Posteado por: M | 13 abril 2014

Obama suspende y reflexiona sobre Palestina

Por enésima vez, las conversaciones de paz entre Israel y Palestina, bajo los auspicios de Estados Unidos, están a punto de naufragar, poniendo en entredicho toda la política exterior de Barack Obama en el quinto año de su presidencia y los denodados y agotadores esfuerzos de su secretario de Estado, John Kerry, que realizó 11 viajes a Jerusalén y Ramala en un año. Tras haber reculado de manera poco gloriosa en mayo de 2011, el presidente norteamericano se halla sin saber qué hacer ni cómo actuar sin perder su condición de mediador y, al mismo tiempo, aliado inquebrantable de la parte israelí. Se dispone a revisar su estrategia, pero no sabemos si sacará fuerzas de su incongruencia o firmará el acta de defunción de un diálogo inútil mientras no evolucione la situación interna de Israel.

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Netanyahu y Obama, 2011

John Kerry y el senador John McCain, republicano por Arizona y ex candidato presidencial derrotado en 2008, protagonizaron un tenso y relevante debate, en cuanto al fondo y también la forma, igualmente valioso en lo concerniente a las referencias históricas, sobre la diplomacia de Estados Unidos, el 8 de abril, en el Comité de Asuntos Exteriores del Senado. En el momento culminante de la refriega dialéctica, el senador fustigó irónicamente al secretario: “Debo decir que pienso que usted está a punto de conseguir la trifeta”, un término que no figura en el diccionario pero que se emplea para indicar que alguien logró el trío de la suerte en las carreras.

En esa ocasión, McCain trocó en su metáfora la suerte por el fracaso para resumir el supuesto desastre, el triple fiasco de la política exterior de la administración de Obama en el Oriente Próximo: la continuada carnicería en Siria, tras el acuerdo con Rusia sobre las armas químicas y la renuncia a intervenir; el naufragio inminente de las conversaciones de paz israelo-palestinas, patrocinadas por Washington; y el futuro incierto de las negociaciones diplomáticas sobre los planes nucleares de Irán. Kerry replicó y reprochó al senador que se mostrara tan pesimista “cuando no se ha producido aún el veredicto sobre ninguna de las tres cuestiones”.

McCain volvió a la carga y pidió al secretario de Estado que reconociera la realidad de que las conversaciones de paz están muertas. Y además, se acordó del presidente Theodore Roosevelt, el que propugnó la estrategia del big stick, del gran garrote, como acompañamiento imprescindible de cualquier diplomacia efectiva. Todo parece indicar que el senador vituperaba la buena voluntad de Obama, el exceso de confianza en el soft power (poder blando), en la persuasión, según la teoría del profesor Joseph Nye; el buenismo, en fin, de una política exterior con exceso volcada del lado del apaciguamiento y la exégesis benevolente de las intenciones de los adversarios en un conflicto enquistado y enconado desde hace más de 70 años.

Si la guerra civil en Siria está muy lejos de un desencale y si los cabildeos sobre Irán prosiguen a pesar de las escasas expectativas de acuerdo, nadie duda de que las negociaciones de Israel con los palestinos se encuentran de nuevo en punto muerto, en un callejón sin salida, cuando faltan unos días para que expire el plazo fijado por el mismo Kerry (nueve meses) para lograr “un acuerdo de bases”, rebajado a “un acuerdo de principios” cuando se comprobó que los obstáculos eran insalvables en los puntos esenciales: las fronteras del Estado palestino, que deberían tener por base las de Israel en 1967; el futuro de las colonias hebreas en Cisjordania, la seguridad estratégica en el valle del Jordán, el control del agua, el retorno o la compensación de los refugiados palestinos y el estatuto de Jerusalén. Un catálogo endiablado de problemas acumulados por tantos años de hostilidad y guerras.

Suspensión, represalias y colonización

Las negociaciones patrocinadas por Kerry comenzaron el 29 de julio de 2013, de manera que los nueve meses que se concedió de plazo expiran el 29 de abril. Desde entonces, el secretario de Estado ha realizado 11 viajes a Palestina, con visitas a Jerusalén y Ramala, y se entrevistó en numerosas ocasiones con el primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, y el presidente de la Autoridad Palestina (AP), Mahmud Abás, sin ningún resultado. El líder israelí fue recibido varias veces en el despacho oval de la Casa Blanca, como un amigo y aliado, pero su posición resultó inamovible.

