Posteado por: M | 13 marzo 2014

Un argelino analiza y denuncia el islamismo

Primero leí con fruición y gran interés El juramento de los bárbaros (1999), su primera novela traducida al español. Luego empecé a comprender los estragos que causa el islamismo en los suburbios de las grandes ciudades europeas a través de una novela-denuncia, La aldea del alemán (2008), una parábola sobre la resurrección de unas creencias totalitarias lindantes con el nazismo en las mentes excitadas de los jóvenes enrolados en la yihad. Me refiero al escritor argelino Boualem Sansal, nacido en 1949, que sigue viviendo en Argelia, a pesar de las amenazas contra su vida, y que no es sólo un novelista de fuste que escribe en francés, sino un pensador comprometido, que me recuerda a Albert Camus, y un fustigador infatigable del fanatismo.

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En 2011, Sansal publicó Rue Darwin, con personajes de la vida real y acento autobiográfico, un relato de muy poca ficción, y ahora llega a mis manos, aunque todavía no traducido al español, un ensayo titulado Gouverner au nom d´Allah. Islamisation et soif de pouvoir dans le monde arabe (Gobernar en nombre de Alá. Islamización y sed de poder en el mundo árabe), editada en Francia a finales de 2013 por la editorial Gallimard, que no es una investigación académica ni un panfleto para alimentar la islamofobia, sino una exposición accesible, concisa y convincente sobre el islam contemporáneo, su evolución y sus relaciones con el poder político.

En el primer capítulo, una introducción en forma de testimonio sobre la evolución de Argelia desde su independencia (1962), Sansal recorre con firmeza los acontecimientos más destacados de la historia de su país, desde el colonialismo francés al islamismo y la guerra civil, pasando por un período de fervor revolucionario, anticolonialista y tercermundista, con Argel convertida en capital y faro de “los malditos de la tierra”, de los líderes africanos de la fiebre descolonizadora y de los progresistas europeos, además de algunos grupos terroristas como ETA y el IRA.

El “viento religioso”, el islamismo, empezó a llegar a Argelia después de la independencia y se extendió rápidamente por todo el país, pero lo más importante es que muy pronto alcanzó una dimensión planetaria y sacudió el sopor de muchos países árabes. Sansal sostiene que la expansión del islamismo fue el resultado de una premeditada estrategia reaccionaria nacida de la conjunción ideológica de los Hermanos Musulmanes, con más de dos millones de militantes, y los opulentos Estados del golfo Arábigo, encabezados por Arabia Saudí, que pusieron el dinero y los predicadores necesarios para emprender el combate contra la occidentalización cultural que había conquistado a las élites árabes, y “a reislamizar a éstas en profundidad”.

En Argelia, la predicación y la radicalización del islamismo condujeron a una espantosa guerra civil que duró casi 15 años (1991-2006), causó más de 200.000 muertos, devastó la economía petrolera y diezmó a la élite moderna, occidentalizada, que campaba en el Frente de Liberación Nacional (FLN). Después del triunfo electoral del Frente Islámico de Salvación (FIS), anulado por los militares en 1989, los más radicales se reunieron en los Grupos Islámicos Armados (GIA), cuyo modelo eran los talibanes, y “declararon la guerra no sólo a un régimen despótico y corrompido (…), sino también a las religiones, las razas, las civilizaciones, las culturas”, con el objetivo de “restaurar el califato, un Estado islámico perfecto en el que no podría haber ni infieles ni hipócritas”.

El segundo capítulo del libro es “una visión de conjunto del islam y del mundo musulmán”, con pretensiones didácticas, en el que pasa revista a las diversas corrientes que lo han sacudido a lo largo de su agitada historia y traza la tipología de un mundo islámico que cuenta con 1.500 millones de fieles, el 23 % de la población mundial, superando al catolicismo, y sigue haciendo prosélitos. Las divisiones del islam alcanzan todas las variaciones de la fe y de la ley (sunismo, shiísmo, sufismo, jariyismo), en las que Sansal establece una distinción esencial entre un islam tolerante, respetuoso, y otro integrista y violento que legitima el empleo de la fuerza, éste fundado en el versículo del Corán en el que Alá ordena al Profeta que lleve a cabo “la guerra santa contra los infieles y los hipócritas”.

