digno de ese nombre. Por lo tanto, está condenada a hundirse en las luchas intestinas y las intrigas.” Los oligarcas ucranianos estuvieron con Yanukovich hasta el final, pero son fundamentalmente antirrusos, y el nuevo gobierno les ofrece un programa esencialmente neoliberal y nacionalista.

Desde que Ucrania alcanzó la independencia de la URSS en diciembre de 1991, siguiendo la osada maniobra de Boris Yeltsin, presidente de Rusia, para unir a los países eslavos (Rusia, Ucrania y Bielorrusia) contra el conglomerado soviético y el mismo Gorbachov, presidente de la URSS, la casi totalidad de la clase política ucraniana emergente consideró que el afianzamiento de la soberanía nacional pasaba por la necesidad inexcusable de sacudirse la tutela del Kremlin. Desde entonces, con el nacionalismo en ascenso, ningún político, ni siquiera Yanukovich, se declaró abiertamente prorruso, epíteto de oprobio, aunque obtuviera los mejores resultados electorales en la Pequeña Rusia en torno a Jarkiv, Donetsk y Odesa.

Una de las primeras víctimas de la confusión fue la democracia, el olvido de las reglas del juego y de la diversidad congénita del país. Mientras que las agencias de prensa y las televisiones occidentales, cuya parcialidad alcanzaba cotas panfletarias, ensalzaban a los héroes de Maidan y destilaban en el ambiente los efluvios de una nueva guerra fría, se propagaba  la falsa percepción de que los rusos son, sin duda alguna, los malos de la película, con Vladimir Putin al frente de un nuevo “imperio del mal”, moviendo a su antojo los hilos de la trama.

Pocos analistas osaron advertir de que el presidente Putin no estaba interesado en defender a Yanukovich, un  burócrata corrupto e incompetente, detestado por la población y despreciado por el Kremlin, y mucho menos en situar a sus tanques en Jarkiv o suicidarse internacional y políticamente haciendo la guerra contra Ucrania. La restauración del poder de Rusia, principal empeño de Putin, depende más de la salud interna, de la moralización de la vida pública, del progreso y la bonanza económica, en suma, de la colaboración con Occidente, que de meterse en el avispero político y el pozo sin fondo de una Ucrania arruinada y profundamente desgarrada, permanente quebradero de cabeza.

Como un reflejo del disgusto de los rusos por el trato que reciben en la prensa internacional, un periodista del diario moscovita Izvestia, próximo del Kremlin, advirtió crudamente contra la aventura exterior: “Ésta no es nuestra guerra”. Abogó por proteger a los rusos, pero, al mismo tiempo, cerrar las fronteras para que el volcán ucraniano no derrame su lava sobre Rusia, y concluyó sarcásticamente: “Sólo tenemos que hacer una cosa, dejar de considerar a Ucrania como un Estado, habida cuenta los conflictos permanentes entre los rusos y esos verdaderos europeos aspirantes a la libertad que son los ucranianos.”

El jefe del Kremlin, desde luego, pretende seguir influyendo en Ucrania y utilizando sus gasoductos, boicoteando su ingreso en la OTAN, pero está más interesado en que Occidente pague la estratosférica factura que presentará el nuevo gobierno de Kiev a los responsables de la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la administración de Obama, unos 15.000 millones de euros para empezar. El 2 de marzo, el primer ministro, Arseni Yatseniuk, declaró el que país estaba “al borde de la catástrofe”, no sólo por la sublevación en Crimea, sino porque las arcas públicas están exhaustas.

La Unión Euroasiática, el gran proyecto estratégico del Kremlin para su “extranjero próximo”, no ganaría mucho con una Ucrania sometida pero postrada. El esfuerzo militar ruso está centrado en el levantisco Cáucaso septentrional, donde las repúblicas de Daguestán, Chechenia y Tartaristán, islamizadas, pueden desestabilizarse en cualquier momento. A nadie se le ocurriría pensar en una nueva aventura militar en Ucrania de consecuencias tan imprevisibles como enormemente onerosas. La primera intención de Putin es la de advertir a los occidentales de que no puede aceptar sin perder la cara el cambio de situación en Kiev arrancado por la fuerza.

La revolución impuso sus leyes, tan alejadas de las exigencias democráticas, de manera que el poder cayó en manos de “unas personas no elegidas por nadie”. La propaganda insistió en esa dirección. Los periódicos de Moscú, sin duda instigados por el Kremlin, hicieron de la falsificación democrática y de la presión de los paramilitares el instrumento de su airada protesta contra esos dirigente de Ucrania occidental que siempre perdieron las elecciones, pero que llegaron al poder después de tres meses de agitación y aupados por las multitudes nacionalistas, fundamentalmente movidas por la rusofobia, concentradas en Maidan.

