Posteado por: M | 10 marzo 2014

Putin, Obama y el reloj de la historia

La crisis en Ucrania y su derivación en Crimea, lejos de una solución aceptable para las partes implicadas, deja en la atmósfera internacional, harto enrarecida, innumerables preguntas y reflexiones que van desde la parálisis de la ONU, poco novedosa, hasta los estrechos límites en que se mueve la política exterior de Barack Obama, pasando lógicamente por la inoperancia de la Unión Europea (UE), los sueños imperiales de Putin y las lecciones que pueden extraerse para situaciones similares en otros continentes, sobre todo, en Asia. En el caso de que Rusia no retire sus tropas de Crimea, como parece lo más probable, los estrategas de Washington ponderan algunas medidas de retorsión o represalia para que la arriesgada operación no se consagre como un definitivo éxito geopolítico.

Vista desde Washington, “la agresión rusa”, la violación de la soberanía y la integridad territorial de Ucrania, ha abierto dos debates conexos. En el primero se busca el culpable interno de lo ocurrido; en el segundo, se discute sobre las medidas que podrían tomarse para frenar ahora y para siempre las ambiciones restauradoras de Putin, quien actúa persuadido de que la extinción de la URSS (1991) fue “un cataclismo estratégico” que es necesario corregir hasta donde sea posible. En realidad, las tropas rusas llegan hasta donde pueden sin correr riesgos, y por eso están en Crimea para quedarse. La incógnita está en saber si el régimen autoritario de Putin podrá mantener el pulso económico que puedan plantearle EE UU y la UE.

¿A quién le echamos la culpa por la pérdida de Crimea?, se preguntan los periódicos norteamericanos siguiendo una inveterada costumbre de introspección y revisionismo que se remonta, como mínimo, al comienzo de la guerra fría con el golpe comunista de Praga (febrero de 1948), el bloqueo de Berlín, la toma del poder por los maoístas en China (1949) y la guerra de Corea (1950), acontecimientos seguidos inmediatamente por la histeria anticomunista que fue aprovechada por el senador Joe MacCarthy para montar la infausta caza de brujas a través del Comité de Actividades Antinorteamericanas.

También ahora algunos pundits (columnistas) han tratado de resucitar un clima de guerra fría, por lo menos de guerra fresca, con el cacareado objetivo de parar los pies a Putin. Y las más duras andanadas se dirigen de nuevo contra los servicios de inteligencia, la CIA y la Nacional Security Agency (NSA), que tienen a medio mundo vigilado, pero que fueron incapaces de discernir lo que se estaba cociendo en la plaza de la Independencia (Maidan) de Kiev, cuáles eran las fuerzas que dirigían la sublevación contra Yanukovich, o de enterarse de los movimientos de la tropas rusas que llegaban a Crimea y cercar los acuartelamientos del ejército ucraniano.

Las más ácidas críticas, empero, se lanzan contra Obama y su política exterior, auspiciadas por el Partido Republicano y los medios más sensibles a las posiciones de Israel. “Esto [la invasión de Crimea] es el resultado de una política exterior inútil”, fue la sentencia del respetado senador John McCain, adversario de Obama en las presidenciales de 2008. Y el senador Mitch McConnell, líder republicano en el Senado, arremetió desde la tribuna: “El presidente ha erosionado la credibilidad estadounidense en el mundo.”

Obama replicó, pero no contra sus críticos, sino contra Putin: “Realmente creo que esto [la invasión de Crimea] no ha sido un signo de fortaleza, sino más bien la confirmación de que los países próximos a Rusia están profundamente preocupados y temerosos de estas injerencias.” El secretario de Estado, John  Kerry, sorprendido por la reacción del Kremlin, se olvidó de la historia de su propio país y extremó la condena: “No se invade otro país con falsos pretextos para servir tus intereses.”

Como no podía ser de otra manera, la izquierda en general, el Partido Demócrata y los medios afines aprovecharon la ocasión para cargar de nuevo contra el presidente George W. Bush, al que culpan de haber iniciado con la invasión de Iraq (2003) el descenso a los infiernos de la política exterior. Es la táctica del “y tú más”, según la cual EE UU tiene un pasado poco ejemplar en lo que concierne a la intromisión militar o de espionaje en otros países, desde Corea y Vietnam a Irán, Cuba, el Líbano, la República Dominicana y la isla de Granada. La reducción de gastos en el Pentágono y la voluntad de Obama de confiar en el soft power, en perjuicio del poder militar (hard power), fueron puestas en la picota por el Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes. Los efectivos de los ejércitos van a ser reducidos por primera vez desde que los atentados del 11-S (2001) desencadenaron una escalada militar.

A más de 10 años de distancia, las guerras de Iraq y Afganistán, además de poner a prueba la distribución de los recursos del país, el dilema entre los cañones y la mantequilla, siguen alimentando la controversia entre los dos grandes partidos implicados en la política intervencionista, ahora en franco declive. No estará de más añadir que el presidente Bush, para hacer la guerra en Iraq, contó con el respaldo abrumador de los senadores, incluida Hillary Clinton, con el entonces irrelevante Obama entre los escasos disidentes.

Los detractores de Obama encuentran en la crisis de Crimea un hecho relevante para mantener el relato sobre la supuesta debilidad de su política exterior, de su interés por establecer unas relaciones normales con Rusia, de sus errores durante las revueltas árabes, principalmente en Egipto y Libia, y de su apaciguamiento con Irán y Siria. Los abogados de la Casa Blanca vuelven a echar mano de Bush para recordar que Putin hizo la guerra contra Georgia en el verano de 2008 y estableció sendos protectorados rusos en las regiones de Osetia del Sur y Abjasia.