En opinión de Sansal, el mundo árabe, al contrario de lo ocurrido en Japón, China o la India, no ha sabido aceptar la modernidad, ni hacerla compatible con sus tradiciones. “El hombre árabe permanece en la ambigüedad –anota–. Mantiene en la plaza pública un discurso sobre la democracia, pero después vuelve a casa y encierra a la mujer y a la hija. Tiene miedo de todo lo que podría destruir las estructuras patriarcales.”

Unas reflexiones muy atinadas dedicadas a “la libertad en el islam” nos ilustran sobre el fanatismo creciente inoculado en muchos de los musulmanes que viven en Europa, “tierra de libertad donde se puede criticar todo y emplear todos los medios de la crítica, hasta la sátira y la parodia, pero no se puede criticar al islam y su Profeta incluso con las palabras más contenidas y las mejores intenciones”. Las críticas de los infieles son inevitablemente blasfematorias o insultantes, como pudo comprobarse con las reacciones desproporcionadas con relación de las caricaturas de Mahoma publicadas en un periódico danés.

Constata Sansal el fracaso de la integración no sólo de los inmigrantes recién llegados, sino de los ciudadanos europeos de segunda o tercera generación de origen árabe que viven en los suburbios, y denuncia a los poderes occidentales que dan respuestas inapropiadas, sobre todo, cuando se trata del trato de las mujeres y la educación de los jóvenes, los dos sectores más expuestos a las coerciones del islam político. También pasa revista a la situación del islamismo, “una realidad instalada en el mundo, a la sombra de las dictaduras que gobiernan en los países musulmanes y con la cobertura del islam, como proyecto político-religioso”.

Fracasado el nacionalismo árabe laico y occidentalizador, el islamismo ha llenado el vacío político y puede contar, según Sansal, con toda una serie de actores y propagandistas: los Estados dedicados al proselitismo, como Arabia Saudí, que propagan una interpretación ultraconservadora del Corán; las élites oportunistas, los intelectuales silenciosos, las universidades, los medios de comunicación globalizados (Al Yazira), “la calle árabe”.

En contra de una opinión muy extendida entre los socialdemócratas europeos, teme el escritor argelino que “la victoria del islamismo llamado moderado prepare el acceso al poder del islamismo radical”, aunque matiza que “la realidad y el fantasma se alían en este asunto para oscurecer el análisis” (páginas 68 y ss.). Como se ha visto incluso en Turquía, “con los islamistas en el poder se tiende hacia una islamización de toda la sociedad”.

Se detiene Sansal en la que llama “la paradoja extraordinaria”, que consiste en la extensión del islam mientras aumenta su imagen rechazable, o la idea de que la religión no es responsable de los crímenes cometidos en su nombre. Critica a los intelectuales europeos, como el filósofo francés Michel Onfray, que sostienen que el Occidente está en profunda decadencia y que el islam podría abrir un nuevo camino para el mundo, y constata que la llamada “primavera árabe”, iniciada en nombre de la libertad y la democracia, acabó por allanar el camino a la llegada de los islamistas al poder. Ésta es la gran novedad, la de los islamistas en el poder. “Incluso en Europa, los musulmanes votan en gran número por los islamistas”, escribe Sansal (página 130).

El objetivo del autor y del libro está claro: denunciar sin restricciones los peligros que el islamismo encierra para las poblaciones árabes, así como la empresa retrógrada y a veces criminal de sus propagadores conscientes o inconscientes. Se cierra el libro, sin embargo, y comienzan las preguntas sin respuesta. ¿Qué surgirá de la “primavera árabe” y de la agitación subsiguiente? Sansal desgrana su interrogantes: “¿Nuevas dictaduras militares? ¿La anarquía permanente, como en Somalia, Afganistán, Iraq o Libia? ¿Nuevas guerras civiles? ¿Violaciones masivas de los derechos humanos? ¿Éxodos masivos?”

En una entrevista posterior con la revista Jeune Afrique, publicada en diciembre de 2013, Sansal declaró: “Al final, es preciso reconocer que todo lo ocurrido en los países de la primavera árabe induce al pesimismo.” Su pesimismo es muy agudo cuando trata de Argelia, “bajo un régimen nacional-islamista y en un medio marcado por el terrorismo”. Y concluye: “De Ben Bella a Bouteflika es el mismo discurso de odio, enseñado en nuestras escuelas y mezquitas, retransmitido y amplificado por la televisión y las oficinas de propaganda.”

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