Lo primero que hizo el nuevo gobierno, entre la imprudencia y la provocación, fue abolir la legislación de 2012 que había otorgado a las regiones la competencia para hacer del ruso el segundo idioma oficial, en paridad con el ucraniano. Una decisión polémica, entre la imprudencia y la provocación, y una innecesaria ofensa que indignó e inflamó a los rusófobos que habitan en Crimea y en las zonas orientales limítrofes con Rusia. El Partido de las Regiones, cuyo jefe era Yanukovich, mayoritario en la Rada, se evaporó prácticamente, algunos de sus miembros desertaron en medio de la sublevación y la mayoría no pudo votar la investidura del gobierno de Yatseniuk. Con esas medidas, el gobierno ofreció un magnífico pretexto para las manifestaciones prorrusas en las regiones del este y el sur del país, en las ciudades de Jarkiv, Donetsk y Odesa.

La aparición de soldados sin identificación precisa y fuertemente armados en las calles de Simferopol, la capital de la región autónoma de Crimea, dieron pábulo a la teoría del “caos organizado”, ese concepto contradictorio que aparece esporádicamente en la prensa rusa para descifrar los planes del Kremlin sobre la Pequeña Rusia, es decir, el nombre con el que los rusos se refieren a la parte de Ucrania controlada por el imperio de los zares antes de la revolución bolchevique de 1917. Esos soldados enmascarados, milicias armadas prorrusas, ocuparon los aeropuertos y tomaron posiciones en el parlamento regional de Crimea, donde izaron la bandera rusa, y a imitación de lo ocurrido en Kiev, provocaron un cambio de gobierno.

La hipótesis de la federalización

En medio del tumulto y la confusión, se abría paso otra hipótesis geoestratégica que provocaba la cólera de las nuevas autoridades de Kiev: la federalización de Ucrania, su división en regiones dotadas de amplios poderes, algunas de ellas con clara mayoría de rusófobos, que fácilmente podrían convertirse en protectorados rusos y formar parte de la Unión Euroasiática que se proyecta en el Kremlin con el designio de un gran bloque económico capaz de competir con la Unión Europea (UE), Estados Unidos y China. Los antecedentes eran más precisos: Abjasia y Osetia del Sur, las dos regiones perdidas por Georgia en la guerra relámpago de 2008; y la autoproclamada República de Transnistria, desgajada de Moldavia. Esos territorios independientes se conocen internacionalmente como “Estados de facto” (EDF), no reconocidos internacionalmente.

La perspectiva federalista causaba alarma en Kiev y el nuevo gobierno se apresuró a hacer un llamamiento a favor de “la cohesión nacional” de un país claramente dividido por la historia, los recursos naturales, la lengua, la religión y las tradiciones. El primer ministro, Arseni Yatseniuk, hizo declaraciones valerosas pero inoperantes sobre la toma del poder por los rusos en la región autónoma de Crimea, sin tener la prudencia de recordar que él mismo se había hecho con el poder en medio del motín, el duelo y los quebrantos.

No es la primera vez que Crimea expresa su voluntad de unirse a la Federación Rusa. En mayo de 1992, poco después del colapso de la URSS, el parlamento de Simferopol declaró la independencia, pero la crisis se resolvió con una ley de división de poderes entre las autoridades de Ucrania y las de la República de Crimea, que otorgó a la península un generoso estatuto de autonomía. No obstante, el Parlamento ruso votó poco después una resolución que rescindía el regalo o entrega de la región a Ucrania por un ucase de Nikita Jruschov.

No están muy claros los objetivos inmediatos de Putin, aunque las resoluciones de ambas cámaras del parlamento ruso sugieren que la anexión de Crimea puede ir adelante, aunque origine nuevos problemas económicos, encone la animadversión del gobierno actual de Kiev y quién sabe si la desintegración de Ucrania. El objetivo a largo plazo de Putin, como de cualquier gobernante que le sustituya en el Kremlin, consiste en la llamada finlandización  o neutralización de Ucrania, un Estado independiente pero amigo, neutral entre el este y el oeste, como fue Finlandia durante toda la guerra fría, que aumente la profundidad estratégica de Rusia e impida la llegada de la OTAN, como aquel que dice, a las orillas del Volga. No otro es el desafío geoestratégico.

Obama y los estrategas norteamericanos han denunciado con acritud la violación de la soberanía y la integridad de Ucrania que Rusia se comprometió a garantizar por el Memorándum de Budapest (5 de diciembre de 1994), firmado por los presidentes Bush (padre) y Yeltsin, junto con el primer ministro británico, para la desnuclearización del país, cuyas armas nucleares fueron depositadas en los arsenales rusos para ser destruidas. Debería añadirse que el mismo presidente Bush prometió a Gorbachov, a cambio de la disolución del Pacto de Varsovia, que la OTAN no se ampliaría hacia el este, promesa ampliamente incumplida con la incorporación de pleno derecho de Bulgaria, Rumanía y los tres países bálticos al Pacto Atlántico. Cualquier entendimiento duradero con Rusia requerirá que EE UU asegure que la expansión de la OTAN está definitivamente clausurada. Sobre estas cuestiones geopolíticas insistiré en próximos artículos.

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