La crítica más contundente de la política exterior de Obama la acaba de formular Condoleezza Rice, que fue consejera y secretaria de Estado con George W. Bush, en un artículo publicado en The Washington Post el 9 de marzo: “EE UU debe restaurar su posición en la comunidad internacional, que ha sido erosionada por muchos apretones de manos y muestras de amistad con nuestros adversarios, algunas veces, a expensas de nuestros amigos. La continuada pasividad en Siria, que fortaleció la posición de Moscú en el Oriente Medio, y algunos signos de que buscamos desesperadamente un acuerdo nuclear con Irán no pueden separarse de las recientes acciones de Putin.”

Más allá de la polémica, o de la utilización discrecional de los drones (aviones asesinos no tripulados), la voluntad apaciguadora del presidente es inequívoca. El país está exhausto de guerras, reiteran los consejeros y funcionarios del Ala Oeste de la Casa Blanca. En una cumbre de América del Norte (EE UU, Canadá y México), celebrada a principios de febrero en la capital mexicana, cuando las manifestaciones en Kiev llegaban a su paroxismo, Obama declaró: “Nuestra consideración como Estados Unidos es que esta crisis [la de Ucrania] no puede colocarse en un tablero de la guerra fría en el que competimos con Rusia.”

La impotencia de Europa

 No cabe duda, sin embargo, de que el máximo responsable de lo que ocurre en Crimea reside en el Kremlin, que busca estabilidad en sus fronteras y una esfera de influencia, por lo menos, en las que fueron las repúblicas soviéticas, “el extranjero próximo”, y actúa teniendo en cuenta la relación de fuerzas en cada momento, sin importarle mucho quién sea el inquilino de la Casa Blanca. El problema para Washington radica en cómo responder a los avances de Rusia en el espacio postsoviético, cómo frenar a Putin, habida cuenta la doctrina oficiosa del fin de las guerras y el entierro definitivo de la guerra fría, propagada por Obama y sus partidarios, y la desventaja geoestratégica cuando se trata del Cáucaso o Ucrania.

Además de las inocuas sanciones diplomáticas o de las maniobras para torpedear la cumbre del G-8 que debe celebrarse en junio en Sochi, que no le quitan el sueño a Putin, la administración de Obama baraja otras medidas de índole económica, entre las que destacan la exportación de petróleo y gas por parte de EE UU, restricciones bancarias y viajeras, la asistencia militar a Polonia y los países bálticos y la contribución para la mejora de la situación económica en Ucrania, en colaboración con Europa, la OTAN y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

La contribución de Europa resulta problemática, pues existe el riesgo cierto de que las sanciones actúen como un bumerán que perjudicaría los intereses de las dos principales potencias continentales, Alemania y Francia. Como en la época de Henry Kissinger y sus sarcasmos, Europa no tiene un número de teléfono al que llamarla, ni una sola voz que exprese las inquietudes y los proyectos comunes. Los países de Europa oriental recuerdan los días aciagos del imperio soviético, no se fían de Putin y están alarmados por lo que ocurre en Crimea, pero en los de la Europa occidental, quizá con la excepción de Gran Bretaña, prevalece el prurito de hacer buenos negocios con el Kremlin para salir del atasco económico.

En un editorial titulado “La impotencia de Europa frente a Rusia”, el semanario alemán Die Zeit escribe: “Europa y Estados Unidos no habían previsto lo ocurrido [en Crimea], y una vez más, se encuentran sin defensa frente al despotismo geoestratégico sin escrúpulos de Putin.” Tras recordar que la crisis comenzó en noviembre, el semanario prosigue: “Con Obama, EE UU se retira de todos sitios y los europeos no disponen de los medios militares, ni de los medios políticos, ni de una estrategia común ante Rusia, de manera que la situación actual parece favorable a Putin.”

El repliegue norteamericano debe tratarse con suma prudencia, puesto que podría modificarse súbitamente si el “coloso reticente” se sintiera herido, como ocurrió el 11-S de 2001, o perdiera terreno. Pero no cabe duda de que las tradicionales corrientes aislacionistas están muy presentes en el debate, dentro incluso del Partido Republicano, aunque sean mayoría los que reclaman una mayor firmeza frente a la resurrección antagónica de Rusia.

Los consejeros de Putin, por el contrario, tienen muy claro lo que quieren: terminar de una vez por todas con las secuelas de la catástrofe estratégica que fue la desintegración de la URSS. La historia vuelve por sus fueros, en contra del vaticinio famoso de Francis Fukuyama. Lo expresa muy bien el diario Vzgliad, muy próximo al Kremlin: “La era postsoviética ha terminado, la organización unipolar del mundo no existe, Rusia ha recuperado su estatuto de polo global de la fuerza, dando pruebas de una soberanía absoluta para tomar las decisiones necesarias en la defensa de sus intereses.”Putin, Obama

Si no regresa la guerra fría, como arguye Obama, y prosigue el repliegue norteamericano; si el reloj de la historia está de nuevo en marcha y la Rusia de Putin recupera protagonismo, erigiéndose en el gendarme del vasto espacio postsoviético, bautizado como Eurasia –una unión aduanera y un “extranjero próximo” complaciente, si no estrictamente subordinado–, la nueva situación exigirá unos acomodos inevitables que implicarán la recuperación de Rusia como una potencia ascendente, en paridad con EE UU y China, para preservar la estabilidad y promover el crecimiento económico sostenido. Europa y la OTAN tendrán que definir su papel en ese nuevo escenario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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