El 1 de abril, Kerry canceló abruptamente un nuevo viaje a Palestina, mientras la Casa Blanca reconocía que los esfuerzos de mediación habían llegado al límite, que estaba revisando la situación y que las dos partes necesitaban un período de reflexión para salir del atolladero. Los acontecimientos se precipitaron porque la falta de sintonía entre Washington y Jerusalén se hizo irreversible, antes incluso de que Netanyahu se negara a liberar a un grupo de prisioneros palestinos, como estaba previsto. En un primer momento, el secretario de Estado tuvo la precaución de echar la culpa a ambas partes, si bien luego precisó que la decisión israelí de construir 700 nuevas viviendas en Jerusalén oriental envenenó el ambiente y precipitó la suspensión de las conversaciones bilaterales al más alto nivel. El portavoz del gobierno israelí se apresuró entonces a quejarse de los errores de apreciación y la supuesta parcialidad de Kerry.

La escalada no se hizo esperar. La Autoridad Palestina, en su condición de Estado reconocido como observador pero no miembro de la ONU, solicitó su incorporación a 13 convenciones internacionales, con el beneplácito inmediato del secretario general, Ban Ki-Moon, y el gobierno israelí anunció inmediatamente como represalia la suspensión de la transferencia de los impuestos que recauda en nombre de los palestinos, de manera similar a lo ocurrido en 2012, unos 80 millones de dólares mensuales, en una demostración inequívoca de la situación semicolonial, de la asimetría inherente de la ocupación militar del territorio teóricamente autónomo, pese a la decisión de la Unión Europea el año pasado de excluir a las colonias judías de los programas de cooperación comunitaria.

La situación de Cisjordania no puede ser más deprimida y humillante. El 62 % del territorio, la llamada zona c, está bajo control civil y militar de Israel. Según los datos israelíes, unos 400.000 colonos viven en las 125 colonias existentes en Cisjordania y más de 200.000 residen en los barrios levantados en Jerusalén oriental, aunque éstos figuran como habitantes de Israel porque esa parte de la ciudad fue anexionada por decisión del Parlamento israelí en 1980. Otras 100 pequeñas colonias, llamadas outpost (puesto avanzado) en la jerga militar, albergan a los colonos más levantiscos y no tienen reconocimiento oficial. Las colonias (asentamientos para los israelíes) están al margen de la legalidad internacional, según varias resoluciones de la ONU, y constituyen el principal escollo para la creación de un Estado palestino viable.

Los críticos no sólo señalan los errores tácticos y estratégicos de Kerry, como el dejar fuera de juego a los europeos o cerrar los ojos a los avances de la construcción de viviendas israelíes en Cisjordania, que aumentó el 123 % en 2013, sino su dedicación prioritaria a la cuestión palestina en perjuicio de otros asuntos peliagudos y conexos, como la guerra civil en Siria, la turbulenta evolución de Egipto o los progresos nucleares de Irán. Desdeñando la presentación de un completo plan de paz, por considerarlo prematuro, el secretario de Estado tampoco demostró gran entusiasmo por la solución de los dos Estados, objetivo oficial de EE UU, y se extravió en controversias planteadas por el gobierno israelí con propósito evidente de ganar tiempo.

Por lo tanto, la situación ha empeorado a ojos vistas, aunque sólo sea por el desgaste y el añadido de una nueva frustración, mientras se disparan los reproches recíprocos. Las negociaciones están bloqueadas, si no definitivamente muertas, reconocen en Washington, desde mucho antes de que se sucedieran los últimos acontecimientos. Un error de planteamiento, sin propuestas concretas del mediador, y una evidente falta de interés por parte de Israel en la solución llamada de los dos Estados, abocaron a los negociadores a una estéril disputa sobre la consideración de Israel como “Estado judío”, pese a que el 20 % de la población es árabe, o la permanencia de las tropas hebreas en el valle del Jordán una vez proclamado el Estado palestino, inaceptables para los palestinos si no se fijan antes las fronteras definitivas.

La ilusión de los dos Estados

La oposición de Netanyahu a la creación de un Estado palestino junto a Israel no es de ahora, sino de siempre. “El objetivo estratégico del primer ministro Netanyahu –escribe Henry Siegman en el diario Haaretz, de Tel Aviv—, como de la mayoría de los que le precedieron en el cargo, fue y sigue siendo el control por Israel de toda Palestina”, desde el Jordán al Mediterráneo. Por lo tanto, mientras la diplomacia norteamericana actúe bajo la ilusión de que Israel favorece la coexistencia de los dos Estados en el territorio de la Palestina histórica, aunque el palestino quede desmilitarizado, no habrá forma de que las negociaciones progresen.

