Posteado por: M | 17 abril 2014

A falta de reformas, austeridad a la francesa

En el momento en que el presidente de Francia, el socialista François Hollande, alcanza un récord histórico de impopularidad (sólo el 17 % de aprobación), he aquí que su primer ministro, Manuel Valls, presenta un mal llamado “plan de economías”, eufemismo que encubre una masiva operación de austeridad sin precedentes. Entre las medidas más llamativas para un gobierno socialista se hallan la congelación de las pensiones, de las prestaciones sociales y del sueldo de los empleados públicos. La cura de caballo anunciada por el primer ministro confirma, una vez más, la incapacidad de los gobiernos, de derechas o de izquierda, para coger el toro por los cuernos y realizar las reformas estructurales que demandan el sentido común y Bruselas, absolutamente imprescindibles para que el país corrija sus desequilibrios, supere el marasmo y vuelva a ser uno de los motores de la averiada empresa europea.

En Francia, como es notorio y ritual, cuando la cabeza del presidente de la República está amenazada por la cólera popular, aquél trata de salvarse por el maquiavélico expediente de cambiar de primer ministro, aunque sea en medio de la tormenta. Pero los problemas, lógicamente, persisten e incluso se enconan, de manera que todos los pronósticos son pesimistas. La popularidad atesorada por Valls, que debe mucho a su mano dura contra la inmigración ilegal, quizá no pueda sobrevivir por mucho tiempo a la cura de adelgazamiento a que se verán sometidos algunos de sus principales clientes en el sector público de la economía, empezando por los funcionarios.

La situación subalterna y precaria del primer ministro fue reafirmada autoritariamente por el mismo presidente: “He señalado al gobierno de Manuel Valls una hoja de ruta –precisó–. Es difícil, espinosa e incluso rigurosa, pero indispensable. No hay nada peor que el inmovilismo, el conformismo, el derrotismo y el conservadurismo.” Las enfermedades del espíritu que deplora el jefe del Estado podrían resumirse en “el malestar francés”, la profunda e incurable desazón que experimenta la opinión pública cuando el mandato presidencial de cinco años no ha llegado ni tan siquiera a su ecuador. Por uno días, las columnas del templo republicano son sacudidas por un fuerte seísmo demoscópico que fuerza unos cambios más o menos cosméticos o coyunturales, pero que aplazan los problemas de fondo.

Todos los presidentes o primeros ministros socialistas, tras unos meses o pocos años en el poder (dos años en el caso de Hollande) experimentaron el mismo dilema entre el rigor presupuestario y el gasto público clientelar, entre las reformas en profundidad y justicia o los meros parches para cuadrar las cuentas. En resumen, más de 20 años de ese inmovilismo que vitupera el presidente, para el que no encuentra una respuesta contundente y dinamizadora. Por lo tanto, el osado Valls empieza a recorrer ese camino de espinas del que será apartado tan pronto como el presidente necesite un nuevo chivo expiatorio para remontar otra tormenta. El objetivo improbable es ahorrar 50.000 millones de euros en el trienio 2015-2017, coincidiendo con el fin del mandato presidencial.

Los líderes socialistas, luego de llegar al poder con promesas y expectativas de milagros, acaban por sufrir una reconversión ideológica muy aguda, similar a la que experimentó Mitterrand en 1983. Hollande y Valls, éste como subalterno ambicioso, quizá han ido más lejos que sus predecesores. Ya no se predica el socialismo desde el Elíseo, la socialdemocracia ha sido colocada en la reserva y prevalece por doquier una estrategia llamada “pro-business”, a favor de los negocios, “un programa social-liberal”, envoltura políticamente correcta para encubrir la austeridad y los recortes, quizá un remedo del ajuste duro que practicó en Alemania el último canciller socialdemócrata, Gerhard Schröder. Hollande y Valls, con toda probabilidad, encontrarán mayores obstáculos que su correligionario alemán. En 2010, cuando el entonces presidente Nicolas Sarkozy aumentó la edad de jubilación de 60 a 62 años, las protestas y las huelgas se prolongaron durante tres meses.

La dolorosa

Según Le Monde, y pese a que el diario asume el lenitivo retórico del “plan de economías”, las draconianas medidas de austeridad del gobierno han desencadenado las protestas de todos los sectores, incluidas las del ala izquierda del Partido Socialista (PS) gobernante, algunos de cuyos representantes se declaran “aterrados” ante los recortes, considerando que siguen “la misma lógica que en Grecia, España o Portugal”. El Frente Nacional (FN), por su parte, clama contra “la violencia social”. Otro diario de izquierdas, Libération, titula igualmente con “el plan de economías”, pero reserva su más grueso titular para el peso abrumador de la factura: “La dolorosa”, advierte con vulgar desparpajo.