Otro cronista israelí, en el mismo diario, Peter Beinart, escribió el 9 de abril: “El proceso de paz no se colapsó ahora, sino hace tres años, cuando Obama capituló ante Netanyahu y retiró su propuesta de un retorno a las fronteras de 1967”, la llamada línea verde que separaba entonces a Israel del territorio administrado por Jordania, unas fronteras surgidas de los armisticios de Rodas (febrero-junio de 1949) que pusieron fin a la guerra tras la proclamación del Estado de Israel en 1948. La situación territorial no se alteró hasta la guerra de los Seis Días (junio de 1967), cuando las tropas israelíes conquistaron Cisjordania, el sector Oriental de Jerusalén, la franja de Gaza, la península egipcia del Sinaí y los Altos del Golán en Siria.

Un somero repaso de la actitud de Obama permite avalar la acusación de que es el principal responsable de la nueva frustración que se ha instalado en Palestina. En su primer y más citado discurso sobre el Oriente Próximo, en El Cairo, el 4 de junio de 2009, cuando llevaba cuatro meses en la Casa Blanca, el presidente abogó por un reconocimiento de ambos pueblos, israelí y palestino, respaldo la solución de los dos Estados y levantó teórica y retóricamente el obstáculo de las colonias con estas palabras: “Los israelíes deben reconocer que así como no se puede negar el derecho de Israel a existir, tampoco se puede negar el de Palestina. Estados Unidos no acepta la legitimidad de más asentamientos israelíes. Dicha construcción viola acuerdos previos y menoscaba los esfuerzos por lograr la paz. Es hora de que cesen dichos asentamientos.”

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Netanyahu y Obama en el salón Oval de la Casa Blanca, 2011.

Dos años después, el 19 de mayo de 2011, Obama pronunció su más estudiado discurso sobre el conflicto del Próximo Oriente y fue incluso más explícito en cuanto a los parámetros o condiciones que deberían presidir la paz entre los israelíes y los palestinos. Un Estado judío “no puede cumplir con sus objetivos mediante la ocupación permanente de la tierra de los palestinos”, señaló el presidente, y añadió: “Israel y Palestina deben establecer en las fronteras de 1967 con permutas mutuamente aceptadas, de manera que unas fronteras seguras y reconocidas puedan establecerse entre los dos Estados.” Por último, exigió “la completa retirada, por fases, de las tropas israelíes” de los territorios ocupados.

El discurso de Obama se produjo en vísperas de que Netanyahu fuera recibido en la Casa Blanca. En el mismo despacho oval, con Obama a su lado, el primer ministro israelí dejó bien sentado que Israel “no puede volver a las líneas de 1967 porque son indefendibles y va a mantener por mucho tiempo una presencia militar a lo largo del río Jordán.” Según un funcionario anónimo de la Casa Blanca, citado por Peter Bienart, Obama “sintió que el despacho y la dignidad de la presidencia habían sido ultrajados”, pero quizá también la impresión de que se había asomado al abismo. El presidente sufrió duros ataques por parte de los senadores y representantes de ambos partidos, hasta el punto de que el candidato republicano a la presidencia, a la sazón Mitt Romney, llegó a acusar a la Casa Blanca de “haber arrojado a Israel debajo del autobús”.

La reacción del establishment político, militar e industrial fue tan corrosiva, que Obama plegó literalmente las velas, cambió de rumbo y se olvidó por completo de las premisas que él mismo había establecido para avanzar en el proceso de paz. El fracaso de ahora, por supuesto, empezó a fraguarse entonces. Cuando Obama perdió la oportunidad de desarmar la arrogancia de Netanyahu en el despacho oval, en los momentos que miden el temple moral y la determinación práctica de una presidencia.

¿Qué hacer ahora? Esperar y ver, o seguir los pasos de James Baker, cuando fue secretario de Estado, y le advirtió, exasperado, a uno de sus interlocutores israelíes en 1990: “Cuando ustedes estén dispuestos a hacer la paz, nos llaman.” La situación sobre el terreno no parece muy peligrosa, habida cuenta de que los palestinos se mueven en la dirección de la resistencia meramente pasiva, la denuncia internacional del muro y las colonias, una tercera intifada sin violencia, quizá porque la situación económica mejora de la mano de la asistencia internacional, principalmente europea. Habrá que seguir esperando una paz que ahora mismo se me antoja imposible.

 

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