En el diario parisiense Le Figaro (derecha liberal), el 17 de abril, once diputados socialistas publicaron una carta de protesta dirigida al primer ministro en la que explicaron su desacuerdo con las medidas de austeridad y advirtieron del más que probable efecto pernicioso sobre los servicios públicos, es decir, las prestaciones generosa del llamado Estado del bienestar. La fronda de esos diputados, que juzgan el plan “económicamente peligroso”, ya manifestada con el voto de confianza del gobierno en la Asamblea Nacional, se extendió por otros sectores de la izquierda política, intelectual y sindical.

Más preciso y sarcástico se mostró un cronista del semanario Le Point, Patrick Bonazza, cuando desnudó al primer ministro: “Sus aires de matamoros ocultan, sin embargo, una desenvoltura inverosímil. No verdaderamente la suya, sino la de toda la izquierda.” Con el sintagma “desenvoltura inverosímil” (invraisemblable désinvolture), el periodista quiere decir que los políticos tienen una cara muy dura, de cemento armado, y carecen de mala conciencia cuando aplican las medidas que demagógicamente denunciaron cuando estaban en la oposición. La doble vara de medir se confunde con la irresponsabilidad.

Cuando el socialista Valls, entonces ministro del Interior (el primer flic) expulsó a algunas familias extranjeras, la opinión pública aplaudió, pero los más radicales, que proliferan en los barrios obreros de los suburbios, entregaron su voto al Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen. Cuando el presidente Sarkozy y su primer ministro, François Fillon, trataron igualmente de acomodar el presupuesto del Estado a las exigencias de Bruselas, Hollande y sus conmilitones pusieron el grito en el cielo.

Son de peso, desde luego, las razones aducidas por Valls para lanzarse por el espinoso camino de los recortes, como diríamos en España, y quizá hay que agradecerle su sinceridad y valentía, cuando prácticamente está en marcha la campaña para las elecciones europeas, cuyos resultados inflingirán muy probablemente una nueva derrota a los socialistas. “No podemos vivir por encima de nuestras posibilidades –afirmó el primer ministro— y debemos romper esa lógica de la deuda que nos tiene atados de [de pies y] manos.” Palabras aparentemente sensatas, pero insuficientes por cuanto enmascaran una realidad desagradable cuya corrección no depende de medidas coyunturales.

El gasto público en Francia alcanza un nivel disparatado, el 57 % del producto interior bruto (PIB), al que los socialistas han contribuido con regularidad y un entusiasmo digno de mejor causa desde que François Mitterrand llegó a la presidencia de la República en 1981, cabalgando sobre un insensato programa común pactado con los comunistas, pero que tuvo que abandonar dos años después para evitar el hundimiento. La deuda pública alcanzó en 2013 el 93 % del PIB, similar al porcentaje español; el déficit está en el 4,3 % y las perspectivas de crecimiento son bastante sombrías. “Un genuino renacimiento económico es muy poco probable”, vaticina el reputado sociólogo Michel Wieviorka. La agitación política y sindical está asegurada.

Las reformas estructurales de los servicios públicos y del sistema de pensiones, la reducción de la enorme plétora de funcionarios y empleados e incluso la drástica reorganización de las regiones, según lo anunciado por Valls, serán muy difíciles de aplicar sin que salte por los aires el precario equilibrio existente dentro del PS entre los socialistas nostálgicos, los socialdemócratas pragmáticos y los social-liberales que recuerdan los éxitos de Tony Blair y el ya citado Schröder. El primer ministro no se atrevió a precisar de dónde saldrán el ahorro previsto en el sistema de protección social y los recortes en la sanidad, ni cómo será posible la reducción de las cotizaciones sociales que debe incentivar la creación de empleo en el sector privado.

El mayor escándalo, por su injusticia manifiesta, afecta al sistema de pensiones, en el que los funcionarios, los empleados y los asalariados protegidos de las grandes empresas públicas (gas, electricidad, ferrocarriles y hasta la Opéra y la Comédie Française) gozan de una situación de privilegio. Entre las promesas que hizo para llegar al poder en 2012, el presidente Hollande incluyó la de corregir la flagrante injusticia de los diversos regímenes de pensiones. Un incumplimiento más que ahora su primer ministro pretende paliar con una congelación doblemente injusta. El discurso del aspirante presidencial Hollande en 2012, dirigido ostensiblemente contra los ricos, ha sido enterrado dos años después de su llegada al Elíseo. El populismo se desinfla al chocar con  la realidad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: